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Argentina: 40 años entre una y otra dictadura

27 marzo 2016

(Por Carlos Aznárez, Resumen Latinoamericano) El golpe cívico-militar-empresarial-religioso-mediático gestado por la oligarquía, con importante apoyo de los Estados Unidos fue coronado en marzo de 1976 pero venía siendo gestado desde mucho tiempo atrás, en función de los desvaríos y las complicidades del gobierno de Isabel Perón y José López Rega en primera instancia, y luego de la estrecha relación entre la viuda de Perón y sus secuaces (Italo Luder, por ejemplo) con los sectores más reaccionarios de la cúpula militar. En realidad, todo se había hecho mal desde que Perón decidió dar por terminada -brutalmente para los sectores más combativos del peronismo- la llamada “primavera camporista” que sólo duró un par de meses, y que despertó esperanzas para quienes durante 17 años habían aguantado a pie de calle, de cárcel, de tortura y hasta de desaparición (recordar al obrero metalúrgico Felipe Vallese), lo que se dio en llamar la “primera resistencia”, y posteriormente “la segunda” con fecha inicial en la gesta del “Aramburazo”.

Perón rompió un pacto no firmado con sus jóvenes más leales y revolucionarios, a los que en su momento denominó la “juventud maravillosa”, o en el plano de la resistencia armada a la dictadura del general Lanusse, caracterizó como las “formaciones especiales”. El viejo general, acostumbrado a manejar pendularmente, de derecha a izquierda y viceversa, las pasiones y pensamientos políticos de su Movimiento, no pudo soportar que le disputaran el espacio del poder y mucho menos que en esa “aventura” estuvieran embarcados esos jóvenes militantes que habían crecido con el “Perón o Muerte” entre los labios, pero que ahora sentían que para ser coherentes había que seguir avanzando hacia la concreción de una Patria Socialista.

Lo que vino después es más o menos conocido: el frustrado reencuentro del líder con su pueblo en Ezeiza, donde las bandas fascistas incluidas en el peronismo asesinaron a cientos de luchadores y luchadoras, el posterior discurso de Perón acusando a las víctimas de victimarios, la conformación desde el gobierno, bajo la coordinación de López Rega pero con el indudable visto bueno del General, de ese engendro criminal que fue la Triple A. Párrafo aparte, la ruptura entre los militantes de la Tendencia Revolucionaria y Perón, sintetizada en ese doloroso acto de Plaza de Mayo, en el que el General insultó no sólo a quienes tanto habían luchado para que él volviera, sino que quebró definitivamente la posibilidad de que el peronismo avanzara por una senda revolucionaria hacia el socialismo. Perón, eligió, como tantas veces a los burócratas sindicales y políticos, sabiendo que muchos de ellos eran parte del equipo de sostén y apoyo logístico (además de participar concretamente en asesinatos de militantes) de los mercenarios de la Triple A. Después de ese suicidio político, Perón murió y con él se fue el último gran referente de un momento que pudo ser glorioso para las clases populares, pero que no fue por limitaciones ideológicas que cíclicamente se repiten en algunos movimientos de características progresistas. A la hora de romper con el molde capitalista, por más avanzadas que estén los sectores de base ligados a esas experiencias de poder, siempre aparece un freno (ideológico) y comienza una rápida involución.
El derrumbe del péndulo
Tras la muerte de Perón, la puerta abierta al enfrentamiento entre peronistas de izquierda y elementos fascistoides de un Movimiento que siempre los contó en sus filas, se hicieron insoportables para la sociedad, que día a día se despertaba contando muertos y más muertos.

A partir de ese momento, y con todos estos antecedentes a su favor -auge, descomposición y caída de un peronismo que abandonara la posibilidad de disputar poder a la oligarquía y a sus patrones imperialistas- es que aparece con mayor claridad una foto de cómo se había ido gestando a la sombra la idea intervencionista de los sectores más gorilas de las Fuerzas Armadas. Aprovechando el desquicio del gobierno de Isabel y sus consecuencias “caóticas y anarquizantes” (dos palabrejas que los militares y grupos de derecha suelen usar siempre que desean dar uno de sus tradicionales zarpazos) sólo bastaba agregar un poco más de leña al fuego para que la caída se precipite. La proclama golpista del general Videla a fines de 1975 en Tucumán, donde los combatientes del ERP mantenían con tremendo sacrificio una experiencia de guerrilla rural. dejaba en claro que a muy corto plazo, ese desgobierno “peronista” sería cosa del pasado.

A diferencia de otras épocas donde el poder militar intervenía en las situaciones derivadas del accionar gubernamental, en todos esos últimos meses habían preferido mantenerse como observadores frente al poder político y sus derivaciones , más allá de su activa y criminal participación en la lucha anti-guerrillera. Preparaban así el clima para lo que pronto se convertiría en una de las dictaduras militares más siniestras del continente. Ese poder militar había advertido mejor que nadie que antes, durante y posteriormente al regreso de Perón, decenas de miles de jóvenes con armas o sin ellas, en barrios, fábricas, colegios, universidades y cuanto rincón del país así lo exigiera, habían ocupado un espacio de construcción de poder popular, contaban con una formación política de gran profundidad, eran austeros y rechazaban el consumo capitalista, imaginando para su generación y las futuras, la idea de vivir para siempre en una nueva sociedad sin explotadores ni explotados. No sólo arañaban la posibilidad de hacerse con el gobierno a mediano plazo sino que estaban convencidos de que tomarían los cielos por asalto. Esa percepción caló hondo también en el enemigo más directo, representado por uniformados que, renunciando a los principios de los ejércitos sanmartinianos, preferían adorar un tótem envuelto en la bandera de barras y estrellas. y en función de ello y el odio visceral a todo lo que significara peronismo revolucionario o marxismo, es que decidieron emprender una nueva Cruzada.
Un “proceso” a la medida de Washington
Entre marzo de 1976 y abril de 1982 las tres fuerzas armadas aplicaron todas las enseñanzas de la Escuela de las Américas y la estrategia de aniquilamiento de la Escuela Francesa utilizada en Argelia y en otros países de África. Todo para imponer un plan económico al uso del FMI, el Banco Mundial y las trasnacionales más voraces. Resultado: mayor endeudamiento, destrucción de los beneficios sociales adquiridos durante años de lucha, ilegalización de entidades gremiales y partidos políticos de izquierda. Para ejecutar esas políticas hambreadoras, se necesitaba una represión sin antecedentes que a fuerza de desapariciones (30 mil no es una cifra inventada sino una dato objetivo de lo que fue esa barbarie), campos de concentración, encarcelamientos masivos y cientos de miles de desterrados involuntarios.
Aún en ese marco letal hubo resistencias de todo tipo. Desde conflictos de trabajadores que desafiaron al poder militar con huelgas y trabajo a desgano hasta acciones armadas de organizaciones que a pesar de haber sido diezmadas por la represión no dejaban de intentar recrear climas de hostigamiento a semejante enemigo.

Resistir es vencer
De esas insurgencias organizadas o silvestres era difícil enterarse debido a la gran censura informativa, pero existieron numerosos ejemplos de luchas, que analizadas desde este presente adquieren una importancia mayor por haber sido practicadas en momentos de durísima represión. Protagonizaban estas ultimas, decenas de militantes juveniles orgánicos o desenganchados de las estructuras formales de los nucleamientos político-militares, o de los agrupamientos de base, que por razones de seguridad o porque simplemente perdían los contactos, seguían la lucha según sus propios criterios de autodefensa.

También, y hay que destacarlo ahora que la derecha intenta imponer una nueva modalidad de discurso único, desde el peronismo revolucionario y también desde organizaciones marxistas se pudieron armar estructuras contrainformativas, tan útiles en tiempos de apagón total. Por haber formado parte de una de ellas, destaco el trabajo en ese sentido impulsado por Rodolfo Walsh y quienes lo acompañamos en la experiencia de la Agencia de Noticias Clandestinas (ANCLA).

El tema de ANCLA era de una gran trascendencia: había que transformar un espacio de clandestinidad en una fuente contra-informativa y de denuncia sobre los desmanes, atropellos, violaciones de los derechos humanos (torturas, asesinatos, campos de concentración) y demás fechorías que estaban cometiendo los militares de las tres armas, y el grupo importante de civiles que les acompañaban en el genocidio. Además, se hacía fundamental eludir la censura para dar a conocer las numerosas acciones que la resistencia popular (no solamente la armada) estuviera generando día a día en cada rincón del país. La experiencia duró poco más de un año, pero como decíamos en ese entonces, se logró demostrar que “se puede hacer buen periodismo en tiempos muy difíciles”. Y obtener victorias perdurables, como fue la Carta a la Junta Militar que escribiera Walsh, poco antes de caer asesinado en combate.

Después de la rendición humillante de Malvinas, la dictadura comenzó a preparar su retirada, en la medida que los sectores

populares -algunos de los cuales erróneamente habían apoyado esa aventura convocada por Galtieri- renovaban con más bríos su rechazo al modelo autoritario impuesto por la fuerza de las armas. De hecho, no hubo caída estruendosa sino traspaso de un modelo que amparaba el Terrorismo de Estado a otro representado por una seguidilla de gobiernos que abrevaban en la democracia burguesa y representativa. Democracias rigurosamente vigiladas por Washington, que envió cíclicamente contingentes de multinacionales y especialistas en megaminería, agronegocios y devastación territorial.

Párrafo aparte exige la lucha de los organismos de derechos humanos, sobre todo Madres y Abuelas, que estuvieron al frente de la lucha por los 30.000 detenidos-desaparecidos en plena época dictatorial y redoblaron la exigencia en la batalla contra las leyes de impunidad (Obediencia Debida, Punto Final y el nefasto indulto menorista). Todas estas instancias fueron contestadas en la calle y ese esfuerzo fue el ariete principal que una vez llegado el Kirchnerismo al gobierno, le permitió impulsar la revisión de todo lo actuado anteriormente y dar vía libre a juicios de lesa humanidad que lograron meter en la cárcel a numerosos genocidas.
Este oscuro presente

Ahora, a 40 años de aquellos años de plomo, es indudable que el panorama local y regional ha cambiado superlativamente. Por lo menos, en la recién inaugurada experiencia macrista comienzan a visibilizarse actitudes, gestos e iniciativas ligadas a fragmentos del discurso autoritario de la dictadura. Tanto en lo económico donde se avanza nuevamente hacia la imposición de un plan neoliberal, que como en el caso del implantado por José Martínez de Hoz en 1976, necesita de la represión para facilitar su predominio, como en el aspecto laboral, descargando una oleada de despidos que afectan al ámbito estatal y privado.

El país vive otra dictadura, esta vez “democrática”, legitimada por los votos, de la misma manera que la del 76 lo fue por las armas y el beneplácito de franjas reaccionarias de la población. La sociedad, por lo menos esa parte que votó al macrismo, se está fascistizando rápidamente, tanto como el lanzamiento de decretos involucionistas por parte del gobierno. El revanchismo impera en todos los órdenes de la embestida derechista y se están recorriendo caminos que van a terminar en más ataques a los derechos humanos y a la voluntad de un amplio sector del pueblo de defenderlos y profundizarlos.

Se vive un clima de policialización de la sociedad. Uniformados de distintas procedencia –muchos ya existían en el anterior gobierno. se hacen fuertes en las calles y tratan de interferir en contra de la organización popular. A esto hay que sumarle la aparición de núcleos paramilitares que operan en barrios humildes y suman de esta manera más terror a un panorama de por sí muy delicado.

Frente a estas situaciones, la resistencia es casi una obligación de quien se sienta militante por la vida. De la misma manera que en tiempos de la dictadura militar siempre hubo hombres y mujeres que no se callaron frente a la injusticia, o trabajadores que desafiaron aumentos, despidos y la presencia militar en las fábricas, hoy se hace necesario recordar los motivos, las ganas y el coraje de nuestros 30 mil hermanos y hermanas que desafiaron todas las adversidades y despuntaron una lucha por el socialismo hasta las últimas consecuencias. Si no lo hiciéramos, si apostáramos a esperar “a ver que pasa”, si nos equivocáramos subestimando al enemigo que hoy enfrentamos, pensando en retornos a más de lo mismo, o miráramos a un costado por cobardía, la derecha imperialista verá allanado el camino para quedarse varios años en el gobierno. En memoria de Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, de Santucho y Pujadas, del Carlón Pereyra Rossi y de Silvio Frondizi, del Padre Carlos Mujica y Rodolfo Ortega Peña, no nos podemos permitir más fragmentaciones, y sí debemos tratar de iluminar la unidad en la acción, buscando saldar uno de los grandes temas pendientes en el campo de la izquierda popular y revolucionaria. Si lo logramos, lo demás vendrá solo.

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