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Cuentos que son películas: “Cuestión de principios”

03 abril 2016

[resumen.cl] “Cuestión de principios” es un cuento del argentino Roberto Fontanarrosa. Relata un conflicto donde el orgullo y el honor de una persona es colocado bajo presión, precisamente en el espacio dónde éstos están bajo un acoso constante, el trabajo.

A través del relato, Fontanarrosa, plantea conflictos universales, narrándolos con la ironía que le es propia. “Cuestión de principios” también se convirtió en película, con la dirección de Rodrigo Grande y la actuación de Federico Luppi, Norma Aleandro, Pablo Echarri y otros.

Aquí mostramos el cuento y la película.

Cuestión de principios

Roberto Fontanarrosa

¿Te conté la del viejo Castilla?. La del viejo Castilla es mundial. Es la prueba de lo que se puede comprometer un tipo por hablar al pedo, ¿viste?. Por darse manija con las palabras y después no poder volver atrás. A mí siempre me pareció un viejo pelotudo, eso te lo aclaro desde el vamos, aunque al final, no sé, creo que medio que se reivindica el viejo, pero de todas maneras siempre fue bastante pelotudo. Un formal, ¿viste?, un tipo que estaba permanentemente tratando de demostrarte que él era un caballerito inglés, un tipo educado, un tipo que mantenía una diferencia muy notoria con el resto de la gente, de la gente como nosotros. Cordial, ¿no?. Siempre cordial. Demasiado. Meloso a veces. Muy cuidadoso en su vocabulario, casi te diría que a propósito. Mirá que en la empresa por ahí todos hablaban, cuando se reunían los empleados, por ejemplo a tomar café de una manera normal, lógica, cotidiana. Puteando, por ejemplo, cagándose de risa. Pero Castilla, no. Participaba, hacía algunos silencios reprobatorios ante las malas palabras y siempre mezquinaba las opiniones. Las quería hacer valer. Como si no pudiese rebajarse a intervenir demasiado en las charlas sobre pavadas, o como si se reservara el derecho a la conclusión final, a la moraleja. Un plomo, el pelotudo.

Decí que nosotros ya no le dábamos pelota. Hablábamos delante de él como si no estuviera. ¡Hacía tanto que uno lo conocía de la empresa!. Porque hacía como 20, 30 años… ¡qué sé yo los años que hacía que ese hombre trabajaba en la empresa!. Era ya parte del inventario. Te estoy hablando de un hombre que ahora tendrá cerca de 65 años más o menos. Y siempre muy atildado en el vestir, de traje y chaleco impecable, bigotito fino, cabello rizado algo escaso arriba y muy plateado sobre las sienes. Creo que se daba con la tintura el viejo. Porque era, es, un viejo coqueto. Y muy baboso. Siempre andaba rondando a las minitas, las secretarias. Haciéndose el que no les daba bola. Pero las trataba con mucha deferencia, les corría la silla para que se sentaran, les elogiaba el peinado, les comentaba la ropa.

Un galán a la antigua, digamos. Eso es lo que él, como estrategia yo pienso, quería explotar: su comportamiento a la antigua. El viejo se consideraba un reservorio de las viejas costumbres, un detalle de distinción. Pensaba que con eso hacía diferencia, que eso le daba un rasgo distinto y ganador.

Además, usaba palabras extrañas de vez en cuando, a propósito, antigüedades. “Cobijas”, decía, por ejemplo… “Botines” por zapatos, “Chansonnier” por cantor… Y no te creas que no impresionaba a algunas pibas cuando lo veían tan educado, tan fino… Las minas nos marcaban las diferencias con nosotros, que las tratábamos para la mierda a veces, o como a cualquier otro compañero de trabajo. “Un señor”, solían decir las chicas, cuando hablaban de él.

Aunque me parece que el viejo, muy cauto, nunca iba más allá de ese revoloteo.

No supe de ninguna oportunidad en que haya invitado a una de las pibas a tomar un café fuera de la empresa o que se haya tirado abiertamente con una. Hasta ahí nomás llegaba el viejo. Jugueteaba, le gustaba ese asunto seductor de mariposón veterano.

Con la única que mostraba la hilacha, te juro, era con la Inés, una potra ligerísima que laburaba en Administración. Esa mina siempre estuvo buenísima y además se iba con unas minifaldas por acá que te volvían loco. Para colmo, le daba calce al viejo. En joda nomás, de hija de puta, porque ella se lo caminaba al gerente y después al hijo del gerente.

Te estoy hablando de una mina de unos 34 años, que sabía lo que quería, muy agradable la mina. Y con ella sí, el viejo se moría.

Yo, que conocía el paño, lo miraba cuando él le hablaba o lo cazaba cuando ella andaba revoloteando por la oficina y él, desde su escritorio, la miraba.

Y se le caía la baba al viejo Castilla…

Y un día no va y por estas cosas de los nuevos mercados, la globalización, la computación y todo eso, aterriza en la empresa un nuevo capo. Un nuevo capo con toda una banda de colaboradores nuevos. Como se acostumbra ahora, ¿viste?. Un pendejo.

Insoportable el pendejo, te estoy hablando de 30, 31 años, no más. Medio pintón el mocoso, o parecía pintón porque vos sabés que no hay nada que te arregle más la cara que una buena tarjeta de crédito. Engreído, prepotente, arrogante, con esa cosa yanqui de “pisa recio y escupe lejos”. De la raza de los winners, de los ganadores, de los yuppies y toda esa mierda.

Entrador, por otra parte, cuando quería, simpático, fachero, deportista. Siempre tostado el tipo, Silva se llamaba, de andar en el río, en el mar, de ir a esquiar, de jugar paddle y todas esas boludeces. No le faltaba nada al pendejo. Y su segundo, su mano derecha, otro como él. Algo más grande tal vez, 34, 35, Pérez Centurión, licenciado en marketing, en merchandising y esos inventos.

Las minas, locas con los dos, pero especialmente con el Silva, el presidente. La Inés, por ejemplo, lo marcó de arranque nomás, porque de largada ya estaba la Inés en las gateras. Sin embargo, te diré que el pendejo no comía vidrio -no se llega hasta esos puestos comiendo vidrio- y tampoco era un viva la pepa en su comportamiento profesional. Estos pendejos están adiestrados para competir y para ser eficientes.

Entonces en la empresa mucho no jodía. Te diría que todo lo contrario. Apuntaba más que nada a la eficiencia y al laburo. Armó una revolución en la empresa, echó gente a la mierda, sacó tipos de aquí y los metió en otra parte, modificó secciones, y al viejo Castilla lo dejó donde estaba, ni lo tocó, como si fuera un mueble que no necesita modificaciones. Tampoco lo ascendió, pero no le pegó una patada en el culo. De todas maneras te digo que el viejo era muy eficiente en lo suyo, muy cuidadoso, muy meticuloso.

-Yo duermo muy bien por las noches, Juan Alberto; le contaba uno de esos días a su cuñado por teléfono el viejo, explicando las modificaciones de la empresa. -Vos no sabés lo bien que yo duermo a la noche. Como un bebé, como un bebé…

y Sarita, la mujer del viejo, meneaba la cabeza de un lado para otro, sin intervenir en la conversación, mientras planchaba.

-Yo nunca le he pisado la cabeza a nadie para subir, ¿me entendés?. Nunca. Por eso duermo tranquilo. Tengo la conciencia muy limpia.

-¿Subir? ¿A dónde subir?; preguntó Sarita, amarga, apenas Castilla cortó la comunicación. -Tenés casi 40 años en la empresa y seguís en un puesto de porquería… ¿Qué “subir”?.

-No seas injusta, Sara… Vos sabés que es un buen puesto. Gano bien, me respetan…

-¿Te respetan?. ¿Así te respetan?. Hace como cinco años que no te ascienden…

-No seas injusta -Castilla exageraba su herida-. ¿Y dónde pensabas que podía llegar en esta empresa?. ¿A gerente general?.

-Mirá, Miranda…

-Miranda… -Castilla meneó la cabeza, con una sonrisa triste-. Miranda…

-Sí, mirá a Miranda… Entró después que vos y gana más que el doble de lo que vos ganás…

-No es más que el doble, no es más que el doble…

-En menos tiempo…

-Oíme, Sara… -Castilla se mordió los labios, como dudando en revelar un secreto de Estado-, yo sé bien cómo ascendió Miranda…

-¿Qué?. ¿Cómo ascendió Miranda?. ¿Qué hizo Miranda?.

-Yo sé muy bien cómo ascendió Miranda… Hay muchas formas de ascender en una empresa, Sarita… Yo no sé si Miranda duerme tan tranquilo como yo…

-Ah, claro… -Sarita golpeó más de lo necesario con la plancha sobre la tabla-. Ya sabía yo… Todos los que consiguen cosas, todos a los que les va bien, son unos deshonestos, son unos sinvergüenzas, son unos ladrones… El único honesto acá sos vos…

Castilla giró sobre sus talones, arreglándose el cuello impecable de la camisa -permanecía con corbata hasta en la casa- volvió a resoplar, como si estuviese recurriendo a los últimos vestigios de su infinita paciencia.

-Hay muchas maneras de trepar, Sarita, muchas maneras…

-Y bueno, contáme -desafió Sara-. A ver, contáme, cómo hizo para trepar Miranda…

-No te puedo contar -frunció la cara, Castilla-. No te puedo contar, es muy complejo…

-Claro, yo soy una burra que no entiende nada. A mí no me podés contar nada porque no entiendo -Sara no levantaba la vista de la tabla-. Lo único que sé es que Miranda está en el puesto en el que vos deberías estar desde hace mucho… Y que todos los que llegan a algo son delincuentes…

Para colmo, te cuento, el viejo Castilla había recrudecido con ese argumento desde el momento en que llegó el pendejo de jefe. Acostumbrado a una empresa más tradicionalista, eso lo puso loco. Y lo comentó en la mesa del almuerzo con su familia: Sarita, y Rolo, su pibe, porque la pendeja ya se había pirado un par de años atrás.

-Cualquier mocoso petulante se cree con derecho de llevarte por delante, Sarita -había dicho-. Tendrías que ver a este muchacho, su altanería, su soberbia, su desparpajo… Yo no me explico cómo pueden estos muchachos acceder a puestos de tanta importancia…

-Será capaz, Adalberto -cortaba Sara-. Será capaz… Muy simple…

Castilla chasqueaba los labios, despectivo.

-Capaz de cualquier cosa. De eso es capaz… Auto importado, teléfono celular…

-¿Y eso qué tiene de malo?; terció Rolito, el hijo de Castilla, que no tenía más de 16 años, tomando partido junto a su madre.

-Atropellan a todo el mundo -Castilla desestimó la pregunta de su hijo-. Piensan que no tienen nada que aprender…

-Pero llegaron, Adalberto. Llegaron. Y el día de mañana le darán un buen pasar a su familia; dijo Sarita.

Castilla sonrió tristemente.

-Tal vez sea yo el equivocado -dijo, dramático-. Tal vez sea yo…

Y la cosa se armó una tarde de una forma en que no se puede creer. No me preguntés cómo conozco yo algunos detalles, pero vos sabés que en esas empresas, a la corta o a la larga, uno se entera de todo.

Hasta ese momento, este pendejo Silva no le había dado ni cinco de pelota a Castilla. Salvo saludos muy formales, casi ni le había hablado. Tampoco era que lo ignoraba, sino que más bien estaba haciendo otros estudios de la empresa y no había tocado la parte de Castilla.

Pero esa tarde lo llama a su despacho, en el último piso del edificio para que le lleve unos papeles. Y Castilla va y descubre una cosa, mirá qué rasgo curioso en un pendejo como este Silva con su perfil de eficientista pragmático.

Primero Castilla comprueba que este pibe había cambiado casi todo el mobiliario de su oficina. A la mierda con los viejos muebles, con las cortinas, con las bibliotecas. Todo nuevo, supermoderno, amplios ventanales, moqueta de punta a punta, sillones giratorios, computadoras. Y segundo, que en el estante de una de las nuevas bibliotecas había una colección de revistas muy viejas, la revista “Tertulias”, una revista casi desconocida del año del pedo. Estaban ahí y no tenían un carajo que ver con nada.

Silva, el pendejo, yo creo que a propósito para molestar a Castilla, para escandalizarlo, en ese momento estaba hablando con su segundo, con Pérez Centurión, de minas, medio en clave, como intentando ser prudentes.

-¿Y cómo terminaste anoche?; preguntó Pérez Centurión, haciendo caso omiso de Castilla que acomodaba los papeles de la carpeta que debía presentar.

-¿Anoche?

-Con la Dalmita.

-¿Con la Dalmita? -Silva apretó una sonrisa-. Bien… Muy bien… Pero me acosté temprano…

-Buena piba…

-Me dijo que la amiga te iba a llamar cuando volviera de Punta del Este…

-¿La amiga?.

Fue cuando Castilla carraspeó indicando que ya tenía todo preparado. Silva tomó la carpeta, le pegó una hojeada y musitó un par de “Muy bien, muy bien”, complacido. Entonces el viejo, alentado y agrandado por la aprobación del jefe, preguntó, muy puntilloso, muy medido, por lo de las revistas antiguas.

-Las colecciono, señor Castilla; exclamó, ufano y casi simpático, Silva.

Castilla enarcó las cejas. Nunca hubiese pensado que ese muchacho al que uno podía relacionar más que nada con los estudios del mercado, el análisis sobre gestiones de empresa, las vinchas para playa en colores flúo, las tablas de surf y los amaneceres en Pinamar, podía dedicarse a coleccionar revistas viejas.

-Por mucho tiempo coleccioné pisapapeles también -siguió Silva-. Pero me cansé pronto. Y me entusiasmé con las revistas. Aunque no tengo mucho tiempo para dedicarles. Tampoco tuve mucha suerte con esta colección…

-¿Por qué?; preguntó Castilla, asombrado de haber detectado un rasgo noble en el muchacho.

-Me falta un número, Castilla. Aunque usted no lo crea, me falta un número y no lo consigo.

-¿Un número te falta?; se rió Pérez Centurión, sentado a la mesa de directorio.

-¿Podés creer?. ¡Un número!.

-¿Probó en las librerías de viejo?; preguntó Castilla. Silva se encogió de hombros como desestimando una pregunta de tamaña boludez.

-Entiendo que le parecerá una obviedad mi pregunta -admitió Castilla-. Pero es que yo he visto números de esa revista tiempo atrás en librerías… Y es más, yo tengo algunos ejemplares, muy pocos…

-En librerías no hay -fue drástico Silva-. Pero es muy interesante lo que usted me dice de los ejemplares que tiene…

-Conservo uno -dijo Castilla- de manera muy especial, porque en uno de sus artículos, le estoy hablando del año ´33, ´34, hay una nota donde aparece mi padre. En la visita del príncipe Humberto de Saboya a Rosario, que vino al Jockey. Y allí aparece mi padre.

-¿Y es el único número que tiene?.

-No… Debo tener tres o cuatro guardados en algún cajón del ropero…

-¿Por qué no me averigua, Castilla?. El número que a mí me falta es el 148. El 148, recuerde…

Pérez Centurión, con presteza, anotó el número en un papelito autoadhesivo y se lo entregó a Castilla. Castilla aprobó un par de veces con la cabeza y se retiró.

Y mirá cómo son las cosas, ya te irás imaginando lo que ocurrió. Castilla va a su casa, esa tarde busca en los estantes altos del ropero y encuentra las revistas. Dos o tres números de “Tertulias” medio hechos mierda, amarillos ya, llenos de tierra, dentro de un sobre, a los que no miraba ni de casualidad desde hacía más de treinta años. Y comprueba, por supuesto, que la revista en que aparecía la foto de su padre, era la número 148, cosas del destino, aunque uno no crea.

Y te digo más. Lo que aparecía de su padre no era ni un artículo, ni una foto de su padre solo, ni nada que se le pareciera. Era una foto de conjunto, con casi más de 35 personas, borrosa, donde su padre aparecía entre ese montón de lameculos rodeando al príncipe Humberto, apretujándose para aparecer en la imagen.

El padre de Castilla era uno más entre todos esos obsecuentes de sombrero y corbatita que rodeaban al monarca. Sin duda de ahí le venía también al viejo Castilla esa reverencia por las monarquías, por los escudos de armas, por la prosapia de la familia y todas esas pelotudeces que él solía contar en la empresa. “León rampante escarlata sobre campo gualda”, solía describir el escudo de sus abuelos, remarcando que uno de ellos había sido Marqués de las Octavillas en el año del pedo.

Lo cierto es que el viejo Castilla se guardó la información de que tenía esa revista. Ni a su mujer le dijo. Pero andaba sonriéndose por los rincones convencido de que había conseguido un arma capaz de darle un poder insospechado. Al día siguiente, el pendejo Silva lo llama de nuevo para pedirle otros papeles. Cuando sube, en el último piso estaba reunida toda la plana mayor de la empresa, como quince figurones de todo tipo y calaña, discutiendo algo importante. Silva se hace un momento para estudiar los informes de Castilla y cuando Castilla ya se estaba por ir, desde la mesa de directorio lo para.

-Señor Castilla -llamó, ante el silencio de todos los demás. Castilla se detuvo junto a la puerta-. ¿Me averiguó lo que le pedí sobre la revista?.

-Vea lo que son las casualidades -paladeó Castilla, muy orondo, desde la salida-. Efectivamente, el número que yo tengo, donde aparece mi padre, es el que usted está buscando, el 148.

Silva enarboló una sonrisa de chico bueno.

-Fantástico lo suyo, Castilla, fantástico -exclamó-. Después hablaremos del asunto -se rió, pícaro-. Supongo que no tendrá inconvenientes en vendérmela en este caso… Puedo pagarla muy bien… Usted puede fotocopiarla de punta a punta en todo caso, hoy por hoy la fotocopia láser permite reproducir una publicación como si fuera la original…

Castilla, la mano apoyada sobre la puerta abierta, comprendió que ése era el momento que había estado esperando toda la vida. mantuvo la respuesta en suspenso, dejando que la ansiedad creciera en el silencio de los presentes que seguían la conversación con una mezcla de interés e ignorancia.

-Señor Silva -deletreó Castilla- usted sabrá perdonarme… Pero esa revista tiene para mí un enorme valor de tipo espiritual… Y no todo se puede comprar con dinero… Con permiso -y cerró la puerta lenta, dramáticamente, sin un solo ruido-.

Al día siguiente el pelotudo del viejo Castilla, porque te digo que era un pelotudo, festejaba su cumpleaños en su casa, en el departamento que tenía por España y Montevideo. Reunió a casi toda la familia o al menos a aquellos que le tenían una especie de admiración, que consideraban que la suya era palabra santa y que lo ubicaban entre los grandes sabios contemporáneos porque el viejo hablaba bien y tenía modales para comer. No estaba Susana, la hija, porque esa pendeja ya se había roto las pelotas de un modo inconmensurable años atrás con el viejo y se había ido con un pendejo a vivir al Sur o por esa zona. Pero todos los demás estaban. Comieron, chuparon, charlaron y sobre el final de la cena el viejo pidió atención.

-Silencio, silencio que va a hablar Adalberto; exigió, pegando con la palma de su mano la tía Magda, que siempre había sido una chupamedias del viejo.

-Callados, che -acordó Sarita-. Un poquito de silencio…

-Ayer me llama nuestro nuevo gerente general…; empezó a decir el viejo, solemne, con una sonrisa pícara, para detenerse de inmediato al escuchar cuchicheos. Tía Magda se inclinó sobre Cachito que insistía en seguir conversando con su primo y, enérgica, le ordenó algo en voz baja, zamarreándolo por un brazo. Cachito se calló.

-Escuchá, Ernesto -requirió Adalberto, creando más expectativa-. Escuchá, Tolo, que esto es bueno…

Tolo, cuñado de Castilla, acepto el pedido con una sonrisa ancha y burlona. Era al único que siempre le rompía las bolas el constante señorío de Castilla, y el único que luego, en su casa, despotricaba contra el viejo con frases tales como: “Pero por qué no se va a hacer lavar un poco el culo”. Aceptaba no obstante las invitaciones al departamento de España y Montevideo, porque de tanto en tanto debía recurrir a la ayuda de su hermana Sara ya que él no llevaba una vida “ordenada” como postulaba el viejo.

-Escuchá, Tolo… -insistió el viejo-.Ayer me llama este muchachito Silva, el nuevo jefe…

-No me habías contado nada…; frunció el ceño Sarita, simulando una sonrisa. Y a medida que el viejo contaba el episodio en el directorio de la empresa su rostro comenzaba a tomar un tinte ceniza.

-Y ahí yo le dije… ahí yo le dije… -lentificó el relato, deleitado, Castilla- desde la puerta nomás y frente al silencio de todos los que estaban en la sala… le dije: “Perdonemé, señor Silva, pero esa revista tiene un gran valor espiritual par mí… Y hay cosas que no se compran con dinero”… Y me fui…

Se hizo un silencio. Sarita estaba violeta. Tía Magda, la chupamedias, enseguida dijo, pegando con el puño sobre la mesa, “¡Tomá!”.

-Se lo dije… repitió Castilla, altivo.

-¡Qué lección de vida!; graznó tía Isabel.

-“Esa revista tiene un gran valor espiritual para mí… -casi deletreó, de nuevo, el viejo-. Y hay cosas que no se compran con dinero”.

-¡Pero por supuesto! -chilló Magda-. ¡Estos jovencitos se piensan que se pueden llevar todo por delante, es increíble la prepotencia que tienen!.

-Creen que todo se puede comprar con dinero, Isabel, ése es el problema; acotó Laura. Tolo no dijo nada. Sólo miraba a Sarita quien, una mano sobre la boca, estaba verde.

Esa noche por supuesto, cuando se fueron los invitados, se armó el quilombo. Sarita le reprochó airadamente lo que había hecho, lo calificó de irresponsable, le preguntó quién se creía que era, le consultó dónde iba a ir él a buscar trabajo cuando su patrón le pegara una buena patada en el culo y de dónde iba a sacar la plata para pagar el viaje que Rolito iba a hacer con el equipo de rugby a Nueva Zelandia.

-No hablamos de dinero, Sarita -contestó Castilla ya desde la cama, molesto-. Estamos hablando de principios, que son cosas muy diferentes… ¡De principios!.

Pero Sarita ya no le contestó. Lloraba sofocadamente en el baño.

A otro al que no le había caído para nada bien la cosa fue lógicamente a Silva. Para colmo, Pérez Centurión, medio en joda medio en serio, lo empuaba en los descansos de sus partidas de paddle.

-¿Qué más querés, boludo? -le dijo, tomando un Gatorade y secándose la frente con su muñequera de toalla-. Arriba de que tenés un tipo insobornable, justo en un puesto donde tiene que defender el dinero de la empresa… te quejás…

-¿Insobornable? -osciló la cabeza Silva-. Lo que quiere ese hijo de puta es sacarme guita… Eso es lo que quiere…

-Por ahí no, por ahí no… Por ahí es un tipo de principios muy fuertes… No le importa la guita…

-Es un hijo de puta, Manuel… Yo los conozco a estos tipos, yo los conozco…

-¿Y qué vas a hacer?.

Silva se puso de pie y se pegó dos o tres veces con la paletita sobre el muslo transpirado.

-Ya vas a ver lo que voy a hacer… Todo hombre tiene su precio, acordáte…

-¿Lo vas a echar?.

Silva miró a su amigo con conmiseración.

-Sería muy fácil; dijo. Y siguieron jugando.

Al día siguiente, Silva le pidió de nuevo a Castilla que subiera al directorio. Y ahí, sin dilaciones pero siempre dentro de un marco muy cordial, le ofreció 5.000 dólares por la revista. Castilla, sentado frente a él, se quedó mirándolo. Disfrutaba el momento. Esa cifra era bastante más de lo que ganaba en todo un mes.

-Señor Silva -comenzó a hablar, convencido de que estaba iniciando una cruzada de moralización- creo que provenimos de culturas diferentes, de educaciones diferentes. Yo no digo que la mía sea mejor que la suya o viceversa. Pero son nítidamente diferentes. Y en la cultura de la cual yo provengo se privilegiaban otros valores: la lealtad, la honestidad, el esfuerzo, la amistad, el sentido solidario. Habrá advertido usted, señor Silva, que en ningún momento he hablado de dinero. El recuerdo de mi padre no se mide en dinero moneda nacional, señor Silva. Es todo lo que puedo decirle.

Silva, echado poco elegantemente sobre su sillón, siguió jugueteando con su rompecabezas plástico de intrincado diseño, la vista perdida en un punto abstracto. Aprobó luego con la cabeza. Se puso de pie y extendió la mano de Castilla.

-Le agradezco, señor Castilla -dijo, ya animado-. Sinceramente le juro que admiro a personas como usted, que pueden estar apartados del tema económico…

-No crea que yo no tengo mis problemas, señor Silva; se puso de pie, radiante, Castilla.

-Me imagino, me imagino. Lo que hace más encomiable su actitud.

Castilla se marchó, erguido como De Gaulle. Silva se volvió a sentar, rumió una puteada y le dijo a Pérez Centurión.

-Dame el número de teléfono de la casa de este tipo.

Para colmo -ya te he dicho que todas las cosas se saben en la empresa- la noticia de este asunto, al día siguiente, ya la conocía todo el mundo. Había trascendido lo de la primera reunión, lo de la revista, la negativa de Castilla, la actitud firme de Castilla, la insistencia de Silva, el rebote repetido de Silva. Hubo empleados, yo entre otros, que nos acercamos a Castilla para felicitarlo, discretamente, sin levantar tampoco demasiado la perdiz. Y las minas se le fueron encima. Hasta Inés, que se sabía positivamente que se encamaba con el Silva, se acercó para felicitarlo. Castilla estaba radiante, pese a que mantenía un entripado con ella desde que se había enterado de su fato con el gerente. Celos, más que nada, seguramente. De todos modos, Castilla adoptó un perfil bajo. “Hice simplemente lo que mi ética y mi moral me dictaban”, decía, bajando la vista, no sólo para fingir humildad sino también porque no quería seguramente montar tal circo que hiciera que el patrón lo echara a la mierda por bocón y farolero. De cualquier forma, se encargó muy bien de decir en las ruedas de café y descanso que algún freno había que poner a todos aquellos que pensaban que cualquier cosa, hasta lo más sagrado, se podía comprar.

Al día siguiente llega a la casa y la Sarita lo estaba esperando.

-Llamó tu jefe; lo abarajó. Castilla se quedó tieso, aflojándose un poco la corbata. Se había cuidado muy bien de contar los últimos episodios a su esposa, especialmente el del ofrecimiento de 5.000 dólares por la revista.

-Me contó todo; siguió Sarita. Rolito, el rugbier, estaba sentado a la mesa escuchando.

-Te dijo lo del dinero -dijo Castilla-. Te habrás dado cuenta el tipo de tipo que es… Un inescrupuloso que…

-Me pareció muy bien el muchacho -cortó Sarita-. Muy bien. Muy educado. Dijo que se dirigía a mí porque tal vez yo fuese más razonable…

-Esto ya supera los límites -se sulfuró Castilla-. Ese tipo se está extralimitando… es un imprudente y voy a tener que hablar con él nuevamente… no tiene por qué hablar a esta casa y…

-Papá… -fue a los bifes Rolito-. Por una revistita de mierda que ni siquiera sabías que la tenías…

-¿Cómo revistita de…? -aulló Castilla, perdiendo su compostura-. ¿Cómo dijiste?.

-¡Estuve mil veces a punto de tirarlas, Adalberto! -gritó Sarita-. Mil veces estuve a punto de tirar todas esas porquerías del ropero. No las tiré porque estaban junto a unas recetas de cocina… ¡no me vengas a decir ahora que esa revista es muy importante para vos!.

-¡Fundamental! -rugió Castilla, el dedo índice al aire-. Fun-da-men-tal… está mi padre allí… y aunque así no lo fuera, aunque para mí no tuviese ya demasiada importancia esa revista, Sarita, ahora la cosa pasa por otro lado…

-¿Por qué lado?.

-Por el hecho en sí, por mis principios, por no permitir que un mocoso insolente e irresponsable se crea que me puede comprar con un puñado de dólares miserables…

-No tan miserables -se enojó Rolito-. Es la plata que estamos buscando para mi viaje.

-Y para la ropa que se tiene que comprar Rolito para viajar -secundó Sarita-. No va a viajar hecho un pordiosero ese chico…

Castilla giró un tanto la cara, se quedó mirando hacia un punto indeterminado y abatió sus hombros de la forma en que una vez viera hacerlo a Vittorio De Sica en “Pan, amor y fantasía”.

-Parece mentira… -musitó, como para sí-. Parece mentira… un chico de 17 años, al que uno supondría en la exacta edad de la pureza y la espiritualidad… está dispuesto a venderse por 5.000 dólares miserables, como un sirviente, como un fenicio, como un galeote…

-¿Cómo 5.000 dólares, Adalberto? -frunció el ceño, Sarita-. 10.000 dólares me dijo ese muchacho, 10.000.

-Diez mil dólares le dijo el tipo, papá; repitió Rolito. Y Castilla sintió que la tierra se abría bajo sus pies.

Al día siguiente, fue Castilla el que llamó a Silva pidiendo visitarlo en su despacho. Castilla entró con paso vacilante. Había perdido su antigua arrogancia, pero la reemplazaba por una militante resignación. La misma, imaginaba, que había lucido Juana de Arco frente a la pila de leños.

El viejo sabía que Silva inteligentemente había abierto otro frente atacando en la cabecera de playa familiar. Sabía, además, que Silva podía multiplicar la apuesta hasta límites difíciles de soportar. Y que su frente interno no resistiría tanto.

Pero el viejo, que te adelanté que era un pelotudo, había llevado las cosas demasiado lejos. Ya todo el mundo sabía de su postura desafiante frente a los jefes, se había convertido en una suerte de Che Guevara frente al poder de la empresa y ahora, si hocicaba, si se rendía, su derrumbe sería vertical y definitivo.

-Me ha parecido realmente imprudente de su parte, señor Silva -dijo el viejo- que metiera a mi esposa en este problema…

-No es un problema, Castilla, es una transacción comercial.

-Para mí ya es un problema, señor Silva. Usted me ha enfrentado con mi mujer y mi hijo, en algo que no debería haber salido de este despacho…

-Hagamos una cosa, señor Castilla… vamos a ver… -lo cortó Silva, práctico-. Yo sé que todo esto ha trascendido en la empresa, todo este asunto con usted, su revista, mi colección y esas cosas… muy bien… usted, entonces, se ha convertido en una especie de paladín de las causas nobles, en alguien que puede, dentro de este mundo tan comercializado, marginarse de esas presiones y sostener sus principios a rajatabla. Y se ha convertido en eso con justicia, Castilla, créame…

Castilla lo miraba, tratando de adivinar a dónde quería ir.

-Pero usted es un principista, Castilla -siguió Silva- y yo soy un comerciante. Entonces, hagamos una cosa… hagamos una cosa… dejemos las cosas así. Esperemos que todo esto se apacigüe, que sus compañeros de trabajo se olviden del asunto, que dejen de hablar de estas pavadas… y dentro de un mes, dentro de dos meses, usted me vende la revista, en la más total de las privacidades. Nadie se entera. Usted mantiene el prestigio adquirido, yo me quedo con la revista y completo la colección. Y usted y su familia se hacen del dinero. Y todos contentos.

Castilla sentía un profundo dolor en la garganta. Pero empezó a negar lentamente con la cabeza. Recuperó su ánimo insuflado de un espíritu épico que lo enardecía.

-Hablamos idiomas diferentes, señor Silva. Y en la familia de los Castilla hemos sido siempre hombres de una sola palabra; se puso de pie. Seguramente Castilla pensaba que en ese momento, su cuerpo íntegro resplandecía, como los de los antiguos mártires religiosos.

Silva comprimió las mandíbulas.

-Un momento, Castilla, un momento… tal vez a usted no le importe el dinero. Pero pueden importarle otras cosas…

Silva miró a Pérez Centurión, testigo privilegiado como siempre de los acontecimientos. Castilla miraba a Silva.

-¿Hace mucho que usted no viaja a Buenos Aires, Castilla?; preguntó Silva.

Castilla se desinfló en una sonrisa irónica, no podía creer que Silva lo corriera con eso.

-Bastante; admitió.

-¿Qué le parecería si la empresa lo manda una semanita a Buenos Aires, Castilla, todo pago por supuesto, a un hotel cinco estrellas…

Castilla sacó hacia delante su mentón, cada vez más sarcástico, abismado, tal vez, por la ramplonería de su adversario.

-…acompañado por la señorita Inés, Castilla?. ¿Qué le parecería eso?.

El viejo sintió como un mazazo en la cabeza. Mil imágenes se le cruzaron inmediatamente frente a los ojos, de camas de agua, recepciones de hoteles lujosísimos, cenas con champán, alcobas con aire acondicionado y las piernas larguísimas de Inés.

-Me parece… -trató de sobreponerse- me parece una falta de respeto hacia la señorita Inés, señor Silva.

-De eso no se preocupe -dijo Silva-. Usted piénselo, ¿me entiende?. Piénselo. Imagínese cómo podría ser. Si le gusta. Si le parece bien…

-Me parece… me parece una bajeza, señor Silva -se atrevió a acusar, Castilla-. Lo mismo que el hecho de hablarle a mi señora a mi casa…

-Quédese tranquilo, Castilla -Silva se adelantó casi como para ponerle el brazo sobre el hombro, cínico-. Si hablo con su mujer no le comentaré lo del viaje a Buenos Aires…

Al viejo no le pasaba ni el aire por la garganta.

-Le pido -articuló, con dificultad- que no llame nunca más a mi mujer a mi casa.

-Por supuesto que no lo voy a hacer -prometió Silva-. ¿Pero qué hago si ella me llama?. Es su esposa la que quedó en llamarme…

El viejo no dijo más nada y se retiró del despacho. Para colmo, cuando salía, escuchó sonar el teléfono.

De ahí en más pienso que la cosa fue un calvario para ese pobre viejo pelotudo. Yo supongo que lo del viaje a Buenos Aires con esta mina, la Inés, lo debe haber tenido despierto más de una noche pero que lo descartó casi desde el arranque. No dejaba de ser un viejo pusilánime, hasta moralista te diría, con ese verso pomposo de la fidelidad matrimonial. Y, más que nada, con un cagazo cerval a que lo pescaran en una trampa y que todos dijeran: “Pero mirá en el renuncio que lo cazaron al señor Castilla”. Pero lo que le enquilombó definitivamente la cosa fue la siguiente ofensiva de Silva, decidido firmemente a demostrar al mundo y en especial a Pérez Centurión y sus esbirros del directorio, que todo tiene su precio, que todo se puede comprar y que un buen empresario no debe detenerse ante nada ni ante nadie. Cuando la Sarita lo llamó de nuevo -porque fue ella la que había quedado en llamarlo- Silva le ofertó, derecho viejo, 30.000 dólares. Creo que ya lo hacía no sólo por el desafío personal de confrontar su filosofía de vida con la de este viejo carcamán y ridículo, sino que lo tomaba como una inversión educativa para sus pares, que debían tomar en cuenta ese “caso testigo” como una enseñanza para ejecutivos. Sarita lo encaró a Castilla y lo hizo de goma.

-Es el futuro de tu hijo, -le puntualizó, tratando de mantener la calma- el viaje de tu hijo, los arreglos que le tenemos que hacer al departamento y hasta la posibilidad del auto…

Castilla se quedó en silencio, sentado frente a ella, mordisqueándose la piel interna de los labios

-¿Cuánto hace que no tenemos auto, Adalberto? -preguntó Sarita-. Desde que estábamos de novios, que vos tenías 23 años, yo creo. Desde esa época. Gladys y Ernesto tienen. Magda tiene. Y hasta el Tolo está por comprar uno.

Se hizo un silencio.

-¿Por qué no le decís que no… -preguntó Rolito, de pronto- y esperás hasta que te haga una oferta de 50.000?.

Castilla lo miró sin verlo, preguntándose a sí mismo cómo podía haber engendrado semejante monstruo.

-Si vos le decís que no a tu jefe… -continuó Sarita- porque acordate que es tu jefe, yo te juro que, primero… voy y quemo esa revista de mierda ahora mismo. Ahora mismo la quemo. Y después… -se apoyó el puño sobre los labios que le temblaban, al borde del llanto- te juro que agarro mis cosas y las cosas de Rolo y los dos nos vamos de esta casa… a cualquier lado nos vamos, a cualquier lado…

Castilla miró a su hijo. Rolito le mantuvo la mirada, decidido. El viejo se puso de pie.

-Es reconfortante saber -musitó- que siempre han querido tener un padre que fuera un ejemplo de integridad, de solvencia moral, de ética… es reconfortante…

-¿Qué tiene que ver esto con la ética, Adalberto? -saltó Sarita-. ¡No hagas una pantomima de una revistita de mierda!. ¿De qué ética me estás hablando?.

Fue Castilla entonces el que se sentó vencido.

-¿Qué va a decir tu hermana? -preguntó-. ¿Magda, Ernesto… tu madre?.

-¡Nada tienen que decir, nada!. ¡No tienen por qué enterarse de nada!. ¿O te creés que todo el mundo está preocupado por esa revista de porquería, Adalberto?. ¿Qué van a decir, eh, qué van a decir?. “Adalberto le regaló esa revista a su jefe”, van a decir, eso van a decir, “Cambió de opinión y le regaló esa revista a su jefe”…

-Es que no se la regalo… No es un regalo…

-Se van a alegrar, después de todo, cuando vean que tenemos auto, que Rolo se va de viaje, que por fin nos va bien…

Castilla miraba hacia el infinito.

-También se la podría regalar… reflexionó, mustio.

-Te mato; dijo Sarita.

-Ni en pedo; saltó su hijo.

-Me voy de casa, Adalberto, sabélo -le recordó Sarita-. Nos vamos con tu hijo… y Castilla se quedó callado.

Yo pienso que ahí el viejo decidió entregar el rosquete. Se dio cuenta de que sus desplantes, sus bravatas, sus compadradas, ya no daban para más. Había ido demasiado lejos. Fue al ropero, sacó la revista y la puso sobre la mesa. La hojeó, repasó la foto donde aparecía -uno en la multitud- su padre y suspiró hondo. Y fue en ese momento cuando llamó la hija. Después de no haberle hablado durante más de tres años, Susana, la hija que se le había pirado al sur con un artesano, apareció de vuelta. Le dijo por teléfono que estaba de paso por Rosario y que quería verlo un momento. Averiado, frágil, tremulento, el viejo aceptó la propuesta. Él mismo la había echado prácticamente a la piba, cuando ella se negó a estudiar medicina insistiendo en aprender teatro; allí, para colmo, había conocido a un flaco con apariencia de miserable que hacía figuritas con alambre y tocaba la viola.

El viejo se encontró esa misma tarde con Susana en un café del centro y estuvieron hablando largo rato. Y Susana lo emocionó. Le dijo que se había enterado de todo el quilombo por la revista. Que estaba orgullosa de tener un viejo como él, que él era un bastión de la moralidad y el espiritualismo contra toda la mierda comercial y materialista del sistema que había convertido a América Latina en una sociedad careta. El viejo casi se larga a llorar. Y cuando la Susanita le dijo adiós, porque iba a encontrarse con el flaco melenudo para volverse a San Martín de los Andes, lo dejó al pobre viejo con tal quilombo en la sabiola que él decidió consultar con su amigo Abodenky.

¿Quién es Abobenky, dirás vos?. Bueno, Pedro Abodenky es un viejo pelado, de barba, abogado, que había hecho toda la secundaria con Castilla.

Y por aquel entonces, Abodenky era un líder de la zurda, un militante comunista de los más bravos, un agitador. El viejo siempre lo admiró en silencio al Abodenky. Sin admitirlo, porque el viejo andaba en otra cosa, en el individualismo, en el surrealismo, hablando de Breton, Apollinaire, Braque y esas pelotudeces. Pero lo admiraba al Abodenky por su pasión, por los huevos que este tipo tenía, por la pureza de sus ideas y por la bola que le daban las pendejas a este referente de la zurda.

El viejo no militaba, pero de tanto en tanto charlaba largamente con Abodenky, discutiendo a veces sobre el papel de las masas, sobre el riesgo de sus errores y lo discutible de su infalibilidad histórica.

Durante años no supo más nada de él. Es más, pensó que había sido boleta, que lo habían hecho cagar los milicos porque nadie sabía acercarle noticias de su amigo. Pero al fin reapareció. El viejo lo encontró un día caminando por la calle Córdoba. Había vivido una punta de años refugiado en Holanda. Y con la democracia se había vuelto. Le dejó un teléfono a Castilla, casi como una formalidad tonta, por si acaso, por si necesitaba algo. Y Castilla, en medio del quilombo que le había armado la hija en el balero, lo llamó. Quería pedirle una opinión, un consejo, en ese momento en el que su estructura moral y su ética vacilaban.

-¡Pero dale esa revista, Adalberto! -se echó hacia atrás, como escandalizado, Abodenky-. Dale esa revista y que se deje de hinchar las pelotas.

-Es que… no sé… yo suponía que vos…

-Oíme, Adalberto, oíme… no te pongás en una posición principista pelotuda -bajó la voz, comprensivo-. Este tipo te está presionando, está tocando lo que para vos es lo más sagrado, tu familia. Te está originando un conflicto con tu mujer y tu hijo. Te está cagando la vida. Puede multiplicar la apuesta tres o cuatro veces más hasta quebrarte… y estamos hablando de una revista chota, Adalberto…

-No se trata de una revista, Pedro. Yo pensé que vos entenderías la lucha de principios y de filosofías de vida que se están planteando en este asunto…

-Adalberto… Adalberto… esto no es como las películas de James Bond, donde se juega el destino de la humanidad. Yo comprendo perfectamente lo que me querés decir… han muerto y mueren miles y miles de personas por cosas más importantes en el mundo… vos estás haciendo una cosa supuestamente épica de un enfrentamiento, hasta te diría, generacional… dale la revista, cobrá la guita, comprate el auto, llevala de vacaciones a tu mujer, que tu pibe pueda viajar a Nueva Zelandia y que ese muchacho Silvo, Silva o como se llame se meta la revistita hecha un cilindro en el medio del orto…

-¿Te parece, Pedro?. Vos eras duro…

Abodenky estiró una sonrisa triste.

-Estoy laburando en una multinacional, Adalberto -le dijo-. Como abogado. Yo, estoy laburando para una multinacional. Ya me casé y me separé tres veces… tengo hijos en Holanda e hijos acá… encontré a un ex compañero mío laburando como informante de la Armada… escribo de vez en cuando y trato de no convertirme en un terrible hijo de puta… por los pibes, más que nada te digo…

Castilla lo miró en silencio.

-Y vos me venís con este conflicto de la revista… -se rió Abodenky-.

-Bueno… perdoná… creí que era importante…

-¡No hombre, por favor!. Me encanta verte, me encanta verte… pero vendele esa revista… ¿o acaso alguien te va a reconocer algo si no lo hacés?. ¿No nos decían a nosotros que nadie nos había pedido que combatiéramos por ellos?. ¿No nos decían eso?. ¿No nos dicen eso?.

-Y es la verdad -pinchó Castilla-.

Abodenky se rió, amargo. Se despidieron.

Dos días después, Castilla arregló las condiciones de su entrega, de su rendición. Absoluto secreto, exigió. Discreción completa. Incluso lo habló por teléfono con Silva desde su casa, porque cada vez que subía al directorio todo el mundo se enteraba, y no sólo eso, todo el mundo se enteraba de lo que hablaban.

-Por favor, Castilla, ni qué decirlo -aprobó Silva, medido pero exultante, mientras le hacía un gesto con el pulgar elevado a su amigo Pérez Centurión-. Ni qué decirlo. Le digo más. Le propongo que no me traiga la revista acá, a la empresa. Y que nos veamos fuera del horario de trabajo. Incluso, estrictamente, esto no es una cuestión de trabajo. ¿Qué le parece mi departamento el domingo a la tarde?.

Castilla vaciló.

-¿Su departamento?; medía los riesgos.

-Mi departamento. Yo vivo solo, en Barrio Martín. Si usted me dice que se viene a la tardecita, yo lo espero a eso de las siete, siete y media, como le resulte más cómodo. Usted me entrega la revista y yo le doy ahí mismo el cheque. El lunes lo cobra.

Castilla miró a su mujer y ésta, adivinando el éxito, enarcó las cejas.

-Ocho y media del domingo -contrapuso Castilla-. Tengo algo que hacer antes.

Era mentira. Pero pensaba que a esa hora, las ocho y media, ya estaría oscuro y menos gente podría verlo entrando al departamento de Silva. “Como si fuera un ladrón”, se flageló antes de seguir hablando.

-Ocho y media, Castilla. Perfecto. Ahí lo espero. ¿Vendrá usted solo por supuesto?.

-Por supuesto, señor Silva. Iré solo.

Para el domingo el viejo estaba como si se hubiese sacado un peso de encima. El hecho de tomar una decisión, bien o mal, yo pienso que te tranquiliza considerablemente. Lo jodido, lo que te mata, es la incertidumbre. Por otra parte, había recuperado el respaldo de Sarita y hasta el respeto del adolescente Rolo, el promisorio rugbier.

La demás gente le importaba menos. Ya nadie le comentaba nada sobre el asunto de la revista. Y su hija, la recuperada Susana, estaba de nuevo en la remota San Martín de los Andes con el artesano cantor.

Llegó a la puerta del lujoso edificio del barrio Martín y tocó el portero eléctrico. Hacía frío. No se veía prácticamente a nadie por la calle, ni tampoco en la puerta de los departamentos. Ni siquiera un portero detrás de la mesa de recepción. “Mejor”, pensó Castilla, sosteniendo debajo del brazo el sobre de papel manila donde llevaba la revista. El ascensor lo fue elevando, lenta y silenciosamente, hasta el piso catorce. Abrió y frente a la puerta del ascensor se abrió también la del departamento. Silva lo esperaba en mangas de camisa pero con corbata, con un vaso de whisky en la mano, sonriendo. Atrás se veía una sala amplia y un amplísimo ventanal que daba al río.

-¿Qué tal?; dijo Castilla.

-¿Cómo le va, Castilla?. Pase, pase.

Castilla entró al departamento y refrenó un impulso de quitarse el sobretodo. Quería que la cosa fuese rápida. El lugar estaba silencioso y poco iluminado, como si Silva también estuviera apurado por terminar aquello, como si estuviera a punto de salir.

-Pase, pase por acá, Castilla; Silva lo invitó a una habitación contigua que se veía más luminosa.

-Le traje también… -aceptó la indicación Castilla- las otras revistas, los otros números que yo guardaba de “Tertulias”. Total, para mí…

Y se quedó en silencio, atónito. Ahí, en el otro salón, frente a una mesa ratona bastante amplia donde había botellas, bocaditos y vasos de distintos tipos, estaban todos, todos sus compañeros de oficina. Estaban también Pérez Centurión, Inés, y los demás secuaces de Silva en el directorio general.

-Miren quién vino; anunció el hijo de puta de Silva. Y ahí fue como si recuperaran el habla todos, que saludaron con gritos de júbilo a Castilla. El viejo se quedó helado, plantado en el medio de la pieza. Sentía, presentía, asumía, que se lo habían cogido.

-A ver… a ver esa revista que usted no quería venderme, Castilla… -palmoteó alegre Silva, manoteando un sándwich triple y zampándoselo en la boca, ante la algarabía general-. Permítamela verla…

Castilla había quedado con el sobre extendido hacia adelante. Silva lo tomó sin esfuerzo y luego se dejó caer en un hueco que le dejaban en el medio del sillón principal la rubia de computación e Inés, que se rió a los gritos. Todos -eran como veinte- se inclinaron sobre la revista para mirarla, con fingidos chillidos de interés.

-Lo prometido es deuda, Castilla -Silva se puso de pie de nuevo, como un resorte-. Ahora le traigo su cheque… -y se marchó casi a los saltos hacia otra habitación-. Castilla permanecía clavado donde estaba, respirando con dificultad. Inés le ofreció un trago, Pérez Centurión, bocaditos, pero el viejo no aceptó ni contestó nada.

-Acá tiene -anunció Silva, volviendo-. Acá tiene lo suyo… -enarboló el cheque a la vista de todos-. ¡30.000 dólares!.

-¡30.000 dólares!… ¡Qué maravilla!; gritaron muchos, en especial, las mujeres.

-Lo que cuesta, vale; sentenció Silva, extendiendo el cheque hacia Castilla, pero sin acercarse. Castilla, tras un momento de vacilación, caminó hasta donde estaba Silva, estirando el brazo, arrastrando los pies.

-Acá lo tiene -explicó Silva, repasando lo escrito en el cheque con el dedo índice-. Mañana mismo puede cobrarlo… mañana a la tarde ya se puede comprar un auto cero kilómetro, si le interesa…

Castilla tomó el cheque como en cámara lenta. Cuando lo apresó entre sus dedos, un suspiro de admiración creció entre los presentes. Castilla vio que Inés lo miraba, ahora, muy seria. Entonces el viejo Castilla, siempre con movimientos lentos, como didácticos, como explicativos, agarró el cheque y lo rompió en mil pedazos. Lo hizo mierda, loco, ahí mismo, frente a los ojos de todos aquellos chupaculos del pendejo Silva, que lo miraba con una mirada de incomprensión.

Después, el viejo Castilla pegó media vuelta y se fue del departamento. Vaya a saber qué carajo habrá pensado cuando salió al frío de la noche. Tal vez en el quilombo que le iban a hacer su mujer y su hijo. Tal vez en lo que le iba a decir a la Susana si lo llamaba de nuevo desde San Martín de los Andes. Tal vez en la cagada que significa comprometerse por hablar tanto al pedo. O tal vez en que esa noche iba a dormir muy, pero muy tranquilo. ———————-

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