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Editorial:

“Gatopardismo e inmovilidad social”

Fastidio provoca la grosera manipulación que se ha hecho desde el gobierno y la clase política con respecto a las anunciadas reformas estructurales que han estado en la agenda de los últimos meses. Lo primero es constatar que los anuncios de reformas son una consecuencia y la respuesta del poder a las presiones ejercidas por las movilizaciones sociales de los últimos años. Pero tal respuesta de la clase política ha estado desprovista de real voluntad de cambios y, además, ha buscado confundir y engañar a la población.

En esta maquinación han contribuido de modo entusiasta todos los sectores interesados en defender sus respectivas cuotas de poder, de privilegios, de influencias, o sostener sus posturas ideológicas y principios reaccionarios, sean estos empresarios o políticos, opositores o gobernantes. Meses atrás todos ellos estaban convencidos de la necesidad de acceder a algunos de los cambios exigidos por las demandas ciudadanas. Solo algunos cambios, pero ello bastaría para dar la impresión de apertura, permitiría aplacar la protesta y dejar en el olvido otra decena de reivindicaciones populares.

Apenas generada la expectativa de cambios, los gobernantes dieron comienzo a su especialidad política: el gatopardismo. La esencia de esta derivación consiste en la máxima de “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, refiriéndose así a la maniobra de aparentar transformaciones radicales o estructurales que en la práctica no pasan de ser cambios superficiales que, deliberadamente, no alteran la estructura del poder, conservando los elementos de fondo de lo que se dice cambiar. Ejemplos nítidos de esta política gatoparda son la pomposa reforma educacional del año 2006 y la ficticia reforma tributaria del 2012.

El gobierno de la Nueva Mayoría prefiguró esta maniobra gatoparda mediante la generación de ambigüedades en la formulación de las propuestas que debían conducir a la presentación de proyectos para darle forma a las reformas. Tales ambigüedades e indefiniciones en cuestiones esenciales de la reforma tributaria y de la reforma educacional, principalmente, tenían como objetivo medir la capacidad de reacción de los movimientos sociales frente a la acción especulativa de la clase política. Reacción que debía expresarse en posiciones específicas y soluciones concretas respecto de las deliberadas lagunas que provocaba la táctica gubernamental en asuntos tan relevantes como los montos, niveles de gravamen y campos en que debía actuar la reforma tributaria o en cuestiones tan esenciales como el carácter público de la educación, los contenidos de la gratuidad, significados de la calidad, entre otras materias.

La falta de propuestas y la nula capacidad de reacción de los movimientos sociales quedó al desnudo; así los gobernantes tuvieron campo libre para morigerar la idea y el objetivo de las eventuales reformas. Se retrotrajo el objetivo adecuándolo a los intereses y posiciones de los sectores que se benefician del modelo imperante y que abogan por su defensa y preservación. Limitan el asunto de las transformaciones exigidas y de las reformas reclamadas, a tres o cuatro asuntos que pueden manejar con facilidad confundiendo a la población con la trampa de “democracia de los consensos”, la figura nacional más común que adopta el gatopardismo en donde los poderosos “cocinan” las formas de conservar su modelo. Así, dan la impresión de que existe preocupación de la clase política por impulsar reformas, cuando en realidad todo se reduce a aspectos superficiales de los asuntos sin afectar el fondo y la estructura del modelo en que se sostienen.

Esta maniobra la adornan con el circo de aparente disputa y permanente discusión acerca de los contenidos de los proyectos, los que, a su vez, por la absurda cantidad de indicaciones y enmiendas que le introducen, pierden por completo la esencia de su ya flaco y pobre contenido. Todo ello convierte el asunto en un espectáculo indignante; las mentadas reformas quedan reducidas así a maquillajes infames. De la pusilánime y traidora actitud gubernamental se han servido hábilmente los sectores más conservadores de la Nueva Mayoría y, por supuesto, los fachos y reaccionarios de la derecha política quienes no han escatimado recursos para trasladar el eje de la discusión hacia el color del maquillaje.

Los movimientos sociales aún están a tiempo de reaccionar para no ser nuevamente burlados y traicionados. Pero debieran hacerlo no solo con movilizaciones sino que con propuestas que le den contenido y proyección a esta etapa de posibles reformas y a las luchas venideras.

También en este número:

*Cuando el pueblo hizo poder: Complejo Forestal y Maderero Panguipulli

*El Mir, Concepción y el poder popular”

*Empresas recuperadas por sus trabajadores: Una Alternativa que crece.

*Municipalidad de Concepción prohíbe trabajar a comercio ambulante pese a altas cifras de desempleo

*Rechazo a agenda corta: Docentes se oponen a proyectos de gobierno y proponen alternativas al sistema educativo.

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Contraportada: Diseño, Resumen. Elaborada por Fundación SOL

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