[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Estampida hacia el barranco.

Parte 1

Parte 2

Ayer sábado, la influyente revista estadounidense Foreign Policy, publicó un extenso artículo titulado: “El ambientalismo ha muerto. Cómo América abandonó su rol en la lucha por salvar a nuestro planeta… y con ello mató a ese movimiento”.

Y, oiga, Foreign Policy es una publicación norteamericana generalmente oficialista y muy defensora de las políticas de Barack Obama.

Ese artículo cobra mayor significado tras las grandes movilizaciones del 21 de septiembre, en las más importantes ciudades de Estados Unidos, y que sólo en Nueva York movilizó a más de 300 mil personas, y que al día siguiente llevó una protesta de 3 mil personas más que coparon Wall Street y tuvieron que ser desalojadas por la policía.

¿Cómo es que Foreign Policy aparece implicando que el gobierno de Barack Obama y la economía que representa, han liquidado al Movimiento Ecológico mundial?

 

La analista Kate Galbraith fue derecho al grano, señalando que el Presidente Obama, al igual que otros mandatarios, asiste a la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, con preciosas delegaciones que unen a políticos y grandes empresarios. Por supuesto, se trata de empresarios a quienes se aseguró que no se aceptará ninguna medida obligatoria para las empresas. No, no, no. Todas las iniciativas serán tomadas únicamente, como “aportes voluntarios” fíjese Ud.

Tan cara de palo fue aquello, que otro gran periódico oficialista, el Washington Post,  comentó: “¿Para qué sirve una Cumbre sobre el Cambio Climático, si en ella no se aplican reducciones a las emisiones de gases con efecto invernadero?”

Pero Kate Galbraight agrega un comentario compasivo, señalando que, en esa realidad de la segunda década del siglo 21, tomar una decisión verdadera y efectiva es una misión por completo imposible. De hecho, señala, en las últimas décadas, sólo se ha logrado imponer unas pocas resoluciones internacionales. Las más importantes fueron prohibir las detonaciones de armas nucleares en la atmósfera terrestre o en los mares, y también prohibir el uso de los cloro-flúor-carbono en los tubos de spray, que se acumulan en la estratósfera y destruyen el escudo de ozono que reduce la radiación de rayos ultravioleta.

Después fueron  las esperanzadoras cumbres de 1992, la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro, seguida por las convenciones de lucha contra el cambio climático, más una exhortación no obligatoria sobre desarrollo económico sustentable, y la Convención en defensa de la Diversidad Biológica.

Pero ya en la Cumbre de Kioto comenzó el derrumbe de las expectativas. De hecho, los políticos se dieron cuenta de que prácticamente toda la producción industrial genera residuos polucionantes de diversa composición química, y que resulta imposible lograr resoluciones vinculantes prohibiendo cada uno de ellos.

Fue también entonces que comenzó la histérica oleada neoliberal, en cuyos valores meramente monetarios y de consumo, la defensa ecológica ya no tenía cabida.

 

En realidad la Cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático no tenía cómo llegar a producir ningún fruto. Los grandes aliados de Estados Unidos, especialmente la Unión Europea, Japón, Australia, Filipinas, Corea del Sur, han incrementado brutalmente sus emisiones de anhídrido carbónico. Más de la mitad de la producción de electricidad mundial se hace a partir de quemadores de carbón y de petróleo. Menos de un tercio utiliza gas natural, y la generación llamada “verde”, por energía solar o molinos de viento, apenas alcanza el 10%.

Por supuesto, las cifras de generación de energía son el cimiento absoluto de la actividad económica actual. Y también de la actividad militar actual, por supuesto.

Sin embargo, aunque con diversas interpretaciones, la totalidad de los hombres de ciencia de nuestro planeta le están entregando a los políticos datos concretos. Datos que demuestran que la teoría económica del crecimiento permanente es un absurdo irracional, y que los síntomas de degradación del medio ambiente planetario son claros, irrefutables y más que alarmantes.

Pero los políticos y los grandes empresarios están en otra. De hecho, están canalizando enormes inversiones en manipular los medios de comunicación, tratando de poner en duda la opinión de la ciencia. Por ejemplo, han destacado como prueba de que el cambio climático no es tan grave, el hecho de que el hielo superficial en zonas del océano antártico hayan aumentado considerablemente en los últimos dos años.

Pero están ocultando que se trata de hielo flotante muy delgado, que se origina por el aumento de la intensidad de los vientos polares, pero que a la vez las grandes masas de hielo sobre el territorio continental antártico, siguen derritiéndose aceleradamente.

Y son precisamente esas masas de hielo de los ventisqueros que están en tierra, las que elevarán el nivel del mar.

Otro hecho que ocultan los grandes medios de comunicación es la aparición de gigantescas zonas de hielo, en Groenlandia y otros territorios del ártico, que están cubiertas de hollín y otros residuos oscuros  llevados por el viento. Ese hielo y esas nieves llamadas “negras”, alcanzan un tono gris oscuro, y por ello, ya no reflejan los rayos solares como las nieves y hielos naturales. Al absorber más radiación solar, el calentamiento se acelera y, en estos momentos, ya ha tenido por efecto hacer que el océano ártico, fíjese usted, se mantenga líquido hasta una latitud de 85 grados norte. O sea, a apenas 300 millas del polo norte.

En tanto, en el mundo subdesarrollado, muchos gobiernos han comenzado a expropiar extensiones de bosques naturales y de tierra agrícola artesanal, a fin de transformarla en supuestas reservas naturales donde la vegetación se traduce como captura de anhídrido carbónico de la atmósfera.

Esas supuestas reservas naturales con evaluadas por inspectores de las Naciones Unidas, que certifican mediante bonos en dólares el valor del carbono captado por aquella vegetación, y autoriza entonces que el gobierno respectivo le venda sus certificados de captura de carbono a los países industrializados, quienes los usan para que se les autorice aumentar ellos sus emisiones de anhídrido carbónico y otros polucionantes.

Pero eso no es todo. Además, una vez transada la venta de sus bonos de carbono, los gobiernos como los de Indonesia, Filipinas, Madagascar y Mozambique, han hecho uso de esos seudo parques naturales, reemplazando los árboles nativos por plantaciones comerciales, por ejemplo, de palma aceitera para la producción de bio diesel.

Es decir, existe una colusión descarnada y despiadada entre el poder político y el poder financiero, que se enfoca exclusivamente al logro de un lucro máximo, sin importar sus costos ambientales y sociales.

En tanto, a lo largo de los 23 años transcurridos desde la disolución de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, período en que Estados Unidos se alzó como superpotencia única, la historia planetaria se hundió  en un torbellino de guerras, derrocamientos de gobiernos e intervenciones militares de la OTAN sobre otros países.

Incluso en países donde había existido una convivencia con razonable tolerancia entre las diversas etnias y sectas religiosas, como era el caso de Yugoslavia, Libia, Irak, Sudán, Argelia, Yemen, Egipto y, sobre todo  Siria, agentes occidentales promovieron y financiaron golpes militares, desintegración nacional y guerras civiles.

De hecho las más graves crisis político-militares de este momento, la guerra civil de Ucrania y la guerra contra el Estado Islámico, son indisimuladamente, producto de intervenciones y manipulación política mediante los servicios secretos de Estados Unidos y de la OTAN.

Más aún, en términos explícitos, los gobiernos de los tres últimos presidentes de Estados Unidos han establecido procedimientos de intervención internacional, al margen de las Naciones Unidas o incluso contraviniendo el derecho internacional. Washington ha planteado abiertamente que Estados Unidos tiene carácter de nación excepcional, por encima de las normas establecidas.

E incluso el gobierno de Barack Obama planteó une especie de teoría filosófico-política que han llamado el “consecuencialismo”. Esa doctrina señala que todos los medios que hagan falta, incluyendo alianzas eventuales con líderes criminales, se justifican si a través de ellas se alcanzan objetivos valiosos para el interés de Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Y, al estallar las burbujas financieras que desataron la recesión y la crisis mundial de 2008, prácticamente la totalidad de los países llamados “occidentales” iniciaron procesos profundos de institucionalización, o sea, creación de instituciones que, bajo la figura de servir los intereses democráticos de la nación, han llegado a reemplazar a los ciudadanos en la toma de decisiones.

De hecho, en la Unión Europea la autoridad máxima es ejercida por la Comisión Europea, una comisión de funcionarios, y por el Consejo de Europa, integrado por los jefes de gobierno. En cuanto a los únicos representantes democráticamente elegidos, el Parlamento Europeo, en la práctica carecen de atribuciones efectivas para el gobierno de la Unión.

A más de eso, en el hecho las Relaciones Internacionales de la Unión Europea, en última instancia han sido delegadas en la OTAN. O sea, en la práctica, esa alianza militar con Estados Unidos es la que toma las decisiones diplomáticas de Europa.

Y esa diplomacia militarizada, ciertamente está poco dispuesta a dejarse restringir por el derecho internacional y las disposiciones de las Naciones Unidas.

Así, pues, encontramos que hay una alianza de políticos y banqueros en contra de los hombres de ciencia, y que a su vez esa alianza involucra a los militares en contra del sistema jurídico tan trabajosamente edificado por las Naciones Unidas durante aquellos buenos tiempos de la Guerra Fría.

Pero, ¿cómo es que esos millones de ciudadanos que son la base de una supuesta política democrática, han aceptado que los despojen de su legítimo poder?… ¿Acaso no fue suficientemente fuerte la democratización de la sociedad, ganada a partir de las luchas sociales y las revoluciones del siglo 19?

El surgimiento de toda una rica legislación laboral y social, ¿no fue fruto de las voluntades y el coraje del pueblo organizado?

Pero oiga, fíjese usted que han surgido ya muchos historiadores, sociólogos, economistas y cientistas políticos, que se inclinan a creer que en realidad la evolución jurídica y social que caracterizó a los siglos 19 y 20, no fue realmente el fruto de las luchas sociales, sino fruto de una progresión tecnológica y económica que fue capaz de actuar sobre la especie humana como un vector de evolución biológica.

Es decir, la sociedad humana, con sus estructuras y normas, fueron producto de la evolución del animal humano que, básicamente, es un animal de manada como lo plantearon el economista William Jevons y el filósofo Stanislaw Lem.

Un animal cuya mente funciona de diversas maneras según el número de personas que lo rodeen, y llega a un cambio enorme de su actividad mental cuando se encuentra en medio de una muchedumbre.

Este ser humano masificado pareciera tener extremadamente reducidas sus características individuales. Sus decisiones e incluso su percepción del mundo, se altera en un esfuerzo inconsciente por asimilarse a lo que la manada decide y a cómo la manada percibe al mundo y sus circunstancias.

De ahí, por ejemplo, fenómenos como el explosivo crecimiento que tuvo el nazismo en la Alemania de 1930, que estaba en una cumbre de cultura humanista, artista y científica. O, también, cómo fue posible el fervor furibundo de las Cruzadas, cuando todos parecían convencidos de que era Dios mismo, en persona, el que ordenaba ir a matar musulmanes.

O, por último, aquellas estampidas suicidas que a veces se producen en algún estadio, y que a menudo hacen que mueran gentes pisoteadas y apretujadas.

Es decir, se plantea que el ser humano sólo en algunos instantes actúa de forma verdaderamente racional. La mayoría de  las veces se limita a aplicar mecanismos memorizados y a ceder al estímulo de la manada.

Ya biólogos como Konrad Lorenz y Rupert Riedel adelantaron la noción de que la conducta y la selectividad humana, la mayoría de las veces, es prácticamente instintiva, más compleja pero básicamente similar a la de otros animales de manada.

 

En una de las primeras cumbres de gobernantes euroasiáticos, en Ulan Bator, la capital de Mongolia, previas a la formación del Grupo de Shanghai con China y la Unión Aduanera encabezada por Rusia, un dirigente campesino de Mongolia hizo una declaración impactante a los periodistas internacionales. Ese campesino señaló a la gente que circulaba por la calle y dijo: Ellos, igual que yo, somos como ceros. No valemos nada. No tenemos poder.

Pero basta que aparezca uno, un uno que se nos ponga al frente, y todos estos ceros nos convertimos en millones. Así ha ocurrido siempre.

Oiga, un ejemplo formidable de sabiduría popular, y de asumir con naturalidad que el ser humano, en Mongolia o Nueva York o en Santiago, es un ser que se transforma y adquiere poder en la medida en que pasa a ser parte de un colectivo, de una nación movilizada.

Pero, ¿quiénes son aquellos que son capaces de convertirse en  unos y convertir en millones a los demás?

También en ello la tecnología ha desempeñado un rol. Mediante los nuevos celulares, por ejemplo,  las personas se mantienen obsesivamente interconectadas. De hecho, cuando pierden conexión experimentan síntomas de angustia, de deprivación.

O sea, la conexión electrónica pareciera que logra producir en las personas un efecto similar a encontrarse rodeado por un número significativo de otros individuos con los cuales de genera una especie de masa crítica mental.

De ahí que estas personas se vuelvan progresivamente más susceptibles de ser manipulados por los medios de comunicación masivos, tanto a través de los avisos de propaganda como por los contenidos periodísticos y las referencias de entretenimiento.

De allí que, por ejemplo, muchas de las propuestas políticas llamadas “revolucionarias”, tiendan a diluirse o incluso a cargarse de contenidos contradictorios. Tome usted el caso de regímenes revolucionarios como el de Bolivia, donde se da que, por un lado, la base social exige el cumplimiento de las metas políticas de corte socialista e indigenista… pero con la misma o incluso con mayor intensidad, esa base social exige también un aumento acelerado de su poder adquisitivo, su capacidad de compra de los productos de la sociedad de consumo.

Y aquello se ve acentuado por el hecho de que, en la actual economía neoliberal, los artículos suntuarios, los televisores de plasma, los i-pod, y la infinidad de suntuarios de ese tipo, incluyendo los automóviles, están bajando de precio permanentemente.

En cambio lo que es necesario y no suntuario, en particular la atención médica y la educación de calidad, sigue haciéndose cada vez más cara.

Al parecer, el sólo problema de la brutal desigualdad en la distribución de la riqueza, y el inocultable panorama de un planeta tétrico y  nauseabundo por efecto del agotamiento de sus recursos y la alteración química de nuestro medio ambiente, o incluso por la humillación de la gente común por el abaratamiento de la fuerza de trabajo… todos esos factores, no son, no parecen ser suficientes para provocar el cambio, la transformación revolucionaria que ya es indispensable.

Lo que hace falta es lograr que nuestra gente, sobre todo los jóvenes, recobren su capacidad de pensar, de preguntar, de entender y de exigir. No es cierto que haya conflicto inevitable entre el individualismo el colectivismo. Son los individuos lúcidos, valientes y honorables, los que se integran en colectivos válidos y eficaces. Y ningún colectivo puede ser válido y eficaz, si no respeta el valor esencial de los individuos que lo componen.

Yo no sé si tendremos tiempo. No sé si nos queda tiempo, o si nuestra humanidad seguirá en esta estampida de consumo y vulgaridad aplastante, como la manada de vacunos que corren hacia un barranco y ya no pueden parar.

En fin, hasta la próxima, amigos. Cuídense. Es necesario. ¡Hay peligro!

 

Fuente imagen: http://img.espectador.com/

 

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