[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: La Pobreza

[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: La Pobreza

Ruperto Concha / resumen.cl

El sociólogo brasilero Emir Sader publicó esta semana un bien documentado artículo sobre lo que él llama “La crisis de la Izquierda Latinoamericana”.

Este académico es considerado entre los más destacados intelectuales de la izquierda, y por ello sus observaciones tienen mucho peso para analizar los dramáticos reveses que, uno tras otro, han sufrido los gobiernos de tendencia izquierdista en Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia y posiblemente Brasil.

Para Emir Sader, en América Latina hay dos izquierdas. Una es la que logró movilizarse y alcanzar el gobierno en sus respectivos países. Los que mencionamos más Cuba, Ecuador y Nicaragua. La otra es la izquierda que ha sido incapaz de alcanzar suficiente peso ciudadano, no sólo en términos de llegar al gobierno… han sido, además, incapaces de ejercer una influencia verdadera incluso cuando, como en Chile, han participado en coaliciones gobernantes.

Además de Chile, menciona los casos de Perú y México, donde opacas divisiones internas y una penosa ausencia de ideología y estrategia hacen poco probable que alcancen el crecimiento indispensable en un plazo razonable.

Pero, se pregunta, ¿qué es lo que ocurrió en los casos que se perfilaban más auspiciosos, como Uruguay, Argentina, Venezuela y Bolivia?…

Sin duda en todos esos casos, los gobiernos de izquierda alcanzaron logros extraordinariamente valiosos destinados a prevalecer por largo tiempo, no sólo en términos de bienestar económico de la gente.

Mucho más relevante, según Emir Sader, han sido los logros en desarrollo social, capacidad de movilización de la nación, y educación en todos los niveles.

Y, sin embargo, llegado un momento, sufrieron pérdida de apoyo popular en niveles dramáticos y en momentos dramáticos del proceso de cambio que habían programado. ¿Por qué ocurrió eso?

Por cierto, Emir Sader no pretende encontrar una respuesta total. Pero describe un factor común para los casos más relevantes de Buenos Aires, Caracas y La Paz. Obviamente el remezón demoledor lo dio la economía mundial que, en forma bastante artificiosa, derrumbó el valor de los principales rubros de exportación que sostenían la economía de estos países.

Petróleo, cobre, gas natural, tierras raras, incluso productos agrícolas como la soya, el azúcar y los cereales, se depreciaron brutalmente y en forma súbita. Y por supuesto eso desfinanció una parte demasiado importante de los programas de gobierno, produciendo un cuadro de fracaso y decepción de la gente.

Es decir, fue una fría oleada de pobreza que marchitó el entusiasmo y la fe de la gente que cedió a la tentación de considerar culpable al gobierno que no lograba enfrentar con eficacia la adversidad.

Por supuesto, es inocultable la participación intencionada de fuerzas opositoras nacionales reforzadas también internacionalmente. Pero eso no exime a los gobiernos de una responsabilidad muy grave.

La responsabilidad de no haber sido capaces de emplear oportuna y previsoramente el período de varios años de vacas gordas, de bonanza económica por el alto precio que habían alcanzado los metales y los hidrocarburos en los mercados internacionales.

Emir Sader no se refiere a simplemente hacer ahorritos y juntar fondos en moneda dura para enfrentar un período de vacas flacas. No.

Sader en realidad se refiere a haber aprovechado como era debido la capacidad que se presentaba por la bonanza financiera, para consolidar un modelo de desarrollo industrial y de servicios mediante la integración eficiente en toda la región.

Recursos inmensos fueron destinados a elevar al máximo posible el bienestar de la gente, el bienestar general, mientras, en cambio, se escatimaban los recursos necesarios para implementar una economía regional, integrada, fuerte e independiente de las fluctuaciones bursátiles de una economía internacional, que es monetaria y especulativa, y está dirigida por un contubernio de bancos centrales y gigantescas empresas multinacionales.

Se veía venir el frenazo industrial y comercial, pero aun así, cuando llegó la debacle llegó sin que se hubiera armado una defensa eficaz.

Esta semana, en California, un caso de volumen insignificante logró conmover fuerte a las redes sociales y a la prensa económica. Se trató de una jovencita graduada en una buena universidad, que ingresó a trabajar en la empresa Yelp, en el rubro de facilitar información, recomendaciones expertas y otros servicios similares, a una clientela de gente con plata y con ganas de divertirse.

Esta jovencita, que usa el nombre de Talía Jane, llevaba poco más de un mes trabajando, cuando subió a las redes sociales una “Carta Abierta” dirigida al gerente general de la empresa, Jeremy Stoppelman, denunciando que el sueldo que le pagaba a ella, y otros empleados, era mísero y no le alcanzaba para vivir.

Ella señaló que todos los empleados de su grupo, siendo gente escogida por su nivel cultural, se veían sin embargo obligados a hacer trabajitos secundarios para sobrevivir malamente. Ella indicó que su sueldo de 12 dólares por hora, descontándole los impuestos quedaba reducido a sólo 8 dólares con 15 centavos por hora. O sea, 374 dólares por semana.

Y ello, en circunstancias de que tiene que pagar un arriendo de 1245 dólares mensuales y que gasta diariamente 11 dólares con 50 centavos en pasajes para ir a su trabajo.

Bueno, a las pocas horas de haber subido a Internet su “Carta Abierta”, la joven fue despedida de su trabajo por haber realizado acciones publicitarias indebidas y perjudiciales para la empresa que le había dado trabajo.

Lo más notable de esta situación es que una mayoría abrumadora de sus contactos justificaron, en las redes sociales, plenamente el que la empresa la haya despedido. De partida, le representan que ella había aceptado voluntariamente el sueldo que se le ofrecían. Pero luego la critican, además, por no haber sido capaz de asumir los sacrificios que todos los trabajadores principiantes tienen que hacer, al menos en Estados Unidos. De partida, arrendar un departamento para ella sola se considera un lujo exorbitante, ya que casi sin excepción los trabajadores principiantes comparten un arriendo entre varios.

Y, fuera de calificar a la chica de “llorona” que se cree que el mundo tiene la obligación de cuidarla y hacerla feliz, le representan que si no es capaz de ingeniárselas con su sueldo y las propinitas que se gane lateralmente, lo mejor será que se vaya a Oklahoma, o a Filipinas o a cualquier lugar barato y ordinario.

En fin, el caso exhibe un panorama poco alentador para los jóvenes que en América Latina sueñan con irse a trabajar a California o a Nueva York. De hecho, el impuesto de 3 dólares con 85 centavos por hora de trabajo que ella tiene que pagar, es nada menos que un 32%…

Es como si aquí en Chile un trabajador que gana el mínimo, de 245 mil pesos, tuviera que pagar un impuesto de 78 mil pesos mensuales.

Pues bien, para los jóvenes que comienzan a trabajar en Estados Unidos, la realidad es de una dura pobreza, a la que tienen que enfrentar con astucia, ganando lo que se pueda y de la manera que puedan, y generalmente juntando fuerzas con otros jóvenes que están en las mismas circunstancias.

Ellos se saben pobres, y lo toman con una mezcla de resignación, buen humor y una cierta dosis de descarado cinismo para mantener viva la esperanza de salir adelante.

Esa jovencita es pobre ganando algo más de 2 mil dólares mensuales. Aquí, las expectativas de un trabajador principiante, con título universitario, llegan, con suerte a un promedio de mil dólares… cuando encuentran trabajo dentro de su profesión.

Los otros, junto con los que no tienen título, ganan alrededor de 600 dólares al mes. Pero a pesar de la diferencia en dólares, los jóvenes pobres de acá no son muy distintos de los jóvenes pobres de Estados Unidos.

En realidad, recién hace menos de un siglo los sociólogos y los economistas admitieron, por un lado, que la pobreza se debe a falta de educación, escasez de trabajo, y echar al mundo demasiados hijos.

Básicamente, los estudiosos definieron la pobreza como un estado de necesidad que incluye falta de recursos para obtener los alimentos necesarios para la persona y su grupo familiar.

Sin embargo, con el desarrollo de la agroindustria ya ha aumentado prodigiosamente la producción de alimentos, pero sigue habiendo grandes sectores de la humanidad que continúan sufriendo de hambrunas crónicas. En la India, por ejemplo, en menos de 25 años la producción de alimentos aumentó en un dos mil por ciento, y sin embargo siguen habiendo sectores sumidos en la pobreza y el hambre.

Recién entonces los sociólogos y los economistas se dieron cuenta de que el aumento enorme de alimentos disponibles, unido a mejores condiciones de higiene y atención médica, provocaban de inmediato una explosión demográfica enorme. De hecho se advirtió que el nivel de vida de la India, a fines del siglo 20, era inferior al nivel de vida anterior a la conquista británica en los tiempos del imperio mongol, a pesar de que la economía de la India ha aumentado ya en más de un 5 mil%.

O sea, todo ese enorme aumento de producción de riqueza, se había convertido en aumento de la pobreza. Y ello, por efecto de la natalidad excesiva. Millones y millones de personas se sumaban cada año en busca de trabajo, y con ello no sólo se producía el drama de la cesantía: porque las multitudes que buscaban trabajo provocaban una baja ruinosa en los salarios, por el exceso de gente que estaba dispuesta a trabajar por una paga miserable.

Ya en 1987, durante la Cumbre Mundial de Demografía y Población, de las Naciones Unidas, el entonces presidente de Egipto, Hozni Mubarak, señaló que su país, con enorme esfuerzo, creaba anualmente cien mil nuevas fuentes de trabajo, pero la población del país aumentaba anualmente en 240 mil personas. O sea, la explosión demográfica hacía penosamente insuficientes todos los esfuerzos y todos los logros.

En el caso de Chile, según el último censo, la población aumentó en un millón y medio de habitantes en un período de 10 años. O sea, un crecimiento anual de 150 mil habitantes que tendrán que encontrar trabajo para luchar contra la pobreza.

Para la Unión Europea, la pobreza se considera superada cuando el trabajador gana seis veces más de lo que gasta en alimentación y servicios básicos, electricidad, gas y agua, y puede, además, ahorrar también una sexta parte de sus ingresos.

Como resultado de ese nivel de ingresos, por ejemplo, en 2004 se informaba que, en Suecia, el 60% de los trabajadores son propietarios de dos casas. Una como domicilio normal, y otra como residencia de vacaciones, dentro de Suecia o en otro país europeo, de preferencia Italia o España.

Por supuesto, ese extraordinario bienestar económico de la clase trabajadora era posible gracias al suculento superávit de la balanza comercial de Suecia, donde las exportaciones de productos industriales con muy alto valor agregado, casi duplicaban las importaciones de materias primas y productos elaborados del extranjero.

O sea, las ganancias de Suecia las pagaban con largueza los otros países productores de materias primas.

La economía mundial, siguiendo el modelo liberal de mercado, necesita que los mercados aumenten incesantemente, y por eso tratan de estimular a toda costa el aumento de la natalidad, ya que un mayor número de habitantes no lo contemplan como número de “seres humanos” sino “número de consumidores”.

Se considera indispensable que la gente compre más y más, inyectando dinero a las empresas. Para estimular la necesidad de comprar, las empresas reducen cada vez más la vida útil de los productos que la gente compra. Los autos, por ejemplo, son fabricados para durar no más de 5 años en condiciones realmente buenas. Las computadoras están hechas para quedar obsoletas a los 3 años. Incluso las casas son construidas ahora para que no duren en buenas condiciones por más de una sola generación familiar.

¡Y qué decir de la ropa! Hay toda una maquinaria de manipulación psicológica apuntada a que la gente esté obligada a ir desechando cada año la ropa que ha comprado el año anterior, forzando a través de las modas a que la gente no pueda usar las mismas prendas por más de una temporada.

Pero, ¿se ha preguntado Ud. quién inventa las modas, quién decide lo que está de moda?… Cuando se dice, por ejemplo “ahora se usa que los trajes de baño de hombres lleguen más abajo de las rodillas”. ¿Quién dio la orden de que se use ese tipo de trajes de baño?

¿Quién tiene el poder, la autoridad mental para forzar a millones de personas a obedecer dócilmente, en rebaño, la forma de elegir su ropa, la música, el teléfono celular o la marca de cerveza?

La manipulación mental de nuestras decisiones, de lo que supuestamente elegimos libremente, aparece como una parte funcional integrada a la economía de mercado que exige crecimiento permanente.

Y para ello, los gobiernos y el sistema bancario crean nuevos sistemas que facilitan las compras y el endeudamiento al máximo posible. El año pasado, la prensa especializada de Estados Unidos señaló que la deuda mundial total, es decir las deudas de los gobiernos, las empresas y la gente consumidora, ya ha llegado a una cifra entre 300 y 400 millones de millones de dólares. O sea, según eso, a cada uno de los 7 mil millones de habitantes de nuestro planeta, incluyendo las guaguas, le corresponde una cuota de deuda de más de 40 mil dólares.

¿Y dónde está ese dinero? ¿Existe en realidad ese dinero? ¿O es una fantasía contable sin más realidad que los millones de Arlequín, o el Oro de las Hadas?…

Fíjese Ud. que una moneda de 5 centavos de dólar ya no sirve para comprar nada. Ni siquiera sirve para pagar el valor del metal con que está hecha, ya que fabricar esa moneda de 5 centavos cuesta 10 centavos.

Por eso es que en todo el mundo están tratando de eliminar el dinero efectivo, reemplazándolo con las simples cifras que registran el dinero que Ud. puede gastar mediante una tarjeta de débito o de crédito.

Además, por supuesto, con ese sistema de dinero computacional, los funcionarios de gobierno o de la banca pueden disponer de toda la información que se les antoje para saber cuánto dinero maneja Ud., en qué lo gasta y a quién Ud. puede financiar o estar financiando.

Cuando nos cuentan que en una corrida de pánico en la Bolsa de Shanghai se perdieron 5 millones de millones de dólares en una semana, en realidad están contándonos un cuento de hadas. Ese dinero que supuestamente se perdió, no existió jamás. No son más que cifras acumuladas en operaciones especulativas en las que ni un solo billete pasó de un bolsillo a otro.

Fíjese que un billete de 100 dólares, que es el billete más grande de circulación común en dólares, pesa alrededor de 2 gramos. O sea, 100 mil dólares en billetes pesan como 2 kilos. Un millón de dólares pesa como 20 kilos, y mil millones de dólares pesan 20 toneladas. Bueno, esos 5 millones de millones de dólares que dicen que se perdieron en la corrida bancaria de Shangai el año pasado, si hubieran sido dinero real, habrían pesado cien mil toneladas.

Según muchos economistas y expertos en manejo de inversiones, ya está claro que en cualquier momento, dentro de un mes o de un año, tiene que producirse el colapso económico basado en el monetarismo financiero neoliberal.

Es posible que ese colapso lance al mundo a la Tercera Guerra Mundial, pero es quizás más posible que finalmente los conductores del mundo opten por pactar una salida inteligente… si es que al menos se dan cuenta de que a veces conviene ser inteligente.

Al parecer, la alternativa al colapso económico mundial y a la guerra, implica cambiar el modelo económico actual, de escasez y deuda, a una nueva economía de abundancia, que es posible a partir de la nueva tecnología y la producción automatizada.

Sería una economía en los seres humanos terminarán asumiendo el rol, la responsabilidad y el poder de elegir, aprobar, gustar o no gustar, de la producción que se le ofrezca.

O sea, seremos útiles y valiosos no como una fuerza de trabajo asalariado, sino como una capacidad de selección que es básicamente espiritual, o a lo menos artística.

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario, Ud. lo ve, hay el peligro de que no creamos que se puede, que otro mundo es posible. Que de veras es posible.

Estas leyendo

[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: La Pobreza