Escocia: Perdedores que ganan, ganadores que pierden

El ansiado resultado ha llegado a la hora del desayuno en Europa. Café un tanto amargo para los independentistas de todo el mundo. El referéndum escocés ha suscitado tal catarata de sentimientos, allí y aquí, que conviene poner desde ya un ecualizador emocional a las valoraciones que se irán produciendo durante la jornada. Porque mirado con un mínimo de perspectiva los ganadores de la votación han perdido y los perdedores han ganado.

Pierde el Reino Unido, el actual Reino Unido, abocado a un proceso de federalización que pase de lo simbólico (selecciones deportivas, banderas…) a lo práctico (autonomía fiscal, políticas sociales…). Nada será igual en Escocia, pero seguramente tampoco en Gales y el norte de Irlanda.

Gana Escocia, porque una nación que una vez ha decidido su futuro ya nunca va a renunciar a ese derecho. Y porque lo apretado del resultado deja claro que no ha decidido seguir como hasta ahora, sino dar un salto en su autogobierno. No hasta la independencia, pero casi.

Pierde Cameron, pierde el espíritu de Thatcher, la estrategia de privatizar beneficios y socializar pérdidas, el desmontaje del Estado de Bienestar. A nadie se le ha escapado que son estas políticas las que han supuesto que a los nacionalistas escoceses se les sumaran cientos de miles de votantes de izquierda que no soportan más políticas «tories».

Gana Salmond, aunque hoy no pueda reivindicarlo. La gran paradoja de la votación es que ya había vencido antes de llegar a las urnas, porque era el triunfo del No lo que le garantizaba la «devolution max» a la que aspiraba inicialmente el líder del SNP, incluso como plan A por encima de la independencia.

Pierde la actual Unión Europea, gestionada como un club selecto de grandes estados prepotentes frente a las pequeñas naciones. La pugna Edimburgo-Londres demuestra que el centralismo de los antiguos imperios está en declive. No hay más que ver que los más desquiciados esta semana se llamaban Mariano Rajoy y Francois Hollande.

Ganan las naciones sin Estado, a las que el caso escocés les marca más que un camino. Ha despejado además los interrogantes que supone recorrerlo, con un debate social democrático, maduro, profundo, ejemplar. Con una convivencia ciudadana que acaba intacta, quizás hasta reforzada.

Pierde, en fin, el Estado español. A partir de ahora será inevitable que cualquier ciudadano europeo se pregunte por qué en Catalunya o en Euskal Herria no es posible lo que se ha hecho con tanto tino y éxito en Escocia. Y que se escandalice con cualquier medida represiva que se tome para impedirlo. Y que encuerde una vez más que en esa misma España no es un estado normal, sino que allí imperaba no hace mucho la dictadura más larga y brutal de esa parte de Europa.

Gana, en fin, Euskal Herria. El contexto internacional nunca fue tan favorable a su ambición de decidir. Escocia quizás no levante una sexta ola independentista, pero sí es un viento de cola potentísimo para avanzar.

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