Agosto en 長崎市 Nagasaki: Crónica de un viaje hacia el infierno

Todos los años el recuerdo me persigue. Seis de agosto: la bomba de uranio barre del mapa a Hiroshima. Nueve de agosto: la bomba de plutonio destruye a Nagasaki.

Años atrás, en el mes de julio, en un café de Curitiba, sur de Brasil, la portada de un diario acuñaba la noticia que Charles W. Sweeney había dado su último suspiro.

Chuck Sweeney, como era más conocido, fue el comandante del escuadrón norte-americano que en 9 agosto de 1945 – tres días después de la explosión de la bomba “Little boy” sobre Hiroshima – había detonado la bomba “Fat man” sobre Nagasaki.

Una frase memorable del aviador me llamó la atención: “Cualquier vida es preciosa. Pero no sentí ningún remordimiento o culpa por haber bombardeado a la ciudad en la que me encontraba” (“Every life is precious. But I felt no remorse or guilt that I had bombed the city where I stood.”) – dijo Sweeney cuando pisó por primera vez al suelo de Nagasaki devastada.

Entonces me sumergí en el túnel del tiempo. Primero, en mís recuerdos imborrables de agosto de 1986, alto verano en Hiroshima y Nagasaki.

Era la hora del almuerzo de un sábado esplendoroso, cuando yo y el Profesor Ichiro Moritaki – físico teórico, filósofo y mi anfitrión del movimiento pacifista Gensuikin – pusimos los pies en el restaurant con deslumbrante vista panorámica sobre el inmenso Mar de China.

Después de Tokio, muchas centenas de kilómetros rodados a bordo del tren-bala, mi doble misión de guionista, que recolectaba imágenes de archivo, y conferencista, alcanzaba a su final en la gran isla de Kyushu.

Como único latinoamericano invitado a las jornadas anuales por la paz y el desarme nuclear, para los atónitos japoneses diserté sobre asuntos tan inesperados como los físicos de Hitler, que secretamente construyeron las primeras ultracentrifugadoras de uranio para el gobierno de Getúlio Vargas – un espectro de la narrativa de ciencia-ficción, que contrastó con la atontada imagen de los miserables colectores de basura en Goiânia que, al encontrar un aparato radioterápico desactivado, cuyo núcleo emitía una incesante radiación azul, exultaron como millonarios cazadores de safiros, para todo el siempre emancipados de su penuria, pero que igual murieron insalvables como las primeras víctimas de radiación nuclear del continente latinoamericano.

Entonces, allí sobre un promontorio de Nagasaki, con gestos ensayados de etiqueta oriental, el protocolo pedía que tomáramos asiento y probáramos de las comidas que nos aguardaban a la mesa.

Mis sentidos todavía continuaban debilitados, intentando metabolizar la visita al infierno de Hiroshima, que quedara atrás – hoy día, un infierno virtual, reproducido en un museo, pero con algunas ruinas originarias, de las que la imaginación absorbe olor acre de humo, fierro fundido y piel derretida. Los visitantes más sensibles suelen escuchar gritos, aullidos y el llanto de niños desesperados.

Ichiro Moritaki me observaba con una sonrisa paciente, tal vez intuyendo mí travesía del túnel del tempo, mientras contemplaba lo que un día fue el Bajo de Nagasaki.

Mañana primaveral del 6 de agosto de 1945, partida al medio por el hilo de luz más claro que mil soles simultáneos. Un sol encendido por Paul Tibbets, piloto del “Enola Gay”. Onda de presión, edifícios tambaleantes, chafarices de fuego, y del cielo cae una lluvia negra de gotas ácidas – noventa mil muertos instantáneos, un tercio de la población!

Entre los cuerpos humeantes se arrastran harrapos humanos, sobrevivientes más muertos que vivos. Una imagen de singular terror es la de la ropa impresa a fierro, tatuada con fuego, e impregnada de uranio sobre la sedosa piel del torso de una joven mujer.

Sobreviviente casual de ese holocausto, que en aquel 6 de agosto explicaba a sus alumnos la Ley de Newton, Moritaki intenta en vano retomar el hilo conductor de nuestra conversación interrumpida en Hiroshima, sobre Kyudo, el “arte caballeresco del Arquero Zen”, haciendo chispear la mirada del único ojo que la bomba atómica le dejó, cuando la onda de presión aplastó el edifício de la escuela.

Yo le había hablado de la crónica de un profesor que va a enseñar literatura alemana en el Japón, y que necesita de largos y penosos ejercícios para aprender que, solamente la actitud del desapego, el abandono de la obsesión por acertar el blanco, conducirá, figurativamente dicho, sus flechas al blanco predestinado: su propio corazón.

Mientras Moritaki hablaba de los arqueros, mi imaginación diseñaba samurays caminando sobre el mar, apuntando sus arcos contra las fortalezas voladoras B-29, que se aproximan de la costa japonesa.

El viejo profesor, con abundante y encanecida cabellera, no se contuvo, intentando agradar. Con desmedida ternura derramada en su ojo mareado, abrió una larga sonrisa que desnudó el gran número de prótesis dentarias doradas y, a quema-ropa, se adelantó hospitalario: – Mantenemos una pagoda Zen con algunos amigos intelectuales y monjes, cerca de Hiroshima. Cuando quiera, venga, que ya tiene su mestre!

Gratificado, disimulé mí conmoción, desviando la mirada del rostro plácido del profesor – ahora un Buda incorporado – para la inmensidad del Mar de China, cuya belleza y paz querían hacerme olvidar porque me encontraba en Nagasaki.

Entonces alguien pronuncia la palabra “batera” – un lusitanismo en Nagasaki?

¡Si pues! Por esta isla infiltráronse cultura y religión chinas en el Japón, pero sus fundadores fueron navegadores portugueses, en 1571 – adviertenme.

Mientras, los mozos van sirviendo Mentaiko – ovas de pescado con generosa dosis de pimientos – y Champon, un exótico plato de pastas, frutos del mar y vegetales, todo cocido en la misma olla.

Recogí la mirada del horizonte y focalicé el Bajo a mis pies, que por su ubicación, clima tropical, olores y escalinatas para la ciudad-alta, tejía asociaciones con Salvador de Bahía.

Percibí entonces que debería haber dos miradas sobre Nagasaki: una de abajo para arriba, y otra, al revés – la primera, la mirada de los extinguidos, la segunda, la mirada de los exterminadores. Allí, a menos de mil metros de distancia, estaba el marco cero – epicentro de lo que algún día fue el movido Bajo de Nagasaki, ahora envuelto por inmenso vacío territorial, como una especie de monumento virtual, hecho de ruinas y viento, para recordar aquel 9 de agosto de 1945.

Sin pedir permiso, de la memoria saltó la imagen del Angelus Novus – aquel ángel cubista de Paul Klee, que inspiró Benjamin a escribir su aterrorizante “El Concepto de Historia”.

O ángel me abrazó y despegamos del suelo. Muerto de miedo, grité, pero fingiéndose de sordo, o ángel ganó a las alturas. Allí el foco se amplificó en grande angular y el paisaje se descortinó. En esa perspectiva, decía Benjamin, la Historia se insinúa apenas como amontonado de ruínas humeantes.

Después, cerré los ojos y me sentí aterrizar imperceptiblemente en la silla al lado del profesor, que ya saboreaba su postre portugués.

Sin embargo, fue durante el demorado vuelo del retorno a Brasil, por territorios celestes sobre el vasto Pacifico, que volví al túnel del tempo, ahora con la mirada invertida, de arriba para abajo.

Entonces leí que en la madrugada de aquel 9 de agosto del ´45, en una base militar americana del Pacífico, una centuria de hombres participó del último briefing, examinando blancos en los mapas, haciendo apuntes y recibiendo la bendición del capilán con una oración monocordia y burocrática.

Con sus instrumentos de navegación apuntados al Mar de China, una escuadra alzó vuelo a las 3h50 de la mañana.

Volando para el noroeste del imperio del sol naciente, varios aviones avanzaron por el cielo nublado, cuyas ventanas negras revelaban  apenas algunas pocas estrellas.

A bordo del “Bock’s Car”, el bombardero B-29-jefe de la misión, William L. Laurence, articulista de ciencias del New York Times, miró a “Fat Man”, la bomba, y apuntó en su agenda: “Es una cosa bonita de mirarse, este regalo!” (textualmente gadget, en el original).

Eran palabras de un reportero tonto y patriotero, demasiadamente joven como todos los tripulantes de la misión genocida. Su comandante, Cap. Frederick C. Bock, tiene 27; el bombardero y 1er Ten. Charles Levy, mal completó 26; el piloto y Ten. 2do, Hugh C. Fergus, tiene solamente 21, y el navegador y Ten. 2do. Leonard A. Godfrey, no más que 24 años de edad. El comando de la misión pertenece al Mayor Charles W. Sweeney, de apenas 25 años.

A las 5 de la mañana, la luz penetró por algunas grietas de nubes. Laurence recuerda que todavia faltan cuatro horas para el encuentro acertado entre los tres aviones bajo el cielo de Isla Yakoshima, a suroeste de Kyushu. El saca su lápis de la chaqueta de cuero y anota: “En algún lugar, a los piés de las vastas montañas de blancas nubes, está Japón, nuestro enemigo. Dentro de cuatro horas, una de sus ciudades, que fabrica armas para atacarnos, será barrida del mapa por el arma más poderosa hecha por el hombre. En un décimo de milésimo de segundo, una fracción de tiempo incomensurable por un reloj, una tempestad bajará de los cielos y pulverizará miles de edifícios y decenas de miles de sus habitantes”.

En las cabinas de los B-29, los minutos corrían con desprendimiento y muchos chistes. Cerca de la hora coincidida, el “Bock’s Car” comenzó a describir círculos en el cielo. Después, juntos, los tres aviones sobrevuelaron la costa, escudriñando a su blanco. “Los vientos del destino parecen favorecer ciertas ciudades japonesas, cuyos nombres deben permanecer en secreto…” – divagaba Laurence sobre el aleatório, y fulminó: “Sentir alguna pena o compasión por los pobres diablos destinados a morirse? No si recordamos Pearl Harbor y la muerte en Battan!”.

Eran las 11h01 cuando las nubes se disiparon y la escuadra ganó el cielo de una gran ciudad portuaria. Los chicos a bordo de los trés B-29 ya no tenían dudas: “El destino eligió a Nagasaki el último de los blancos…”.

Acto seguido, sintonizan una señal de radio acordada y visten sus anteojos de protección ARC. Son las 11h02, cuando el tirador ordena: “There she goes!” – y las entrañas del B-29 “Artiste” da a la luz a una criatura metálica, negra y blindada, bajando velozmente sobre Nagasaki.

Segundos después, un tenebroso flash de luz blanca sumergió el cielo y por instantes cegó a los americanos dentro de las naves en desesperada fuga.

Los americanos miran hacia atrás y para los lados, y ven crecer un monstruo: 40 mil, 50 mil, 60 mil piés! Entonces una nube de hongo con 20 kilómetros de altura los asombra como una de las bestas del apocalipsis.

En tierra mueren instantáneamente 74 mil personas y, después que Laurence ganó el Pulitzer, otros 75 mil nagasakianos entraron para la História como hibakushas – los “sobrevivientes” – en cuyos cuerpos el plutonio escribe desde 1945 la crónica de la muerte anunciada por quemaduras, leucemia, cáncer linfático y demencia.

Miro el inmenso Mar de China y percibo la silueta del ángel de Benjamin esbozada sobre la línea del horizonte. Mientras se afasta, las ruínas crecen sin parar.

A unas docientas millas del holocausto, aún mirando para atrás, Laurence anota: “No hay dudas: sobre la cabeza del monstruo decapitado, están naciendo nuevas cabezas…”.

Pensandolo bien, la figura de la hidra, referida por Laurence, sonaba como bien tallado juego de palabras: História como narrativa descabezada, repleta de gestos obscenos. Como la de Sweeney que, años después, frente a frente con las ruínas de Nagasaki dijo con pavoroso cinismo:”Pero no senti ningún remordimiento o culpa …”.

En Nagasaki nació la serpiente de Juno, que comandó atrocidades en Corea y Vietnam, que torturó prisioneros y meó sobre sus cuerpos en Fallujah; que limpió sus hezes con páginas del Coran en las montañas de Afeganistán e imoló con bombas de fósforo blanco a los niños de Gaza.

Son cabezas en el corazón de las tinieblas que, desde el Congo de Joseph Conrad, hacen rodar cabezas mundo afuera – cabezas adiestradas por el espíritu del coronel Kurtz, sedientas de Apocalypse, now!

Agosto de 2014: en la Cordilleira del Alto Biobío, viento gélido azota mi cara, pero una vieja fotografía de 1945 – “Man Walks Through Nagasaki” – resume dramaticamente lo que mil páginas escritas no consiguen expresar: en la memoria colectiva, veinte mil grados centígrados continúan a arder en Nagasaki.

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