“Esos Años”: ex Senador por Concepción Alberto Jerez, lanzó libro sobre su trayectoria y vida

En dependencias del Salón de Honor del ex Congreso Nacional se llevó a cabo el jueves pasado el lanzamiento del libro “Esos años”, del ex senador y destacado intelectual chileno Alberto Jerez Horta.

La presentación estuvo a cargo del destacado comentarista político Germán Gamonal, quien resaltó las virtudes personales y la acendrada vocación de sentido púiblico del ex senador Jerez. “Este libro es recomendable no solo para políticos, sino para todo quen desee escudriñar en nuestra sabrosa historia política. Es un libro que no aburre, sino que entretiene de punta a cabo”, dijo Gamonal.

Por su parte, en sentidas palabras, el senador Antonio Horvath destacó que dentro de su labor parlamentaria, destaca en Jeréz Horta la creación de importantes leyes, como la N° 15.720 que dio origen a la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB), que ha beneficiado a miles de estudiantes, o la Ley de Lampara a Lampara que aseguro una jornada efectiva de 8 horas de trabajo para los mineros del carbón.

A lo largo de las páginas del libro “Esos años…”, Jerez recuerda un cúmulo de personajes y acontecimientos que ocuparon las portadas de los medios de comunicación durante las últimas décadas de nuestra historia, entre ellos, la formación de la Falange Nacional, el período de la Revolución en Libertad, el gobierno de la Unidad Popular y el golpe militar.
El libro contiene sabrosas anécdotas y Jerez se explaya en facetas desconocidas de personajes como Pablo Neruda, Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende y Pablo de Rokha, entre otros, de quienes Jerez fue amigo personal.

Extracto del Libro donde se refiere a Salvador Allende:

Pasaron los años y en 1961, siendo diputado por Concepción, una tarde de invierno recibí un llamado del diputado socialista por Arauco, Fermín Fierro:compañero Jerez queremos pedirle un gran favor. Existe el peligro de que cierren la mina Plegarias y que 400 trabajadores vayan a la cesantía. Esta noche haremos una marcha de protesta de Curanilahue a Lebu y le pedimos que nos acompañe.

  • Iré con gusto aunque algunos van a decir que quiero candidatearme para Senador.

  • No se preocupe de eso para nosotros usted es un ciudadano fuera de toda sospecha.

  • Gracias compañero y con este diluvio que está cayendo igual harán la marcha?

  • Sí, porque esta lluvia puede durar dos semanas, o más.

La miseria de Curanilahue era tal que Lota a su lado podría parecer un sector de barrio alto de Santiago y entiendo que hasta ahora esa desgraciada ciudad en nada ha cambiado.

Llegué a las 10 y la marcha partía a medianoche. Solo quien no conoce Curanilahue, se extrañaría de que los dirigentes e invitados nos reuniéramos en el Salón de la Casa de Remolienda más distinguida en las que las niñas fuman y tratan de tú y donde, por lo menos en medio del temporal había techo, un par de braseros, charqui y vino pipeño, y como en una película italiana a las doce de la noche el cura salió de allí a tocar la campana para iniciar la marcha.

Más de mil hombres y mujeres le dieron el comienzo. Era algo sobrecogedor. La lluvia seguía inclemente e iban a ser más de siete horas de caminar hasta Lebu y en esos seres humanos se reproducía trágicamente la explotación y sus sufrimientos históricos.

Algunos perros trotaban al lado de la gente mirándola a veces con sus ojos suplicantes hasta que la lluvia los dispersaba.

Hubo que sacar de la marcha a gente que parecía sana pero no, algunos ancianos y a un par de cureñas que iban manifestando su solidaridad bamboleándose.

Cerca de las ocho de la mañana arribamos a Lebu acampando en un terreno que limitaba con un barrio pobre. Mandamos gente a pedir pan en las casas y aseguramos un tren para el regreso e instalamos una tribuna, con piedras y tablas, para redactar una carta dirigida al Intendente.

Le sugerí a Fermín que los oradores de la reunión solo fuesen dirigentes sindicales, para no aparecer nosotros usando la tribuna para obtener dividendos políticos. Estuvo de acuerdo.

En esos momentos una avioneta nos sobrevoló en círculo y aterrizó a dos cuadras de distancia. Los dos ocupantes avanzaron hacia nosotros y fue posible divisar a Salvador Allende y un acompañante. Nos saludó y preguntó ¿a qué hora comienza el acto? Alguien le susurró que solo hablarían dirigentes sindicales por lo que se dirigió a mí en forma amable pero interrogativa. Senador, le dije, eso ya no corre con usted que llega a las ocho de la mañana, con lluvia a una concentración de gente que no tiene nada que ver con su zona electoral, o sea no persigue obtener votos. Se inclinó caballerosamente y pronunció un discurso breve.

Al despedirse me llevó aparte y me dijo de manera jocosa. “Me hizo un gran favor evitándome la frustración de no hablar porque yo tengo una relación casi freudiana con las tribunas. Mire, para mí estar cerca de una de ellas es tan irresistible como para un radical estar cerca de una parrillada”.

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