Acto cultural y premiación de concurso literario en cerro San Francisco

La tarde del sábado 13 se realizó en el cerro San Francisco una actividad cultural y  premiación del concurso literario organizado desde  la Mesa por la salud Talcahuano.

El Primer lugar se lo llevó  Iván Ochoa Quezada con su cuento “Las dos niñas”,  el segundo lugar se titula  “El hombre enfermo de universo” escrito por Jaime Veloso Muñoz y el tercer premio lo recibió  Natalia Montoya Gallardo por “Congénita”

 

De acuerdo a Ciro Ibañez, miembro de la Mesa por la Salud Talcahuano  la actividad fue muy emotiva, se leyeron párrafos seleccionados que dieron cuenta de la sensibilidad de los vecinos  sobre el tema salud, haciendo referencia principalmente a medioambiente y calidad de vida, junto a esto se entregaron diplomas a quienes participaron de la formación de líderes populares en salud , por lo cual, agrega Ciro , se cumplió con creces  el objetivo, ya que sirvió para fortalecer la recién formada Mesa por la Salud de “Los Cerros”.

Mercedes Yobilao indicó que participar en la recién conformada Mesa por la Salud de “Los Cerros”  le ha permitido ejercer “el compañerismo” y compartir una visión sobre salud al conocer e intercambiar conocimiento con los vecinos a la vez que se preserva y valora el conocimiento popular sobre salud como es la aplicación de tratamientos en base a hierbas medicinales,  “la salud es todo  es todo el aire para respirar, es estar bien en todo aspecto” agregó Mercedes.

Fundación Sol colaboró con la actividad cultural entregando informativos y material de la campaña “Que no te vendan tus derechos”, Recaredo Gálvez, coordinador de la plataforma territorial Bio Bio. Indicó a Resumen que la campaña es articulada en Valdivia Santiago, chillán, y Concepción con el objetivo de demostrar que actualmente los derechos como  salud, educación y seguridad social son profundamente  mercantilizados, por  lo que se hace necesario erradicar aquella visión e instalar la idea que los derechos no debe ser vendidos. De este modo se dio cierre a la primera parte de la campaña. Más información  en http://www.quenotevendantusderechos.cl/ y facebook plataformas territoriales Bio Bio y Mesa por la salud

CUENTOS GANADORES

1ª lugar: La dos niñas

Hay dos pastillas en mi mesa cada noche.

 

Una es de un azul afable, paradisíaco, como el cielo de un verano fotográfico. La otra es como un sol pálido, egoísta – una mañana de invierno, si se quiere. Me he aventurado a lamerlas como dulces, con la curiosidad de un niño torpe que luego escupe y mira su bolo acusatoriamente. Saben pésimo, como todos los remedios. A estas alturas debería saber lo que hacen, y por qué no puedo separarlas, pero las he incorporado a mi itinerario igual que una lectura banal o el recambio de sábanas, y dejé de hacerles preguntas en cuanto probaron ser la manera más exacta de mantener a mis médicos contentos.

Me hacen estar bien; mareado pero bien; insomne intermitente, soñador desquiciado y creativo, lúdico como un pintor con una botella de ajenjo. He soñado con suburbios geométricos y tsunamis de colores, trenes que atraviesan montañas gringas y marañas de incoherencias indignas de poner en palabras.No creo en los efectos secundarios; creo en la promesa de un viaje atolondrado e hiperbólico, el universo entero contenido en un par de tabletas, como Alicia cayendo por una madriguera más oscura y pesimista, pero nunca menos colorida.Espero con ansias saber qué me deparan las horas nocturnas, para acumular las locuras que quiero filmar algún día. Porque quiero hacer películas desde la ingenuidad de mi infancia; desde ese momento en que uno se enfrenta al océano con la más dispuesta de las presurasy el horizonte siempre es un cofre de tesoros puros e incorruptibles.De esa caja nuncasalen contratiempos nienfermedades ni dolores abdominalesni secretos forzados.Ese niño toma las pastillas de mi mesa y se pregunta, descolocado, qué pasó entre el cofre y el ahora, como buscando las páginas de un libro que comienza y termina pero no desarrolla. Quiere hacer preguntas, millones de ellas, pero descubre que no hay a quien pedirle explicaciones – que la vida decide por sí misma sin justificarse ni entregar condolencias; que exige ser vivida con un ímpetu doloroso, con un golpe aquí y allá y uno que otro descanso entre la tormenta. El niño aprende a dejar de ser niño con un golpe sordo que cierra el cofre.

 

El niño traga las pastillas con dos sorbos de agua.

 

En media hora empiezan los mareos y los sueños, las intermitencias y delirios.

 

Una enfermedad es azul y la otra amarilla. Sí, deben serlo, tiene sentido.

 

Se conocen a sí mismas.

 

Hablan entre ellas, intercambian rumores sobre el estado de mi hígado, mi estómago, y todas las otras vísceras enfermas. Arman casitas y familias en mi sangre como espero hacerlo cuando termine de ser joven. Sólo quieren vivir otro día, multiplicarse, disfrutar del clima, del amor correspondido –se llaman entre ellas con apodos imprudentes y se entristecen por los saludos no devueltos.

 

Esperan un descuido para saltar y conocer otros cuerpos; se emocionan con un brote oportunista porque esperan conocer caras distintas, idiomas nuevos e impronunciables. Entonces soy un mapa, un continente de países colonizables,con faunas y recursos ricos y explotables. La enfermedad azul escala mi hígado como una montaña y espera plantar la bandera de su pueblo en señal de conquista.

 

Son gente con la que quisiera compartir tragos y risas (si pudiera beber, si pudiera reír) para conocer sus secretos y estrategias, sus pasados, sus miedos, sus tragedias personales, sus minúsculas felicidades.

 

Quisiera saber por qué me escogieron a mí, a quienes vamos a controles semestrales y nos miramos con punzadas cómplices y a rato tristes, esperando que nos llamen mientras escuchamos relatos de pasillo o los ciclos de limpieza del personal de aseo. Quisiera saber qué piensan de todo esto, de las fantasías culpables de salubridad y erradicación, de los personales de aseo propios que tragamos resignados y en silencio. Para ellas deben ser sus enfermedades propias, las plagas de las que se sanan en hospitales urdidos bajo un banco viral en el páncreas o una glándula compleja. ¿Le temerán al dolor, a la inexistencia, a los rumores de infección que deben ocultarle a sus familias y amigos, a la muerte de seres queridos que viven lejos, en una fibra roja, en el tránsito de una arteria? Le temen a la soledad, de seguro; le temen a la extinción.

 

Quisiera explicarle mis divagaciones al médico. Quisiera que no me juzgara por ellas. ¿Cómo plantearle que percibo una dignidad humana en la vida de mis infecciones, una voluntad portentosa, el puro ímpetu de supervivencia? También son niñas con sueños imposibles. ¿Cómo decirle que a veces, en días no tan buenos, quisiera que ellas tomaran el control sólo para satisfacerlas, para brindarles la sorpresa del éxito, la alegría del esfuerzo recompensado? De hacerlo se le derretiría el semblante, se le teñiría el delantal de un horror obsceno y me prescribiría visitas a otros médicos y pastillas varias. Me diría que enloquecí, que sea sensato, que trato a mis enfermedades como buenas amigas.

 

“Pero ése es el punto”, me repito tres veces ya sintiendo que mi cabeza se mece en oleadas– viven en mí, se cuelan en mis secretos y en mis sueños, en relaciones teóricas y en los pormenores de mis días, y la única forma en que vivo feliz es queriéndolas, a mi propia manera. Son seres dignos, después de todo, luchadoras que transitan las horas cumpliendo metas. Hoy una célula, mañana otra. Son respetables y son mías. Y siendo mías las amo más que nada en el mundo, en todas sus infinitas escalas impredecibles, en días buenos y tristes, en los soslayos y los dolores. Amo la relativa salud que me permiten aún, amo que me dejenolvidarlas de vez en cuando, amo el poder dormirme escuchando los sonidos de mi barrio y no los de un pasillo de hospital. Amo a mis doctores y sus insistencias, sus reprimendas, sus prescripciones, amo el futuro en el que todavía creo y en el que ellas están presentes, jugando conmigo como niñas inestables pero bienintencionadas, del tipo de amistades que tus padres te dicen que debes entender para querer más.

 

Son dos niñas, me digo finalmente. Son sólo dos niñas.

 

Doy un abrazo azul y otro amarillo antes de caer inconsciente, a la espera de otra mañana.

 

2ª lugar: El hombre enfermo de universo

El ojo cerrado, el párpado hinchado, el pobre se quejaba de un dolor intenso. El problema, según él, era que tenía un universo en formación al interior de su ojo.

Según la doctora, el diagnóstico era claro. Hinchazón y posible desprendimiento de retina, provocado por un elemento metálico. Y una alta probabilidad, en un cincuenta por ciento, de pérdida parcial de visión de su ojo derecho.

Marcial Martínez había llegado de madrugada el sábado, a la sala de emergencia del hospital del puerto. Los datos que los testigos y su mejor amigo entregaban, lo dejaban muy mal parado.

Marcos, su mejor amigo, sino el único, comenzó el relato.

–    —Mire usted, señor,— dijo su amigo —estábamos en la caleta, conversando amigablemente cinco vecinos, como a una cuadra de la playa. Cuando de repente vimos aparecer a Marcial con una mano cubriéndose un ojo y con la otra dando manotazos al voleo. Quedamos mudos con los viejos, pensábamos que venía con trago, y, efectivamente, venía un poco pasado de copas. Pero lo que vimos a continuación fue tragicómico.

–    —Sáquenme la galaxia, retiren la estrella, evacuen el planeta— decía el Marcial y luego continuó gritando. —¡Mi ojo, mi ojo, me duele!

–    Pensamos que el problema del Marcial no era del ojo, sino de la azotea, que se le estaban corriendo las tejas, para decir amistosamente que se estaba volviendo loco, sumado a lo medio ebrio que andaba.

–    Nos reímos al principio, pero después nos asustamos.

–    De a poco nos acercamos a él, con cuidado porque nos podía llegar un palmetazo, el Marcial tiene la mano pesada— dijo Marcos.

–    El paramédico siguió consultando al amigo del enfermo. Necesitaba toda la información disponible. Su deber era hacer un informe lo más completo posible. Por eso insistía en preguntar a Marcos, si sabía de los hechos anteriores a cuando Marcial llegó a la esquina.

–    Marcos continuó el relato.  —Bueno señor, por lo que yo sé, el Marci vivía hasta hace algunos años con su tío abuelo. El viejito tenía como 90 años y en ese entonces, cuando estaba vivo, el anciano todavía se la podía. Me refiero a que trabajaba, no me mal entienda.— dijo Marcos al paramédico Bermúdez Verdejo, que anotaba cuidadosamente en su bitácora.

–    Ademas el Marci —continuó—siempre ha trabajado, tiene su bote y sale con el Chispa casi siempre a sacar machas. Le va bien. Pero nunca se ha casado, por eso tiene mucho tiempo libre. No es que no le gusten las mujeres, ha tenido varias, pero se le van. Tiene mala suerte.

–    ¿Como es eso?, pregunta el paramédico. ¿vivía solo con su abuelo y quién cuidaba al anciano cuándo estaba vivo?

–    -¡No! – dijo Marcos—Si el caballero se cuidaba solo, era super independiente. Pero el Marci es un poco raro. Hace como diez años se puso super lector, casi todo el dinero que había guardado durante mucho tiempo lo compró en libros. Y como era mucha plata, hizo una biblioteca en una de las piezas vacías.

–    Comenzó leyendo novelas, de esas del oeste norteamericano, con indios, plumas, búfalos y mucha bala. Luego unas de un tal señor Dumas, algo de unos mosqueteros y otra de un tal conde de monte y algo…., eran muchas más, pero solo de esas me acuerdo, porque siempre me las contaba. Me daba la impresión que eran sus favoritas.

–    —Al tiempo después le dio por los libros de ciencia, y los que traían dibujos. Se compró unos empastados grandes, con unas personas de cuerpos desnudos, parece que eran de médicos y enfermedades, porque se veían en los trazos texturas de piernas y brazos. Unas hileras de venas rojas y otras azules entre la carne y la piel. Eran asombrosos, tenían un nombre en la esquina de la página de un tal Da Vinci.—

–    En otra ocasión lo noté más retraído que de costumbre, y supe que se había ido a la biblioteca del puerto, ahí consiguió nuevos libros. El tema era, algo así como, máquina cuática o mecánica cuántica, no me acuerdo muy bien, pero sí tengo claro que tenía que ver con las cosas pequeñas.

–    —De eso hace ya como cinco años. Se metió tanto en el tema, que se le veía poco por la caleta. Incluso viajó a la capital en busca de nuevos libros y se inscribió en unos cursillos y seminarios en la universidad de la ciudad vecina—. Marcos se detuvo un momento para tomar un vaso de agua y mirar a su amigo tirado en la camilla, con gran parche en un ojo y atestado de calmantes, se acercó una asistente de enfermería a revisar su venda, tomarle la presión y temperatura.

–    El paramédico no podía creer lo que escuchaba, tenía la sospecha de que Marcial Martínez se había auto infringido la herida en su ojo derecho. Le dio espacio a Marcos para que siguiera el relato.

–    Hace un par de meses, el vecino, el tío abuelo de Marci murió. —

–    —El falleció de viejito, se quedó en el sueño y no volvió a despertar. Lo bueno es que, al parecer, no sufrió. Desde ahí, el Marcial entró como en una depresión, era su único familiar cercano y quedó como suspendido en el aire. Se metió mucho más en los libros y en ese tema cuántico. Hablaba cosas extrañas sobre unas dimensiones adicionales, que él -decía- tenía el universo y de una teoría nueva que se llama, parece de las cuerdas. Yo lo escuchaba, siempre me contaba historias entretenidas de diversas partes del mundo. Me imagino que las sacaba de los muchos libros que leía. El Marci ya llevaba una segunda pieza llena de ellos.

–    Como soy su amigo de niño y fuimos compañeros de curso en la preparatoria, lo iba a ver bien seguido, pero las últimas veces me daba un poco de temor. Hablaba más rápido y saltaba de un tema a otro sin siquiera haber terminado el anterior.

–    —Yo creo- decía Marcos- que mi amigo enloqueció. Pero enloqueció de locura sola-–¿Cómo es eso? preguntó el paramédico Bermudez. —Simple— dijo Marcos. —El hombre solo sufre, de soledad sola. Pero el Marci sufre doble, hace tiempo que su compañero de trabajo, el Chispa, ya no lo acompañaba en las labores de extracción de la macha. El Chispa no soportó los silencios largos y el letargo del Marci, así que se cambió de bote.—

–    Y la herida en el ojo?— Preguntó el paramédico.

–    Yo creo que el Marci, por lo que me conversaba cuándo lo iba a visitar, se estaba como trastornando. El creía que  en lo pequeño existían miles de millones de mundos. Un día me dijo, imagina que mi ojo es un universo y que en él existen infinitas galaxias y estrellas; hoyos negros o agujeros, no me acuerdo muy bien. Creo que me dijo también algo de un gusano… en un agujero.

–    Pensándolo bien, creo que ése es el problema, ¿si el creía que tenia un gusano en el ojo que le estaba molestando y sufría demasiado? ¿O el gusano se le fue al cerebro?…. ¡Eso es, se le fue al cerebro y por eso hablaba tantas tonteras! Y por eso se trató de sacar el ojo con la cuchara para sacar al gusano.— insistió Marco.

–    Bermúdez, el paramédico lo escuchaba atónito, se había sumado una enfermera, un auxiliar y dos o tres personas en rededor de la camilla para escuchar a Marcos. Pero Marcos ya había terminado su relato.

–    Esa fue la historia que escuché esperando atención. Luego me operarían de apendicitis, diagnóstico errado. Posterior a eso en unos días me volverían a operar, esta vez el diagnostico exacto, cálculos a la vesícula.

Lo último que supe es que Marcial Martínez, una vez recuperado de su ojo, tuvo que empezar a socializar más. Se unió al grupo de amigos por los libros del mar, era un grupo muy diverso que existía cerca de la caleta. Afortunadamente ahí conoció a la que es hoy su pareja, Ana Alderete, su mejor remedio.

 

3ª lugar: Congénita

Una, otra, otra y otra, sentía como pasaban por mi garganta, piedras nocivas que me llevarían al descanso eterno junto con un río frío y gaseoso… ¿que? Si voy a morir por lo menos quería disfrutar por ultima vez mi bebida favorita, siempre desde que era más niña, mi padre me compraba una botella pequeña para que me la llevara al liceo, todos los días, y eso no fue muy sano que digamos pero que mas da, si de todos modos aquí me tienen, a mis cortos 15 años acabando con mi vida.

Fue una suerte darme cuenta que en el hospital a mi madre le estaban mandando mal las pastillas del sueño, así solo me quedaré dormida sin la necesidad acabar conmigo haciendo algo mas “dramático”. Mi mamá tiene que tomar ¼ todas las noches y duerme tan placidamente que no hay quien la despierte hasta el día siguiente. Siempre me pedía (que gracioso hablar de mi en tiempo pasado) que las cortara yo, soy mas cuidadosa y minuciosa, así me pude dar cuenta que le estaban dando 5 pastillas de más para el mes, y tuve que esperar unos 5 meses para juntar una cantidad razonable y así acabar con esto.

Me imagino toda la parafernalia que harán en mi liceo, ¡quizás hasta salga en los diarios!, y mis padres con su doloroso testimonio de “nosotros nunca pensamos que fuera capaz, nosotros pensábamos que estaba bien”. Luego de eso los diversos medios de comunicación harán reportajes de depresión adolescente y cosas así, hasta que finalmente dentro de unos 2 meses ya nadie me recordará.

Ya ha pasado 1 hora y aun no siento los efectos de las 25 pastillas que tome. Me preocupe de estar sola, mis papás fueron a buscar unos cajones de frutas que mi tía les trajo del campo y siempre se quedan hasta tarde hablando de temas de adulto; que los sueldos, que todo sube menos el salario, que los hijos, que los nietos, que mi hija se ve cada día mas flaca y demacrada y no se que hacer porque no me habla y solo se queda encerrada en su pieza y la oigo sollozar pero nunca me dice nada, solo camina como alma en pena por la casa y apenas sale a comer.

 

Dos horas ya, ¿que pasa? Mi madre se queda dormida a los 15 minutos con ¼ de la pastilla y yo me tome 25 y no siento nada… nada a excepción de que se me acaban de dormir las piernas ¿pasaron dos horas? O quizás menos, no se, creo que he perdido la noción del tiem…

-“Cuando va a despertar?”-  Esa voz, yo la conozco, quiero moverme pero no puedo, quiero abrir los ojos y no puedo, siento que me desvanezco de nuevo y las voces se hacen cada vez mas chiquititas –“Fue una suerte que vomitara parte de la dosis que ingirió, su hija tuvo mucha suerte”- …No morí…

El psicólogo me cae bastante bien, se llama Danilo y es joven, creo que soy su tercer caso o algo así, me da un poco de risa que intente analizar cada movimiento que hago, a veces hago cosas a propósito para ver si se da cuento o no. En fin, mi depresión finalmente era en parte por las situaciones que viví, pero descubrieron que tengo algo que se llama “depresión congénita”, osea que estoy medio loca y me deprimo sin la necesidad de que haya algo que me deprima ¿me exprese bien? Con un poco de medicación se supone que estaré mejor. De echo me siento mejor, y me he puesto a pensar en que si fui muy afortunada, y que nada puede ser tan terrible en esta vida como para volver a hacer lo que hice, que debo cuidar mas de mi y mi salud mental, y que yo se que voy a estar mejor…voy a estar bien.

Fin

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