Bachelet: El realismo sin renuncia de la gran empresa

Bachelet: El realismo sin renuncia de la gran empresa

[resumen.cl] Como un castillo de naipes se ha derrumbado el gobierno que supuestamente traería nuevos bríos al país. Uno de los más desiguales del mundo, con un sistema laboral antisindical, un sistema tributario basado en el agobio de pequeños contribuyentes, un sistema educativo entregado al capital nacional y transnacional y un sistema político entregado al bipartidismo de la Alianza y la Concertación / Nueva Mayoría.

Durante los últimos meses, con la salida del círculo cercano de Bachelet debido a sendos casos de corrupción, hemos presenciado como paulatinamente se orquestó un denominado “golpe blanco” que consiste en mantener la figura de Bachelet como presidenta para manejar el gobierno, y tras su silenciada figura, llevar a cabo la agenda de los políticos más antiguos de la Concertación reunidos bajo la DC, el PPD y el PS. Esta facción política sería partidaria de la ya clásica Realpolitik, de la gradualidad de los cambios que terminan desvaneciendo cualquier posible transformación. Tras la gradualidad se esconde el más nefasto conservadurismo político. La maniobra fue anticipada apenas se destapó el caso Caval por la ultraderechista Evelyn Matthei que señaló como sería relegada a las sombras, sin que eso significara necesariamente su renuncia.

Supuestamente habrían sido los “nuevos” rostros de la G90 de Peñailillo -apadrinados por tipos como el PPD Sergio Bitar- quienes habrían diseñado e impulsado este nuevo gobierno del fenómeno comunicacional Bachelet. Con un programa de gobierno que anunciaba cambios, Bachelet fue perdiendo apoyo y generando detractores debido a temidos grandes cambios que en realidad, en su programa, no existían. El gobierno de Bachelet se ha interpretado como la “nueva” estirpe de políticos que irían a transformar el país, cuando eran en realidad una mafia generada bajo el alero de la propia Concertación, sus integrantes fueron lo que la Concertación pudo proponer para un sistema político “agotado”. Fue su último aleteo. Ello porque, fuera de las polémicas, cuando se analizaba con detención y fuera del emborrachamiento producido por la propaganda de los partidos políticos y las encuestas, en el programa de gobierno de Michelle Bachelet, se ve claramente la inexistencia de un cambio en el rumbo del país y se entiende claramente lo que ha sucedido en nuestros días. Una reforma tributaria inocua para los grandes contribuyentes, una reforma educativa que no desplaza el mercado de la educación, una reforma al sistema electoral que no rompe con la lógica de los dos grandes conglomerados y una reforma laboral que es derechamente antisindical. Estas medidas son el último suspiro del conglomerado político, pero no del partido del poder a quien beneficiarán.

En términos técnicos, se puede hablar de la “caída” de Bachelet por las razones entregadas por el ex presidente del Banco Central, José De Gregorio, cuando señaló a Pulso “El problema de fondo es que hubo un programa sin un diseño”. Es decir, que se planificó un gobierno para perderlo a mitad de camino, porque tras las ilusiones bacheletistas había solo humo. Diseño sin programa es decir que no hubo forma de hacer lo que prometieron, es decir, que lisa y llanamente mintieron y embaucaron a la opinión pública.

La explicación política, sin desconocer el razonamiento tecnocrático, radica en que nunca hubo voluntad alguna de cambio, porque los políticos ligados a la Nueva Mayoría son la misma clase política vendida al capital nacional y transnacional. La misma clase política de la que todos los chilenos están asqueados y contra la que se han manifestado durante los últimos estallidos sociales. Cabe recordar que los intereses de Peñailillo con SQM tienen relación con el interés de Ponce Lerou de que el Litio fuera concesionable. Es decir, el ex yerno de Pinochet le estaba pagando a Peñailillo para que ejerciera sus influencias en la comisión de Minería para que el Litio se privatizara, para SQM. Peñailillo aprendió bien de su maestro Bitar, observándolo como entregaba a la banca a familias ilusionadas con que sus hijos desarrollasen una profesión cuando impulso el nefasto Credito con Aval del Estado.

En todo caso, ambas explicaciones -la técnica y la política- tienen el mismo resultado: la desmoralización de los chilenos que ponían sus últimas esperanzas de cambio, para alcanzar un país más justo, en el gobierno de Michelle Bachelet. Es en este escenario de desmoralización que ha implicado pérdida de masividad en las manifestaciones sociales, que las mentadas reformas han sido parte de lo que podríamos denominar una “restauración” conservadora. Las reformas van contra lo anunciado en el programa: la reforma educativa que aseguraría educación gratuita no existe y diluida en el tiempo, ha permitido modificaciones que benefician aún más a los empresarios de la educación -lo que se puede ver en la mantención del sistema voucher en la educación superior, y en el copago financiado por el estado a los establecimientos particulares subvencionados-, la reforma tributaria que grava aún más a los pequeños contribuyentes y deja fuera a la megaminería, la reforma laboral que disfraza el reemplazo en la huelga, permite penalizar las acciones de protesta de trabajadores y permite también, aumentar las jornadas laborales. La reforma al bipartidismo está lejos de romper el esquema de dominación de los dos grandes conglomerados, transformadas en verdaderas máquinas electorales que engrasan sus engranajes pagando favores con empleos públicos y el famoso estudio al sistema previsional les da la razón a los miembros de la Asociación de AFPs: se deben aumentar las cotizaciones y la edad de jubilación y se debe entregar el negocio a las compañías aseguradoras, hoy por hoy, dueñas de las propias AFPs.

Sin una oposición social radicalizada en las calles, sin que el pueblo chileno salga a protestar y vuelque su frustración contra los “delincuentes” y no contra el sistema impuesto por la Dictadura cívico militar y mantenido mafiosa y mañosamente por los gobiernos civiles, la patronal tiene el camino despejado para profundizar aún más su tasa de ganancia. El pueblo chileno esta “shockeado” en el entender de Naomi Klein y el gran empresariado lo sabe. Bachelet representó simbólicamente -solo simbólicamente- un cambio en el país, tras su caída hay desmoralización, desmovilización y frustración: el gran empresariado quiere aleccionar y disciplinar al pueblo chileno: cualquier cambio, sera peor para ustedes, confórmense con lo que hay, puede ser peor -afirma su moral esclavista.

Muestra de la guerra psicológica que busca decir no a cualquier tipo de cambio que implique un ápice a la tasa de utilidades a la gran empresa, es el escenario económico del país, presentado como parte del clima de “desconfianza” en el mercado local. Precisamente los que han llevado este espectáculo a escena han sido la SOFOFA y la CPC, los gremios patronales que en conjunto con especímenes fascistas de la Araucanía, han puesto en evidencia toda su delirante ideología: para ellos Bachelet es Allende, a pesar de su nula similitud. Ninguno de estos gremios ha señalado que la mayor parte de la economía chilena -cerca del 60%- depende de la explotación de cobre, cuyo principal comprador es China, precisamente el país que ha tenido que controlar su mercado especulativo para proteger su economía nacional debido a un temible escenario de crisis financiera internacional que tiene por el suelo a la mayor parte de los pueblos europeos. No obstante, sin ningún empacho los gremios patronales buscan culpar a las “reformas” del gobierno de cualquier problema que surja en el país.

La única salida a este escenario de confusión y crisis viene de la mano de la organización de la sociedad. Sindicatos se articulan para enfrentar a la amenazante Reforma Laboral y las mefíticas modificaciones al sistema de pensiones. Los estudiantes, si bien parcelaron sus luchas al interior de los campus universitarios, no han bajado su presión sobre el gobierno, denunciando una y otra vez que esta mañosa y maquineada reforma no cuenta con la legitimidad del pueblo chileno que pide hace años con claridad educación pública, gratuita y de calidad. Organizaciones de pobladores se enfrentan a la dura realidad de contar sin un techo tomándose conjuntos habitacionales o bien terrenos, enfrentan a quienes los quieren expropiar de sus lugares históricos y confrontan a los bancos que quieren rematar sus hogares. Nuestro país no es el mismo de hace una década y el movimiento social no está dispuesto a ser engañado una vez más.

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