Corrupción: ¿y cómo andamos por casa?

Desde los orígenes de la política, ésta ha servido como caldo de cultivo de la corrupción. Quienes se involucran en ella con mucha facilidad derivan del servicio público al lucro personal. No hay prácticamente régimen que haya escapado a este fenómeno. Pero a pesar de ello, la historia recuerda el nombre de muchos gobernantes que no persiguieron provecho individual con su tarea y la confianza pública depositada en ellos. Décadas atrás, en nuestro país se valoraba a los políticos que culminaban una carrera sin enriquecerse, demostrando un afán altruista que muchas veces los hizo perder lo que tenían o habían heredado. Un dirigente sindical mexicano acuñó la sentencia de que “un político pobre es un pobre político”, cuestión que se hizo nítida en la progresiva corrupción del proceso revolucionario de ese país, a cuyos últimos líderes se les toleraba convertirse en multimillonarios con la promesa que no intentaran volver a sus cargos.

Si bien la descomposición moral de los gobiernos y Parlamentos ha sido propia de las administraciones de derecha, justo es reconocer que bajo el mandato de los regímenes de Izquierda -o de cualquier otra denominación- no se aprecian en este aspecto diferencias sustantivas. Sería la “condición humana” la que se reconoce como culpable de la corrupción, especialmente bajo los totalitarismos, donde no exista control de los poderes del Estado por aquellas instituciones que las democracias justamente desarrollan para controlar los despropósitos. Así todo, tanto las dictaduras, como las monarquías y las repúblicas son susceptibles de desnaturalizarse en el ejercicio prolongado de sus dirigentes en los cargos públicos, los abultados presupuestos que administran y tantas otras oportunidades que ofrece la política.

En lo que respecta a los sectores de Izquierda en Chile, se debe reconocer que ya en el exilio muchos de sus dirigentes tuvieron la oportunidad de “tentarse” con los abultados recursos de la solidaridad internacional. Donaciones millonarias que desde los países escandinavos, socialistas y socialdemócratas se destinaron a Chile, no alcanzaron a las organizaciones “del interior” para las cuales estaban destinadas. Sabemos, también, de la cantidad de recursos destinados por Estados Unidos y su Departamento de Estado a los líderes “democráticos”, a condición de que éstos desistieran de la unidad política y social surgida para combatir a la dictadura. De esta forma fueron cooptados y terminaron haciéndose partícipes de una “solución negociada” para acabar con el régimen pinochetista. Para nadie es extraño hoy que quienes heredaron el poder terminaran, finalmente, por encantarse con la Constitución y el modelo económico y social que habían tildado de “ilegítimo en su origen y contenido”. Como que hasta hoy muchos de éstos se resisten a la posibilidad de una Asamblea Constituyente.

Hay que decirlo con franqueza desde un medio de Izquierda y que ha sido un ícono de consecuencia política y de ética profesional: buena parte de las sinrazones que existen para entorpecer la unidad y la formación de alternativa en la Izquierda chilena se deben al interés de muchos de estos grupos por “administrar” sus nimios liderazgos y alcancías, que todavía son nutridas desde el exterior como desde nuestro propio país. Personalmente, fuimos testigo hace varios años de algunos de los más jacobinos voceros de la Izquierda, del sindicalismo vanguardista y de algunos colegios profesionales que estaban en las nóminas de quienes recibían dinero de los gastos reservados de los gobiernos de la Concertación a objeto, justamente, de que no convergieran y pudieran desafiar con un nuevo referente su hegemonía, tan bien empatada con la derecha.

Cuesta creer que puedan existir diferencias ideológicas tan importantes entre los cinco o seis candidatos presidenciales que compitieron hace un año con las candidatas de la Nueva Mayoría y de la Alianza, si es que ello no le sirviera justamente a la ganadora para imponerse ante tanta dispersión, pese a que el electorado en más de un 58 por ciento prefiriera abstenerse.

Es cosa de ver cómo han desaparecido del mapa político algunos de estos personajes y cómo otros se desgañitan por ser reconocidos por los dos más fuertes referentes o volver a sus antiguos rediles, renunciando a la posibilidad privilegiada de captar el descontento social que, según las encuestas y el sentido común, aumenta por las promesas incumplidas, los proyectos ya desbaratados (como la reforma tributaria) y los que deliberadamente las dos expresiones del binominalismo electoral convienen en dejar para otra ocasión, o simplemente, para nunca.

Lamentable ha sido comprobar la forma en que cuantiosos recursos destinados por Venezuela y otros países han sido burlados en su loable intención de hacer panamericanismo universitario. Penoso resulta comprobar que tantas organizaciones de derechos humanos sigan a tientas en su lucha por la verdad y justicia, mientras estos pequeños caudillos de la política dilapidan recursos al destinarlos a su lucimiento personal, como a la mantención de sus intrascendentes capillas políticas, favoreciendo que todo siga igual en un país del desencanto popular

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 819, 12 de diciembre, 2014

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