inmigracion
Inicio » Internacional

Los migrantes no son el problema

14 abril 2016

Por Daniel Mathews / resumen.cl

La crisis de los refugiados en Europa ha traído consigo el debate sobre la migración. El primer problema que han sacado a relucir los grupos racistas es el económico. Los Estados estarían gastando demasiado en darle salud y educación a una población ajena. Esto ha sido desmentido con un estudio del Centro Europeo de Investigación Económica, publicado en noviembre, que revela que los inmigrantes aportan una contribución neta positiva a los sistemas de previsión y seguridad social de Alemania. El autor del informe, el economista Holger Bonin, demuestra que en 2012 cada residente en Alemania que no tenía pasaporte alemán pagó en promedio 3 300 euros más de impuestos y cotizaciones a la seguridad social que lo que recibió en forma de transferencias del Estado.

El segundo argumento es cultural. Tiene que ver con la hipótesis de Huntington según la que “la principal fuente de conflicto en un nuevo mundo no será fundamentalmente ideológica ni económica. El carácter tanto de las grandes divisiones de la humanidad como de la fuente dominante de conflicto será cultural”. El problema es que la diferencia cultural propuesta por el profesor de Harvard es muy relativa. ¿Alguien se imagina que sería de nuestra civilización sin el aporte árabe? Para poner un solo ejemplo, tendríamos que volver a la numeración romana y el 0 desaparecería de nuestras cuentas.

Musulmanes, judíos y cristianos son religiones monoteístas, derivadas una de la otra, con un Dios Padre y ninguna madre, a diferencia de nuestras culturas en que el Sol y la Tierra dan vida juntos. El machismo resultante es evidente. Y resulta tan opresivo obligar a que las mujeres de Arabia Saudí lleven velo como exigir que las de Francia no lo lleven. La expulsión de cinco niñas, el 2004, en colegios públicos franceses por su decisión de llevar velo es un regreso a la Inquisición.

Por eso es que Gilbert Achcar ha propuesto que lo que existe no es un choque de civilizaciones sino uno de barbaries: “en ningún momento ha habido dos civilizaciones enfrentadas; el enfrentamiento ha sido entre la guerra imperialista y el terrorismo, dos modos de barbarie, cada uno llevado a cabo por un polo del conflicto, que se retroalimentan mutuamente y basan su existencia en la del otro”.

El problema –y grave- es que esa guerra de barbaries está significando un resurgir del fascismo en ambos lados. En Europa quizá lo más grave este ocurriendo nuevamente en Alemania. Hace apenas 7 años el sociólogo George Klauda decía que  “La islamofobia tiene, al menos en este país, cierta relevancia no como fenómeno de masas, sino como discurso de la élite, que, compartido por un número considerable de intelectuales de izquierda, liberales y conservadores, permite articular resentimientos contra los inmigrantes y los militantes antirracistas de una manera que hace que uno pueda aparecer como un brillante campeón de la Ilustración europea.”. Hoy, con marchas semanales de 20,000 personas convocadas por el movimiento Pegida (Patriotas europeos contra la islamización de Occidente) ya no se puede decir lo mismo.

La referencia al Islam es más utilitaria que real. Se trata de seguir señalando al enemigo como un “otro” irreconciliable. Sin embargo la primera movilización de Pegida fue contra el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). En otras palabras, pese a la pretensión de ser un movimiento contra la “islamización”, el Pegida se formó en realidad para protestar contra quienes apoyan a una organización kurda laica que actualmente está combatiendo al Estado Islámico.

Algo parecido ocurre en los Estados Unidos. Ahí es Trump el que se pronuncia contra los migrantes. Esta vez no son islámicos, así que no puede usar el tema del “choque de civilizaciones”. Somos los “latinos”, como llaman ellos a los de nuestra América, a los que quitan el título de americanos. Y no sólo desarrolla un discurso racista sino del todo opositor a los derechos humanos. “Estados Unidos debería usar la asfixia y otras técnicas duras de interrogación cuando se trate de sospechosos de terrorismo” (que por supuesto puede ser cualquiera en manos de la policía) nos dice sin ninguna vergüenza.

En ambos casos no es la derecha pura y dura la que se está expresando. Por el contrario, el empresariado ve a estas formaciones como un peligro. Son movimientos basados en la pequeña burguesía acosada por el miedo al declive social. Por eso se oponen también a los tratados de libre comercio. “Estamos creando puestos de trabajo en Tailandia mientras nuestros trabajadores no tienen empleo” dice Trump. Lo que no dice es que esos puestos de trabajo no tienen derechos laborales y por eso el empresariado los prefiere. Algo parecido a lo que ocurre con el empleo de los sin papeles en Santiago. Hay que tener cuidado, fue esa movilización de la pequeña burguesía desesperada lo que llevó a Hitler al poder.

Pero no son los migrantes los culpables del desorden global. No son ellos los que están sosteniendo a Asad en Siria, no son ellos los que han dejado sin derechos laborales a los trabajadores de Tailandia, no son ellos los responsables de lo que ocurre en sus países. El responsable es el capitalismo. Y es que, como decía Rosa Luxemburgo, el capitalismo es barbarie. Frente a la mirada apocalíptica de la camarada alemana se sostiene el pensamiento latinoamericano, representado por el filósofo ecuatoriano Bolívar Echavarría:

“Sólo un hecho impide hablar del siglo xx como de una época de barbarie […] la existencia de la izquierda: una cierta comunidad de individuos, una cierta fraternidad, a veces compacta, a veces difusa, que ha vivido esta historia bárbara como la negación de otra historia deseada y posible a la que se debe tener acceso mediante la revolución.

Comunidad y fraternidad, no solamente libertad e igualdad, son las palabras claves de esta definición, palabras que dicen de ciertos sentimientos y ciertas relaciones entre seres humanos antes que de programas o de proyectos políticos, que éstos vienen después. Tienen que ver aquellas palabras con la antigua idea de la “economía moral”, que no se refiere a la llamada ciencia económica, sino a lo que para la comunidad es justo y a lo que no lo es.

De esta noción de justicia y de la de comunidad humana, sin las cuales no hay izquierda en el sentido que al inicio digo, se desprenden cuatro palabras: fraternidad, solidaridad, lealtad y respeto a sí mismo (lo que suele llamarse “dignidad”).

Son condiciones necesarias para quien se proponga ser parte de la tarea interminable que define a la izquierda: organizar a los explotados, los oprimidos, los despojados, los humillados, los subalternos de todos los regímenes donde mandan la riqueza y la violencia”.