Miguel Enríquez: Vocación de médico

A fines de 1969, los principales dirigentes del MIR vivían en la clandestinidad, acosados por la justicia y el Gobierno de Frei Montalva tras practicar diversas expropiaciones, principalmente de bancos. Un día aquellos jóvenes, que rondaban entonces los 25 años, decidieron incumplir las normas de seguridad que regirían sus vidas hasta que el Presidente Salvador Allende les indultó el 4 de enero de 1971… para ir al Cine Santa Lucía. Proyectaban una de las películas más impactantes del momento: 2001: Una odisea en el espacio. Era la década del cosmonauta soviético Yuri Gagarin, hacía pocos meses que la misión Apolo 11 había cumplido su histórico alunizaje. En la conversación posterior, Andrés Pascal Allende comentó que, de no haber sido revolucionario, le hubiera gustado ser astronauta: “Para explorar otros mundos”. Por su parte, Miguel Enríquez señaló que en ese caso hubiera preferido estudiar y conocer, explorar en definitiva, el cerebro humano… A principios de 1968, el secretario general del MIR había concluido sus estudios de Medicina en la Universidad de Concepción y revalidado su título en la Universidad de Chile. Había logrado incluso una beca en la prestigiosa clínica de neurocirugía que el doctor Alfonso Asenjo dirigía en Santiago. No obstante, su compromiso político y la nueva estrategia del MIR le llevaron a consagrar su vida por completo a la lucha revolucionaria.

En la Universidad de Concepción

En enero de 1961, Miguel Enríquez presentó su solicitud de admisión en la Facultad de Medicina. Un informe del departamento de Orientación del Liceo Enrique Molina Garmendia, en el que había cursado la enseñanza secundaria, subrayó sus buenas condiciones para estos estudios porque el test psicopedagógico que había realizado indicó que poseía una “inteligencia superior”, un “razonamiento rápido y preciso” y una “memoria muy buena”. “Imagino que Miguel decidió estudiar Medicina por seguir los pasos de nuestro padre, porque era una carrera larga, todo un desafío, y también por su vocación de ayudar a la gente. A nuestro padre le gustó mucho su decisión”, recuerda su hermana Inés desde México. En aquel tiempo, don Edgardo Enríquez era el director del hospital de la Armada en Talcahuano y profesor de Anatomía en la Universidad de Concepción.

La admisión en la que es la segunda Facultad de Medicina más antigua del país era un proceso complejo que tomaba en consideración no solo las calificaciones del liceo y de la prueba final de bachillerato, sino también una entrevista personal de veinte minutos a cargo de una comisión de profesores y autoridades académicas. Entre los trámites preliminares, el 30 de enero de 1961 tuvo que escribir a mano un “resumen autobiográfico” en el que destacó: “Jamás en mi vida de estudiante he repetido curso o he dejado exámenes para marzo (…) No he recibido ninguna clase de favores, que así merecieran llamarse; y como aficiones tengo en especial la lectura, a la que bastante tiempo de mi vida le he dedicado (…) Como se ve, es poco lo que a mis cortos años puedo contar, la vida hasta aquí me ha sido fácil; no he tenido reales problemas y todo me ha sido dado; espero con el tiempo retribuir en alguna forma a mis padres y a la sociedad en general lo que me fue entregado y luchar para que todos en un futuro puedan decir también: ‘En mi juventud todo me fue dado”.

El 27 de febrero se sometió a la entrevista que avaló definitivamente su ingreso en la Facultad de Medicina. Evaluaron positivamente su desarrollo humano, su preparación, su grado de madurez e inteligencia, así como los excelentes antecedentes familiares. En marzo, recibió una carta de bienvenida firmada por el doctor Rafael T. Darricarrere, quien desde 1956 dirigía la Facultad de Medicina y había implementado una reforma del plan de estudios para introducir las Ciencias Sociales, la enseñanza de la Medicina Preventiva, un periodo de internado rural y un plan de Medicina Familiar y Comunitaria: “La Universidad y la Escuela esperan que honre esta Casa y que, aprovechando la oportunidad que le brindan, usted llegue a ser, más tarde, un buen médico; más que eso, un hombre progresista y creador, un ciudadano que prestigie y sirva a su colectividad”.

Fueron siete años muy bien aprovechados. Tuvo un buen rendimiento académico e integró un amplio grupo de estudiantes que se formaron juntos políticamente, participaron en la fundación del MIR en agosto de 1965 y conquistaron su dirección nacional en diciembre de 1967. En aquellas aulas también trabó amistad con Beatriz Allende, quien cursaba entonces su segundo año de Medicina y al concluir el siguiente regresaría a Santiago. Una década después, ella sería el principal vínculo entre el MIR y el Presidente Allende. En octubre de 1974, Tati Allende señaló al diario cubano Juventud Rebelde: “Desde luego, era un buen estudiante de Medicina, aunque yo diría no un estudiante típico: estudiaba las materias que quería, las que a él le interesaban, sobre todo de neurología. Sin embargo, sus estudios más frecuentes eran de otro tipo. Eran libros de historia, economía, marxismo y yo diría libros de literatura de carácter militar (…) Y a pesar de ser tan joven, inició un trabajo político junto a los obreros de los minerales del carbón de Lota, Coronel y Schwager y en una población marginal que se llamaba Costanera en Concepción. Miguel organizó a esos pobladores y contribuyó a su desarrollo político”.

Fue en aquellos años cuando decidió el rumbo de su compromiso político. En 1962 y 1963 militó en la Juventud Socialista (llegó a ser su secretario regional y director de la publicación Revolución) y en 1964 suscribió junto con compañeros de Concepción, Santiago y otros puntos del país el manifiesto “Insurrección socialista”, en el que anunciaron su abandono de la JS para incorporarse a la Vanguardia Revolucionaria Marxista.

En 1963, participó en la fundación del Movimiento Universitario de Izquierda (MUI), que inicialmente aglutinó al conjunto de la izquierda en esta Universidad. En 1965, el MUI levantó a Miguel Enríquez como candidato a la presidencia de la Federación de Estudiantes, pero socialistas y comunistas postularon a sus propios representantes y la JDC venció con 1.184 votos. Ya entonces eran la principal fuerza de la izquierda universitaria en Concepción, puesto que su votación (810 sufragios) superó ampliamente la obtenida por el candidato comunista (198) y el socialista (162). En noviembre de aquel año, como dirigente de la FEC, protagonizó la conocida discusión con el senador Robert Kennedy, en la que le enrostró la agresión imperialista de su país a los pueblos del Tercer Mundo. A comienzos de 1966 viajó a China y, un año después, siendo aún estudiante, recorrió Perú y entrevistó para Punto Final a dos revolucionarios.

Una opción de vida

La documentación de Miguel Enríquez que se conserva en la Universidad de Concepción permite recorrer paso a paso el último año de sus estudios y las diferentes fases de su internado en el Hospital Clínico Regional: entre el 8 marzo y el 8 de mayo de 1967 estuvo adscrito al servicio de Obstetricia; en los dos meses siguientes pasó al Consultorio Tucapel, en el Barrio Norte de la ciudad; entre el 9 de julio y el 9 de septiembre se formó en el área de Pediatría del Hospital.

Curiosamente, esta documentación permite precisar al máximo el periodo de su primer viaje a Cuba, puesto que en la página de su práctica en Medicina Interna el jefe de servicio anotó que la cumplió en dos etapas por ausentarse a partir del 9 de noviembre “por motivos particulares”. También resulta curioso conocer cuándo inició exactamente su internado en Cirugía: el 9 de diciembre de 1967… tan solo 24 horas después de ser elegido secretario general del MIR en el III Congreso celebrado en San Miguel. En el verano de 1968 concluyó esta etapa y realizó 216 horas en primeros auxilios, 84 de ellas en turnos nocturnos y el resto en jornadas vespertinas, feriados y fines de semana.

La referencia más detallada a sus excelentes cualidades como médico procede del breve informe que el 8 de julio de 1967 suscribió el doctor Jorge Sanhueza Cruz, jefe de servicio del Consultorio Tucapel, en el que funcionaba un innovador Plan de Medicina Comunitaria con la participación de la Municipalidad, el Servicio Nacional de Salud, la Universidad y las organizaciones sociales. Valoró como “muy bueno” el trabajo clínico desempeñado por Miguel Enríquez: “Seguro y muy bueno en todas las clínicas. Conocimientos teóricos muy buenos. Práctica acertada y eficiente”. Calificó de “sobresaliente” su trabajo con la comunidad: “Interesado en todos los aspectos y en especial educación y conexión del consultorio con la población. Trabajó mucho y bien en este rubro”.

Tras concluir su periodo de internado el 31 de marzo de 1968, se desplazó a Santiago para rendir sus exámenes de pregrado y grado en la Universidad de Chile a fin de revalidar el título que la Universidad de Concepción le había otorgado con fecha de 10 de enero de 1968. En el examen de pregrado de Obstetricia, según escribió don Edgardo en sus memorias, le correspondió como examinador un profesor muy amigo del presidente Eduardo Frei Montalva. Debió atender a una embarazada durante cerca de media hora y posteriormente ingresar al auditorio donde le haría preguntas… y se había congregado un público numeroso entre alumnos y profesores.

El examinador le preguntó por su diagnóstico y Miguel Enríquez sentenció que había sufrido un aborto. El profesor revisó la historia clínica, a la que el alumno no podía tener acceso, e intentó corregirle. “Amenaza de aborto, dirá usted…”. “Eso debe haber sido a su llegada anoche, a las 22 horas”, rebatió Miguel Enríquez. “Cuando a mí me la entregaron el aborto ya se había producido”. El profesor se enojó y le imputó habérselo causado. No obstante, el joven estudiante le explicó lo sucedido con argumentos profesionales y le detalló el tratamiento que hubiera recetado, sin prescribir un medicamento tradicional que acababa de ser suprimido para aquellos casos según se había concluido, le aclaró, en el reciente Congreso de Ginecología y Obstetricia celebrado en Montevideo. Y con ironía sentenció: “Veo, por sus preguntas, que usted no asistió a ese Congreso…”. No dudó tampoco en citarle la revista científica que había publicado las conclusiones. Recibió sobresaliente en aquella prueba y el auditorio le brindó una sonora ovación.

Una de las asistentes fue la doctora Beatriz Allende, quien entonces trabajaba en el Hospital San Juan de Dios: “La reacción no quería aprobarle y le pusieron pruebas muy difíciles, pero, ante el asombro de todos, sorteó todas las dificultades e incluso obtuvo una beca de neurocirugía. Solo trabajó cuatro meses, porque enseguida se dedicó a la lucha de lleno”. Con legítimo orgullo, don Edgardo registró que el pequeño de sus tres hijos varones también superó la última prueba académica: “En el examen de grado, ante la comisión presidida por el decano y el secretario general de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, obtuvo también la nota máxima. Esta no corresponde solamente a la calificación de ese examen, sino que es el resumen de todas las calificaciones obtenidas por el candidato a lo largo de todos los años de Escuela de Medicina, de los exámenes de pregrado y de la tesis o trabajo especial exigido antes de dar el grado”.

Muy pronto la lucha revolucionaria, que le exigía una dedicación absoluta, le apartó de su carrera. Nunca ejerció profesionalmente su profesión, para la que se había formado durante siete años. Pero Miguel Enríquez siempre conservó a su lado, como un tesoro, los libros de Medicina.

– Mario Amorós es historiador y periodista. Es autor de Miguel Enríquez. Un nombre en las estrellas. Biografía de un revolucionario (Ediciones B, 2014). Prologado por el Presidente Evo Morales.

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