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[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Cambio Climático ¿Podemos hacer algo todavía?

31 julio 2016

Por Ruperto Concha / resumen.cl

El jueves, en su discurso aceptando ser la candidata presidencial Demócrata, doña Hillary Clinton juró su compromiso en la lucha contra el Cambio Climático. En tono muy lírico dijo: “Creo en la ciencia. Creo que el cambio Climático es real, y también creo que podemos salvar a nuestro planeta y al mismo tiempo generar millones de puestos de trabajo muy bien pagados, usando energía limpia”.

Con magnífico entusiasmo, doña Hillary agregó que se sentía orgullosa porque el gobierno de Barack Obama había dado forma a un acuerdo global sobre el clima, y que gracias a ese acuerdo ahora todos y cada uno de los países firmantes, incluyendo a Estados Unidos, tendrán que rendir cuentas de cumplir sus compromisos.

Ella se refería al acuerdo alcanzado en la Cumbre de París, que, según la abrumadora mayoría de los analistas científicos y noticiosos, no pasó de ser un espectáculo, tras el cual todos y cada uno de los países firmantes, incluyendo a Estados Unidos, retomaron sus actividades polucionadoras, y en los meses transcurridos, las emisiones con efecto invernadero no sólo no disminuyeron: en realidad aumentaron.

Pero no se trata de criticar el discurso de la Clinton que es una especie de resumen de todos los discursos triunfalistas de todos los gobiernos neoliberales. Recordemos que aquí en Chile también don Ricardo Lagos se presentó como una suerte de “Capitán Planeta”, y que doña Michelle Bachelet, heroína de Chile en la Cumbre de París, celebró los acuerdos con el primer embarque de 3 mil toneladas de carbón extraído de la gran reserva ecológica natural chilena de Isla Riesco, en Magallanes.

Y, oiga, Chile había suscrito el compromiso de frenar drásticamente el uso de combustibles fósiles, especialmente de carbón.

Como decía mi amigo Octavio Cavada, las cosas andan mal cuando lo que se vuelve urgente no deja tiempo para resolver lo que es importante. La narrativa noticiosa mundial sigue mostrándonos que cada vez hay más gente que ya no soporta a la demás gente, y retuercen la prédica cristiana convirtiéndola en “Hazle a los demás lo que no quieres que te hagan contigo”.

En cuanto al resto de la gente, millones y millones de ellos andan ocupadísimos en buscar pokemones incluso en Magallanes y en la Isla de Pascua.

Para ellos, los llamados de alarma sobre el cambio climático, son exageraciones, el peligro, si es que hay peligro, está en un futuro lejano.

Pero, fíjese Ud. que ese futuro amenazante, de repente comenzó a convertirse en un ahora. Un ahora mismo, y ya no sabemos si nos queda tiempo para salvar el planeta y lo que amamos.

Comencemos con el surgimiento de la llamadas “cúpulas”, “bóvedas” o “burbujas” de temperaturas brutalmente elevadas. Un fenómeno que antes de producía muy de tarde en tarde y que ahora está golpeando desde el Asia Central y la India, hasta la mayor parte de Estados Unidos y Australia.

Se trata de zonas que pueden cubrir centenares de kilómetros, dentro de las cuales la temperatura atmosférica se eleva entre 10 y 20 grados Celsius por encima de lo normal. En los momentos en que la señora Clinton decía su discurso, a las siete de la tarde en Filadelfia, la temperatura ambiente bordeaba los 30 grados centígrados, cuando normalmente a esa fecha y hora no supera los 18 grados.

No se sabe a qué temperaturas llevarán las “burbujas” de calor en Estados Unidos, ni cuáles serán sus efectos colaterales, aunque se prevé un gran número de intensas tormentas eléctricas en la zona de los grandes lagos y el sur de Canadá.

Tampoco se puede prever por ahora la duración de esas verdaderas “bombas” de calor. Pero sí está claro que este año se ha producido altísimas temperaturas en una sucesión que no tiene precedentes.

Según los científicos, esas cúpulas o burbujas de calor se forman cuando a grandes alturas se acumulan masas de aire caliente que, sin poder ascender más, comienzan a comprimirse más y más a medida que otras masas de aire caliente ascienden y se les agregan.

Finalmente esas enormes masas de aire recalentado comienzan a descender, mientras la temperatura global del planeta sigue batiendo todos los records.

En mayo pasado, la Administración oceánica y atmosférica de Estados Unidos reportó que el mes de abril de este año ha sido el más cálido jamás registrado en el planeta. Y, oiga, ese reporte se viene repitiendo ya por 12 años consecutivos. O sea, ese calor parece que llegó para quedarse.

En lo que llevamos de 2016, las cúpulas de calor han tenido efectos abrumadores en todo el mundo. En la India, se llegó a una temperatura de 51 grados. La ley en India establece que se decrete estado de emergencia ambiental cuando la temperatura llega a 45 grados. Las personas que se exponen a la temperatura ambiente, a partir de 50 grados, se encuentran en peligro de muerte. De hecho se registraron 80 muertes por paro cardíaco provocado por el calor.

Por cierto, esas olas súbitas de calor implican la paralización de todas las actividades normales. Las personas no sólo deben resguardarse a la sombra, sino además, deben humedecerse y refrescarse las cabezas sobre todo una y otra vez.

Cuando una persona experimenta un aumento de su temperatura corporal por encima de los 39 grados, 39, comienza a sufrir efectos neurológicos. A los 40 grados generalmente se produce pérdida de la conciencia, y temperaturas superiores a los 40 grados provocan daño cerebral y colapsos que pueden llevar rápidamente a la muerte.

En la costa de Irán sobre el Golfo Pérsico, la ciudad de Bandar Mashahr, con más de 100 mil habitantes, en agosto pasado sufrió una temperatura de 73 grados Celsius, y anteriormente una de las burbujas de calor elevó la temperatura hasta, fíjese Ud. 81 grados Celsius en la ciudad de Dahran, en Arabia Saudita.

Esos fenómenos excepcionales, que se producían sólo alguna vez en varios años, se están volviendo más y más frecuentes y, según los meteorólogos, seguirán aumentando su frecuencia según se acumula el recalentamiento planetario. En Gran Bretaña, Australia, Alaska, también se reportaron aumentos de temperatura entre 10 y 20 grados sobre lo normal. Imagínese, comparado con Chile, si hay una temperatura veraniega de 30 grados, subiría a 50 grados si se produce una cúpula.

El pasado 11 de enero, en Botswana, África, la temperatura se mantuvo por varios días por encima de los 44 grados Celsius.

¿Cómo pueden los países enfrentar la nueva calamidad de las burbujas de calor?

¿Qué efectos producen esos recalentamientos, sobre el suelo orgánicos y la vegetación?… En el caso específico del sudoeste de Estados Unidos, el efecto más ostensible ha sido el estallido de incontables incendios forestales que, entre otros daños, han destruido alrededor de un millón de gigantescos árboles Sequoia, cuyo crecimiento, como el de los alerces chilenos, tarda siglos en alcanzar la madurez.

Pero las burbujas de calor son sólo una de las amenazas que se suponían lejanas en el futuro. Ahora, los satélites meteorológicos están revelando el comienzo de otro fenómeno que viene a sumarse. Ocurre que el recalentamiento atmosférico y oceánico ya comenzó a cambiar drásticamente el flujo de vientos que mueven las nubes. De hecho, ya está claro que las grandes masas de nubes, cargadas de lluvia, están desplazándose en dirección a los polos.

Eso significa que toda una inmensa franja central del planeta, en torno del Ecuador y hasta más allá de los trópicos, está quedándose sin nubes, recibiendo en toda su intensidad las radiaciones solares, y sin esperanzas de lluvia.

Se estima que en nuestra América, la zona abarca desde el sur de Estados Unidos, a la altura de Los Angeles, California, hasta el norte chico de Chile. Y al otro lado del Atlántico, afecta a todo el sur de Europa, atraviesa el Mediterráneo y alcanza hasta las sabanas del Sahel, al sur del desierto del Sahara.

En Asia, el desplazamiento de las nubes afecta a la mayor parte del Oriente Medio, incluyendo parte de Turquía e Irán, los países del Cáucaso y parte del sur de Rusia y el norte de China.

Más allá del peligro de sequías devastadoras, el desplazamiento de las nubes hacia las latitudes más allá de los 30 grados al norte y al sur de Ecuador tendrá un efecto que aumentará todavía más el recalentamiento planetario, ya que deja paso expedito a la más potente radiación solar, mientras que en las otras zonas donde las nubes se concentran, se forma una acumulación que llega a gran altura y que bloquea el paso de los rayos infrarrojos que la tierra refleja intentando lanzarlos de vuelta hacia el espacio.

Para Sudamérica, el fenómeno es una amenaza gravísima de ruinosa sequía para Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, y la mayor parte del Brasil, Uruguay y Paraguay. Argentina quedaría en la faja de latitud sur favorable al igual que Chile.

Aquí en Chile, la sequía podría convertir en desierto la totalidad del Norte Chico. En cambio, desde la Sexta Región al sur, supuestamente habrá abundantes lluvias unidas a un considerable aumento de la temperatura.

Por cierto, todas las estimaciones de este momento se basan en la información entregada por los satélites y el inocultable desplazamiento de las nubes, pero los mismos científicos advierten que las nubes son impredecibles, que las corrientes atmosféricas y el recalentamiento de los océanos pueden todavía producir nuevos y complejos fenómenos de alteración del clima.

O sea, no se sabe aún con qué velocidad ni con qué intensidad se seguirán produciendo los efectos previstos.

En realidad ya hay una acumulación de factores que en su totalidad están indicando que vamos rumbo al colapso de la sutil arquitectura de fuerzas químicas y físicas que durante unos 4 mil millones de años se sumaron transformando al planeta Tierra en el Jardín del Edén, donde debía aparecer la Primera Pareja Humana.

El planeta parece tan sólido, tan estable, tan capaz de absorber los millones de toneladas de inmundicias que los humanos le vaciamos encima cada día. Pero ya son muchos los signos de que estamos llegando al límite final.

Los océanos han absorbido ya alrededor de 80% de todo el recalentamiento planetario. La inmensa masa de agua caliente que se apoza entre el Océano Indico y el Pacífico Sur, está alcanzando tal temperatura que al transferir su energía a la atmósfera y a las corrientes marinas, está rediseñando la totalidad del clima.

De hecho, se sabe, por ejemplo, que el más grande de los glaciares de la Antártica, el llamado Glaciar Totten, está ganando velocidad en su desplazamiento hacia la costa, donde irrumpirá zambulléndose en el Océano Antártico. La sola llegada de ese glaciar al océano provocará una elevación de entre 2 y 3 metros del nivel del mar.

El agua oceánica, con una temperatura cada vez mayor, se desliza por debajo de la masa de hielo, que tiene 2 o más kilómetros de espesor, despegándola del suelo de roca y permitiendo que el desplazamiento se siga acelerando.

Investigadores de varias universidades han sumado y coordinado sus trabajos para comprender los efectos del desplazamiento del hielo antártico. Y han descubierto un precedente catastrófico.

Ocurre que un desplazamiento similar se produjo hace algunos millones de años, al final del período Plioceno. Y las evidencias detectadas señalan que ese recalentamiento del Plioceno alcanzó sólo 2 grados más que la temperatura actual que tenemos en la Tierra, sólo 2 grados centígrados más, y que la saturación atmosférica era de 400 partículas de anhídrido carbónico por millón, o sea, la misma que ya tenemos en estos momentos.

Esto significa que bastaría que la temperatura suba dos grados más, y el cataclismo de los hielos antárticos produciría, fíjese Ud., en un tiempo aterradoramente corto, que el nivel del mar se eleve en 20 metros.

O sea, el mar se tragaría súbitamente miles y miles de kilómetros de las tierras bajas costeras que son las más ricas y donde vive la mayor concentración de seres humanos.

Eso sólo con un aumento de 2 grados Celsius. O sea, al ritmo actual de emisiones, posiblemente llegaremos a esos dos grados mucho antes de 2020 o 25.

¿De dónde sacó entonces doña Hillary Clinton que en sólo 4 años, para 2020, podríamos reemplazar a los combustibles fósiles por células solares y molinos de viento? Y además disponer de suficiente energía para instalar nuevas industrias y crear millones de puestos de trabajo con grandes sueldos, y pagando los billones y billones de deudas que el presidente Obama le impuso a su país?

Es posible que la señora Clinton no esté mintiendo. Que sólo esté completamente equivocada.

Y un último detalle para comprender bien en qué lío estamos metidos. El último informe de las Naciones Unidas, a partir de investigaciones coordinadas de una docena de universidades europeas y estadounidenses, señala que en estos momentos la agricultura intensiva, especialmente los monocultivos, están causando un 30% del total de los gases de efecto invernadero, a partir del uso indiscriminado de fertilizantes nitrogenados y otros productos químicos que tienen un efecto polucionante 300 veces mayor que el del anhídrido carbónico o CO2.

O sea, los cultivos que nos alimentan están siendo peores que las emisiones de los vehículos petroleros. Y eso, simplemente, por un hecho neto: somos demasiados. El sólo darnos de comer ya se está volviendo un factor de destrucción planetaria.

Pero, como fuere, hay otras novedades que, quizás, nos traigan un morralito de esperanzas. A veces uno se tiene que preguntar: “¿Será tan malo lo que es malo? Y, ¿Será tan bueno lo que es bueno?” Los invito a que pensemos en eso la próxima crónica, el próximo domingo

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario. Uds. ven, hay peligro.

Foto: Mina Invierno en Isla Riesco. A partir de Diciembre comenzará a utilizar tronaduras. Fuente www.mineriatotal.cl

 

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