COP21: Las palabras que faltan

COP21: Las palabras que faltan

Después del fracaso de Copenhague solo quedaban dos caminos, revertir la situación o abandonar la ruta de las COP. Como esta última no es una opción se decidió crear la ADP, acrónimo en inglés de Grupo de Trabajo Especial sobre la Plataforma de Durban para la Acción Mejorada.

Por Daniel Mathews / Resumen.cl

El mandato del ADP fue desarrollar un protocolo, otro instrumento legal o un resultado acordado con fuerza legal bajo la Convención que fuera aplicable a todos los Estados Parte, y que debía ser completado hasta 2015 con el fin de que sea aprobada en la vigésimo primera sesión de la Conferencia de las Partes, y para que entre en vigor y sea implementado a partir de 2020. La Conferencia que acaba de terminar en París no era, pues, una más. En ella se debía definir el futuro del planeta. Todas las anteriores eran solo preparatorias. Eso quedo claro, por ejemplo, en Lima 2014.

¿Fue el éxito que se esperaba? Según los organizadores sí. El 12 de diciembre, en la alocución ante el plenario de participantes, el presidente François Hollande se alegró de que la conferencia llegase a “conciliar lo que (parecía) inconciliable”, aprobando un documento “a la vez ambicioso y realista”. “Este es el momento para el acuerdo decisivo para el planeta”, concluyó. Frente a él, Laurent Fabius, Ministro de asuntos exteriores francés, en tanto que Presidente de esta COP, se felicitó de un resultado que representa “el mejor equilibrio posible”.

Sin embargo no todos parecen estar de acuerdo. En primer lugar porque no es del todo vinculante. Si bien Fabius señaló que sí, esto sería en lo que tiene que ver con preparar, comunicar y mantener las contribuciones naturales. También lo sería en materia de “medidas domésticas” de mitigación con el fin de cumplir sus objetivos. ¿Qué pasará con los objetivos de reducción de emisiones de cada país? Estos no serán vinculantes legalmente hablando. Según detalla El País, esto se ha hecho para poder incluir a los EE.UU, que no está en capacidad de ratificar el tratado en el congreso de su país.

Tampoco hay mecanismos garantistas para la financiación. La provisión de fondos para la adaptación a los países más vulnerables ha quedado relegada a una decisión de la cumbre, no al acuerdo vinculante, lo que posibilita una vuelta atrás en el futuro.

En segundo lugar porque ese “equilibrio” que reclama Fabius hay que buscarlo entre el objetivo de “seguir esforzándose por limitar el aumento de la temperatura a 1,5 grados celsius” y los compromisos reales de cada país. Los INDC, Intended Nationally Determined Contributions, están muy lejos de alcanzar ese objetivo: según las estimaciones realizadas, su efecto acumulativo nos llevará a alcanzar un calentamiento catastrófico cercano a 3ºC. Según un grupo de trabajo que se formó para tratar de buscar ese “equilibrio” estaría asegurado solo el cumplimiento del 27% del objetivo señalado. La revisión de estos objetivos no se realizará hasta el 2023. Ya será tarde.

Pero, lo más preocupante es que hay muchas palabras que no se encuentran en el documento: “combustibles fósiles”, “carbón”, “petróleo”, “gas natural”. Por supuesto tampoco está la contraparte. Dejar el 80% del petróleo bajo tierra, como hemos pedido varios intelectuales encabezados por el premio nobel Alfredo Pérez Esquivel, supone optar por las energías sostenibles. La expresión “energías sostenibles” solo figura una vez, en el preámbulo, y circunscrita al África: “Reconociendo la necesidad de promover el acceso universal a la energía sostenible en los países en desarrollo, en particular en los de África, mediante un mayor despliegue de energía renovable”. Hay que tener en cuenta que el preámbulo es apenas una declaración de principios, no es el texto vinculante. Por cierto ya ni para que buscar palabras como “reciclaje”, o alguna intensión de limitar la producción automotriz. La idea de los COP es combatir el calentamiento global sin ponerle límites al capital. Ese es el “equilibrio” de Fabius. Pero eso es tan imposible como querer combatir una infección sin afectar a los virus que la producen.

Según denuncia Ecologistas en Acción “La fundamental meta de la descarbonización de nuestras economías ha acabado en una vaga referencia a la necesidad de alcanzar el pico de emisiones “lo antes posible” y de “un equilibrio entre las emisiones antropogénicas y las fuentes y absorciones por sumideros de los gases de efecto invernadero”. Es decir, se confía el cumplimiento de los compromisos a la compensación de las emisiones, en vez de a su reducción significativa, por medio de un cambio en la forma de producir y consumir”. El texto no contempla tampoco las emisiones generadas por el transporte aéreo y marítimo, abre la puerta a trucos contables en el cálculo de las emisiones y deja sin amparo luchas como la desinversión en combustibles fósiles y el freno del fracking y las arenas bituminosas.

También ha quedado limitada al preámbulo la mención a “los derechos humanos, el derecho a la salud, los derechos de los pueblos indígenas, las comunidades locales, los migrantes, los niños, las personas con discapacidad y las personas en situaciones de vulnerabilidad (…) así como la igualdad de género, el empoderamiento de la mujer y la equidad intergeneracional”. Un párrafo que parece saco de recolector para cumplir con todos y no cumplir con nadie. Ni una palabra sobre la deuda ecológica que tienen los países industrializados por más de 500 años de destrucción de los ecosistemas colonizados.

Lo curioso es que son estos pueblos, estos movimientos, los que efectivamente están evitando un mayor calentamiento global. “El cambio climático lo tenemos que liderar los ciudadanos. No podemos confiar en que nuestros políticos porque llevan fracasando 23 años”, aseguró a la agencia española Efe el activista de Ecologistas en Acción Samuel Martín Sosa.

La matanza del 13 de noviembre de centenares de personas jóvenes quitó el ánimo de quienes iban a manifestarse, tanto de los parisinos como los que iban a llegar de fuera. Y sin embargo está acción ciudadana estuvo presente en las calles de París. Por ejemplo, los alemanes del movimiento Ende Gelände que paran minas de lignito o los manifestantes que pararon con resistencia no violenta la construcción del oleoducto Keystone XL en Estados Unidos. O los lugareños que en Sompeta en Andhra Pradesh en la India consiguieron parar (a costa de algunos muertos propios) la extracción de carbón y la construcción de una enorme central termoeléctrica que destruiría su ecosistema y modo de vida local. O los indígenas guaraníes de Takovo Mora en Bolivia que rechazan la exploración petrolera en su territorio, y que en agosto del 2015 bloquearon la vía Santa Cruz-Camirí, lo que llevó a la intervención de un contingente policial cuyos excesos de violencia allanando viviendas y gasificando a la comunidad, fueron denunciados localmente. O los quechuas de Sarayaku, en la Amazonia de Ecuador, que han conseguido mantener a raya a las empresas petroleras.

Si se puede parar el calentamiento global. Pero parece que no serán los gobiernos quienes se encarguen del tema.

Lectura recomendada: Acuerdo de París http://unfccc.int/resource/docs/2015/cop21/spa/l09s.pdf

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