El progreso del Pentágono ¿Llevarán los “éxitos estadounidenses” a nuevos fracasos del ejército iraquí?

El progreso del Pentágono ¿Llevarán los “éxitos estadounidenses” a nuevos fracasos del ejército iraquí?

Por: Nick Turse / TomDispatch

Traducido para Rebelión por Sinfo Fernández

Hay buenas noticias procedentes de Iraq… de nuevo. Los esfuerzos de una coalición de 65 naciones y los ataques aéreos de castigo estadounidenses han ayudado a las fuerzas de tierra locales a hacer retroceder al Estado Islámico (EI) de los avances conseguidos.

Por ejemplo, las fuerzas del gobierno y las milicias chiíes volvieron a capturar la ciudad de Tikrit, mientras las tropas kurdas expulsaban a los combatientes del EI de la ciudad de Sinjar y de otras zonas del norte de Iraq. El mes pasado, las tropas iraquíes echaron a los militantes del EI de la mayor parte de la ciudad de Ramadi, controlada por el grupo desde que derrotaron a las fuerzas iraquíes la pasada primavera.

A raíz de todo esto, el secretario de defensa Ashton Carter promocionó “el tipo de progreso que las fuerzas iraquíes están exhibiendo en Ramadi, hay que aprovechar ese éxito para… proseguir la campaña con el importante objetivo de recuperar Mosul tan pronto como sea posible”. Más recientemente aún, dijo que esas fuerzas estaban “demostrándose a sí mismas que no sólo estaban motivadas sino que eran competentes”. Encontré el mismo tono optimista cuando le pregunté al coronel Steve Warren, uno de los portavoces del ejército estadounidense en Bagdad, por las fuerzas de seguridad iraquíes. “Durante el año pasado se ha llevado a cabo todo un proceso de construcción, reconstrucción y reacomodo del ejército iraquí”, explicó. “Si bien se necesita tiempo para que los esfuerzos de entrenamiento y equipamiento surtan efecto, la creciente confianza táctica y competencia de las fuerzas de seguridad iraquíes y sus recientes éxitos en el campo de batalla indican que estamos en el buen camino”.

 “Progreso”. “Éxitos”. “En el buen camino”. “Aumento de la confianza táctica y de la competencia”. Todo eso me suena muy familiar.

En septiembre de 2012, después de casi una década en la tarea, EEUU había asignado casi 25.000 millones de dólares para “entrenamiento, equipamiento y sostenimiento” de las fuerzas de seguridad iraquíes, según un informe del inspector general especial para la reconstrucción de Iraq. A lo largo del camino, todo un desfile de generales, autoridades del gobierno y portavoces del Pentágono habían ofrecido una corriente casi interminable de buenas noticias sobre el nuevo ejército iraquí. Llegaban informes casi constantes de “notable”, “gran”, incluso “enorme” progreso de una fuerza que se decía exudaba cada vez mayor “confianza” y cuyo rendimiento estaba siempre mejorando. Finalmente, EEUU afirmó haber entrenado a unos 950.000 miembros de las “estables”, “sólidas”, fuerzas de seguridad iraquíes.

 No obstante, dos años y medio después de la retirada de EEUU de Iraq, esa misma fuerza se vino abajo de forma espectacular frente a los ataques de los militantes del EI, quienes, según estimaciones de la CIA , no superan la cifra total de 31.000 efectivos . En junio de 2014, por ejemplo, 30.000 soldados iraquíes entrenados por EEUU abandonaron su equipamiento y en algunos casos hasta sus uniformes , huyendo de tan sólo 800 combatientes del EI, lo que le permitió al grupo capturar Mosul, la segunda ciudad más grande del país.

Culpando a las víctimas

“Cuando las fuerzas de EEUU dejaron Iraq en 2011, fue después de haber ayudado al gobierno iraquí a crear una fuerza de seguridad iraquí completamente nueva tras la caída del régimen de Sadam Husein”, me explicaba el año pasado el comandante Curtis Kellogg, portavoz del Mando Central de EEUU. Sonaba casi como si el antiguo régimen se hubiera derrocado a sí mismo, hubiera aparecido un nuevo gobierno y EEUU hubiera generosamente ayudado a construir un ejército para él. En realidad, por supuesto, no fue más que una guerra por elección –basada en afirmaciones falsas sobre inexistentes armas de destrucción masiva- que llevó a una ocupación de EEUU y a la decisión consciente de disolver el ejército del autócrata iraquí Sadam Husein y crear un nuevo ejército siguiendo el molde estadounidense. “Las fuerzas de seguridad iraquíes eran un elemento completamente operativo del gobierno de Iraq”, continuó Kellogg, explicando cómo podía haberse producido tal colapso del ejército iraquí en 2014. “Sin embargo, se dejó que los estándares militares establecidos y en funcionamiento se atrofiaran tras la salida de las tropas estadounidenses”.

Más recientemente, el coronel Steve Warren me planteaba en un correo otro problema respecto a las fuerzas iraquíes. “El ejército iraquí que dejamos en 2011 era un ejército entrenado para la contrainsurgencia. Eso implica, por ejemplo, trabajos de desminado, despliegue de operativos y reducción de dispositivos explosivos improvisados. El ejército iraquí que colapsó en 2014 no… estaba entrenado y no… estaba preparado para la lucha convencional, el ataque convencional que llevó al ISIL hasta Mosul y más allá”.

Tanto Kellogg como Warren se quedaron cortos a la hora de expresar lo que parece ser obvio para muchos . Kalev Sepp, asesor de dos altos generales estadounidenses en Iraq y ex subsecretario adjunto de defensa para operaciones especiales y contraterrorismo, no muestra esas vacilaciones. “Tuvimos doce años para entrenar al ejército iraquí… Fracasamos. Es obvio. Por tanto, cuando ese grupo insurgente ligeramente armado, el autodenominado Estado Islámico, invadió el país, el ejército iraquí se derrumbó ante él”.

Han sido necesarios miles de millones de dólares y año y medio de ataques aéreos , incursiones de comandos , asesoramiento y entrenamiento para empezar a revertir los avances del Estado Islámico. Según Warren, EEUU y sus socios han vuelto de nuevo a entrenar a más de 17.500 soldados de las fuerzas de seguridad iraquíes, con previsiones de entrenar a otros 2.900. Y de nuevo estamos escuchando hablar de sus éxitos. Por ejemplo, el secretario de defensa Carter, calificó la lucha por Ramadi de “un importante paso adelante en la campaña para derrotar a este grupo de bárbaros”, mientras el secretario de estado John Kerry afirmaba que el Estado Islámico había “sufrido allí una gran derrota”.

No obstante, el pequeño grupo terrorista parece no tener dificultades para reclutar nuevos miembros y está aumentando gradualmente los ataques en el distrito de Hadiza, llevando a cabo complejos ataques en Bagdad y en la ciudad de Muqdadiya, y sigue aún controlando alrededor de 91.732 kilómetros cuadrados de territorio sirio e iraquí, incluyendo Mosul. Con las preguntas ya planteadas por personal del Pentágono acerca de si las fuerzas de seguridad iraquíes habían retomado integralmente Ramadi y las dudas sobre su capacidad para ganar ciudades como Mosul, merece la pena echar un vistazo retrospectivo a todos aquellos informes optimistas de “progreso” durante los anteriores esfuerzos estadounidenses para construir desde cero un ejército iraquí.

Nada “triunfa tanto” como el “éxito”

Una vez que EEUU derrocó al gobierno de Sadam Husein en abril de 2003 como parte de la Operación Libertad para Iraq, la administración Bush empezó a rehacer la destrozada nación desde abajo. Uno de los primeros actos de L. Paul Bremer III, el alto funcionario civil estadounidense en el ocupado país, fue disolver el ejército de Iraq. Su plan: reemplazar los 350.000 efectivos del ejército de Sadam Husein con una fuerza de protección de fronteras dotada de armas ligeras hasta un máximo de 40.000 soldados, complementados por fuerzas policiales y de la defensa civil. En un instante, cientos de miles de soldados bien entrenados se quedaron sin empleo, componiendo una fuerza de combatientes lista para unirse a una futura insurgencia.

“En menos de seis meses, hemos ido de cero iraquíes proporcionando seguridad a su país a casi cien mil iraquíes… En efecto, el progreso ha sido tan veloz que… no pasará mucho tiempo antes de que las fuerzas iraquíes… superen en número a las fuerzas estadounidenses”, sugería el secretario de defensa Donald Rumsfeld en una alegre evaluación formulada en octubre de 2003.

El general de división Paul Eaton, encargado de reconstruir el ejército iraquí, articuló de forma parecida su visión optimista de la fuerza. El nuevo ejército, formado por los estadounidenses en “habilidades fundamentales de liderazgo y en las propias de los soldados”, equipado con todos los pertrechos de las tropas occidentales modernas, incluyendo chalecos antibalas y equipamiento de visión nocturna, se comprometería a “defender Iraq y su recién descubierta libertad”, anunciaba en una rueda de prensa celebrada en Bagdad en enero de 2004. En muy poco tiempo, los iraquíes podrían incluso hacerse cargo de la tarea de la instrucción. “Me gustaría hacer hincapié en que será un ejército iraquí entrenado por iraquíes”, dijo . “A medida que Iraq se recupere”, añadió, “creemos que sus fuerzas armadas pueden liderar el camino de la unificación” del país.

“Paul Eaton y su equipo trabajaron de forma extraordinaria en la misión de las fuerzas de seguridad iraquí”, diría su sucesor, el teniente general David Petraeus, un par de años más tarde. “Establecieron sólidos cimientos desde los que poder construir mientras los esfuerzos se ampliaban de forma muy sustancial y los recursos aumentaban a un nivel mucho más alto”.

El oficial retirado de las fuerzas especiales Kalev Sepp, que viajó a Iraq como asesor en cinco ocasiones, hizo una valoración distinta. “El general Eaton fue claro al permitirme saber que quería que le recordaran como el padre del nuevo ejército iraquí”, me dijo. “Pensé que su enfoque era equivocado a nivel conceptual”, recordaba Sepp, señalando que Eaton “entendía que su misión era crear un ejército que defendiera Iraq de una invasión extranjera, pero pasó completamente por alto la insurgencia interna”. (Una solicitad para entrevistar a Eaton, enviada al American Security Project, un think tank que tiene su sede en Washington DC con el que el retirado general colabora, se quedó sin respuesta.)

El general Eaton culparía después a la administración Bush de los reveses iniciales de las actuaciones del ejército iraquí, debido a la pobre planificación e insuficiente asignación de recursos de la preguerra. “Nos propusimos proveer de efectivos, entrenar y equipar un ejército para un país de 25 millones de habitantes con seis hombres”, dijo el general Eaton al New York Times en 2006. No obstante, aceptó su responsabilidad personal en los más visibles de sus primeros fracasos: el motín de un batallón iraquí recién creado cuando se dirigía a su primera batalla en abril de 2004.

En los años siguientes, el Iraq de EEUU estallaba en violencia mientras los militantes suníes y chiíes combatían entre sí, luchando asimismo contra los ocupantes estadounidenses y al gobierno de Bagdad apoyado por EEUU. Sobre la marcha, las autoridades estadounidenses aparecieron con nuevos planes para construir una fuerza armada amplia, convencional y fuertemente armada para asegurar Iraq frente al enfrentamiento sectario, las múltiples y enfurecidas insurgencias y, en última instancia, la guerra civil. “El ejército y las fuerzas policiales iraquíes se ampliaron rápidamente de 2004 a 2006, adaptándose a la misión de la contrainsurgencia”, según un informe del inspector general especial de EEUU para la reconstrucción de Iraq. Como el caos y las cifras de muertos se extendían, las estimaciones acerca de las cifras necesarias de tropas iraquíes, las propuestas sobre los tipos adecuados de sistemas de armamento para ellas y de estratagemas de entrenamiento para construir ese ejército se corregían, ajustaban y revisaban una y otra vez. Hubo sin embargo una constante: los elogios.

En septiembre de 2005, como la violencia iba aumentando y habían muerto asesinados más de 1.400 civiles en ataques por todo el país, el general George W. Casey Jr., comandante de la Fuerza Multinacional para Iraq, informó que las fuerzas de seguridad estaban “progresando y asumiendo un papel cada vez más importante en la defensa de su país”. Subrayó repetidamente que se habían puesto en marcha esfuerzos de formación, un sentimiento secundado por el secretario de defensa Rumsfeld. “Cada día que pasa, las fuerzas de seguridad iraquíes son más numerosas y están cada vez mejor entrenadas, mejor equipadas y con más experiencia”, dijo .

“Creo que hicimos un trabajo muy eficaz entrenando a los reclutas del ejército iraquí que nos llevaron”, me dijo Casey el pasado año, reflexionando sobre los esfuerzos estadounidenses durante sus dos años y medio al mando. El problema, dijo, eran los iraquíes. “La situación política en Iraq durante 2007 e incluso hasta este mismo día es tal que los dirigentes del gobierno iraquí y el ejército nunca podrán inculcar lealtad en las tropas del gobierno”.

Sin embargo, los generales estadounidenses destacaban en aquel tiempo el progreso por encima de los problemas. Una vez que Petraeus terminó su propio período al frente del esfuerzo de la formación, manifestó sus alabanzas de forma efusiva. “A fin de cuentas, lo más importante que les dejo hoy es el enorme progreso de las fuerzas de seguridad iraquíes en el curso de los últimos 16 meses frente a una insurgencia brutal”, alardeaba en octubre de 2005, añadiendo que quedaba aún por delante un “trabajo considerable”. “La disposición de las fuerzas de seguridad iraquíes ha continuado creciendo cada semana que pasa. Puede tomarse el porcentaje de todas las métricas existentes, de lo que quiera: entrenamiento, equipamiento, reconstrucción de infraestructuras, unidades en combate, escuelas, academias restablecidas, lo que quiera, dígalo, y lo que se ha conseguido sigue siendo notable”. (Los mensajes enviados a Petraeus pidiéndole una entrevista en Kohlberg, Kravis, Roberts & Co, la firma de inversiones donde desempeña el puesto de presidente del KRR Global Institute, no tuvieron respuesta.)

En noviembre de 2005, el presidente Bush expresó los mismos sentimientos. “A medida que las fuerzas de seguridad iraquíes se ponen en pie, su confianza va creciendo”, dijo a los guardiamarinas en la Academia Naval. “Y están llevando a cabo por sí mismas las misiones más importantes y difíciles”. En febrero siguiente, el general Peter Pace, presidente del Estado Mayor Conjunto, elogiaba de forma parecida a ese ejército, afirmando que “los progresos conseguidos en este último año han sido enormes”.

Al mes siguiente, el teniente general Martin Dempsey, que sucedió a Petraeus como comandante del Mando Transitorio de Seguridad Multinacional en Iraq (MNSTC-I, por sus siglas en inglés), y que más tarde fue presidente del Estado Mayor Conjunto, metió baza a su vez haciendo brillantes elogios: “Lo que estamos viendo ahora progresar responde a tres años de inversiones en las fuerzas de seguridad iraquíes. Ha sido una gran inversión y se están produciendo grandes progresos”.

Pregunté al coronel retirado del ejército Andrew Bacevich, profesor emérito de historia y relaciones internacionales del Pardee School of Global Studies de la Universidad de Boston, cómo era posible que tantos oficiales estadounidenses hubieran visto tantos progresos en una fuerza que después se vendría abajo de forma velozmente espectacular. “Creo que hay una necesidad psicológica de ver progreso y, desde luego, es útil repetir como loros la línea del partido. Pienso que a nivel psicológico tienes que persuadirte a ti mismo de que tus duros esfuerzos –esta vez lejos del hogar y en pésimas condiciones- realmente produjeron algo positivo.

Kalev Sepp, que viajó por todo Iraq hablando con los comandantes de más de 30 unidades estadounidenses mientras dirigía un estudio seminal de contrainsurgencia conocido como “Encuesta COIN”, me dijo que cuando preguntaba sobre el progreso de las unidades iraquíes con las que estaban trabajando, los oficiales de EEUU lo vinculaban invariablemente con su propio período de servicio. “Casi todos los comandantes decían exactamente lo mismo. Si al comandante le quedaban seis meses de servicio, los iraquíes serían capaces de combatir en seis meses. Si le quedaban cuatro, entonces los iraquíes estarían listos en cuatro meses. ¿Cómo iba a decir un comandante ‘No voy a cumplir mi misión. No voy a conseguirla a tiempo’? El resto de las unidades decían que sus iraquíes iban a estar perfectamente entrenados. ¿Quién iba a ser el comandante que dijera ‘Yo no creo que mi unidad iraquí esté realmente preparada’?”.

Las alabanzas oficiales continuaron mientras las insurgencias se propagaban por todo el país y las cifras mensuales de civiles muertos superaban regularmente los 2.000, incluso superaron los 3.000 en 2006 y 2007. “Las fuerzas de seguridad iraquíes continúan desarrollándose y creciendo, asistidas por los equipos integrados de transición”, anunció a la prensa en mayo de 2007 el teniente general Ray Odierno, comandante del Cuerpo Multinacional para Iraq. “Sí, hay aún problemas dentro de las fuerzas de seguridad iraquíes: sectarios, de dotación y algunos de equipamiento. Pero se están haciendo progresos y de forma constante”. Una revisión hecha por el Pentágono en 2008 también indicaba notables progresos en 102 de los 169 batallones iraquíes, a los que se declaró “capaces de planificar, ejecutar y mantener operaciones de contrainsurgencia con o sin apoyo de la coalición”, desde sólo 24 batallones en 2005.

Años después, Odierno, todavía a cargo del mando, entonces conocido como Fuerzas EEUU-Iraq, continuó promocionando las mejoras. “Hay claramente aún algo de violencia y todavía tenemos que hacer más progresos en Iraq”, dijo a los periodistas en julio de 2010. “Pero las fuerzas de seguridad iraquíes han asumido la responsabilidad de la seguridad por todo Iraq y continúan creciendo y mejorando cada día”.

El inspector general especial para la reconstrucción de Iraq, Stuart Bowen, se mostraba también optimista, señalando en 2010 que los 21.300 millones de dólares ya gastados en construir las fuerzas de seguridad, entonces con 660.000 efectivos, había “empezado a dar apreciables buenos resultados”. Don Cooke, jefe del Departamento de Estado de la Oficina de Asistencia a Iraq, se mostró de acuerdo . “Hemos construido una fuerza de seguridad que es capaz de mantener la seguridad interna en Iraq… Y hace cuatro o cinco o seis años, había quien iba diciendo que serían necesarias varias décadas para lograrlo”.

En octubre de 2011, mientras las fuerzas estadounidenses se preparaban para poner fin a ocho años de ocupación, el secretario de defensa Leon Panetta ofreció su propia valoración de misión cumplida. “¿Sabe? Lo que hemos visto es que Iraq ha desarrollado una capacidad muy apreciable para poder defenderse a sí mismo. Hemos sacado ya alrededor de cien mil soldados [estadounidenses] y, sin embargo, el nivel de violencia ha permanecido relativamente bajo. Y creo que es un reflejo del hecho de que los iraquíes han desarrollado una capacidad muy importante para poder responder a las amenazas de seguridad dentro de su propio país”, dijo de los entonces 930.000 efectivos de las fuerzas de seguridad.

Ganadores y perdedores

Mientras EEUU entrenaba reclutas en las bases de todo Iraq –incluido Campo Bucca, donde los cadetes iraquíes asistían a un curso dirigido por EEUU para guardias de prisión-, otra fuerza iba también tomando forma. Durante años, los campos-prisión dirigidos por EEUU, denunciados por muchos como lugares de reclutamiento y entrenamiento de posibles insurgentes, con muchos inocentes –indignados por las duras detenciones arbitrarias- encerrados junto a militantes de línea dura. Pero Campo Bucca demostró ser incluso más peligroso que eso. Se convirtió en la incubadora no sólo de la insurgencia sino de un protoestado aspirante a califato que ahora se enseñorea en importantes porciones de Iraq y de la vecina Siria.

Nueve altos comandantes del Estado Islámico estuvieron un tiempo en prisión en el Campo Bucca de EEUU, incluido Abu Bakr al-Baghdadi, el líder del grupo que pasó casi cinco años allí. “Antes de su detención, al-Baghdadi y otros eran radicales violentos, decididos a atacar a EEUU”, escribían en 2014 en un artículo del New York Times Andrew Thompson, un veterano de la guerra de Iraq, y el académico Jeremi Suri. “El tiempo que pasó en la prisión profundizó su extremismo y les dio oportunidades para ampliar su siguiente… Las prisiones se convirtieron en virtuales universidades terroristas: Los radicales endurecidos eran los profesores, el resto de los detenidos eran los estudiantes y las autoridades de la prisión jugaban el papel de guardianes ausentes”.

Así pues, ¿cómo pudieron los oficiales estadounidenses haber fomentado con tanto éxito (aunque de forma inadvertida) el liderazgo de quienes se convertirían en una fuerza de combate verdaderamente eficaz que un día superaría al ejército más grande, mucho más intensamente entrenado, mejor armado que habían construido al socaire de decenas de miles de millones de dólares? “La gente que encarcelamos no se iba con habilidades cuando finalmente salía de prisión pero sí con la voluntad de combatirnos”, dice Andrew Bacevich. “Lo que estábamos haciendo allí era alimentar el resentimiento, la rabia, la determinación, el disgusto, los ingredientes para crear un ejército que resultó ser más eficaz que el ejército iraquí”.

El general George Casey, que siguió sirviendo como Jefe del Estado Mayor del Ejército hasta que se retiró en 2011, ve en el fracaso del gobierno chií de Iraq para integrar a la minoría suní el principal eje impulsor del colapso de una parte significativa del ejército del país en 2014. “Se oyen todo tipo de razones de por qué las fuerzas suníes [del ejército iraquí] se quedaron sin Mosul, pero no fue ninguna sorpresa para ninguno de los que ya habíamos estado allí. Si tu país no apoya lo que estás haciendo, no hay razón para combatir por él”, explicaba Casey en una entrevista telefónica el pasado año. “Probablemente la gente presta poca atención a lo que nosotros, en el ejército, llamamos ‘la voluntad de luchar’. Cuando a fin de cuentas, de eso es lo que se trata. Y no podemos inculcar la voluntad de luchar en el corazón de un soldado de otro país. Sencillamente, no podemos hacerlo”.

“Podemos hablar de lo atroz que es el Daesh”, añade Kalev Sepp, utilizando el acrónimo árabe para el Estado Islámico, “pero sus combatientes creen en lo que están haciendo y eso añade un acero especial al temple de uno”. Bacevich, que ha terminado recientemente de escribir una historia militar, America’s War for the Greater Middle East , en la que se hace eco   de este sentimiento, señala la cruda diferencia entre las fuerzas iraquíes entrenadas por EEUU y sus brutales oponentes. “Con independencia de lo que podamos pensar del ISIS, sus fuerzas parecer tenerle afición a combatir y están dispuestas a morir para promover su causa. No puede decirse lo mismo del ejército iraquí”.

 

Y, sin embargo, a raíz de la implosión de las fuerzas de seguridad de Iraq, EEUU –como parte de la Operación Resolución Inherente, su campaña contra el EI-, empezó un nuevo esfuerzo de entrenar y asesorar para ayudar a reconstruir el ejército de Iraq. En junio de 2014, el presidente Obama anunció que iban a enviar a Iraq hasta 300 asesores. El tamaño de la presencia estadounidense se ha incrementado rápidamente desde entonces hasta alcanzar casi los 3.500.

“Por motivos políticos no revelamos las cifras específicas de tropas y el papel que cumplen”, me explicó el portavoz del ejército estadounidense en Bagdad, el coronel Warren. Sin embargo, señaló que hay aproximadamente 5.500 efectivos en la coalición de 17 naciones asociadas, incluyendo a EEUU que lleva a cabo misiones de asesoramiento y asistencia y formación en “sitios para desarrollar las capacidades de países amigos”.

A pesar de los pobres resultados de los anteriores esfuerzos de formación, incluso algunos de sus críticos se muestran esperanzados de que la actual misión pueda tener éxito. “Los asesores estadounidenses podrían tener un efecto positivo”, me dijo Sepp, ahora catedrático de análisis de la defensa en la Escuela Naval de Posgrado. Me explicó que una misión precisa de formación de los iraquíes para recuperar una ciudad determinada o defender una zona específica tiene oportunidades reales de éxito. Casey, su jefe anterior, estuvo de acuerdo pero insistió en que ese éxito no iba a producirse de forma fácil o rápida. “Va a ser necesario un tiempo largo. No es algo a corto plazo. La gente quiere ver derrotado al ISIS –sea lo que sea- rápidamente. Pero no va a ser ‘rápidamente’ porque los problemas son más políticos que militares y los iraquíes van a necesitar algún tiempo para aceptarlo”.

¿Condenados a repetirlo?

La historia sugiere que el tiempo no es la panacea cuando Washington intenta apuntalar, asesorar o construir ejércitos. En los primeros años de la década de 1950, EEUU proporcionó amplios apoyos al ejército francés en Indochina –pagando finalmente casi el 80% del coste de su guerra allí- sólo para ver cómo esa fuerza era derrotada por un ejército vietnamita menos avanzado y peor equipado. No mucho tiempo después, EEUU empezó un costoso proceso que continuó hasta mediados de la década de 1970 para construir, asesorar, equipar y financiar al ejército de Vietnam del Sur. En aquellos años se disparó hasta llegar a un ejército de un millón de hombres, para desintegrarse después de dos años una vez que EEUU puso fin a su largo y fracasado esfuerzo de combate en ese país.

“La suposición de que sabemos cómo crear ejércitos en otras partes del mundo es bastante dudosa”, me dijo Andrew Bacevich, veterano de esa guerra. “Sí, Vietnam fue una patente demostración de un proyecto fallido en la construcción de un ejército eficaz, pero no hace falta siquiera citar Vietnam. Iraq es obviamente otro de los casos. Y en un sentido más general, el Pentágono exagera su capacidad para crear fuerzas de combate eficaces en zonas del mundo en desarrollo”.

De hecho, los recientes esfuerzos estadounidenses de formación por todo el planeta han estado marcados por escándalos, reveses y fracasos. Por ejemplo, el año pasado la administración Obama descartó un programa por valor de 500 millones de dólares para entrenar a los rebeldes sirios que combatían al Estado Islámico. Se suponía que iban a conseguir 15.000 combatientes en tres años pero sólo consiguieron unas pocas docenas. Luego tenemos el esfuerzo de 13 años y 65.000 millones de dólares en Afganistán que ha producido una fuerza cuyas filas están llenas de inexistentes tropas “ fantasma ”, agobiada por las deserciones y limitada por las crecientes víctimas. Ha sido imposible derrotar a una pequeña e impopular insurgencia talibán que está aumentando ahora en fuerza y alcance. A finales del año pasado, las pérdidas de las fuerzas afganas que EEUU apoya en la ciudad de Kunduz y los recientes avances de los talibán en la provincia de Helmand han arrojado una luz brillante en este fiasco a cámara lenta.

Esos esfuerzos no han sido precisamente anomalías. Por ejemplo, la ONU implicó a un batallón congoleño de comando entrenado por EEUU en violaciones masivas y otras atrocidades. Un esfuerzo para entrenar a milicianos libios fracasó sin haberse iniciado siquiera; en otra ocasión, los militantes asaltaron repetidamente un campo de entrenamiento estadounidense y saquearon todo el equipamiento de última tecnología, incluyendo cientos de armas; y una vez, una milicia hizo salir corriendo del país a un grupo de asesores poco después de aterrizar. Tenemos también a los oficiales entrenados por EEUU que derrocaron a sus gobiernos en golpes de Estado perpetrados en Mali en 2012 y Burkina Faso en 2014. De hecho, un informe de diciembre de 2015 del Servicio de Investigación del Congreso señalaba :

“Acontecimientos recientes, en particular la batalla entre el gobierno afgano y los talibán sobre Kunduz, la incapacidad de los esfuerzos dirigidos por el [Departamento de Defensa] para conseguir algo más que un ‘puñado’ de fuerzas anti-Asad y anti-EI en Siria y el colapso de las fuerzas entrenadas por EEUU en Iraq para combatir al EI, han planteado –también en el Congreso- si estos programas [de construir capacidad] han conseguido alguna vez los efectos deseados”.

A pesar de todo esto, el Pentágono se ha comprometido a crear otro ejército iraquí siguiendo ese molde estadounidense, como me explicó recientemente el coronel Warren: “Equipamiento estadounidense moderno, entrenamiento convencional moderno y, desde luego, todo eso apoyado por la fuerza aérea”. EEUU ha gastado ya, señala, 2.300 millones de dólares en armar y equipar a esta nueva fuerza.

Andrew Bacevich está viendo de nuevo fallos cruciales en el plan estadounidense. “Sospecho que nuestros entrenadores son bastante buenos a la hora de impartir habilidades técnicas… Estoy seguro de que pueden enseñarles puntería, cómo dirigir una patrulla, cómo mantener sus armas, pero no puedo imaginar que nos resulte fácil impartir espíritu de lucha y sentido de la unidad nacional, y es ahí donde las fuerzas iraquíes han sido deficientes. Es la voluntad frente a la habilidad. Podemos trasmitir habilidades. No creo que podamos trasmitir voluntad”.

Por su parte, el secretario de defensa Carter parece estar especialmente centrado en el aspecto de las habilidades de la ecuación. “Una derrota duradera del ISIL necesita aún de que las fuerzas locales luchen y venzan sobre el terreno. Podemos y queremos continuar desarrollando y capacitando a esas fuerzas locales”, dijo en junio de 2015 en el Comité de Servicios Armados del Congreso. “Por esa razón el Departamento de Defensa trata de reforzar… las fuerzas de seguridad iraquíes para que sean capaces de recuperar, y después defender y mantener, las zonas del Estado iraquí controladas por el ISIL”. El pasado mes, Carter aseguró en el Comité de Servicios Armados del Senado que todavía estaba “instando al gobierno iraquí para que reclutara, entrenara, armara y movilizara a más combatientes suníes en sus comunidades”.

Sin embargo, esto supone, en primer lugar, que hay un Estado iraquí que realmente funciona. Andrew Bacevich no está tan seguro. “Puede que sea hora ya de admitir que Iraq no existe. Presumimos de estar creando un ejército nacional que está dispuesto a combatir por la nación de Iraq, pero no creo que resulte obvio que Iraq exista, excepto en el sentido más nominal. Si eso es verdad, entonces es poco probable que cualquier nuevo esfuerzo –una segunda década de esfuerzos para construir un ejército iraquí- pueda dar resultados positivos.

 Nick Turse es director de edición de TomDispatch e integrante del Nation Institute. En 2014, obtuvo los premios Izzy y American Book por su libro Kill Anything That Moves; sus artículos han aparecido en el New York Times, Intercept, Los Angeles Times, Nation y habitualmente en TomDispatch. Su libro más reciente es Tomorrow’s Battlefield: U.S. Proxy Wars and Secret Ops in Africa.

Fuente:  http://www.tomdispatch.com/post/176093/tomgram%3A_nick_turse,_how_to_succeed_at_failing,_pentagon-style/ 

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