La historia de la joven mirista que fue abusada a los 16 años por los militares

Lelia Pérez tenía apenas 16 años cuando fue detenida y abusada sexualmente al interior de los camarines del ex Estadio Chile. Su denuncia, interpuesta hoy en la justicia, pretende construir una advertencia, un relato que mira hacia el futuro con la intención de impedir la reiteración de las atrocidades que ella y otras niñas sufrieron en manos de los golpistas.

La joven Lelia Pérez fue detenida la mañana del 12 de septiembre de 1973. Llegó al ex Estadio Chile con uniforme, su bolso y los cuadernos necesarios para una estudiante de 16 años. Como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), a su corta edad, sus funciones políticas no pasaban de ser un apoyo de base. Por eso, durante aquel Golpe de Estado, la joven mirista se organizó para resistir en una marcha que nunca se concretó.

Su calvario empezó al ingresar al recinto, donde unos civiles se encargaron de tomar sus datos y retener su carnet de identidad. En adelante, los recuerdos se tornan difusos por el dolor, pero son ordenados por Lelia, varios años después, con la mente ubicada en el presente y en los días venideros.

“Pese a que ese es un lugar reconocido internacionalmente sobre las torturas y la muerte, no hay muchas querellas”, comenta Pérez antes de comenzar su testimonio. “Al ingresar al Estadio Chile, nos ubican a las mujeres a un lado y a los hombres en otro. En ese ingreso me pasó algo muy traumático, me separé de mí misma. Al ver las metralletas y todo, yo pensé que a todos nos iban a matar ahí”.

Luego de horas sentada esperando en la galería, Lelia fue conducida hasta los camarines, donde su cabeza es cubierta por una toalla y su cuerpo, desnudado completamente.

“En el interrogatorio que me hicieron me preguntan por los líderes de la Unidad Popular. Yo tenía 16 años y me preguntan, por ejemplo, por Carlos Altamirano. Y tú comprenderás que para mí eran solo personajes que salían en la tele, no los conocía y no sabía quiénes eran y comienzan a golpearme y a colocarme corriente en los genitales”, relató. Pero eso no sería lo peor.

La joven mirista estuvo detenida tiempo después en Villa Grimaldi. Ahí vivió nuevamente la tortura y eso le otorgó la terrible capacidad de diferenciar sus tipos. En Estadio Chile, por ejemplo, las descargas alcanzaban los 220 volts, por lo que su aplicación era breve pero insoportable. “La quemadura que deja la electricidad del Estadio Chile son cosas que yo tengo hasta el día de hoy”, detalla.

Luego de ser interrogada, los militares señalan que “está lista”. A los pocos minutos, un grupo de uniformados la empuja hacia el suelo y terminan por violarla.

“No sé cuántos fueron porque perdí el conocimiento y después me mandaron a un baño a bañarme y cuando estoy ahí me obligaron a comer fecas. Después me llevan a las graderías y yo voy con una ropa distinta a la mía, lo que indica que había más personas ahí o que habían pasado otros prisioneros. Me dejan ahí no sé cuánto tiempo, me vuelven a llamar y me llevan a otro camarín, donde los oficiales me preguntan a mí por qué estoy presa. Era como raro, qué les decís po. Yo era militante del MIR pero era una cabra chica, me había ido a un lugar suponiendo que iba a ser parecido a lo del 29 de junio y que después íbamos a tener que ir a una marcha. Después nos pilló el toque de queda”, contó.

Sus torturadores no se enteraron nunca de su militancia. Sin embargo, volvieron a abusar de ella, utilizando además su cuerpo para mostrar cómo torturar de forma eficiente al resto de los militares. La violación ocurre después de un simulacro de fusilamiento que la atemorizó hasta hacerla orinarse. Tras el primer abuso cometido, Lelia recuerda: “Cuando me violaron, le gritan a los hombres: esto es lo que hacemos con sus putas”.

“Nos anima a denunciar lo que pasa hoy en nuestro país”

La querella interpuesta por Lelia Pérez encuentra su motivación en el presente. Junto a otras ex prisioneras políticas, han denunciado las violaciones sexuales de la dictadura con la idea de visibilizar dicha forma de violencia política que fue utilizada, en la mayoría de los casos, contra mujeres.

Sin el apoyo de sus compañeras, confiesa Lelia, no hubiera podido sacar afuera su testimonio. “Hay cuatro compañeras que hicieron una querella y somos un grupo de 3 personas que fuimos violados cuando éramos menores de edad”, explica. El próximo viernes, por primera vez, un hombre que sufrió la violencia sexual cuando todavía era un niño, presentará su caso a la justicia.

Hiram Villagra, abogado de Pérez, asegura que “es importante profundizar en el conocimiento sobre lo que fue la realidad de terrorismo de Estado que existió en dictadura. Cuando uno pensaba que había conocido todo lo que es el terrorismo, aparecen nuevos temas”. Es de particular interés para él y su representada, exponer lo que realmente ocurrió en el ex Estadio Chile. “Una niña de 16 años fue violada para mostrarle a los demás lo que les ocurriría”, sostiene.

El motor del testimonio de Leila se sustenta en los abusos recientes que las estudiantes han denunciado, apuntando a la responsabilidad de Carabineros en las detenciones ocurridas tras las marchas.

“Nos anima lo que pasa hoy en nuestro país cuando nosotros nos enteramos acerca del trato y el maltrato que viven las niñas, especialmente, del movimiento estudiantil, cuando son detenidas. Algunas de ellas son sometidas a vejámenes, las obligan a desnudarse. En función de eso, nos preguntamos cuál puede ser el aporte de la memoria para que esto no siga ocurriendo. Entonces, dijimos: hablemos de la violencia sexual en específico porque nosotras siempre la mantuvimos como parte de la tortura. Pero no es, son crímenes distintos”, argumentó Pérez.

Interesadas en lo que ocurre en Chile hoy con las estudiantes y el trato policial, Lelia y otras ex prisioneras se reunieron con estudiantes para compartir experiencias y conversar sobre la violencia sexual. “Fue una cosa muy dulce. Nos dijeron: con nosotros terminan donde con ustedes empiezan. Ellas nos dicen que el que las desvistan es de lo más terrible que les pueden hacer, pero para nosotras ese era el comienzo de la tortura. Les dijimos que pueden haber grados, pero que eso era violencia sexual y nadie tiene derecho a hacerlo. Mi interés es que se castigue y eso termine de una vez”, apunta.

Los años de espera por justicia le han dejado en claro que ésta es esquiva a la hora de castigar a los responsables de la tortura y la desaparición de cientos de sus compañeros. Algunos estarán muertos, dice, otros tratarán de hacerse pasar por locos. Lo que ella espera, verdaderamente, es un pronunciamiento del Estado, el reconocimiento oficial el sufrimiento que debió soportar a sus 16 años, con el fin de evitar cualquier forma de repetición de su dolor en las niñas del presente y del futuro.

Fuente: http://eldesconcierto.cl/la-historia-de-la-joven-mirista-que-fue-abusada-los-16-anos-por-los-militares/

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