Eduardo Galeano, otro nadie

Eduardo Galeano, otro nadie

Por Daniel Mathews / Resumen.cl

Nadie ha muerto, o mejor dicho: ha muerto un nadie. Galeano era, como tantos de nosotros, nadie:

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Como vemos, en este poema no solo nos habla de los negados por el dinero. El 12 de octubre de 1492 a las 3 de la tarde se invento el concepto de “raza” para clasificar a los seres humanos. Desde ahí para ser culto uno debía ser varón, heterosexual, europeo (o eurocentrista), serio. Tener corbata. El primer quemado de la Inquisición en el Perú fue un luterano francés. Pero no fue por eso que lo quemaron. Fue por investigar los conocimientos prehispánicos. En venganza hasta hoy sigue vivo Mateo Salado, es el nombre de una huaca en Lima, ya no la Inquisición.

La idea de “arte” e incluso la de “ciencia” se construyo desde esta perspectiva. El arte como oposición a la artesanía, el médico como superior al curandero. La literatura de cordel ¿es literatura? Galeano se hizo muy amigo del escritor Borges. Pero no de Jorge Luis sino de José Francisco, escritor de cordel y por tanto grabador. El libro Las palabras andantes está fabricado con textos de Galeano y grabados de Borges.

En plena era de la televisión, Borges sigue siendo un artista de la antigua tradición del cordel. En minúsculos folletos, cuenta sucedidos y leyendas: él escribe los versos, talla los grabados, los imprime, los carga al hombro y los ofrece en los mercados, pueblo por pueblo, cantando en letanías las hazañas de gentes y fantasmas (Las palabras andantes)

Eduardo Galeano es el escritor de los nadies. Es natural que lo sea: En su juventud trabajó como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, entre otros oficios. Su oficio de literato lo comenzó como periodista que es la escritura más cercana a la gente de a pie. Por eso esa posibilidad de ponernos toda la historia de América en relatos breves. El periodismo y la poesía son el arte de lo conciso. Pero además con las palabras sencillas. A él se le podría aplicar lo que cuenta Machado:

Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que se le dicta.

-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

La superación de esta dicotomía entre lo “culto” y lo “no culto” sitúa a Galeano en una posición privilegiada. Desde ahí supera todas las barreras que dividen a los humanos. Las fronteras por ejemplo. Fue una superación teórica. Derivada de su filiación socialista. Oponía el internacionalismo a la globalización, que es como privilegias las relaciones entre las personas a las que se dan entre los bancos. En Las venas abiertas de América Latina nos cuenta la historia del continente como si fuera una sola en la que lo que ocurre en las distintas provincias (perdón, quise decir países) son anécdotas de una sola trama. “Probablemente no haya región en el mundo que contenga tantas maravillas escondidas como América Latina”, sostenía

Pero también supera las fronteras en actitud vital. Buenos Aires fue entonces su primer destino, y allí dirigió la revista cultural Crisis, que apostó a la difusión de cultura popular: “La revista recogió las voces de los locos del manicomio, los niños de las escuelas, los obreros de las fábricas, los enfermos de los hospitales; queríamos difundir a los que venían de abajo”, nos cuenta.

La revista apareció entre mayo de 1973 y agosto de 1976, produjo 40 números de alrededor de 80 páginas cada uno. No poseyó editorial ni expuso pautas a seguir desde sus primeros números. Y es que Galeano nunca creyó en verdades únicas. La única crítica que le hizo a su querida revolución cubana estuvo relacionada con el partido único: “Yo no creo en el partido único porque implica una verdad única”. Es la misma crítica que le hace al capitalismo, con su partido único “disfrazado de dos” en los Estados Unidos o las dictaduras latinoamericanas. Cuando una de estas se impuso en la Argentina la revista dejó de tener razón y Galeano se marchó a España.

La estadía en España fue clave para seguir viendo Latinoamérica desde lejos, y construir así Memorias del fuego, el libro que más orgullo le generaba: “Fueron tres tomos, mil páginas, toda la historia de las Américas de norte a sur. Había que estar muy loco para emprender semejante aventura. Muy loco o muy exiliado”, dijo en 2012. Recién en 1985 volvió a su Montevideo natal, donde muchos decían que era habitual encontrarlo caminando por la costanera.

La pasión por la historia en Las venas abiertas de América Latina o en Memorias del fuego parte, sin embargo, de una visión vitalista de la misma. Galeano ve dos maneras de actuar frente a la historia. Una, que él rechaza, nos enseña el pasado para que nos resignemos al presente. Nos presenta la historia como algo ya ocurrido, al presente como la natural consecuencia de eso. Es una historia de museos y monumentos, de fechas memorables. La historia, no sólo el pasado sino incluso el futuro, no se hace, viene hecha.

La otra es ver la historia como una memoria desde la que se puede construir el porvenir. Esa es la que él práctica: “Yo no soy historiador. Soy un escritor que quisiera contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable: quisiera conversar con ella, compartirle los secretos, preguntarle de qué diversos barros fue nacida, de qué actos de amor y violaciones viene”.

Por eso en su historiar entra de todo. Desde la búsqueda de El Dorado hasta los partidos de fútbol. El joven Galeano no pensaba ser escritor sino futbolista. Pero pronto descubrió que tenía dos pies izquierdos: “siempre fui un “pata dura” terrible”. Lo único que podía en el fútbol era escribir sobre él. Le dedicó dos libros. El más importante Fútbol a sol y sombra “rinde homenaje al fútbol, música en el cuerpo, fiesta de los ojos, y también denuncia las estructuras de poder de uno de los negocios más lucrativos del mundo”.

También fueron temas suyos la ecología, la política internacional, el lugar de la mujer, los derechos humanos y el amor. Él definía la rebeldía como “un acto que proviene del amor”. Obra que le valió el premio Casa de las Américas en 1975 y 1978 y el premio Stig Dagerman en 2010, entre otros reconocimientos.

Escribir también le valió amigos: uno de ellos fue el también uruguayo Juan Carlos Onetti, a quien definió como un “falso puescorpín”. “Conmigo, siempre fue cariñoso, quizá porque yo, que era muy chiquilín, era capaz de compartir con él jornadas de largos silencios”. De él aprendió una de las únicas rutinas que guiaron su escritura: “Las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”, le dijo el autor de El astillero, y Galeano tomó nota. Su otra rutina era “escribir cuando le picaba, sin horarios ni obligación”.

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