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[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Libertad de Prensa

12 junio 2016

Ruperto Concha / resumen.cl


La libertad de opinión, la libertad de expresión y la libertad de información, son una misma libertad, que constituye la columna vertebral de todas las demás libertades esenciales de la persona humana.

Además, esa libertad de expresión y de conciencia es también la única y esencial garantía de avance del pensamiento humano. De evolución y progreso social y cultural. Es la herramienta básica del derecho humano a buscar, explorar y encontrar, adentrándose en el futuro.

Eso lo comprendió el ser humano ya en los albores de la civilización. Y sin embargo, también desde los albores de la civilización, los poderosos y sus organizaciones han hecho lo posible por destruir esa libertad.

Lo hicieron 399 años antes de que naciera Jesucristo, cuando en Atenas mataron al filósofo Sócrates, el primer mártir conocido de la libertad de pensamiento.

Y todavía hoy, dos mil 400 años después de Sócrates, todavía las noticias nos hablan de condenas e incluso de asesinatos de escritores y periodistas. De peticiones de presidio contra quienes revelan hechos verdaderos pero que “atentan contra la honorabilidad” de algún político, o contra la Seguridad de la Nación.

Incluso en Estados Unidos y Gran Bretaña, países que fueron adalides de la libertad de conciencia y opinión, ahora las nuevas leyes antiterroristas amenazan la confidencialidad de las informaciones y ponen a los informantes a merced de los que quieren ocultar la verdad.
El enemigo de la libertad de conciencia, de opinión y de información, es la Censura. Y la Censura consiste en impedir por la fuerza que las ideas, las opiniones y los puntos de vista de una persona puedan ser comunicadas a los demás.

Además de Sócrates, los filósofos Anaxágoras y Protágoras fueron perseguidos en Atenas por dudar de los dioses del Olimpo. El gran dramaturgo Eurípides también lo fue, por denunciar las guerras injustas lanzadas por su propio país.

Sócrates planteó que las leyes pueden ser estúpidas e injustas, y que un hombre que ame la inteligencia y la justicia tiene el deber de transgredir esas leyes. Fue sobre ese mismo concepto que el gran filósofo estadounidense Henry David Thoreau prefirió que lo metieran preso antes que pagar un impuesto para una guerra que él consideraba injusta.

Cuando sus amigos fueron a pagar la fianza para que saliera libre, Thoreau rechazó el favor diciendo: “hay ocasiones en que la cárcel es el único lugar donde debe estar un hombre honrado”.
Pero la tentación de bloquear las ideas puede ser muy grande, incluso para personas de buenas intenciones, como el filósofo Platón, discípulo de Sócrates, que en su República se muestra ferviente defensor de la censura. Según Platón, todo el arte y toda la actividad intelectual deben estar al servicio de las ideas del Estado, y llega al extremo de proponer que se dicten leyes obligando a las mamás a contarles a sus hijitos sólo ciertos cuentos determinados por un comité político.

Platón, con una ingenua confianza en que los políticos podrían llegar a ser perfectos gracias al estudio, suponía también que ellos podrían diseñar también en forma perfecta los cerebros de los ciudadanos, trabajándolos desde guagüitas.

Y no sólo eso. Tan perfecto sería ese diseño de los políticos, que ya no harían falta ideas nuevas, porque no quedaría nada por perfeccionar. Imagínese Ud. aquí en Chile, qué perfección tan perfecta sería una perfección fabricada en comité de partidos de mayoría en el Congreso, sobre la base tradicional del cuoteo político. Oh, qué maravilla.

Entre la Nueva Mayoría y la Alianza para el Cambio -ahora Chile Vamos-, podrían determinar prolijamente cuáles nociones habría que embutirles en sus cabecitas a los niños. Y por supuesto, con el refuerzo de instilarles también una abundante dosis de miedo y de odio a cualquier pensamiento que sea distinto.
La antigua República Romana, había nacido de la conjugación dramática, y pragmática, de las fuerzas plebeyas y las fuerzas aristocráticas. De ahí que patricios y plebeyos se esforzaran siempre por persuadir y demostrar la validez de sus puntos de vista.

Y como es natural, ellos fueron los primeros en descubrir la importancia del periodismo, del flujo de noticias al alcance de todos. Y como no tenían imprentas discurrieron una manera muy ingeniosa de difundir esas noticias y opiniones.

Pusieron en diversos puntos de Roma, por donde circulaba mucha gente, unos grandes tableros para pintar allí los textos con una pintura que se podía borrar cada día. El tablero, como era blanco, se llamó el “álbum”, y los textos fueron llamados “actas”.

Unos funcionarios estaban encargados de copiar cada día los textos de esas actas para irlos copiando y archivando a fin de que los historiadores pudieran acceder a ellos en las bibliotecas o hemerotecas.

Conociendo el carácter enérgico y la fuerte personalidad de los romanos, era indudable que esas actas a veces contenían textos muy audaces y con frecuencia ofensivos y burlones para figuras políticas, pero en general eran tolerados.

Allí se ponían las noticias políticas y se relataban las actividades del Senado y de los cónsules y altos funcionarios, pero también se incluía información sobre cualquier hecho que pudiera interesarle a la gente, incluyendo noticias económicas y avisos comerciales.
Pero al fin de la República, con el primer emperador romano, Octavio Augusto, se impusieron leyes para censurar esas publicaciones, basándose en la idea de que, aunque fueran verdaderas, algunas cosas no se debían contar. Después vino el emperador Calígula, que hizo quemar vivo a un poeta que se había burlado de él en un epígrafe de dos versos. Y después vino Nerón, que era más moderado, y desterró a otros y sólo hizo que quemaran sus libros.

Al fin, lo que quedaba de la antigua libertad romana de expresión fue suprimida por el cristianismo, e incluso las actas oficiales fueron suprimidas cuando el emperador Constantino se llevó la capital imperial a Constantinopla, el año 330 de la Era Cristiana.

Con los emperadores cristianos, el peso de la ley se unió al peso de la Iglesia, y ya en el Concilio de Nicea, el año 325, se comenzó con la quema de libros bajo acusación de “herejía”, o sea, de interpretación no oficial de los dogmas.

Católicos y protestantes compartieron el mismo empeño en someter férreamente al pensamiento, sobre todo, ante la amenaza que creían ver en los nuevos descubrimientos científicos.

Mientras los católicos quemaban vivo al astrónomo Giordano Bruno, los protestantes quemaban vivo al médico Jean Servet, el descubridor de la circulación sanguínea. Miles de pensadores fueron torturados y condenados a muerte.

Pero en algunos rincones del oeste europeo, la burguesía defendió con heroísmo la libertad de conciencia. Sobre todo en Holanda y en varias sedes universitarias de Alemania.

Fue gracias a esos enclaves, a esas islas de tolerancia, que pudo surgir el pensamiento humanista que iba a traducirse en el triunfo de las ideas de Derechos Humanos y de gobiernos republicanos, con las revoluciones de las colonias inglesas de Norteamérica y la Revolución Francesa.
La defensa de la libertad de conciencia y de expresión partió de la base de que todo gobierno y todo ser humano es perfectible. Que no existe ningún estado que sea perfecto, y cuya estabilidad haya que conservar para siempre aun pagando el precio de paralizar, de estancar y dejar tullido al pensamiento y el espíritu humano.

En Estados Unidos, en 1964, la Corte Suprema de Justicia desechó en forma prácticamente definitiva los reclamos contra los medios noticiosos por conceptos como “difamación” y “daño a la honra”. En su veredicto, la Corte Suprema señaló que la Constitución de Estados Unidos compromete con perfecta claridad a los medios de difusión y a la opinión pública toda, a participar con fuerza, con vehemencia, y sin inhibiciones en sus denuncias, y, fíjese bien… aun cuando eso incluya ataques cáusticos, burlones y desagradables en contra del gobierno o de los personajes públicos.

En Estados Unidos fue el pueblo el que comprendió, desde los albores de la república, la importancia de defender como la vida misma la libertad de información. Y tan bien lo comprendió, que ese mismo pueblo, siendo fuertemente religioso, exigió sin embargo la separación total y absoluta respecto de las doctrinas religiosas que pretendieran imponer una censura sobre la información.

A ese pueblo enérgico se unió también la decisión y el coraje de una verdadera legión de periodistas valientes, dispuestos a llegar al heroísmo, y unas empresas informativas que pronto fueron tan poderosas que ningún político y ningún gobierno se atrevió a desafiarlas.

Eso implicaba respetar como una necesidad esencial el que los periodistas pudieran mantener la reserva sobre quién o quiénes les habían proporcionado datos para investigar y difundir. Sólo si el periodista puede mantener en reserva sus fuentes, las personas se atreverán a revelar las anomalías que van sabiendo.

El fenómeno contrario se produjo en cambio en todos los regímenes totalitarios, en todas las teocracias donde la política y la religión se mezclan, y en todas las tiranías corrompidas.

Pero también en Estados Unidos, tras el derrumbe de la Unión Soviética, se hizo dominante la célebre doctrina del Nuevo Orden Mundial bajo la hegemonía de Washington.

Una doctrina basada en el dominio y en la seguridad del Estado, por la cual se ha intentado limitar la libertad de información en sus dos aspectos fundamentales: Primero, el derecho a expresarse e informar libremente, y, segundo, el derecho a ser informado en forma veraz, sincera, y en toda la gama de perspectivas noticiosas y analíticas.

Es decir, quebrantar el secreto de las fuentes de información equivale ni más ni menos que a quebrantar la libertad de información.
De igual manera, en los últimos años el gobierno de Estados Unidos ha tomado iniciativas directamente dirigidas en contra de la libertad de información. De partida, además de mandar presos a los periodistas que se niegan a revelar sus fuentes, los gobiernos de Bush y de Obama han establecido como delito, como crimen, el que funcionarios públicos puedan revelar informaciones acerca de las actividades en que se desempeñan.

Pero, más allá de eso, también se está atentando contra el derecho del público a recibir información verdadera. Ya en 2004, parlamentarios demócratas denunciaron que el gobierno de George Bush estaba fabricando noticias falsas, situaciones artificiales, actuadas como avisos publicitarios o como escenas de telenovelas, para difundirlas en los canales de televisión haciéndolas pasar como noticias verdaderas. Por ejemplo, se comprobó que el gobierno había contratado a la empresa Rendon Group, con un presupuesto de 20 millones de dólares, para fabricar noticias simpáticas y optimistas acerca de cómo iba la guerra de Irak.

Ya en 2003 estalló como escándalo el descubrimiento de que el gobierno de Bush había gastado en pocos meses más de 50 millones de dólares en sobornos y emolumentos a periodistas venales, sobre todo para fabricar información negativa, falsa o deformada, respecto de Cuba y de Venezuela.

Hace pocos días ahora, la subsecretaria de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, Victoria Nuland, informó al Congreso que el Gobierno está gastando cien millones de dólares anuales para producir propaganda política en idioma ruso, y para estimular a ciertos periodistas y productores de comunicación. Y que el gasto de Washington en propaganda y periodismo fuera de Estados Unidos, alcanza a unos 700 millones de dólares anuales.

O sea, más allá de la mera censura, existe una estrategia apuntada a desvirtuar muy profundamente la esencia del periodismo, reemplazando la información cabal y la opinión sincera, por una mazamorra de falsedades y sazonadas con pedacitos de una verdad mutilada.
Uno de los casos más estridentes de desinformación y publicidad calumniosa es la campaña contra del gobierno bolivariano de Venezuela, al que se acusa, entre otras cosas, de oprimir la libertad de prensa.

Pero las cifras netas sobre los medios de difusión en Venezuela muestran que en ese país una abrumadora mayoría de los medios de difusión son propiedad de inversionistas privados y comerciales. Las radios FM de Venezuela son en total 876 emisoras. De ellas, 516 son privadas y comerciales. Otras 262 son radios comunitarias, y 98 son radios estatales.

En Televisión, hay 198 canales comerciales y privados. 96 canales del Estado, y 44 canales comunitarios.

O sea, en Venezuela hay una concentración de los medios de difusión en que dos tercios de la radio, la televisión y la prensa están en manos de la oposición y se suman a la campaña internacional contra el régimen socialista Bolivariano.
El proceso económico y político neoliberal, que cobró fuerza tras el derrumbe de la Unión Soviética, concentró la riqueza financiera en unas pocas megaempresas que controlan el dinero y el crédito en la mayor parte del mundo.

Esas empresas, netamente especulativas, obtienen ganancias inmensamente superiores a las ganancias generadas por la economía real, es decir, la producción y la venta de bienes y servicios reales.

Mientras en Estados Unidos y Europa el crecimiento ha sido mínimo, inferior al 2,5%, los bancos y entidades de especulación financiera han tenido ganancias hasta 10 veces mayores. O sea, la especulación, que no produce ni bienes ni servicios, está controlando más dinero que todo el resto del producto del trabajo humano.

Esa brutal concentración de dinero ha tenido por efecto la creación de una oligarquía formada por los empleados de las grandes empresas, que se organizan con férrea disciplina, y donde sólo existe una dinámica social. La dinámica del ascenso en la carrera de empleado, dentro de la empresa.

Esa “carrera de empleado” se proyecta también sobre los medios de comunicación controlados directa o indirectamente por las megaempresas. No sólo se obtiene el control de los medios a través de los avisos. Más que eso, se está reduciendo, en muchos casos, la función de los periodistas a la de simples pero eficientes servidores de los intereses periodísticos de las megaempresas.

Y, muchas veces, se logra formar dentro de un medio, verdaderas células casi clandestinas integradas por periodistas y otros profesionales afines que no están comprometidos con el medio, la radio, el impreso o el canal de televisión. En realidad se ponen directamente al servicio de los financistas a los que obedecen incluso por encima y desafiando lo que opinen los dueños o los directivos del medio en que trabajan.

¿Se fija usted?…

En los tiempos en que el principal medio informativo era el periódico impreso, los periodistas competían por servir al interés del grupo de personas que eran los que comprarían uno u otro periódico, según sus preferencias.

Ahora la gente se acostumbró a que escuchar radio, ver la tele o conectarse a Internet, tenga un costo muy bajo y le sea indiferente cuál frecuencia, qué canal o cuál blog va a preferir. Con eso, el financiamiento del medio queda por completo en manos de los patrocinadores que compran publicidad.
En fin, el águila ve más y mejor que el avestruz, pero el avestruz vive más tranquilo, escondiendo la cabeza ante el peligro. Saber demasiado suele ser peligroso, y ser ignorante es casi lo mismo que ser una persona normal.

Total, nadie es realmente libre. Como decía San Agustín, ni siquiera Dios es libre, porque no puede dejar de ser Dios.

En fin, yo sé que Ud. está dispuesto a correr peligro, aunque tenga que cuidarse. Hasta la próxima, amigo.

 

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