Maltrato infantil en Chile: ¿vemos sólo la punta del iceberg?

Maltrato infantil en Chile: ¿vemos sólo la punta del iceberg?

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl

Docente e Investigador (UACh)

Sólo podemos amar aquello que conocemos y sólo podemos proteger aquello que amamos” (Tobías Lassen)

Vemos… lo que queremos ver”. Así como los seres humanos tenemos una memoria de tipo selectiva, tenemos, asimismo, una “visión de tipo selectiva”, razón por la cual, cerramos nuestros ojos de manera voluntaria ante realidades que no queremos ver, o con las cuales no deseamos ser confrontados. En este sentido, la pregunta que he puesto en el título de este escrito, es sólo de tipo retórico, ya que todos sabemos la respuesta, y ésta es un rotundo “SÍ”: sólo vemos la punta del iceberg.

La cruda realidad indica, que los niños y niñas de nuestro país sufren violencia –muchas veces en grado extremo– en sus hogares, en las escuelas, en las comunidades, así como al interior de las instituciones que, supuestamente, deben cuidarlos. La materia de lo que aquí se discute hay que centrarla en el lugar donde estos niños y niñas sufren la violencia, y esto, por una razón muy simple: los menores viven el maltrato en aquellos lugares y espacios que, se supone, debieran servir de resguardo, de tranquilidad y protección de estos niños. Por lo tanto, esta realidad resulta ser la contradicción más grande de todas: tener que vivir la violencia y/o maltrato en lugares y espacios que tienen la suprema misión (y deber) de cuidar, motivar y estimular el desarrollo integral de los niños.

El uso de la violencia y del maltrato físico severo por parte de la familia e instituciones en contra de los menores es una de las formas más habituales –aún cuando despreciable– de trato impropio que viven los niños y niñas de un país y, con demasiada frecuencia, este maltrato se vincula directamente con diversos otros tipos de violencia diaria que se produce y se ejerce en diversos niveles de la sociedad e instituciones sociales, tales como la violencia contra la mujer (femicidio incluido), la violencia ejercida por los delincuentes en contra de sus víctimas (portonazos, asaltos a mano armada, robos con consecuencia de muerte), la violencia por razones de racismo y discriminación, la violencia ejercida por las fuerzas policiales de orden y seguridad, la violencia y el lenguaje virulento en el ámbito de la política nacional, la violencia que adopta la forma de la corrupción, la violencia ejercida por grupos de presión para lograr sus objetivos, la violencia que vemos diariamente a través de las conductas agresivas de los automovilistas contra otros automovilistas, la violencia gratuita y permisiva en los estadios, y así sucesivamente, entre muchas otras formas de violencia diaria.

En otras palabras: día tras día, nos encontramos con un cuadro lleno de múltiples formas y variantes de agresión, sea ésta de tipo física o psicológica, sea de tipo hostil o instrumental. Con respecto a estos dos últimos conceptos, señalemos brevemente, que la agresión hostil surge como consecuencia de la explosión de ira y de enojo que experimenta una determinada persona y se ejecuta como un fin en sí mismo. A este tipo de agresión se la llama también “agresión de tipo afectiva o emocional” y lleva en sí misma la semilla de la falta de autocontrol de impulsos: es la que conduce a los homicidios, y la excusa que se usa para explicar lo sucedido, es siempre la misma: “No le quise pegar”, “No la(o) quise matar”.

La agresión instrumental, en cambio, se utiliza de forma consciente para lastimar a otros y como un medio para lograr algún fin u objetivo: es aquella que puede conducir –en su grado extremo– a los asesinatos con premeditación y alevosía. La diferencia semántica entre homicidio y asesinato –y los consiguientes castigos penales como consecuencia del acto de agresión–, es que en el primer caso, no concurren las circunstancias de alevosía, ensañamiento o pago a un sicario para llevar a cabo el acto de violencia.

Por lo tanto, si estamos dispuestos a confrontar la realidad, la pregunta que debemos hacernos, es ¿cuál de todas las formas de agresión y violencia usamos cada uno de nosotros? Esta última pregunta –a diferencia de la anterior– NO ES una pregunta retórica, y la respuesta es bastante dolorosa: en todos los países que conforman la OCDE, el suicidio en niños y adolescentes se ha mantenido estable, o bien ha disminuido, SALVO en Chile y en Corea del Sur: estos dos países son los únicos de los 34 países de la OCDE, donde el suicidio en niños y adolescentes ha ido en aumento. ¿Conclusión? Algo estamos haciendo mal (o muy mal) en nuestro país.

La Convención de los Derechos del Niño define al maltrato infantil como “toda violencia, perjuicio o abuso físico mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, mientras el niño se encuentre bajo la custodia de sus padres, de un tutor o de cualquiera otra persona que le tenga a su cargo”.

La UNICEF estima que sólo en América Latina existen –por lo bajo y con cifras conservadoras– alrededor de 6 millones de niños y niñas maltratados severamente, de los cuales existe una cifra negra que indica que unos 85 mil de estos menores mueren cada año como consecuencia de la violencia ejercida en contra de ellos. De esos 85 mil muertos, varios de estas muertes, lamentablemente, corresponden a la violencia ejercida en nuestro país.

Uno de los graves problemas relacionados con el uso de la violencia –sea ésta doméstica, social o institucional–, radica en los elevados niveles de dependencia de los niños en relación con los adultos o con las instituciones que los están agrediendo, condición que los deja en una situación de total vulnerabilidad e indefensión ante los agresores.

El último estudio realizado por la UNICEF en Chile dejó en evidencia una realidad que puede resultar abrumadora para algunas personas, y que causó mucha alarma entre los expertos: sólo un 24,7% de los niños encuestados señaló no sufrir ningún tipo de violencia al interior de sus hogares. Lo anterior –mirado desde el punto de vista de los números–, entrega un dato que no puede menos que gatillar las alarmas fuertemente: tres de cada cuatro niños chilenos son –de una u otra forma­– maltratados en Chile. El segundo problema con carácter gravísimo, es que en Chile NADIE se hizo “cargo” de las cifras negras puestas al descubierto y sobre la mesa de la discusión. Todas las instituciones responsables –gubernamentales y no gubernamentales– decidieron usar la estrategia del “tic del cogote”, una técnica que se usa siempre que las personas y/o las instituciones de un país se lavan las manos: mirar para el lado, mirar para el cielo (por si Dios todopoderoso se apiada) o mirarse el ombligo. En Chile se utilizaron las tres “estrategias” de manera muy generosa.

Al desglosar las cifras de la UNICEF, se descubre que:

  1. El 21,4% de los niños y niñas de nuestro país experimentan violencia psicológica: el papá o la mamá le dice al niño/a que no lo quiere, lo insulta, le dice garabatos, lo denigra o se burla del menor ante terceros, lo amenaza con golpearlo o tirarle algún objeto, etc.

  2. El 27,9% señala ser objeto de violencia física leve: tirones de pelo (ser mechoneado), sufrir tirones de orejas, ser empujado o zamarreado con fuerza, ser cacheteado o recibir palmadas, ser pateado o mordido por el adulto.

  3. El 25,9% indica ser objeto de violencia física severa: su cuerpo es quemado con algún objeto (cigarrillo, plancha, objeto caliente, etc.), es golpeado con elementos contundentes, es objeto de fuertes golpizas, es amenazado con cuchillos o armas, es agredido físicamente con cuchillos.

 

Algunas investigaciones han puesto en evidencia que el uso de la agresión y de la violencia colectiva también puede ser un medio para conseguir ciertas recompensas de tipo retorcido: descargar la rabia e ira acumulada contra aquellas personas más débiles y que no se pueden defender, obtener placer dañando a otros, obtener cosas que de otra forma no se podrían conseguir (sexo, dinero, joyas, objetos de valor, posiciones de poder), conseguir atención y reconocimiento por parte de terceros, tener una excusa para imponer regímenes autoritarios, permitir y utilizar la violencia como plataforma electoral para llegar al poder, etc.

Sea cual sea la razón de fondo, ninguna de ellas es una forma “decente” de proceder, razón por la cual, ya es tiempo, que nuestras autoridades e instituciones responsables del bienestar de la población despierten de su eterno letargo e indiferencia, y tomen las medidas necesarias para frenar esta escalada de violencia, sea que hablemos de maltrato infantil, de violencia intrafamiliar, violencia en los estadios, violencia en las calles, violencia del Estado en contra de sus ciudadanos y así sucesivamente, en un cuento de nunca acabar.

Foto: Facebook.

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