[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Tratado Transpacífico (TTP)

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En Europa y en Estados Unidos está cobrando fuerza un mar de fondo. Con sorprendente rapidez, las bases sociales y la opinión pública ha comenzado a tomar conciencia de nuevos hechos concretos que exhiben indicios muy marcados de que detrás de los nuevos tratados de libre comercio que Washington está tratando de imponer, el Trans-Atlántico y el Trans-Pacífico, se esconde un plan apuntado a la adquisición del Poder Político Mundial, por las grandes sociedades anónimas.
En realidad, grandes analistas económicos y políticos, muchos de ellos liberales, están planteando que el fervoroso empuje de Barack Obama por lograr que se aprueben esos dos tratados es sólo el episodio culminante de un proceso que se ha desarrollado desde los tiempos de Richard Nixon, pasando por 5 presidentes republicanos y dos demócratas, de Estados Unidos.
Según la célebre analista canadiense Naomi Klein, ya durante el gobierno de Nixon se inició el formidable experimento económico y político inicialmente conocido como “la Escuela de Chicago”, los famosos “Chicago boys”, y luego como la doctrina neoliberal de libre mercado, caracterizada por procurar disminuir y eventualmente anular las atribuciones del Estado para manejar o conducir la economía.
Naomi Klein sostiene que la punta de lanza de esta economía anti-estatista fue precisamente una serie de experimentos políticos antidemocráticos que se centraron sobre todo en América Latina, comenzando en 1973 con el golpe militar de Augusto Pinochet que derribó el gobierno del presidente Salvador Allende.

En realidad, se trataba de disponer precisamente de un Estado brutalmente poderoso, con el poder concentrado en un gobernante dictatorial dispuesto a borrar rápidamente y apoyado en las bayonetas, toda la estructura político social y económica que se había erigido durante el siglo 20.
Anular las facultades del Estado para conducir la economía, y privatizar rápidamente todo lo que fuera propiedad fiscal o estatal y tuviera relevancia económica. Junto con ello, se eliminó el sistema de Seguridad Social basado en Cajas de Previsión, y en cambio se estableció el sistema privado de Administradoras de Fondos de Pensiones.
Durante el gobierno de Ronald Reagan, ya en 1981 comenzó a aplicarse fuertemente en Estados Unidos esta nueva doctrina. Por una parte, se otorgó una fuerte reducción de los impuestos a las empresas, a la vez que se imponía una línea dura contra los sindicatos, y fueron eliminadas casi todas las medidas legales que pudieran regular la actividad financiera.
Con ello, se redujo el ingreso de recursos monetarios del Estado, que comenzó ya entonces a depender del crédito sobre bonos soberanos para cubrir el déficit de sus presupuestos.
En tanto, al término del gobierno de Reagan y durante el de George H Bush, se produjo un acercamiento con la Unión Soviética, en términos que todavía hoy no son más que parcialmente conocidos.
Como fuere, al producirse el súbito derrumbe de la Unión Soviética, sobre sus ruinas comenzó instantáneamente un pulular de inversionistas que pugnaban por privatizar todo el inmenso parque industrial soviético, así como sus inmensas extensiones de cultivos intensivos, sobre todo de trigo, cuya producción era igual a la de Estados Unidos y algo superior a la de Canadá.
La Rusia post soviética era el premio gordo de la lotería neoliberal. Fue por ello que, por ejemplo, el Fondo Monetario Internacional se negó a otorgarle al gobierno de Boris Yeltsin un préstamo de apenas 20 mil millones de dólares, para sustentar al Estado durante las reformas del nuevo modelo económico.
La negativa se basó en que, no, Rusia no necesitaba crédito ya que podía financiarse perfectamente bien vendiendo las propiedades del estado.
En realidad, quedaba muy clara la intención de reducir el nuevo estado ruso a una entidad inoperante, en manos de oligarcas asociados a los grandes capitales de Estados Unidos y Europa.
De hecho, oligarcas multimillonarios como Víktor Chernomyrdin, o Boris Abramovich Beresovski y Mijail Jodorkovski, habían declarado a la prensa mundial que Rusia carecía de una base social suficientemente preparada y que el nuevo régimen post soviético debía ser conducido directa y exclusivamente por los grandes empresarios.
Es decir, se esperaba que Rusia se convirtiese en un inmenso y riquísimo territorio en el que el poder político estaría por completo en manos de las grandes empresas que, por cierto, debían contar con el necesario apoyo de una fuerza policial que fuese a la vez dócil y poderosa.

Pero en los momentos en que Rusia parecía sumida en la ruina y el terrorismo, el presidente Boris Yeltsin llamó a integrarse a su gobierno a un grupo de jóvenes profesionales encabezados por el abogado Vladimir Putin y su amigo el economista Dimitri Medvedev.
El nuevo equipo de gobierno generó en Rusia un proceso vertiginoso de recuperación en todo sentido. En apenas 17 años, Rusia se recuperó completamente del caos ruinoso de la primera década post soviética. Pero, ante el modelo político-económico planteado por las grandes sociedades anónimas, ese “milagro ruso” no era más que una amenaza intolerable.
Ante ellos se erigía un modelo alternativo que había logrado un portentoso éxito económico basado en la planificación y la rigurosa intervención del estado, y que desafiaba abiertamente la tesis del Fin de la Historia, y del Nuevo Orden Mundial basados en la hegemonía militar de Estados Unidos sobre todo el planeta.
Recordemos que en 1990, al lanzar la primera Guerra del Golfo, el presidente George H Bush había declarado textualmente, fíjese Ud.: “Como estadounidenses sabemos que a veces hay que dar un paso al frente y asumir nuestra responsabilidad de dirigir al mundo”.
En tanto, también China había producido un fenómeno político, económico y social que venía a desafiar ese Nuevo Orden Mundial de las grandes sociedades anónimas o corporaciones transnacionales.
Después de la caótica Revolución Cultural que rodeó la muerte del líder Mao Zedong, nuevos dirigentes del comunismo chino, encabezados por Deng Xiaoping, habían dado inicio a una nueva, una segunda revolución en que China aplicaba su propio modelo híbrido de economía planificada y dirigida, pero a la vez dotada de los recursos de agilidad y competitividad que caracterizaba a las economías desarrolladas.
Sin disminuir ni un ápice las facultades del Estado, y siguiendo fielmente las estructuras de poder del Partido Comunista Chino, una sucesión de líderes mantuvo la línea de Xiaoping y a su vez protagonizó otro portentoso triunfo que convirtió a China en la mayor economía del mundo, en términos de su superávit de comercio internacional y en el desarrollo de su productividad.
Aquellos que al principio quisieron creer que China se había vuelto liberal, finalmente tuvieron que hacerse a la realidad de que el modelo chino es misteriosamente original al extremo de que los economistas occidentales todavía no acaban de entenderlo.

¿Se fija Ud? … En realidad está culminando una tremenda puja entre dos modelos que ya no son meramente económicos pues abarcan también conceptos políticos y estratégicos tan amplios que podría hablarse de dos modelos de civilización.
En estos momentos, en Estados Unidos, hay importantes figuras de toda la gama política. Desde el socialista Bernie Sanders, hasta el conservador libertario Rand Paul, del Partido Republicano, e incluyendo a la precandidata demócrata Hillary Clinton, que están en estos momentos comprometidos con eliminar el fallo de la Corte Suprema que en 2010 eliminó todas las restricciones a que las grandes corporaciones financien las campañas publicitarias de candidaturas políticas.
Aplicando ese fallo, que fue aprobado por 5 votos contra 4, se produjo que de hecho las corporaciones o sociedades anónimas, en la práctica manejan a su antojo las elecciones parlamentarias y por cierto son también decisivas en las campañas presidenciales.
Para este amplio sector de liderazgo político, resulta inadmisible que la clase política estadounidense se encuentre empeñada o en arriendo a las grandes empresas que les financian sus campañas.
Resulta particularmente significativo que importantes políticos de la derecha liberal de Estados Unidos, incluyendo varios republicanos, estén participando en la denuncia de que las grandes empresas en la práctica están comprándose el poder político.
A juicio de economistas liberales tradicionales, lo que se está produciendo es exactamente el resultado de un modelo que se basa en la feroz competencia por controlar el mercado. Es obvio, dicen, que en toda competencia hay vencedores y perdedores, y los vencedores van acumulando cada vez más poder, más dinero y más control sobre la actividad, hasta que finalmente la auténtica competencia desaparece y es reemplazada por los monopolios, los duopolios o los grupo-polios, que dejan de competir y simplemente se coluden para imponer precios y calidad.
Es decir, el modelo neoliberal está diseñado para que las grandes corporaciones ganadoras liquiden a las empresas más pequeñas, comprándolas, llevándolas a la quiebra, o forzándolas a funcionar obedeciendo las condiciones que las grandes empresas les impongan.
O sea, el efecto del neoliberalismo es finalmente el término de la libertad de empresa, y la reducción de los profesionales y pequeños empresarios a ser solamente empleados a sueldo de las enormes sociedades anónimas.
Tanto en Europa como en Estados Unidos, y también cada vez más en América Latina, se está denunciando que los tratados de libre comercio trans-atlántico y trans-pacífico constituyen un paso decisivo para la adquisición del poder político por parte de las grandes sociedades anónimas o corporaciones.
Incluso en Estados Unidos, el precandidato presidencial Bernie Sanders, ha señalado que el Congreso está reacio a aprobar un aumento del sueldo mínimo a 15 dólares la hora. Según él, ello se debe a que las grandes empresas ya están dando por supuesto que se van a aprobar esos tratados, lo que implica que los sueldos dentro de Estados Unidos tendrán que mantenerse lo más bajos que se pueda, a fin de que la mano de obra pueda competir con la mano de obra de otros países, por ejemplo, Vietnam, donde el salario mínimo es de sólo 50 centavos la hora.
Pero el aspecto en que estos tratados de libre comercio resultan más duramente rechazados por la gente común de Europa y Estados Unidos, es aquello del secretismo. El que no se permita a la gente conocer qué es lo que se está tratando de imponer.
Por lo pronto, ya se ha filtrado que los artículos de ambos tratados incluyen poderosamente los llamados tribunales estado-inversionista, cuyas facultades están por encima de cualquiera ley o norma de cualquiera de los estados que suscriban el tratado.
Esos tribunales forman una suerte de justicia privatizada y ya existen y están operando en los anteriores tratados de libre comercio con Estados Unidos, y en todos los casos, sus fallos se aplican incluso anulando otros fallos emitidos por los tribunales de justicia de cada país, pues están contemplados en los tratados de libre comercio de América del Norte, el NAFTA, y de América Central, el CAFTA.
De acuerdo a informes oficiales sobre esta materia, aquellos tribunales han ordenado a los contribuyentes de cada país pagar sumas enormes a los inversionistas extranjeros, tanto en compensaciones como en pago de costas del juicio, honorarios de abogados y honorarios de los que elaboran los informes técnicos para esos juicios.

Entre los informes oficiales más impactantes se cuenta el que los gobiernos enjuiciados por las empresas inversionistas extranjeras, han perdido juicios por los que los inversionistas cobraron ya indemnizaciones por cerca de 500 millones de dólares, y tienen pendiente el cobro de más de 34 mil millones de dólares.
En esos juicios queda en evidencia que, por ejemplo, los inversionistas desconocen el derecho de cada país a imponer medidas de seguridad y protección del medio ambiente, o normas de legislación laboral o, incluso, han ganado juicios porque la legislación de un país no les ha permitido obtener todas las ganancias que esperaban tener.
En Perú, el gobierno está sometido a juicio por no seguir ampliándole los plazos a un consorcio minero para que entreguen un informe de impacto ambiental. El gobierno peruano ya les amplió dos veces el plazo, pero ellos sostienen que el tratado de libre comercio les permite seguir pidiendo más y más ampliaciones.
México, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Canadá y el propio gobierno de Estados Unidos, en estos momentos están sometidos a juicio, generalmente bajo la figura de que los gobiernos no satisfacen las aspiraciones de ganancia de los inversionistas.
Y los críticos de Estados Unidos denuncian que, al renunciar a sus facultades de revisar, evaluar, y eventualmente modificar los términos de un tratado internacional, el Congreso está demostrando que admite que no sirve para nada y que le traspasa sus poderes al Ejecutivo.
Bueno, aquí en Chile, una brutal mayoría de diputados hizo lo mismo que los congresistas de Washington. Rechazaron la propuesta de la bancada joven de la Cámara, de pedirle a la presidente Bachelet seguridades de que el Tratado Trans Pacífico no contendrá disposiciones que resulten lesivas para los chilenos.
Quizás a esos señores les pareció que sería de mal gusto mostrarse suspicaces o desconfiados sobre ese tratado del cual don Barack Obama dice: “Confíen en mí!”.
O quizás, les pareció que, después de todo, el Congreso realmente no sirve para nada.
En Estados Unidos, hay una gran tensión respecto de la decisión que tomará esta semana la Cámara de Representantes, en que se votará cederle al presidente las funciones de Autoridad Máxima de Promoción del Comercio Internacional.
Y la convocatoria a las bases está diciendo: “aquí sabremos ahora por quién hay que votar en noviembre del próximo año”.
Acá los chilenos podemos revisar, claro, la lista de los diputados de cada partido que votaron en contra de pedirle alguna garantía a la señora Presidente.
A partir de mañana enviaré por eMail un nuevo dossier de antecedentes sobre estas materias. Si a Ud. le interesa, hágamelo saber, para enviárselo.
¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario. Hay peligro.

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