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El drama de los cinco profesores de la UdeC que fueron despedidos por “razones de la empresa”

04 abril 2016

Por Cecilia Ananías/Asociación de Académicos Udec

El 28 de enero del 2016, a horas de que la Universidad de Concepción diera inicio a las vacaciones de verano, cinco reconocidos académicos fueron llamados a las oficinas de Dirección de Personal. Allí, fueron despedidos por “reestructuraciones” del plantel o simplemente, “por razones de la empresa”, sin notificaciones ni sumarios de por medio. Curiosamente, estos cinco profesionales habían tenido roces con los decanos de sus respectivas facultades, por no tener su misma inclinación política. Un accionar calificado de “inaudito” por los estudiantes de una casa de estudios que afirma luchar “por el desarrollo libre del espíritu”.

El profesor de Periodismo y Magíster en Gestión de la Comunicación, Rodrigo Agurto, trabajó el 28 de enero con toda normalidad hasta las 4 de la tarde, que fue cuando el director de personal, Christián Chavarría, lo llamó a su oficina. En el lugar, también lo esperaba el decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Bernardo Castro. Lo que ocurrió después no lo vio venir:

“Ahí leyeron mi carta de despido, haciendo hincapié en que debía dejar el lugar y llevarme todas mis cosas ese mismo día y que tenía hasta las 6 de la tarde para hacerlo”, relata este académico que se desempeñó en esta casa de estudios por 7 años.

Los motivos que le dieron para su despido aún le hacen ruido: “Me dijeron que era por necesidades de la empresa. Que no calzo en el perfil de reestructuración de la Facultad de Ciencias Sociales y que no calzo como académico para la reacreditación de la carrera. Lo cual es raro porque trabajé dos años en la comisión de Acreditación y jamás se determinó ni transparentó este supuesto perfil”, agrega.

La situación no es menor, ya que a raíz de su despido “quedaron botados los ramos que impartía, mis alumnos de Seminario de Título, la iniciativa pionera de Periodismo de Drones, proyectos de docencia y de investigación”, agrega. Y además, “el docente que pusieron a reemplazarme no se especializa ni domina mi área. No existe justificación por lo que hicieron ni tampoco es válido que me digan que no calzo en el perfil”, concluye.

No fue el único afectado aquel día: el profesor e investigador de Periodismo, doctor Daniel Jiménez, también fue llamado a Dirección de Personal junto a su colega. Además de desempeñarse como docente, Jiménez era el director del Magíster en Comunicación Digital, programa que quedó “en el aire” tras su despido.

“(De mi despido) me enteré el jueves (28 de enero) antes de vacaciones. Igual que el resto”, explica el doctor en Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Cuando esto ocurrió, tenía cuatro seminarios de grado a su cargo, dirigía un proyecto VRID de Iniciación y también estaba a cargo de un proyecto de docencia.

Lo que más le preocupa, es que su precipitada partida “interrumpió procesos de meses de trabajo cuanto estos se acercaban a su final, en el proceso de la extracción de datos y análisis, con todas las consecuencias que tiene eso para cualquier investigación, tanto para alumnos como profesores guías”, agrega.

En la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía, corrieron la misma suerte la profesora Fabiola Herrera y Juan Pablo Bascur, ambos académicos reconocidos por su trayectoria; de hecho, Fabiola había recibido hacía un año atrás la Asignación de Docencia, un premio que otorga la Universidad de Concepción a los buenos profesores, y acababa de finalizar un diplomado en docencia. Su despido llevó a que el director del departamento de Geografía, Rodrigo Sanhueza, renunciara a su cargo. Mientras que en la carrera de Antropología, el afectado fue el doctor Rodrigo Herrera, académico que trabajó por 10 años en esta casa de estudios.

Estos cinco exonerados son profesionales con estudios de postgrado, que tenían a cargo proyectos de investigación y de docencia y estaban bien evaluados por sus pares. El factor común en sus despidos, es escalofriante: todos habían tenido “encontrones” o “roces” con sus decanos, por no tener la misma inclinación política o por haber denunciado otras situaciones al interior de sus facultades.

El investigador y docente de Antropología, Rodrigo Herrera, también recibió una carta de despido por la “causal de necesidades de la empresa, derivada de la reestructuración de los servicios” y al insistir en los motivos por los que lo desligaban de la universidad, de manera oral le informaron que no se había presentado a evaluación académica y que no cumplía con su carga docente.

Algo muy extraño, considerando que “las veces que me he sometido a las evaluaciones académicas -que cada tres años son realizadas a todos los docentes de la Universidad-, en todas he calificado como sobresaliente, la máxima categoría posible. O sea, según los propios parámetros universitarios, no tengo problemas de evaluación académica”, explica.

También es curioso que nunca hubo “ningún reclamo, aviso, comunicación, investigación ni tan siquiera una conversación, en la que pudiera vislumbrarse lo que posteriormente sucedería, o en la que pudiera entreverse una disconformidad con mi desempeño profesional por parte de las autoridades de la Facultad”, agrega.

Los principales afectados no son la universidad ni el resto del cuerpo docente, sino que los estudiantes. Es el caso del alumno de quinto año de Periodismo, Marcial Parraguez, quien intentaba avanzar en su investigación con su profesor guía, el doctor Daniel Jiménez, cuando éste fue llamado a reunión en decanato. “Llegó después de 15 minutos y me dijo: chicos, me acaban de despedir, no vamos a poder seguir trabajando juntos”, cuenta.

“Yo quedé mal, no sabía qué hacer. A los pocos minutos llega el profesor Rodrigo Agurto y nos dice lo mismo. Salimos de la sala de magíster y nos encontramos con un panorama desolador: rondaban los profes, nadie sabía qué hacer. Algunos lloraban, otros llamaban por teléfono tratando de asesorarse y otros lo contaban no más. Nadie sabía qué iba a pasar con las tesis, no habían profesores guías, estábamos a punto de salir de vacaciones”, relata.

Él, como muchos otros alumnos, se siente ignorado: “nadie se ha pronunciado, no hay ni un correo explicando a los estudiantes lo que pasó, se desconocen las razones. Pareciera que los estudiantes no existen para el departamento”, afirma Parraguez.

Para Marcial, situaciones como éstas afectan “a la confianza que teníamos con los profesores o con la universidad. Siento que es irresponsable que despidan a profesores calificados y rellenen la planta docente con colaboradores. No tengo nada contra ellos, pero les pagan mal y muchas veces tienen la misma pega que un docente”, agrega.

La presidenta del Centro de Alumnos de Periodismo Udec, Pamela Betanzo Ulloa, declara algo similar: “Como miembro del centro de estudiantes, a mí jamás se me comunicó los despidos de los profesores. En general, a la carrera, tampoco se le comunicó de manera oficial: los despidos ocurrieron el último día oficial de clases, así que la información circuló a través de vías informales”.

Como órgano de estudiantes, “nos parece inaceptable la arbitrariedad a la hora de desvincular personal, sin aclarar los motivos. Además, considerando el proceso de movilización levantado durante el año pasado, debido a las denuncias sobre el docente Héctor Alarcón, nos llama poderosamente la atención la rapidez con la que actuaron en el despido de los profesores Agurto y Jiménez, siendo que en el 2015 pasamos meses exigiendo la desvinculación de un docente y se nos tramitó de todas las formas posibles”, agrega.

Pamela Betanzo se refiere al mediático caso de “Chao Alarcón”, una protesta estudiantil que buscaba sumariar y desvincular al profesor de Periodismo, Héctor Alarcón Manzano, luego de que dijera en plena clase que “el certamen es más fácil que pegarle a mujer”. Si bien inicialmente fue denunciado por dichos machistas, en el transcurso de la investigación aparecieron otras denuncias por malos tratos interpuestas por distintas alumnas y egresadas de la carrera. Hoy, este profesor se encuentra jubilado y no recibió sanción alguna del plantel, tras ser sometido a un sumario cuyo resultado jamás fue transparentado.

En Antropología, la situación es similar. Rocío Gallardo Mella era una de las alumnas de que realizaba su investigación junto al doctor Herrera. Como muchos, ella se enteró de los despidos a través de rumores y las redes sociales. “La noticia era difícil de creer porque antes de salir de clases habíamos dejado todo listo para el inicio del próximo semestre. Es más, al día siguiente yo tenía que escribirle al profe para decirle exactamente en qué lugar quería trabajar en el proyecto donde realizaría mi práctica profesional”, explica.

Tras su desvinculación, siente que sus proyectos quedaron en el aire: “Sin él no hay ningún otro profesor entre la planta de Antropología que me pueda guiar, ya que nadie más trabaja esta línea de investigación. Esto afecta mis planes para poder realizar mi práctica y memoria; la primera todavía no la puedo empezar, además de que existe el problema de que no tengo quién me guíe. Por eso para mí es tan importante la reincorporación del profesor”, agrega.

Los académicos despedidos han recibido el apoyo de sus alumnos, de algunos docentes, del Sindicato N°1 de la Universidad de Concepción y de la Asociación de Académicos Enrique Molina. Algunos de estos profesionales ya se enfrascaron en iniciativas legales para enfrentar a la universidad, mientras que otros, simplemente quieren olvidar el mal rato y buscar un nuevo empleo.

El 16 de marzo, se llevó a cabo una marcha pidiendo “no más despidos injustificados” y exigiendo que se reincorporen los docentes exonerados. Un tema cuya solución aún no se vislumbra en el camino y que vuelve a poner en el tapete la discusión de una universidad más transparente y democrática en la toma de sus decisiones.

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