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Un “regalo de Dios” El fallido golpe militar y la profundización del autoritarismo turco

18 julio 2016

El intento de golpe de Estado que lideró un grupo de oficiales medios del ejército turco la noche del 15 de Julio, que tuvo su epicentro en Estambul y Ankara, y que fue fácilmente derrotado por sectores leales al presidente islamista Recep Tayyip Erdogan, liderados por la fuerza policiales, representa una nueva muestra de la profundidad de la crisis que recorre al Estado turco, país miembro de la OTAN y pieza clave en la disputa por la hegemonía en el Medio Oriente. Mientras que los aliados de Erdogan en EEUU y la UE llaman a defender la “democracia” turca en contra de la aventura golpista, lo cierto es que la militarización del país es un hecho de hace meses, particularmente desde la intensificación de la campaña militar en contra de los kurdos, que ha destruido miles de vidas y pueblos enteros en la región del suroriente del Estado turco.

Tampoco hay mucha democracia que defender, ya que Erdogan ha venido ampliando cada vez más su poder y control sobre el aparato estatal, purgando a sus enemigos en el Estado y el ejército, amordazando a la prensa, persiguiendo a la oposición política y encarcelando a los críticos. Todo esto, mientras el miedo se apodera de los ciudadanos en medio de un incremento de los atentados explosivos que se han cobrado cientos de víctimas (el más reciente apenas hace una semana, en el aeropuerto internacional de Estambul), muchos de ellos por la proliferación de islamistas, y de una crisis económica sin precedentes, agudizada a partir del enfrentamiento con Rusia en Noviembre del pasado año a raíz del derribo de un avión militar ruso, por fuerzas turcas, mientras se encontraba en operaciones en Siria. A raíz de esto, Rusia decretó una serie de sanciones económicas devastadores para la economía turca, que pusieron de rodillas al presidente turco, quien después de bravuconear por unos meses, terminó pidiendo perdón sin condiciones a Putin. Erdogan y su partido, el AKP, fomentaron un ambiente de terror y violencia, mediante el cual se impusieron en las elecciones del 2015, en segunda vuelta. La campaña electoral del año pasado, lejos de ser democrática, estuvo marcada por la persecución a la izquierda, en particular al partido pro-kurdo HDP, y por la polarización promovida mediante el recurso al terror y al miedo.

Abdullah Gul, un allegado a Erdogan y socio del AKP, dijo, estúpidamente, que Turquía no es un país latinoamericano, al hacer referencia al golpe militar. La realidad, sin embargo, es que Turquía tiene más golpes de Estado que muchas de las repúblicas latinoamericanas que él caricaturiza en su comentario: hubo golpes en 1960, en 1971, en 1980, y el llamado golpe “post-moderno” de 1997, cuando el gobierno presionó la renuncia de un antecesor y asociado político de Erdogan que recién había ganado las elecciones. El ejército, a diferencia de la policía que es leal al gobierno y más afín con su islamismo, se ha considerado a sí mismo como el guardián de los valores republicanos y seculares con los que fue fundada la República de Turquía en la década del ’20 por Mustafá Kemal Atatürk, y siempre ha mirado con desconfianza al islamismo político que comenzó a levantar su cabeza y hacerse sentir fuerte desde los ‘90.

El islamismo político coge fuerza con el surgimiento de los llamados “tigres de Anatolia”, empresarios que emergen con la apertura económica experimentada desde los años ‘80, los cuales vienen de las ciudades de la Turquía profunda y que reflejan una mentalidad conservadora y religiosa en toda regla. Este islam político exacerba la tensión existente con la elite secular y occidentalizante, asentada en las principales ciudades turcas (Izmir, Estambul, Ankara) y ligada a las profesiones liberales, a la burocracia estatal y al ejército. Desde el 2010 que Erdogan ha venido purgando sectores del Ejército, sacando a los sectores más recalcitrantes de kemalistas y reemplazándolos con sectores más afines a su proyecto político, que mezcla el autoritarismo de Kemal, con el conservadurismo islamista, con una pizca de neoliberalismo y con sus sueños de convertirse en Califa y proyectar la sombra del imperio otomano nuevamente sobre el Medio Oriente. En su lugar, ascendieron una serie de oficiales ligados al clérigo Fethullah Gülen, entonces aliado de Erdogan, aunque en 2013 ambos rompieron. Son, al parecer, estos sectores medios en el Ejército, no la vieja guardia kemalista-secular, quienes habrían estado detrás de este golpe.

La pobremente organizada y fallida intentona de golpe militar fue descrita por el presidente turco Erdogan “como un regalo de Dios”. Es fácil ver por qué dijo esto: desde ya ha comenzado la purga en el Ejército y, si logra cambiar su doctrina y su composición, el pilar central, bastión republicano del Estado turco, habría mutado para imponer su propio proyecto islamista. Hay quienes han dicho que el presidente turco por fin ha tenido su propio “incendio del Reichstag”, el cual utilizará como la excusa perfecta para seguir imponiendo su proyecto autoritario y silenciar las voces críticas tanto en lo doméstico como en el exterior. Mientras su actitud errática y agresiva, estaba ganando creciente hostilidad en la comunidad internacional, que temen que sus acciones sigan desestabilizando la región y puedan llevar la crisis del Medio Oriente a las puertas mismas de Europa, la aventura de los militares ha logrado que gane, momentáneamente, el respaldo inequívoco de la llamada “comunidad internacional”. Y también logrará silenciar cualquier crítica que pudieran hacer a la creciente militarización, censura, persecución y purgas que promueva en retaliación, no contra los golpistas, sino contra todos los sectores que potencialmente pudieran representar un contrapeso a su poder absoluto. Pero si la “comunidad internacional” guarda silencio, los pueblos del mundo tenemos el deber moral de solidarizarnos con el movimiento popular turco y kurdo y alzar la voz ante el autoritarismo que recorre al Estado turco y que bombardea, encarcela, asesina y amordaza a nuestros hermanos y hermanas. Tenemos el deber moral de solidarizarnos con los que luchan por una alternativa al nacionalismo-militarista y al islamismo-político, y no hemos de permitir que esta alternativa basada en la libertad, la justicia social, la igualdad, sea ahogada en sangre. Erdogan hoy se cree invencible, pero su victoria es pírrica, su barco está en franco naufragio y esta intentona golpista fue solamente un síntoma más de esa crisis.

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