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[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Rumbos Sindicales

01 mayo 2016

Por Ruperto Concha/resumen.cl


Hay veces en que las fechas parecieran ser algo más que una simple convención para ordenar el transcurso del tiempo. Y en este día Primero de Mayo, día del Trabajo o del Trabajador, los hechos nos exhiben unas coincidencias muy notables. Casi astrológicas, o al menos Sincronísticas, como diría el doctor Jung.

En Europa, especialmente en Francia, Italia, Gran Bretaña y España, este primero de mayo los sindicatos están en pie de guerra, enfrentándose con mucha bronca a los partidos políticos y a las mayorías parlamentarias.

Básicamente, los sindicatos, a los que se han sumado los estudiantes, están enfurecidos por los proyectos de reforma de las leyes laborales que, igual que en Chile, aparecen debilitando a los sindicatos y abriendo paso a que las empresas puedan manipular a los trabajadores impidiéndoles ingresar a los sindicatos.

En España, se denuncia que al eliminar la titularidad de los sindicatos para negociar con las empresas, en realidad lo que se busca es que los trabajadores, bajo la figura publicitaria de “libertad de sindicalización”, queden en realidad en situación de enfrentarse personalmente y solitos a sus empleadores que incluso, a menudo, les exigen compromiso de renunciar en el futuro a inscribirse en algún sindicato.

Asimismo, al facilitar los procesos de despido de trabajadores, las empresas a menudo están despidiendo a aquellos que son detectados como posibles candidatos a elecciones sindicales.

En realidad los analistas perciben que en estos momentos está cobrando fuerza, lenta pero constantemente, una movilización social que desprecia y rechaza a los partidos políticos tradicionales pero aparentemente “renovados” y también al sistema mismo de gobierno que se escuda detrás de la institucionalidad para cerrarle el paso a las bases sociales que intentan hacerse oír.

De hecho, en Francia, en estos momentos, el presidente Francois Hollande, supuestamente socialista, en los sectores laborales ya tiene menos apoyo incluso que el ex presidente liberal Nicolas Sarkozy.

También en España, la incapacidad de los partidos de izquierda, el Socialista PSOE, el Podemos, y Compromis, ha mantenido al país en total desgobierno, al extremo de que el rey ya anunció que llamará a nuevas elecciones en el mes de junio.

Pero lo esencial en este caso es el rechazo de las bases trabajadoras a los partidos políticos. En el caso español, el 80% de las bases del partido Podemos rechazó formar alianza con los socialistas a los que acusan de venalidad y sumisión a las grandes empresas.

Igualmente en Grecia, la presión de los acreedores internacionales que ya exigen reducir dramáticamente aún más las rentas de los jubilados, hace prever que nuevamente va a haber elecciones anticipadas sin que se sepa quién podría ganar.

Y eso, en circunstancias de que la Unión Europea continúa al borde de la recesión, con un crecimiento de sólo el 0,6%, y con un endeudamiento insostenible. Según cifras oficiales del Banco Central Europeo, en los últimos 20 años la producción económica de Europa aumentó en un 80%, lo que implica un aumento de 80% de las ganancias de las empresas, pero los sueldos de los trabajadores sólo se reajustaron en una tasa de apenas el 1% anual.

Y, siempre en Europa, este primero de mayo en Ucrania está dándose bajo la más férrea vigilancia policial y militar, tanto para evitar el recrudecimiento de las protestas políticas, como para prevenir un enfrentamiento en el segundo aniversario de la masacre de Odessa, ciudad portuaria donde efectivos neonazis atacaron a trabajadores pro rusos que tuvieron que refugiarse en el Edificio de los Sindicatos.

Los agresores entonces, ya que no podían ingresar, bombardearon el interior del edificio con cocteles Molotov, botellas de bencina ardiendo, que provocaron un incendio donde murieron quemados vivos 48 trabajadores y alrededor de un centenar más resultó con lesiones graves.

Resulta particularmente llamativo que esa masacre y la destrucción del edificio de los sindicatos de Odessa haya sido precisamente corolario del primero de mayo de 2014.
Pero es Estados Unidos donde más intensidad parece estar cobrando esa nueva movilización de una base social formada por trabajadores que están hastiados, decepcionados y encolerizados contra los partidos políticos tradicionales y por el fracaso del gobierno de Barack Obama en sus carísimos pero inútiles esfuerzos por superar la gran crisis económica que estalló en 2008.

Por el lado demócrata, la gente ve a Hillary Clinton como la protegida del aparato burocrático del partido y en gran medida del gobierno. Y, a pesar de sus improvisaciones izquierdizantes, se la sigue percibiendo como parte del oficialismo bipartidista, regalona de Wall Street y de los especuladores financieros.

Según las encuestas Hillary Clinton tiene más porcentaje de voto negativo, incluso que el republicano Donald Trump. Fuera de eso, el propio partido demócrata ha perdido un alto porcentaje de militantes y simpatizantes. De hecho, en 1988 el Partido tenía el 38% de la población adulta; pues bien, ahora sólo cuenta con un 29%. O sea, ha perdido un 24% de apoyo popular.

En realidad, todas las encuestas muestran que el socialista Bernie Sanders podría enfrentar al republicano Donald Trump con mejores posibilidades de éxito.

Bernie Sanders ya convocó una movilización fervorosa, sobre todo entre los estudiantes y los trabajadores menores de 35 años, que se sienten tan furiosos por el apoyo del partido a Hillary Clinton, que ya están urgiendo a Sanders a que, si el Partido no lo designa candidato en las primarias, siga nomás en la carrera presidencial, pero como candidato independiente.

Con ello, aunque no consiguiera ganar la elección presidencial, de todos modos produciría el quiebre de la política bipartidista que ha devenido en una oligarquía en manos de las grandes sociedades anónimas.

En una perspectiva de izquierda política, Bernie Sanders aparece como el líder de un resurgimiento de la clase trabajadora estadounidense como protagonista del cambio político.
Tan sorprendente, y casi asombroso, como el fervor que ha producido la candidatura de Bernie Sanders, es el fervor que está produciendo la candidatura del multimillonario Donald Trump, ese chúcaro republicano que también podría provocar un terremoto desintegrador en la derecha tradicional estadounidense. De hecho, la principal fuerza que apoya a Trump es gente de la clase trabajadora, predominantemente blanca.

La brutal campaña periodística y publicitaria contra Donald Trump la han tratado de proyectar también contra la gente que lo apoya, a los que califican de supremacistas blancos y fascistas. Pero las encuestas y las indagaciones objetivas muestran que eso no es real, que se trata de trabajadores, muchos a nivel de obreros, que rechazan profundamente y con rabia las actuales estructuras políticas y de gobierno, a las que consideran responsables del deterioro económico de Estados Unidos y de su desprestigio internacional.

Es decir, tanto el izquierdista Bernie Sanders como el derechista Donald Trump aparecen coincidiendo en su convocatoria a la clase trabajadora y la clase media, orientada a cambiar profundamente la forma de hacer política, contando con el empoderamiento real y concreto de los trabajadores y sus familias.

Una de las coincidencias más significativas entre Bernie Sanders y Donald Trump es que ambos se oponen definitivamente a los tratados Transatlántico, con Europa, y Transpacífico, con Canadá, Japón y Australia, más otros ocho países de menor importancia, pues de hecho no participan ni la India, ni China, ni Indonesia, ni Corea del Sur, ni Taiwan.

También Hillary Clinton recientemente se declaró contraria a esos tratados, aunque hasta enero todavía los apoyaba, y, ahora, su comando se queja de que, por hacer frente a Bernie Sanders, la Clinton se ha visto obligada a mostrarse más izquierdista de lo que hubiera deseado.
Pero lo verdaderamente importante de esta campaña presidencial en Estados Unidos, es que el sindicalismo, todavía importante en ese país, se está debatiendo a compás distinto de las cúpulas dirigentes y de las bases.

Los grandes sindicatos, como la confederación AFL-CIO, que aun reúne a 12 millones y medio de afiliados, todavía no han comprometido su apoyo oficialmente a ninguna candidatura. Pero, privadamente, los principales dirigentes han apoyado la candidatura de Hillary Clinton, por interacción de intereses con el partido demócrata.

En estos momentos se sabe que están preparando un intenso plan publicitario de ataque contra la candidatura de Donald Trump, intentando frenar o contener su arrastre en numerosos sindicatos. El presidente de la AFL-CIO, Richard Trumka, lanzó un comunicando suplicante a los sindicatos, pidiéndoles que no se dejen engañar por el programa de gobierno de Trump porque, según Trumka, Trump no lo piensa cumplir.

Sin embargo, el presidente de la muy grande Federación de Sindicatos de Trabajadores del Comercio y la Alimentación, John Cackmaki, declaró abiertamente su apoyo a Donald Trump, así como Jarez Szczesny, de la Unión de Trabajadores de Industrias Automotriz, Aeroespacial y de Maquinaria Agrícola, que de hecho votaron por Trump en la primaria de Pensilvania.

Y, entre los argumentos de estos sindicatos, se cuenta el que la gran industria sigue despidiendo cada mes a miles y miles de trabajadores de alto nivel, mientras que los puestos de trabajo que se crean son de muy bajo nivel y con salarios mínimos.

¿Está quizás tomando forma una nueva participación de los trabajadores y sus familias, en la política de Estados Unidos?… ¿Están los sindicatos estadounidenses evolucionando rumbo a constituir nuevos canales del poder político?

Como fuere, resulta claramente previsible que, después de las elecciones de noviembre en Estados Unidos, y sin que importe mucho quién resulte ganador, se va a producir un bamboleo violento en las instituciones del poder, de donde, incluso, quizás podrían surgir dos nuevos partidos políticos a partir de la escisión de los demócratas y los republicanos.

Eso, en momentos en que en Estados Unidos ya se ha caído en un desinfle económico limítrofe con la recesión, apenas un 0,5% de crecimiento, y con un déficit comercial cercano a los 60 mil millones de dólares, en el primer cuarto de 2016.

A nivel mundial, sin excepción alguna, todas las naciones están experimentando los efectos de una crisis económica que ya, más que crisis, parece el derrumbe de todo un sistema y una doctrina económica.

Y eso, para la gente común, los trabajadores y sus familias, es síntoma y es prueba de que los gobiernos han aplicado políticas económicas y sociales equivocas y perniciosas.

En algunos casos, los sindicatos se han vuelto contra gobiernos tanto de derecha como de izquierda. La crisis económica de Brasil, provocada por la crisis mundial, sirvió para atizar algo muy próximo a un golpe de estado contra la presidente Dilma Rousseff, así como antes llevó al inesperado triunfo de la derecha en Argentina, a la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias de Venezuela, a la derrota en el referéndum de reforma constitucional en Bolivia, y al empate entre dos candidaturas de derecha en el Perú.

Pero, ¿ha sido esto algo más serio y profundo que un estallido de exasperación popular? ¿Ha sido algo más que ver que, más allá de los mejores programas de gobierno, ha seguido habiendo una infección rebelde de corrupción económica?

Hay una ya inocultable oligarquía codiciosa de los empleados ricos de las megaempresas transnacionales, pero, ¿no hay también una oligarquía codiciosa y corrupta en la legión de empleados burócratas al servicio del Estado?

La sensibilidad popular suele mostrarse sorprendentemente dispuesta al perdón y a la reconciliación incluso con los que han sido criminales violadores de los derechos humanos. Pasa algún tiempo, y la mayoría ya tiene ganas de olvidar.

En cambio al pueblo no se le hace fácil olvidar la decepción. Puede perdonar el crimen, pero no perdonar a los que prometieron justicia y equidad, y finalmente aparecieron sucios de corrupción y codicia.

Hablando claro, es más fácil perdonar a un dictador que a un gobernante que, aunque haya sido más bien bueno, no resultó ser tan bueno como hacía falta.
Ayer, en Argentina, las cinco grandes confederaciones sindicales celebraron combativamente las vísperas del Primero de Mayo. Las imágenes muestran un océano de gente copando de pared a pared las anchas avenidas del centro de Buenos Aires, Belgrano, Independencia, Brasil, San Juan y Garay, hasta confluir en el Paseo Colón.

A las 4 de la tarde, ya se estimaba que la multitud superaba las 350 mil personas, y a las 6 el número se había duplicado. Y lo que provocaba más entusiasmo era el hecho de que cada una de las confederaciones sindicales y cada una de las dirigencias políticas, había sido capaz de dejar de lado las diferencias que hasta pocos días antes parecían dividirlas y condenar la manifestación a actos separados y por ende, debilitados.

O sea, los trabajadores y sus familias asumieron la realidad de que cualquiera diferencia que pudiera existir, no es más que una insignificancia comparada con la coincidencia de lo que hay que hacer.

Una sola federación sindical estuvo ausente. La llamada Azul y Blanca, encabezada por Luis Barrionuevo, quien declaró que no estaba por reunirse con izquierdistas, y prefirió ir esta tarde a juntarse con el presidente Mauricio Macri.

En Brasil, en tanto, están produciéndose todavía concentraciones gigantes en todas las principales ciudades. La presidente Dilma Rousseff, junto al ex presidente Lula da Silva, presidieron la principal concentración convocada por la Central Uncia de Trabajadores, en Sao Paulo, y en su discurso, la presidente anunció, con plena sencillez, la reanudación de su programa de gobierno, con la entrega de la llamada “Beca Familiar” que proporciona recursos para educación a las familias.

Y aquí, en Chile, bueno, Ud. lo está conociendo. Aquí las confederaciones no lograron aunarse. Aquí, al igual que en España, la titularidad de los sindicatos aparece por ahora rechazada, lo que implica el debilitamiento aún mayor de los sindicatos y un aumento de la precariedad de los puestos de trabajo.

Pero, fíjese usted, es también posible, y muy posible, que antes de que nuestras pálidas broncas chilenas cobren algún color y se calienten, ya haya comenzado la temible recaída mundial en la recesión y depresión económica generalizada.

Como sea, ese es un tema que quizás podremos analizar el próximo domingo.

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario. Hay peligro.

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