[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: ¿Quién quiere la guerra?

[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: ¿Quién quiere la guerra?


Los titulares de aquella prensa que llaman “occidental”, ya están dando por hecho que la Tercera Guerra Mundial es inevitable. El gran diario The Boston Post hace un llamado a que Washington mande de una vez por todas batallones en pie de guerra hacia las fronteras de Europa con Rusia, además de los 65 mil efectivos que mantiene desplegados en territorio europeo.
La revista especializada Value Walk, afirma que la OTAN y Rusia están haciendo preparativos para la guerra, y los analistas Jennifer Lind y Daryl Press, de la revista de estrategia National Interest, pregunta: China y Estados Unidos, ¿están predestinados a la guerra?
Los principales medios de prensa, radio, TV e Internet, afirman en coro que Rusia se muestra cada vez más amenazante, porque Estados Unidos aún no se atreve a hacer nada realmente decisivo.

En realidad, esta nueva versión de la vieja Guerra Fría sólo tiene una pálida semejanza con la que durante 45 años enfrentó al mundo occidental capitalista, con el mundo chino-soviético socialista, en su etapa de Dictadura del Proletariado.
Este enfrentamiento de ahora ostensiblemente se produce entre dos bloques, dos alianzas de súper potencias, que, en lo económico, no parecen tener diferencias entre sí. China y Rusia son potencias que recuperaron e incrementaron su desarrollo económico y tecnológico, ciñéndose al modelo liberal, aunque sometiendo la libertad de empresa y de comercio a cierto grado de planificación y control por parte del Estado.
De hecho, en el plano económico, China y Rusia, aplicando el modelo capitalista, aparecen como potencias notablemente más eficientes y exitosas que sus pares del tradicional mundo de los países ricos y desarrollados.
¿Por qué, entonces, se ha vuelto al enfrentamiento de una guerra fría que parece estar calentándose rápido, más rápido que el cambio climático?
¿Y por qué, a nivel mundial, los partidos de izquierda están apoyando a Rusia y a la China, y en creciente medida también se apoyan ellos en estas potencias? A menudo uno escucha la pregunta desconfiada que dice, ¿acaso lo que queremos es cambiar Washington y Bruselas por Beijing y Moscú?
¿Serán acaso los chinos mejores jefazos que los occidentales? ¿Quién nos garantiza que ellos nos tratarán mejor? ¿No será esto como escapar de la olla para caer en el sartén?

Con su lenguaje de expertos en propaganda comercial y política, los voceros occidentales aseguran que los países de la alianza militar OTAN, y sus otros asociados, lo único que defienden son los “valores humanistas”, los derechos humanos y la libertad, sobre todo en el comercio, claro.
Y, bueno, según los voceros de Washington y Bruselas, es en la generosa defensa de esos valores de pura espiritualidad y humanidad, que, por desgracia, hay que provocar algunas guerras, aniquilar algunos países, derribar algunos gobiernos y destruir algunos miles y decenas de miles de vidas de seres humanos comunes y corrientes. Según esos voceros, esas feas cosas no son más que daños colaterales, el precio doloroso de esparcir el bien para la humanidad.
Pero, también a nivel mundial, las investigaciones sociales y de opinión revelan que la gente común está viendo esos discursos grandilocuentes y pundonorosos con mucho escepticismo. La gente ya no les cree.
Pero, ¿en qué se nota que Rusia y China son diferentes, así como sus aliados de India, Sudáfrica, Brasil, y los otros aliados que ya no son tan poderosos como Irán, Argentina, Venezuela, Cuba, Ecuador, Nicaragua, Perú, Bolivia, entre tantos otros?
¿Qué defienden los aliados del Brics y sus amigos, despertando con ello la furia de la OTAN y los amigos de ella?
El sociólogo católico y marxista Francois Houtart explica que, al menos por ahora, el enfrentamiento no es de capitalismo contra anti-capitalismo, sino de la arremetida hegemónica y unipolar de Estados Unidos, contra la defensa anti-hegemónica y multipolar, que encabezan Rusia y China. Es decir, es una lucha por el poder, por alcanzar el poder mundial.
Tras el fracaso de casi todos los experimentos revolucionarios anti-capitalistas, ahora se está buscando un nuevo modelo de desarrollo y progreso que pueda reemplazar al neoliberalismo depredador, pero todas las esperanzas de llegar a descubrir el diseño de ese nuevo modelo, dependen en estos momentos de que se pueda impedir la hegemonía unilateral de Washington.
Y eso, ¿por qué?

La respuesta puede estar en dos importantísimas noticias de esta semana. Una, la aprobación por el Senado de Estados Unidos, del fast track, o sea, la autorización al presidente Barack Obama para diseñar con entera libertad y a su manera, los tratados internacionales de libre comercio. Con ello, el Congreso renuncia a estudiar, analizar y perfeccionar o eventualmente corregir lo que el presidente haya resuelto. Con el fast track, el Congreso sólo puede aprobar por completo o rechazar por completo lo que el ejecutivo le proponga.
Y, se sabe muy bien que una redacción hábil se puede arrinconar al Congreso en una situación muy cercana al chantaje, como sucedió antes, cuando el presidente Obama puso al Congreso en la disyuntiva de aprobarle aumentar el inmenso endeudamiento de Estados Unidos, o paralizar por completo el gobierno de la nación.
O sea, el ejecutivo puso al legislativo en un trance en que sólo podía decir que sí, tal como el ejecutivo lo deseaba.
La otra noticia es el aparente fracaso de las negociaciones sobre la deuda de Grecia, en que el gobierno se negó a sacrificar las jubilaciones y la medicina social de su país, en un plan de austeridad que exigían los acreedores del Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.
Sobre esta crisis de Grecia, el Fondo Monetario Internacional ya rechazó las demandas griegas de flexibilizar los pagos y condiciones para servir la deuda. Que también la banca europea se negó a atender la petición de Grecia, y, en principio, ya el próximo martes 30 Grecia tendría que pagar alrededor de 4 mil 376 millones de euros, que simplemente no tiene.
O sea, Grecia no podrá pagar su deuda vencida, quedará en “Default”, se le cerrarán todas las opciones financieras, y eventualmente tendrá que salir de la eurozona y quizás también de la Unión Europea.
Según se presentan las cosas, ya para Grecia la suerte está echada. Pero entre bambalinas, fíjese, están ocurriendo otras cosas. Según reveló el diario The New York Times, Estados Unidos está presionando muy recontra fuerte a Alemania, para que, como líder de la Unión Europea, imponga que se ofrezcan soluciones aceptables para el gobierno de Grecia, aunque sea izquierdista.
Ello, porque la salida de Grecia de la zona del Euro, tendría un efecto catastrófico para la estrategia de la OTAN frente a Rusia y a la China. Está claro que Grecia recibirá apoyo financiero de Moscú y Beijing, a la vez que, en reciprocidad, se negará a aprobar las sanciones contra Rusia, podría incluso conceder la instalación de una gran base naval rusa en el Mediterráneo y además China podría hacer una gran inversión en el puerto ateniense del Pireo y ciertamente canalizaría su economía a la institucionalidad alternativa, que excluye el uso del dólar.
Por cierto, en estos momentos Grecia ha pasado a ser una pieza valiosísima en el ajedrez geopolítico y estratégico de la hegemonía estadounidense, y perder a Grecia sería algo imperdonable de lo que Washington culparía directamente a Alemania y a la primera ministro, Angela Merkel.
Es decir, claramente la crisis económica de Grecia es una prueba decisiva de que no es la política la que enturbia y desnaturaliza a la economía, sino, por el contrario, es la economía, es el dinero, la que enturbia, desnaturaliza y corrompe a la política.
En este caso, para Alemania y la Unión Europea, ceder a las presiones de Estados Unidos puede implicar el comienzo de un derrumbe no sólo de la eurozona, sino posiblemente de la Unión Europea misma.
¿Se fija Ud.?… Ya ni siquiera se intenta disimular que detrás del discurso económico y social lo que se esconde es la lucha de Estados Unidos por mantener su poder hegemónico.
Y eso aparece también detrás del inmenso soborno de parlamentarios que decidió la aprobación del Fast Track para el presidente Barack Obama, en que se le dan plenos poderes para diseñar sus tratados de libre comercio con Europa y con la cuenca del Pacífico.
El diario británico The Guardian publicó un impactante informe denunciando, con nombres y apellidos, a los senadores estadounidenses que recibieron grandes sumas de dinero a cambio de que aprobaran el Fast Track. De hecho, según The Guardian, los senadores que votaron “sí” al fast track, duplicaron de inmediato los aportes que perciben de las grandes sociedades anónimas.
Y, al igual que en Chile, a esos aportes se agregaron también contrataciones especiales, para los parlamentarios y sus parientes, con honorarios muy suculentos. Por ejemplo, a la senadora Hillary Clinton, que votó sí al fast track, se le están pagando honorarios del orden de los 350 mil dólares cada vez que se presenta a dar alguna conferencia.
Al conocerse los datos que salieron a luz sobre la forma en que el senado aprobó el fast track para los tratados Trans-Pacífico y Trans-Atlántico, un dirigente sindical de la AFL-CIO comentó: ahora ya está muy claro que ya los parlamentarios no son representantes de la ciudadanía, y que son sólo representantes de las grandes sociedades anónimas.

Ya en crónicas anteriores hemos visto cómo esos tratados de libre comercio son versiones perfeccionadas de los tratados anteriores como el Nafta, el de América del Norte, con México y Canadá. Ahora se ha perfeccionado todavía más el sistema de los Tribunales Arbitrales para diferendos entre los inversionistas y los gobiernos, en los cuales se establece, fíjese usted, que las sociedades anónimas pueden exigir a los gobiernos que se anulen leyes, reglamentos e incluso fallos de los tribunales de justicia, si los inversionistas consideran que disminuyen o afectan obtener las ganancias programadas por ellas.
Ya con las disposiciones de los tratados anteriores, el propio gobierno de Estados Unidos enfrentó juicios por varios miles de millones de dólares, por acusaciones de empresas que, por ejemplo, consideraron que la prohibición de importar carne canadiense por una plaga de la enfermedad de la Vaca Loca, había ocasionado una merma de 650 millones de dólares a las expectativas de los inversionistas.
¿Se fija Ud?… El interés por el lucro de los inversionistas fue considerado por encima de la necesidad de proteger a la gente estadounidense, del peligro de contraer una enfermedad que es mortal y es incurable.
Con ese mismo criterio, por ejemplo, inversionistas que hayan creado una sociedad anónima en Vietnam, y luego instalan una sucursal en Estados Unidos, podrían demandar a Estados Unidos en caso de que se aprobara un aumento del sueldo mínimo. Ello, porque el aumento del salario mínimo en Estados Unidos disminuirá las ganancias que había esperado obtener en la sociedad anónima instalada en Vietnam con capitales estadounidenses.
Y eso demuestra que, en el hecho, la hegemonía a la que está optando todo el poderío militar de Estados Unidos, en realidad no es otra cosa que la hegemonía de las grandes sociedades anónimas que en términos reales están adueñándose del poder político en todo el planeta.
Así, cuando hablamos de geopolítica, de estrategia y de enfrentamientos de un occidente neoliberal contra un oriente que parece liberal sólo por ahora, en realidad estamos hablando de avidez de lucro de los inmensos consorcios financieros que aparecen como los verdaderos protagonistas del llamado “Siglo de Estados Unidos” y “Nuevo Orden Mundial”.
Así, pues, se hace evidente que el peligro de guerra no nace de patriotismos enloquecidos por mitos de raza, de religión, o de necesidades elementales, como son las guerras por agua, por alimentos, o por librarse de tiranías. No.
Encuestas realizadas por instituciones del más alto nivel, como la PEW de Estados Unidos, y diversas investigaciones académicas, muestran que en Estados Unidos, en Alemania, en Rusia, en Japón, en China, en Italia y una docena de otras naciones más, una abrumadora mayoría de la gente rechaza la guerra y la considera una locura insensata e inútil.
En China la gente, sobre todo los jóvenes, consideran que es indiscutible que las islas e islotes que están en disputa en el Mar del Sur de China, le pertenecen a la China. Pero aun así, consideran que eso no justifica una guerra y que las controversias deben resolverse mediante una negociación.
En Estados Unidos, aunque hay una mayoría que considera que Rusia y China son potencias enemigas, esa misma mayoría rechaza que se justifique una nueva guerra, sobre todo en territorios lejanos.
En Rusia, la última encuesta de la PEW, realizada después que la Unión Europea prolongó por 6 meses más las sanciones anti rusas, reveló que el apoyo popular al presidente Vladimir Putin se elevó, fíjese usted, al 88%. Y que la gente aprueba por un lado el reforzamiento defensivo del país, pero por el otro, la tranquilidad con que ha enfrentado no sólo la hostilidad amenazante, sino las acusaciones calumniosas anti rusas.
Es decir, que Rusia no irá a la guerra mientras no sea atacada.
En realidad, en todo el mundo hay una inmensa mayoría que no quiere guerra. Y sin embargo hasta el momento, la guerra parece inevitable y quizás inminente.
Así, pues, es razonable preguntarnos: Si la gente del mundo no quiere guerra, ¿quién nos está llevando hacia la guerra?
¿Quién quiere imponer una hegemonía que domine, controle y dirija todas las actividades humanas de nuestro planeta?
Como fuere, está claro que en estos momentos lo que se enfrenta es la hegemonía encabezada geográficamente por Estados Unidos, sobre un mundo unipolar, contra una anti-hegemonía, un mundo multipolar, lo que incluye una reforma profunda de las Naciones Unidas, como lo sostienen las naciones del Brics y sus aliados.
¿Será posible salir de este atolladero sin recurrir a un holocausto atómico?
Oiga, y recuerde que la palabra Holocausto significa literalmente “quemarlo todo”.
¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario. Hay peligro.

 

Foto: actualidad.rt.com

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