[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Fin de la Humanidad

[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Fin de la Humanidad

 

Por Ruperto Concha / resumen.cl
Cuando los grandes hombres de ciencia se deciden a sacar la voz, más nos vale que los escuchemos muy atentamente… ¡Sobre todo si nos ofrecen una advertencia de vida o muerte!

Fíjese Ud. que, en las últimas semanas, muchos de los más brillantes hombres de ciencia se decidieron a advertirnos que, como vamos, nuestra tonta y pobre humanidad se dirige sin duda alguna a su destrucción.

Por supuesto, la prensa mundial le prestó especial atención al físico y matemático británico Stephen Hawking, considerado el máximo genio actual en la exploración intelectual del universo.

El martes pasado, en una entrevista de radio y televisión, Hawking afirmó, con mucha llaneza, que las posibilidades de auto-destrucción, si bien son muy pocas en un futuro inmediato, de uno o un par de años, pasan a ser muchísimas y casi inevitables a largo plazo, si la humanidad no logra domar a la salvaje y desbocada tecnología de la que por ahora nos sentimos tan orgullosos.
En realidad, la señal de alarma que nos dio Stephen Hawking se basa en aportes de toda una constelación de científicos que se han centrado en estudiar un tema que lleva el apodo de “Singularidad tecnológica”, que implica el efecto de aceleración vertiginosa de los avances tecnológicos, en que cada descubrimiento y cada aplicación trae por consecuencia inmediata otros descubrimientos e invenciones que a su vez conducen a más y más en menos y menos tiempo.

De hecho, en los últimos 50 años, la humanidad ha acumulado más descubrimientos e invenciones que en la totalidad de los 10 o 12 mil años que son la edad de nuestra civilización, a partir de la fundación de Katal Huyuk, la más antigua ciudad en el mundo, descubierta por los arqueólogos.

Por supuesto, esos descubrimientos e inventos de inmediato encuentran aplicación en negocios rentables, y con ello financian más y más investigación. Y también por supuesto, esa nueva tecnología comienza a aplicarse sin dejar tiempo para estudiar y comprender cuáles serán los efectos que producirá a mediano o largo plazo sobre nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestro medio ambiente… e incluso también en nuestros cuerpos.

En estos momentos ya nos parece inimaginable vivir en una normalidad que no incluya teléfonos celulares, computadoras con Internet, tarjetas de débito o crédito, vehículos veloces, colectivos o particulares, en fin… recursos tecnológicos que en su mayoría no existían hace apenas 30 años.

Y, en el concierto de esta torrencial tecnología nueva, los avances que más preocupan a los científicos se refieren a la llamada “Inteligencia Artificial”, definida como la producción de máquinas capaces de reprogramarse y perfeccionarse a sí mismas, sin intervención humana.

Máquinas que advierten sus propias debilidades y limitaciones y son capaces de corregirlas, modificando su “software”, la arquitectura de sus circuitos de percepción y análisis, y eventualmente también su “hardware”, es decir las partes de su cuerpo físico.

Como he comentado en otras crónicas, las nuevas tecnologías aplicadas a la producción minera o industrial han llevado ya a que una parte creciente de los procesos de producción y administración se realicen por automatización. Y son autómatas, robots, los que reemplazan cada año a miles y miles de trabajadores en el mundo entero.

A medida que esos autómatas, esos sistemas automáticos se perfeccionan, se vuelven capaces de detectar oportunamente sus propias fallas, incluyendo sus necesidades de repuestos, al extremo de poder auto-descalificarse por obsoletos.

Por supuesto, esos autómatas son más eficientes y poderosos que los trabajadores humanos. Y todo está ya apuntando a que su perfeccionamiento llegue al extremo de ser capaces de tomar más y mejores decisiones que las de los mismos ingenieros humanos que los fabricaron.

Es decir, esos autómatas, esos robots, podrían llegar a hacerse cargo de nuestras ciudades, nuestras políticas y nuestras vidas, en forma lejos más confiable que nuestros líderes humanos. De hecho, no se puede sobornar a un robot.
Llevado hacia efectos bien previsibles, los robots serán capaces de rediseñarse a sí mismos, y también de diseñar y construir otros robots mejores y superiores a sí mismos, y así sucesivamente, hasta alcanzar una potencia eficaz muy superior a la capacidad de control que los seres humanos pudiéramos ejercer sobre ellos.

Por cierto esos robots podrán tener inserto en el núcleo mismo de su capacidad de tomar decisiones, un condicionante de algo similar al “AMOR” de las máquinas por los seres humanos. Por ello, el sentido de perfeccionamiento por inteligencia artificial, podría traducirse en intervenciones de los autómatas en los cuerpos y las maneras de actuar en favor de los seres humanos.

Por ejemplo, ya existen autos robóticos capaces de impedir que el chofer haga estupideces peligrosas para él mismo o para otros seres humanos. Y, también, se está avanzando en automatización médica, capaz de detectar una enfermedad que haga necesaria una cirugía rápida, que el robot procuraría realizar posiblemente sin siquiera pedirle permiso al humano enfermo.

En realidad va quedando cada vez más claro que, a la larga, podrían convertirse los robots en una suerte de “angelitos de la guarda” de los seres humanos, y, al menos en una gama de necesidades humanas, ellos podrían proveernos de todo lo necesario.

Oiga… ¿Y qué ocurriría entonces con nuestras aspiraciones de libertad, de dignidad, de emoción y de amor, incluyendo los aspectos más trágicos de esos anhelos humanos?…

Peor todavía… ¿qué ocurriría si algunos de esos autómatas tuvieran inserto en su código central no sólo la obligación de proteger a un ser humano, sino, además, de “defenderlo” de otros seres humanos?

¿Acaso no está eso ya inserto en los robots asesinos que son los drones utilizados en las acciones supuestamente antiterroristas, y que al parecer, como daño colateral y accidental, generalmente matan a tres civiles inocentes por cada terrorista que eliminan?

¿Acaso no sabemos que todas las grandes potencias militares de este momento están desarrollando máquinas de guerra, autómatas asesinos, dotados de inteligencia artificial?
Como Ud. puede ver, la advertencia que nos están ofreciendo los hombres de ciencia, encabezados ahora por el físico Stephen Hawking, apunta más allá incluso del peligro de una guerra con armas atómicas. De hecho, quizás ingenuamente, esos sabios se niegan a creer que haya políticos y generales suficientemente imbéciles e indecentes, como para lanzar una guerra nuclear.

Pero, aún sin guerra atómica, ese fenómeno de la “singularidad tecnológica” sigue siendo una amenaza mortal, por más que se vea sonriente y benévola. Una de las aplicaciones tecnológicas que ya han comenzado a darse se refiere a la interacción directa entre el cuerpo humano y los aparatos electrónicos. De hecho el propio Stephen Hawkings utiliza un computador que puede manejar son el puro movimiento de sus ojos.

Cada vez hay más artefactos electrónicos que se insertan en el cuerpo humano para corregir deficiencias patológicas, o para mejorar las capacidades corporales de una persona. Desde marcapasos cardíacos, hasta compensadores bioquímicos de efecto metabólico, y prótesis que incluso ya son capaces de proporcionar a los ciegos un sucedáneo de visión a partir de una especie de radar.

Sabemos que se está avanzando en la búsqueda de ordenadores que puedan manejarse directamente por impulsos cerebrales, a partir de microchips insertos en el cráneo.

Y todavía más, en la industria de los juguetes sexuales, ya se están produciendo artefactos que se insertan en el cuerpo para activar centros de placer y aumentar las capacidades eróticas de los humanos.

Y ello, por cierto, además de la producción de robots sexuales, muñecas dotadas de textura de piel, expresiones y movimientos de asombrosa naturalidad, que se ofrecen en diseños para servir las más extravagantes fantasías que se le antojen al comprador.

En ese proceso de integración o acoplamiento entre el humano de carne y espíritu y la máquina de materia inerte y electrónica certera, se prevé que cada vez más rápido podríamos estar acercándonos a un nuevo tipo de seres humanos “ciborg”, mestizos de hombre y máquina, con capacidades enormemente mayores que las de los simples y primitivos humanos a la antigua.

Es decir, el ser humano está ejerciendo sus capacidades de transformar y deformar la realidad natural, y con ello, la humanidad pasa a producir una línea evolutiva artificial, de la que, en un futuro que puede ser muy cercano, se engendrará una humanidad diferente, con una gente que puede parecerse muy poco a los seres humanos que nos son familiares.
Igualmente, nuestras vidas corporales, nuestra biología misma, ya ha comenzado a cambiar a un ritmo cada vez más rápido. Las ciencias biológicas han alargado en varias décadas la duración de la vida humana. En la Edad media, la esperanza de vida de los que llegaban a adultos era en promedio de 45 años. Hoy es de 80 años.

Y ello, incluyendo una vejez más activa y productiva que la de los ancianos de antes. Igualmente, incluso en África y América Central, donde la mortalidad infantil superaba el 60 por mil, ahora ha disminuido a un 25 o 30 por mil.

Los nuevos avances de la genética, en el mundo desarrollado ya se están aplicando en la prevención de defectos o enfermedades hereditarias. Cada vez más, al menos en los grupos sociales superiores, las parejas se someten voluntariamente a análisis de compatibilidad genética, para evitar hijos que nazcan con desventajas y expuestos al sufrimiento.

Pero más allá de eso, ya se sabe que desde hace más de una década existen clínicas donde es posible manipular genéticamente a los embriones, a fin de perfeccionar algunas de sus facultades fisiológicas e inteligencia, e incluso asegurar también un nivel de belleza.

Ya se ha logrado regenerar órganos destruidos por accidentes, y un equipo de médicos italianos, rusos y chinos, están avanzando velozmente para realizar, el próximo año, el primer trasplante de cabeza a un ser humano. En las pruebas realizadas hasta ahora, han tenido pleno éxito en reconectar la médula espinal y el cerebro de simios, sin que se produzcan estados próximos a la muerte cerebral.

Y al mismo tiempo, la medicina molecular ya ha logrado producir el rejuvenecimiento, a partir de las células, haciendo que antropoides seniles, ya incapacitados mentalmente, recobraran hasta el 97% de sus funciones juveniles tanto en sus capacidades corporales como en su actividad cerebral. Es decir, en términos humanos, han logrado que individuos de más de 95 años, rejuvenezcan física y mentalmente a la condición de una persona de 25 años. ¡En plena juventud!
Y una vez más nos encontramos con que logros maravillosos de tecnología biológica, que aparecen como una propuesta feliz de una vida perfectamente juvenil que podría prolongarse por más de 350 años, detrás de la cara sonriente trae también amenazas gravísimas para la especie humana.

De partida, esa humanidad prodigiosamente juvenil y longeva, en la práctica ya no podría tener hijos más allá de las situaciones excepcionales de fallecimientos, pues el índice actual de nacimientos provocaría un cataclismo demográfico instantáneo.

Y olvidémonos, al menos por un siglo, del sueño de colonizar otros planetas. El vehículo más veloz fabricado por la tecnología terrestre ha sido la sonda espacial Voyager, que alcanzó una velocidad de 65 mil kilómetros por hora. Si las nuevas tecnologías nos permitieran aumentar esa velocidad a 100 mil kilómetros por hora, nos demoraríamos tres horas en recorrer un solo segundo en términos de velocidad de la luz. Tardaríamos un año y 3 meses en recorrer una sola hora luz.

Es decir, nos demoraríamos 15,120 años en llegar al más cercano de los planetas de tipo terrestre descubierto, que se encuentra a 14 años luz de nosotros.

Así, por ahora y previsiblemente por todo un siglo de futuro progreso tecnológico, las migraciones interplanetarias no son más que fantasía. Tendremos que seguir viviendo encapsulados en nuestro planeta Tierra, de donde la humanidad, como la conocemos, aparentemente corre peligro de ser eliminada.

De alguna manera, seremos reemplazados por una nueva humanidad compuesta por una suerte de semidioses, inmortales o casi inmortales, eternamente jóvenes y bellos, conectados a aparatos y robots que los eximirían de realizar cualquier trabajo, y que permitiría que el trabajo mismo fuese un privilegio orientado a la realización personal en la ciencia, el arte o el juego deportivo.

Y con ello, a esa humanidad de un futuro posible no lejano, le cabría lo que los griegos llamaban la “dolorosa frivolidad” de los dioses.

Según los antiguos griegos, los dioses no son serios, no pueden ser serios, y puesto que ellos son eternos e inmortales, las cosas que ellos hacen son desechables, sus errores pueden ser rehechos o corregidos, una y otra vez, porque los dioses están por encima de los efectos de sus actos.

Y es por eso que los dioses sienten envidia de los hombres, y necesitan y anhelan la adoración de los humanos.

Porque para los humanos, por el hecho de que somos efímeros, nuestras acciones son eternas y definitivas, y quedan protegidas por el blindaje del tiempo.

La “Areté”, la Virtud, la dignidad existencial básica del ser humano, para los griegos, radicaba precisamente en que somos mortales, efímeros de vida breve y juventud aún más breve, y que por ello no podemos ni siquiera ser perdonados.
Bueno, esos griegos de la antigüedad eran esencialmente bandidos, filósofos y poetas. Ellos sabían que el amor no sirve para nada, que no debe servir para nada, porque el amor es un fin y no un medio. Si el amor sirviera para algo, lo convertíamos en instrumento y lo usaríamos como herramienta.

Quizás los griegos estaban locos. Quizás nosotros estamos locos mientras nos acercamos a un peligro más sutil y más definitivo que una guerra nuclear: el peligro de desaparecer como especie. Y desaparecer en cuerpo y alma.

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario.

 

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