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La visión radical de Ken Loach

06 junio 2016

Ryan Gilbey / Sin Permiso

El 22 de mayo, a la edad de 79 años, Ken Loach se convirtió en el primer director británico en ganar en dos ocasiones el máximo galardón en el Festival de Cine de Cannes. Su anterior Palma de Oro, en 2006, la recibió por The Wind That Shakes the Barley [El viento que agita la cebada], que escenificaba la ocupación británica de Irlanda y los orígenes del IRA. Esta vez lo ha recibido por I, Daniel Blake, historia de un carpintero enfermo al que declara equivocadamente apto para trabajar el insensible sistema de prestaciones sociales del Reino Unido. No es extraño que Ed Vaizey, ministro de Cultura [del gobierno británico] sólo pudiera enviar un reconocimiento a regañadientes, aludiendo vagamente a un “¡Éxito británico!” en un tuit que no mencionaba ni a Loach ni la película.

Por otro lado, el actor Donald Sutherland, miembro del jurado, ha calificado I, Daniel Blake “de película absolutamente fantástica que se te queda en la cabeza y en el alma”. Fue una deliciosa incongruencia ver posar a Loach delante de enjambres de paparazzi. Acostumbra a desdeñar esas frivolidades; puede que sea un rojo, pero apenas sí es de alfombra roja. “Como realizador cinematográfico, estás siempre implicado en cosas que constantemente se hinchan con su sentido de la propia importancia”, se quejó una vez. El artificio, la hipérbole y la celebridad carecen de atractivo. Hasta hacer cine está lleno de impedimentos irritantes. “Si Loach pudiera hacer una película sin cámara, la haría”, dijo Trevor Griffiths, who collaborated with him on Fatherland (1986).

La autenticidad lo es todo. De manera inusual, Loach filma las secuencias por orden, aunque eso requiera moverse una y otra vez con gran coste entre localizaciones. En los días del celuloide, renunciaba a buena parte de sus honorarios para poder comprar más película con la que seguir rodando sus queridas improvisaciones. Cuando visité el plató de Carla’s Song [La canción de Carla], cerca de Loch Lomond, en 1995, Loach sometió al actor Robert Carlyle una amigable regañina por hablar conmigo entre tomas. “Preferiría que no hablara con nadie ”, dijo, “porque, si no, empezará a pensar las cosas en términos de técnica y de quién es él, y se convertirá todo en algo consciente”.

Cuando la búsqueda de realismo da sus frutos, no hay nada tan en carne viva en todo el cine. Pensemos en el ataque a la casa de la familia por parte de los usureros en su drama de 1993 Raining Stones [Lloviendo piedras], una de las películas que iniciaron su periodo de mayor éxito, o el clímax de Cathy Come Home, realizada para la BBC en 1966 y de la que podría decirse que es su películas más innovadora. Cuando a Cathy (Carol White) le quitan sus hijos los trabajadores sociales y la policía, Loach filma todo ese traumático episodio en plano general con una cámara oculta para preservar la realidad. La película llevó directamente a la fundación de Crisis [ONG dedicada a las personas sin hogar].

A la inversa, Loach puede ser en sus peores momentos uno de los simplistas más sentimentales que andan por ahí. La caracterización de heroes más buenos que el pan en películas recientes como Jimmy’s Hall y Route Irish, o de los británicos como villanos de teatro en The Wind That Shakes the Barley, muestra lo que sucede cuando la tesis domina la acción.

Nacido en Nuneaton, Warwickshire, Loach estudió Derecho en [el Saint Peter´s College] de Oxford, pero quedó seducido por la dirección teatral y la actuación: participó en una revista para la que Dudley Moore compuso la música, e hizo de suplente en el West End [el barrio teatral de Londres] en One Over the Eight. Ingresó en la BBC en 1963, aportando un realismo suplementario a la serie Z-Cars antes de encontrar su lugar ideal en el espacio The Wednesday Play [La obra de los miércoles] que seguía a las noticias. “Nos mostrábamos muy inquietos por que nuestras obras no se comnsiderasen dramas sino continuación de las noticias”, declaró. Realizó diez películas para television con ese marchamo, pero fue con su segunda película, Kes, de 1969, cuando dio el salto, demostrando que lo descarnado y lo lírico no tienen por qué ser mutuamente excluyentes.

Para entonces su política ya se había desarrollado por completo. Aunque ha negado las afirmaciones de que sea marxista o trotskista, reconoce que el análisis al que recurrió tras desilusionarse de Harold Wilson, a mediados de los años 60, era marxista. “Con lo que nos identificábamos era con la idea de un análisis de clase”, afirmaba de sí mismo y de sus colaboradores, el productor Tony Garnett y el escritor Jim Allen. “De lo que nos dimos cuenta es de que los socialdemócratas y los políticos laboristas actuaban simplemente en nombre de la clase dominante, protegiendo los intereses del capital”.

Esta posición se vio consolidada por una serie de roces en la década de 1980, cuando se censuró y desbarató su trabajo por parte de fuerzas políticas. La emisión de su documental de 1983 en cuatro partes para la television, Questions of Leadership, que se preguntaba si la dirección de los sindicatos representaba de forma adecuada los intereses de sus afiliados, quedó retrasada y bloqueada por presiones laboristas. Which Side Are You On? – un documental sobre la huelga de los mineros – fue rechazado debido a las imágenes que mostraban la violencia de la policía.

Desde su regreso al cine a tiempo completo a principios de los años 90, el aplauso ha eclipsado la controversia. Aunque no hubiera ganado una Palma de Oro, su sello se encuentra en todos los directores que han obtenido ese galardón en los últimos veinte años. Realistas sociales como los belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne (Rosetta, The Child) nunca han ocultado su deuda con él, mientras que ganadores recientes como Jacques Audiard (Dheepan) y Cristian Mingiu (4 meses, 3 semanas, 2 días) exhiben su mezcla de franqueza, compasión y realismo.

Si hay algo que le defina es su lucha, que ha hecho posible que siga siendo una de las voces más airadas y eficaces del cine. “A largo plazo, creo que soy optimista porque la gente siempre se defiende”, declaró. “La razón para hacer películas consiste justamente en dejar que la gente exprese eso, en compartir esa suerte de resiliencia, porque eso es lo que te hace sonreír. Es lo que hace que te levantes por la mañana”.

Ryan Gilbey crítico de cine del semanario británico New Statesman, es autor de It Don´t Worry Me (Faber), sobre el cine norteamericano de los años 70, y de un studio de Groundhog Day [El día de la marmota] en la serie “Modern Classics” (British Film Institute Publishing).

Fuente: The New Statesman, 26 de mayo de 2016. Traducción: Lucas Antón

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