[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Las instituciones se derrumban en un mundo en crisis

[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Las instituciones se derrumban en un mundo en crisis

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¿Se acuerda Ud. de que en diciembre, hace sólo un par de meses, millares y millares de chilenos andaban sacando pecho porque nos habían declarado el país menos corrompido de América Latina?

Y ahora, que la Alianza y la Nueva Mayoría, se están lanzando a la cara mutuamente unas tortas rellenas de fango, bueno, aquellos que se pavoneaban ya no saben qué pensar.

El escándalo del enorme grupo financiero Penta, con sus falsificaciones y contabilidad adulterada para pasarle secretamente millones a los políticos de su agrado, de la Alianza, que en la práctica venían quedando a su servicio, ahora quedó montándose en el otro escándalo de la Nueva Mayoría, cuando aparece que también candidatos socialistas tiraban la manito frente al chanchito de Penta (la alcancía de Penta, quiero decir).

Y paralelamente, hasta la maternal y presidencial figura de Madre Nutricia de la señora Michelle Bachelet resultó salpicada por el tortazo de vuelta que les mandó la derecha por el llamado escándalo de la empresa Caval, apodado el NueraGate, donde la nuera de la presidenta se embolsicó en una veloz movida, en unas pocas horas, más plata que la que ganan en toda su vida un profesor, más su mujer profesora, más sus hijos profesores y sus nietos profesores.

Pero en fin, menciono esta podredumbre chilena porque, como lo señaló Tomás Mosciatti, exhibe la descomposición y el derrumbe de eso que llaman… “la Institucionalidad”. El conjunto de esas Instituciones que según la constitución de Pinochet, todavía vigente, comparten con el pueblo de Chile el ser parte esencial de la Nación. Y lo sabemos bien: en la balanza política, las instituciones casi siempre pesan más que el pueblo

 

En realidad ni siquiera en lo mugriento esos políticos chilenos son originales. Es a nivel mundial que las instituciones se están derrumbando, vacías del sentido que se les había atribuido, y podridas, reblandecidas en sus estructuras. Pero seamos claros: las instituciones son sólo diseños, mandatos a menudo torpemente redactados, para regular los quehaceres de la vida humana.

Y esas instituciones, esos diseños bien o mal redactados, sólo se vuelven activas a través de las personas encargadas de activarlas y aplicarlas. Es decir, en términos reales, es verdad lo que decían los romanos en tiempos de Cicerón: Ninguna ley es mejor que los hombres que la aplican.

Según la Deustche Welle, por ejemplo, la llamada Marcha del Silencio convocada en la semana por la oposición argentina en contra de la presidente Cristina Fernández, más que un acto de partidos políticos, fue una expresión de desconfianza de la gente sobre las instituciones del Estado.

Unas instituciones que vienen amparando el secretismo, el encubrimiento y la impunidad, invariablemente, en una misma línea continua que al menos se remonta hasta las dictaduras militares, ladronas, torturadoras y asesinas, y se prolongan a través de los gobiernos neoliberales que culminaron en la debacle económica de Fernando de la Rúa en Buenos Aires.

De lo que se acusa a la presidenta Cristina Fernández es de que ella solita no haya logrado eliminar la corrupción acumulada a lo largo de los últimos 40 años.

Hacia donde miremos en el mundo actual vemos un pantanal de corrupción. En Europa, nada menos que el presidente de la Comisión Europea, o sea, el Presidente de Europa, Jean-Claude Juncker, tuvo que reconocer, públicamente, que mientras estuvo en el gobierno de Bélgica, su país fue cómplice en armar triquiñuelas jurídicas para que las grandes corporaciones transnacionales pudieran evadir impuestos.

O sea, permitió que evadieran impuestos que legítimamente le correspondían a sus propios países miembros de la Unión Europea. Y, sin embargo, aunque delincuente confeso, Juncker conservó el apoyo de las cúpulas derechistas y quedó en la más perfecta impunidad y bien confirmado como el señor presidente de Europa.

En España, desde la familia real hasta los directivos, más o menos no más del Partido Popular, están salpicadísimos por escándalos de sobornos, malversación de fondos públicos e incluso robos, rapiñas y raterías.

En Gran Bretaña, el enorme banco HSBC, de Londres, está enjuiciado por operaciones igualmente enormes de lavado de dinero, evasión de impuestos y falsificaciones a través de unas 100 mil cuentas ocultas en más de 20 países, incluyendo Argentina, donde el gobierno le entabló una querella criminal.

¡Bueno, pero eso es sólo el comienzo de una lista abrumadora!

Ud sabe que esta semana el Fondo Monetario Internacional resolvió sacar plata de no se sabe dónde, y entregó otros 17 mil millones de dólares al gobierno de Kiev en Ucrania. Pero, a cambio de que ese gobierno asuma diversos compromisos entre los cuales se cuenta, fíjese Ud., según fuentes de GreenPeace, debe eliminar toda restricción para el uso de semillas genéticamente modificadas. Es decir, entregarle a la Monsanto y a la Dupont, en bandeja, toda la producción de cereales de Ucrania… Y Ucrania, después de Rusia, Estados Unidos y Canadá, es el cuarto productor de trigo del mundo.

Pero las cosas siguen en todas direcciones. En Estados Unidos, el 23 de enero, un senador demócrata por California, Ron Calderón, fue detenido por 24 cargos de sobornos por manejos amañados para legislar a favor de ciertas empresas. Si se le confirman los cargos, podría ser condenado hasta 400 años de presidio.

Los casos de corrupción ya son innumerables. Pero el más estruendoso en EEUU. fue dado a conocer el jueves, con la denuncia y la intervención policial del FBI en el segundo banco más grande de Israel, el Bank Leumi.

Por lo pronto ese banco ya aceptó hacer un primer pago como indemnización de 130 millones de dólares a los agentes investigadores en Nueva York, más otros 270 millones de dólares al gobierno federal, junto con el compromiso de prestar asesoría a los agentes federales, para investigar a los demás bancos israelíes que operan en Estados Unidos.

Según investigadores directamente involucrados, el Bank Leumi venía lavando dinero y sacando del país ilegalmente millones y millones de dólares cada mes, en dinero efectivo que luego se depositaba en los mismos bancos en territorio de Israel y a menudo en cuentas con nombres falsos.

Lo más grave de este escándalo es que se está produciendo justo en momentos en que organizaciones judías de Estados Unidos están iniciando intensas presiones, que llegan a alcanzar un tono amenazante, a los parlamentarios demócratas que se nieguen a estar presentes cuando el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, pronuncie su discurso en el Congreso.

De hecho, fíjese Ud., el presidente de la Organización Zionista de América, Mort Klein, amenazó con atacar denunciando personalmente a cada uno de los parlamentarios que no se presente a escuchar el discurso de Netanyahu, y especificó que sólo se perdonaría a aquel congresista que presente un justificativo médico por su ausencia.

Ud. puede imaginarse cuál será el efecto de esas amenazas, ante la opinión pública de Estados Unidos.

Pero, ¿cuánto importa la opinión de la gente, cuando no son vísperas de elecciones? …

Ya en abril del año pasado, la prensa mundial dio a conocer un estudio realizado por investigadores de las universidades de Princeton y Norwestern, analizando cerca de dos mil procesos legislativos en Estados Unidos, durante un período de 20 años.

En cada caso se enfrentaban, por un lado, intereses de lobby de fuertes grupos económicos, a los que, por el otro lado, se oponía la opinión claramente expresada, de una gran mayoría de la opinión pública.

El resultado mostró que, salvo en casos excepcionales, en la proximidad de elecciones, la opinión de la gente, aunque fuese una mayoría enorme, tenía cero efecto en las decisiones legislativas.

En cambio, los deseos planteados por las empresas mediante lobby, prevalecían casi invariablemente.

De ahí que la investigación de ambas universidades culminó en un reporte titulado, a nivel mundial: “¿Es Estados Unidos una democracia o una oligarquía?”.

Pues bien, la semana pasada, en su encuentro con los periodistas acreditados, el presidente Barack Obama declaró que él anhelaría que el Congreso aprobara una enmienda constitucional para controlar los aportes de las empresas privadas en el financiamiento de campañas electorales.

Obama se refería al fallo emitido por la Corte Suprema durante el gobierno de George W Bush, en que, por cinco votos contra cuatro, declaraba ilegal cualquier intento del gobierno de controlar los aportes financieros que libremente quisieran hacer empresas o sindicatos para campañas políticas.

La justificación del fallo se basaba en que los aportes a las campañas electorales son una forma de libertad de expresión y que, por lo tanto, restringir ese flujo de dinero equivaldría a imponer censura a la libre expresión de las empresas y de los sindicatos.

Por supuesto, a partir de ese fallo, las campañas electorales se hicieron cada vez más caras, con enormes inversiones en todos los medios de difusión. Y también por supuesto, eso llevó a que ningún candidato que no contara con padrinos financieros, pudiera soñar con ser elegido.

O sea, a partir de ese fallo, el viejo e ingenuo sueño democrático fue reemplazado por una inexorable oligarquía plutocrática. Se produjo lo que el escritor George Orwell describió al decir que la gente tiende a marchar detrás de sus banderas, sin darse cuenta de que las banderas marchan detrás de los dólares.

 

Así se presento la llamada “Revolución Neoliberal”, una revolución supuestamente libertaria que generaría riqueza para todos, junto a un nuevo espíritu y nuevos códigos de valores para una nueva humanidad globalizada.

Hoy está bien claro que no se generó riqueza para todos. No. Sólo para unos pocos, poquísimos privilegiados. Y que la humanidad más que nunca, parece sumida en enfrentamientos caóticos y destructivos.

Y quizás lo más pernicioso en términos de civilización, fue el haber sintetizado en el dinero el conjunto de los valores de la conducta humana.

Se llegó insensiblemente a establecer una equivalencia automática entre la abundancia o escasez de dinero y la abundancia o escasez de progreso humano. Pareciera que la gente ha perdido la capacidad de percibir el ámbito de felicidad que es independiente o solamente un poquito afectado por el dinero. La vocación, la realización personal, en fin, aparecen puestas de lado ante la apremiante noción de que “hay que ganar harto dinero”.

Y por supuesto, al perder nuestros valores íntimos y limitar nuestro anhelo únicamente a obtener dinero, la gente va quedando irremediablemente propensa a la corrupción mediante dinero. Podríamos decir que las enormes concentraciones de dinero son una especie de arma biológica con la cual se reduce a millones de personas a una obediencia sumisa y un estado de corrupción latente.

 

Es real que las instituciones se han convertido en entidades caducas, y sus leyes y reglamentos se han convertido en un laberinto de disposiciones a menudo inútiles y casi siempre mal redactadas… , pero muy bien adecuadas para que en esos laberintos pueda esconderse la trapacería, la pillería, el despojo a los bienes y los derechos de la gente común.

Los niveles repugnantes de corrupción que estamos viendo en Chile y en casi todo el mundo, son básicamente el resultado de reducir nuestra vida interior a equivalentes monetarios, y esconder esa adulteración en el secretismo, el silenciamiento de la realidad que garantiza campo libre e impunidad para los privilegiados.

Pero, ¿qué puede oponerse a ese proceso gangrenoso de descomposición? ¿Mano dura, quizás, como lo hizo Wadimir Putin con los oligarcas enriquecidos con la ruina soviética? ¿O condenando a muerte a los millonarios corruptos como lo está haciendo ahora el gobierno de China?

¿Hay quizás que cambiar estas instituciones corruptas, por otras instituciones nuevecitas y potentes?… ¿Hay que dictar otros miles de leyes para corregir las torpes sucias leyes que están demoliendo nuestra civilización?

Sabemos que no. Que no es por allí por donde podría amanecer una nueva esperanza. No son ni las leyes ni las instituciones. Somos nosotros, nosotros mismos los que debemos retornar al proceso evolutivo, a la senda biológica que debemos recorrer porque somos seres vivos.

Fascinados por las baratijas tecnológicas, nos hemos embriagado hasta el punto de creer que ahora ya estamos afuera de la evolución natural, y que el ser humano del futuro podrá ser diseñado por equipos de expertos a sueldo de las grandes empresas.

Y es creyendo esa tontería que estamos en estos momentos viendo un planeta que parece moribundo, poblado por muchedumbres voraces, donde el hombre siente odio por el hombre y busca cualquier estúpido pretexto para que ese odio se vuelva agresión sangrienta.

 

Desde la más remota antigüedad, los seres humanos entendimos unas verdades crudas y valiosas. Por una parte, reconocer que de alguna manera somos iguales, pero que al mismo tiempo somos también distintos.

Que la rareza, el carácter único que tiene cada persona humana, es un tesoro esencial que nos abre el destino hacia lo inesperado. Y, por lo mismo, que todos los humanos necesitamos ser capaces de percibir bien la rareza de los demás, incluso tomando en cuenta que esa rareza podría volverse peligrosa en un caso dado.

Todas las culturas primordiales de la humanidad aplicaron formas de eugenesia, incentivando la fertilidad de los que consideraban “mejores” de algún modo.

Los más sanos, los más adaptables, los más inteligentes, los más valientes, los más perseverantes y los más hermosos… Fíjese que los más recientes estudios genéticos han detectado que la mayoría de las personas comunes de nuestro tiempo, gente como Ud., como yo, tienen en su ADN genes de grandes personajes de la antigüedad.

Ello, porque esos personajes, mujeres y hombres, procreaban en forma muchísimo más abundante que los demás, los menos aventajados. Y ese fenómeno se da en todos, absolutamente en todos los animales de manada.

Pero junto con eso, las culturas primordiales también trataban de reducir la fertilidad de los menos aventajados. En algunas culturas mataban a los recién nacidos que salían defectuosos, pero en general se limitaban a evitar o frenar su reproducción.

Hoy la eugenesia apunta más bien a la planificación familiar. En muchos países de alto desarrollo social, como Suecia, Alemania e Israel, es común que las parejas jóvenes se hagan análisis de ADN, para detectar a tiempo su compatibilidad genética cuando llegue el momento de tener hijos.

Pero en general las parejas del mundo se entregan a que pase lo que tenga que pasar no más. Y de hecho se da que, en general, las parejas más aventajadas social, cultural y económicamente, tienen menos hijos, mientras que los de menor nivel económico y cultural presentan una fertilidad muchísimo mayor.

¿Será que ese tema terrorífico de la eugenesia pudiera ocultar una respuesta?…

Como fuere, ya nuestra civilización no puede permitirse seguir con la obsesión de pensar en plata. Es preciso buscar un criterio moral, un andamiaje de valores humanos, para edificar nuestra conducta de manera coherente con nuestros anhelos profundos, con nuestra capacidad de reconocernos a nosotros mismos en los demás, y reconocer a los demás en nosotros mismos… y hacerlo también de un modo coherente con lo que la ciencia nos muestra.

 

Fíjese que en nuestro ADN estructural somos idénticos en un 99% con los chimpancés. Ese diminuto 1% encierra toda la diferencia entre el chimpancé y el ser humano.

Una ínfima porción de nuestra biología contiene las claves totales de nuestro destino como civilización y como especie viva.

Para ser libres hay que estar vivo. La condición biológica de la persona, más que una fatalidad, es la cave de la inteligencia y de la libertad.

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, hay peligro, hay mucho peligro.

 

Imagen: http://fiestoforo.cl/498

 

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