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Segovia, la gran evasión

05 abril 2016

Un día como hoy, hace ya cuatro décadas, 29 presos políticos (24 vascos y 5 catalanes) abandonaban, por un túnel que enlazaba con las cloacas del desagüe la prisión de Segovia. En el interior de la cárcel quedaban otros 24 presos políticos, para aparentar normalidad la mayoría, otros por razones particulares. Entre los vascos había militantes de ETAm, ETApm y ETA VI, ya convertida en LCR. La dirección de la fuga, tanto interior como exterior, la llevaron los poli-milis. La fuga fue titulada por ‘‘Le Monde’’ en portada como «La Gran Evasión».

 

Iñaki Egaña / NAIZ

 

Si la fuga es la obligación de todo preso, según el viejo adagio, la huida se había convertido en un objetivo político para ETA p-m, después de un análisis en el que contemplaba la aplicación restringida de la amnistía, es decir, la concesión de indultos escalonados que no afectarían, incluso después de la muerte de Franco, a quienes tenían condenas más largas. Los 29 huidos de Segovia sumaban todos ellos más de 1.500 años de condena.

Un año antes de «la gran evasión», los presos de Segovia ya habían protagonizado otro intento de fuga. Fracasó por la infiltración de «El Lobo» y provocó la muerte de uno de los miembros del comando de apoyo exterior: Josu Mujika, de 24 años y natural de Legazpi, que acababa de comprar en Madrid una máquina plastificadora para los carnés falsos de los presos. Identificados por la Policía, comenzó a correr junto a sus compañeros. Recibió varios tiros por la espalda, mientras el resto consiguió huir.

Al poco tiempo del fracaso, sin embargo, el grupo de ETA p-m en la prisión comenzó una nueva aventura, después de percibir que mientras tapaban el túnel descubierto, unos operarios de telefónica entraban en la prisión con grandes tubos para mejorar las instalaciones. El objetivo entonces despuntó: alcanzar desde los baños esos tubos y a través de ellos llegar al exterior.

La tarea comenzó en otoño de 1975. El final estaba previsto para febrero de 1976. Una tarea ingente. En unos pocos meses, sin medios para mediciones exactas, los protagonistas calcularon que desalojaron entre cinco y seis toneladas de tierra que, en bolsas pequeñas, eran arrojadas por un desagüe del patio.

Semejante movimiento no pasó desapercibido para las comunas políticas de la cárcel –anarquistas, comunistas, vascos y catalanes–, al contrario que en la ocasión anterior, cuando el secreto fue total. El 27 de febrero de 1976 el zulo ya estaba completamente terminado y para corroborarlo varios presos hicieron todo el recorrido saliendo incluso al exterior, para reintegrarse posteriormente a las celdas.

Entonces, la fecha exacta para la fuga quedó en manos de la dirección de ETA p-m. Pero llegó un imprevisto. Los presos políticos de ETA fueron castigados veinte días y aislados en sus propias celdas. El cuidado del zulo quedó a cargo de los presos de ETA VI. El comando exterior ya estaba preparado. Cuando concluyó el castigo, unos y otros pudieron retomar el contacto y así, los presos recibieron sus peticiones desde el exterior, una cuerda extensa y varias linternas. Y también la fecha de la fuga: el lunes 5 de abril. Estaba decidido que ETA p-m se haría cargo del plan exterior de la fuga, desplazando a parte de su infraestructura ilegal, que haría llegar a los presos hasta la muga navarra para pasarla en horas nocturnas. Por el camino se había quedado una propuesta de ETA m de alcanzar la costa guipuzcoana en un camión para pasar luego en barco a Lapurdi.

Las dos semanas previas fueron extremadamente intensas para los presos. A finales de marzo, la cárcel albergaba a 53 presos políticos. El número de presos elegido para huir, en asamblea, fue de 30. Como ETA p-m había dirigido el proyecto, puso de condición la participación de sus miembros. Y del resto, hasta llegar a los 30, los de mayor condena por cumplir. De los 15 presos que componían la comuna de ETA p-m, doce eligieron tomar parte en la fuga.

Unos días antes de la fuga llegaba un catalán a la prisión de Segovia, Oriol Solé, desde Barcelona. Un preso alejado de la vida política de las prisiones, con una única obsesión: la huida. La comuna decidió incorporarlo al plan, aunque él no conoció los detalles hasta unas horas antes de que comenzara. A su vez, dos presos de LCR recibieron de su dirección la orden de no secundar la fuga, por lo que el número final sería de 29.

En el exterior, los preparativos habían concluido. ETA p-m desplazó un comando de ilegales formado por Santi Arrozpide, Izaskun Rekalde, Miren Amilibia y Eduardo Lertxundi. También preparó un doble fondo en un camión de una empresa de transportes cuyo dueño colaboraba con la organización. El comando se hizo con los servicios de una furgoneta de transporte en Madrid, propiedad de un vasco que vivía en la capital de España. Se dirigieron con ella a Segovia y la aparcaron a unos cien metros de la salida de la prisión.

Faltaban diez minutos para las dos de la tarde de ese 5 de abril, cuando los 29 presos comenzaron a deslizarse por el túnel. En media hora, el grupo estaba fuera, sin que los funcionarios se percibieran de la huida. Corrieron esos cien metros que separaban el zulo de la furgoneta, ante la mirada atónita de un grupo de etnia romaní. Se apelotonaron en la furgoneta sin que al día de hoy se comprenda cómo 29 personas y un chófer pudieron entrar en ella, aunque fuera únicamente para hacer varias decenas de kilómetros. Unos encima de otros, como sardinas.

Había anochecido cuando el camión llegó a Aurizberri, en Erro, ya cerca de la muga. Un día de perros, lluvia, oscuridad, niebla. Los ya ex presos, por razones operativas, apenas llevaban ropa, la justa. Una interpretación errónea de la llamada para confirmar el éxito de la operación, así como la inquietud generada entre los huidos que no esperaron a la segunda cita de seguridad, provocó que entre los fugados se hiciera mayoritaria la opción de alcanzar la muga. Nadie conocía el paraje, y la consigna fue «subir hacia arriba». Al otro lado, Aldude.

El medio, sin embargo, no era nada apropiado. En línea recta, la población bajonavarra más cercana era Urepel, a unos 15 kilómetros. De noche, con una niebla pegada al musgo de las hayas, los huidos se apiñaron, pero cuando comenzaron los primeros disparos de la Guardia Civil, al azar, el grupo se dispersó. Horas más tarde, la Guardia Civil se acercó hasta la posición de la mayoría y disparó desde la cercanía. Balas explosivas. Una de ellas atravesó el pecho de Oriol Solé, que se encontraba junto a Izaskun Rekalde, una de los miembros del comando exterior. Falleció en el acto. Oriol tenía otro hermano preso, Raimon, y tres más en el exilio: Ignacio, Jordi y Mariona.

La muerte del militante catalán, percibida por el resto del grupo, amilanó los espíritus. En las horas siguientes fueron detenidos sucesivamente 21 de los escapados de Segovia, junto a tres miembros del comando exterior. Hubo también dos huidos que resultaron heridos: Imanol Isasa, que perdería el brazo, y Mikel Unanue. Ambos de bala. El día 7 sería detenido en Itoitz, a más de 20 kilómetros de donde les había dejado en camión de la fuga, Iñaki Iturbe. Y Carmelo Garitanonaindia y Enrique Gesalaga sería capturados en Ibañeta el día 8. El 17 del mismo mes fue detenido en Girona el dueño de la furgoneta utilizada, Melchor Fernández de Larriona, y unos días antes la Policía intentó apresar en su vivienda de Donostia al dueño de la empresa de transportes. Al no poder hacerlo, retuvo durante 48 horas a tres de sus hijos: el menor, de 15 años.

Cuatro de los evadidos, junto a Miren Amilibia (del comando de apoyo), lograron su objetivo. Estuvieron una semana cobijados en un chalet cercano a Aurizberri de una urbanización de usuarios de fin de semana, hasta que llegó el hijo del dueño. Con su coche marcharon a Iruñea, para reaparecer días después en Ipar Euskal Herria. La Policía francesa les detuvo y deportó a la Isla de Yeu, de donde se volvieron a escapar meses más tarde.

Se trataba de Koldo Aizpurua, de Eibar, con una condena de 27 años; Josu Muñoa, de Donostia, con 17 años de condena; Mikel Laskurain, de Andoain, con 70 años de condena; y Carlos García Solé, militante del FAC (Front d´Alliberament de Catalunya).

La Guardia Civil, en una medida desproporcionada, y la Policía francesa dispusieron de centenares de efectivos, decenas de vehículos y varios helicópteros. La Guardia Civil estableció su cuartel general en Auritz y más tarde en Iruñea, donde los detenidos del comando exterior denunciaron brutales torturas, entre ellas la aplicación de electrodos. La Gendarmería francesa se acantonó en Baigorri y desde ahí peinó Aldude. La operación de búsqueda y captura fue dirigida por Juan Atares Peña, general de la Guardia Civil. Un general de conocida trayectoria franquista que fue muerto en atentado reivindicado por ETA en diciembre de 1985.

La Fuga de Segovia, a pesar de su fracaso con las expectativas que había puesta en ella, fue uno de los iconos de la Transición. Generó una película, dirigida por Imanol Uribe, y varios libros, uno de cuyos autores, Ángel Amigo, estuvo entre los integrantes de la huida. Como colofón, uno de aquellos protagonistas, perteneciente al comando exterior de apoyo a los fugados, se encuentra preso en la actualidad. Es Santi Arrozpide, en la cárcel de Estremera.

 

Fuente: http://www.naiz.eus/eu/hemeroteca/gara/editions/2016-04-05/hemeroteca_articles/segovia-la-gran-evasion?slug=segovia-la-gran-evasion#.VwQaKy2LM8w.facebook

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