La verdad y Ayotzinapa

Desde hace décadas, se ha pretendido descartar y dejar la existencia de la verdad en los textos de ciencia y de filosofía como resultado de buenas intenciones de brillantes, pero ingenuos estudiosos que buscaron en vano mejorar la condición humana mediante la determinación de verdades. En su lugar, sostienen posiciones relativistas y posmodernas, es más democrático, libre y tolerante vivir en un mundo en el que cada sujeto sostenga sus propias visiones y opiniones sin necesidad de demostrar su valor de verdad. Así, la verdad y su búsqueda son vistas como actitudes autoritarias, impositivas; la ciencia que busque la verdad se constituye en una empresa que tenderá al dogmatismo y a la opresión. Es así como Paul Feyerabend afirma que la ciencia carece de método y que cada científico hace las trampas metodológicas necesarias para llegar a las conclusiones que ya había elaborado en su mente a priori con tal de determinar alguna verdad. La sociedad fincada en la existencia de la verdad y que tenga a la ciencia como uno de sus pilares, es opresiva, la libertad para pensar y elaborar se ve truncada por la hegemonía de esa ciencia que se pretende buscadora de lo inexistente: la verdad. Cada forma de conocimiento tiene su verdad, ninguna es superior a otras.

La verdad, dicen los pragmatistas, se juzga sólo en relación con la utilidad inmediata de cada conocimiento, es relativa a las necesidades de cada sujeto y sólo si le sirve en su vida cotidiana, puede ser considerada verdad, aunque se oponga a la utilidad de otros sujetos. Cada quien encuentra su verdad en sus necesidades y la utilidad de cada conocimiento para satisfacerlas.

Cada quien “su verdad”, claman estas corrientes filosóficas. Cada quien con sus ideas y pensamientos; la posibilidad de su contrastación con el mundo externo es banal, el prejuicio de cada sujeto imposibilita la contrastación.

 

Crasos errores todos estos.

Estas tesis llevan a irresolubles problemas lógicos. El primero de ellos es el de la demostración de la certeza de sus tesis, en otras palabras: ¿es verdad que la verdad no existe? Si la respuesta es afirmativa, entonces la verdad sí existe al menos para ese caso, resultando imposible probar por qué en los demás casos no existe. Si es negativa la respuesta, eso quiere decir que la verdad existe y que se ha demostrado la falsedad del enunciado que afirma su inexistencia.

Pero hay un ámbito en el que el relativismo se topa con obstáculos más graves: los ámbitos de la moral y la ética, Si concluimos que la verdad no existe o que cada quien tiene su verdad, resultará imposible calificar las acciones de los seres humanos, justificarlas o reprobarlas. La valoración de cualquier arbitrariedad o crimen y de las mentiras que se elaboran a causa de ellos es imposible, dado que cada sujeto actúa con arreglo a sus arbitrarias normas y ninguna de ellas podría ser contrastada con la realidad. Al no existir verdad, tampoco hay mentira.

Eso es justamente lo que el amplio movimiento social de este país está combatiendo: frente a las simulaciones y falsedades que el gobierno ha montado en relación con la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, se levanta la exigencia de conocer los hechos como tales. En este sentido son de llamar la atención las investigaciones científicas que los doctores Jorge Montemayor Arvide y Pablo Ugalde Vélez han realizado, intentando desmontar la cada vez menos creíble versión del procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, acerca de la incineración en el basurero de Cocula, Guerrero. Si la verdad no existiera, no tendrían el menor sentido ni la protesta social ni las investigaciones científicas acerca del paradero de los compañeros estudiantes desaparecidos. Uno y la otra se ubican en claro desafío tanto al gobierno mexicano y le dan contenido al movimiento social.

La exigencia de millones de mexicanos del esclarecimiento del crimen de Ayotzinapa y demás desapariciones, de los feminicidios, del castigo a los culpables, es en sí la búsqueda de la verdad y la convicción de que la verdad (así, en singular) está siendo ocultada a la opinión pública y a los familiares de los desaparecidos, de que el gobierno miente. Por eso es que el sistema le teme tanto a la verdad, porque un país en el que la mentira, la falacia, el ocultamiento y la simulación son la moneda corriente utilizada por el sistema para ocultar sus reales objetivos, la verdad se convierte en el acto más subversivo que pueda existir, o como lo dijera Antonio Gramsci: “La verdad siempre es revolucionaria”.

 

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