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[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Guerra Mundial

30 octubre 2016

Por Ruperto Concha

 

En tono cada vez más tenso, se multiplican las advertencias internacionales, que incluyen a los ministros alemanes del Interior y de Relaciones Exteriores, respecto de que las políticas de Estados Unidos y la OTAN ya han llevado las tensiones con Rusia y con China, hasta el borde de la Tercera Guerra Mundial.

Pero, más allá de las advertencias, se multiplican las noticias que revelan acciones militares y políticas que muestran cómo Estados Unidos y Rusia se preparan a enfrentar el comienzo súbito de una guerra que sería la última de nuestra humanidad que parece dispuesta al suicidio…

El viernes pasado, el presidente Barak Obama se reunió con sus más importantes consejeros en Seguridad Nacional y Estrategia, en un nuevo intento de trazar un Plan B, con todas las opciones diplomáticas y militares, para resolver el desastre de la sangrienta aventura con que Washington intentó derrocar a los más poderosos líderes republicanos del Medio Oriente Islámico.

Recordemos que, tras las fallidas revoluciones de colores en Georgia y Ucrania, el gobierno de Barak Obama inició la llamada “primavera árabe”, en 2011, a partir de una espontánea rebelión popular en Tunez, cuando un modestísimo vendedor callejero fue brutalmente arrestado por la policía, que le decomisó los escasos productos que trataba de vender.

El vendedor, Muhammed Buhazizi, de 26 años, casado y con dos hijos, se roció con bencina y se quemó vivo en plena calle el 4 de enero de 2011. El hecho provocó instantáneamente una movilización gigantesca exigiendo la salida inmediata del apernado presidente Zine ben Ali, y de toda la cúpula política imperante en el país.

Tan unánime fue la rebelión popular que el corrupto ben Ali, sus ministros y sus jefazos policiales prácticamente se dieron a la fuga. De hecho, a menos de una semana de la muerte del joven comerciante, Ben Ali renunció y entregó el poder a un grupo provisorio que se encargaría de convocar a elecciones generales.

En Túnez, como en Argelia y Egipto, las revueltas populares que llevaron al cambio de gobiernos corruptos y represivos, quedaron muy pronto bajo la conducción de nuevos líderes de tendencia socialista y fuerte religiosidad islámica.

Recordemos también que Libia, con Egipto, Siria e Irak, habían formado una alianza de países árabes de tendencia socialista, que integraron la llamada República Árabe Unida. Hostil a Israel y también a las monarquías absolutas de Arabia Saudita, Jordania y los emiratos árabes del Golfo.

Simultáneamente con el derrocamiento de Mubarak en Egipto, se inició un intenso y violento enfrentamiento político en Yemen, en que grupos apoyados por Arabia Saudita protagonizaron una cruenta guerra civil apuntada al derrocamiento del presidente Abdulah Saleh, también de tendencia socialista, con buenas relaciones con Irán, pues en Yemen la inmensa mayoría de la población es shiíta, opuesta a los sunnitas monárquicos.

Y simultáneamente, en Libia, un súbito y violento movimiento armado, con centro en Bengazi, fontera con Egipto, dio comienzo a una guerra civil contra el líder Muammar Gafaffi. Este Gadaffi había accedido al poder derrocando al rey Idris, en 1969. También de tendencia socialista, basó su régimen en el grupo de oficiales imbuidos de conceptos de redistribución de la riqueza. Utilizando sus grades recursos petroleros, fue el primer país árabe que proporcionó educación gratuita, en todos los niveles, sin distinción de sexos. Además proporcionó atención médica gratuita, incluyendo entrega de medicamentos. De hecho, el ingreso medio per cápita de Libia llegó a más de 11 mil dólares.

Sin embargo, su oposición a los regímenes monárquicos y su apoyo a los Palestinos frente a Israel lo convirtió en objetivo militar para la política del Nuevo Orden Mundial encabezado por Estados Unidos. De hecho el gobierno libio envió varios buques cargados de vituallas y auxilio para los palestinos de Gaza, a través de Egipto.

Con intensa participación de la Secretaria de Estado Hillary Clinton y su equipo de neoconservadoras miltaristas, se obtuvo el apoyo del presidente Barak Obama para derrocar a Gadaffi, proporcionando a los rebeldes armamento, apoyo financiero y apoyo de las fuerzas aéreas de la OTAN, que iniciaron un bombardeo intenso e ininterrumpido sobre las fuerzas leales.

El 25 de agosto de 2011, Gadaffi, malherido por una bomba de la OTAN, fue capturado por los rebeldes que lo torturaron obcenamente hasta que un soldado, al parecer por compasión, lo mató de un disparo a la cabeza.

Este año, el presidente Barack Obama declaró ante la prensa que su más grave equivocación fue haber autorizado aquella sangrienta intervención en Libia. El proyecto estratégico de Nuevo Orden Mundial bajo hegemonía de Estados Unidos, incluí por cierto el derrocamiento del presidente de Siria, Basher Assad, con lo cual caería también el gobierno de El Líbano, dos regímenes que seguían manteniendo un enfoque político de tendencia socialista, hostil a Israel y reacio a acatar el mandato de Washington.

Sin embargo, en Siria el presidente Assad tenía un gran apoyo popular, y, pese a los sangrientos atentados con que comenzó la insurrección en Siria, las fuerzas armadas se mantuvieron leales, y el país se transformó en campo de batalla donde decenas de miles de mercenarios y militantes sunnitas, dotados del más moderno armamento estadounidense y financiado por las monarquías petroleras, no lograban derrocar al presidente ni ocupar la totalidad del territorio.

Es muy importante recordar que el presidente Basher Assad, en dos ocasiones, en 2012 y 2014, llamó a elecciones generales, invitando también a los líderes rebeldes y ofreciendo la participación de observadores internacionales, y comprometiéndose a acatar en su totalidad el resultado, reafirmando que sólo el pueblo sirio tiene el poder de destituirlo o confirmarlo..

Pero en ambas ocasiones, los militantes rebeldes rechazaron la invitación, reiterando su voluntad de derrocar al gobierno mediante la fuerza militar.

Estados Unidos intensificó su participación en esa guerra insurreccional, y finalmente el presidente Assad viajó a Moscú, a pedir apoyo de la Federación Rusa, pues ya era inocultable que el plan estratégico de Washington apuntaba a asumir el control completo del Oriente Medio, desde el Océano Índico hasta los mares Mediterráneo y Negro, bloqueando a Irán en su acceso a Occidente, entregando a Arabia Saudita el dominio sobre las naciones árabes en alianza con Israel.

Los planes estratégicos de Washington estaban claros. El avance de la OTAN hacia las fronteras de Rusia, más la permanente amenaza de lanzar una guerra fulminante de Estados Unidos, Arabia Saudita e Israel, contra Irán, exigía que la insurrección en Siria derrocara al presidente Assad y, en lo posible, se le asesinara.

De acuerdo a la ley internacional, a la Carta de las Naciones Unidas, y a los tratados de amistad y alianza de Rusia con Siria e Irán, el presidente Vladimir Putin solicitó al Congreso Federal autorización para intervenir militarmente en apoyo al gobierno legítimo de Siria y en contra de las organizaciones terroristas que formaban el grueso de las fuerzas rebeldes.

La intervención de Rusia, y el masivo apoyo popular de las milicias shiítas de Irán y el Líbano, cambiaron de inmediato el curso de esa guerra, y les fuerza leales comenzaron a recuperar los territorios que habían conquistado los rebeldes y el Estado Islámico, sunnita y financiado por las monarquías.

En principio, el gobierno de Barack Obama había aceptado una negociación de paz que condujera a un período de transición en Siria, que debía culminar en elecciones generales bajo control internacional, incluso, Obama había aceptado que el Presidente Assad se mantuviera como jefe de gobierno en el período de transición, hasta que la ciudadanía se pronunciara sobre el futuro político de la nación siria.

Pero en el seno del gobierno de Washington, las grandes líneas estratégicas geopolíticas se encuentran entrabadas por las nuevas potencias anti hegemónicas, dispuestas a oponerse absolutamente a un Nuevo Orden Mundial bajo el imperio de Estados Unidos.

La estrategia de hostilización contra Rusia, que comenzó con el ataque de la OTAN contra Yugoslavia socialista para desintegrarla en pequeños países débiles y pobres, continuó con las revoluciones de colores en la república da Georgia y en Ucrania, en un discurso brutalmente anti ruso.

En ambos casos, los gobiernos anti rusos fueron incapaces de sostenerse. Georgía, por la demencial invasión militar contra le república autónoma de Osetia del Sur, en que tropas georgianas dieron muerte a soldados rusos de las fuerzas de paz de las naciones Unidas, provocando la intervención militar de Rusia y la independencia definitiva de Osetia.

Y Ucrania, donde el gobierno del presidente Viktor Yushenko y la primera ministro Julia Timoshenko, fueron vencidos en las elecciones del 25 de febrero de 2010, por el pro ruso presidente Yanukovich, apoyado por el Partido de las Regiones.

Sin embargo, tras una larga operación política clandestina, y con una inversión de 5 mil millones de dólares, en enero de 2014 se produjo la violenta insurrección que culminó con la fuga del presidente que iba a ser asesinado en su casa. Yanukovich huyó hacia la región oriental, de abrumadora mayoría de rusos instalados allí desde hace tres siglos.

En tanto los habitantes de Crimea, en el sudeste de Ucrania, también gente de raza y cultura rusa, reaccionaron ante los golpistas que incluso habían prohibido hablar en ruso, y que al día siguiente del golpe habían quemado vivos a más de 40 trabajadores pro rusos que se habían refugiado en el edificio de los sindicatos, en el puerto de Odessa, sobre el Mar Negro.

Convocados por sus autoridades locales, los habitantes de Crimea acudieron a un plebiscito pidiendo su retorno a Rusia. La votación fue de un 94% en favor a reintegrarse a Rusia y un 2% en contra.

También los habitantes de gran parte del oriente de Ucrania, que había sido territorio ruso hasta fines de la década de 1950, se declararon en rebeldía ante el gobierno golpista de Ucrania e iniciaron un movimiento separatista, que ha cobrado características de guerra civil.

En realidad los estrategas de Washington no se esperaban que Rusia reaccionara con fuerza, luego de su pasividad anterior en los ataques contra Yugoslavia y Libia.

La reincorporación de Crimea a la Federación Rusa ya es una realidad definitiva, y la guerra civil de Ucrania tendrá que resolverse a través de acuerdos aceptables tanto por Rusia como por Ucrania y los habitantes de las regiones rebeldes.

Pero Estados Unidos tardó demasiado en comprender que ya Rusia se había recuperado del caos y la crisis del derrumbe de la Unión Soviética. Washington utilizó toda la fuerza de su economía para obligar a la Unión Europea a unirse a sanciones económicas y políticas en contra de Rusia.

Sin embargo, ya la semana pasada, la Unión Europea se negó a aprobar nuevas sanciones o el mantenimiento de sanciones en contra de Rusia. Estados Unidos, ahora, se encuentra en situación de inventar qué nuevas sanciones podría aplicarle a los rusos, pues ya todas las sanciones razonables se acabaron sin surtir ningún efecto en las decisiones de Moscú.

Por el contrario, la casi histérica propaganda anti rusa desatada por la prensa de las transnacionales, ha puesto a prueba la serenidad de Moscú, a la vez que ha llevado a consolidar las poderosísimas alianzas euroasiáticas, encabezadas por China y Rusia, con Irán e Irak, más los estados post soviéticos de Asia Central, incluyendo a Pakistán y Afganistán, además de la India.

Ya está claro que el desarrollo económico, científico y social, a nivel mundial, está por completo en manos de las naciones orientales, donde ya se concentra el mayor número de científicos jóvenes, investigadores y desarrolladores de empresas de altísima tecnología y ciencia aplicada.

¿Puede Estados Unidos asumir un futuro en un mundo multi-polar, no gobernado por las sociedades anónimas gigantes que en estos momentos aspiran a obtener el control político mundial?

En realidad, la guerra de Siria está marcando ahora la línea roja, la frontera entre una paz mundial, basada en intensas negociaciones, y una Tercera Guerra Mundial que, inevitablemente, será una guerra nuclear.

Si resulta vencedor el gobierno de Siria, con el apoyo de sus aliados de Irán, Rusia, China, el Líbano, Irak, y, en cierta medida, también Turquía, eso significará la derrota de toda la estrategia imperial de Estados Unidos sobre el Oriente Medio. De hecho, la actual batalla por la ciudad de Aleppo, en Siria, está marcando que la victoria de Basher Assad es inminente.

El presidente Barack Obama no va a lanzar la Tercera Guarra Mundial en las pocas semanas que le quedan hasta hacer entrega del gobierno a quien venza en las elecciones del 8 de noviembre.

Si gana la demócrata Hillary Clinton, las posibilidades de guerra se vuelven enormes e inmediatas. Si gana el republicano Donald Trump, él ya anunció su deseo de iniciar la búsqueda de acuerdos prácticos con las demás potencias, y acabar con el intervencionismo de Estados Unidos en la política de las demás naciones.

Tanto Rusia como Estados Unidos están preparándose rápido para la posibilidad de una guerra que ya en sus primeras acciones implicará el uso de armas atómicas. Y ciertamente la China y Europa tienen clarísimo que la locura asesina los va a involucrar también a ellos.

Para Estados Unidos y la OTAN, la tentación de asestar de inmediato un inesperado ataque nuclear masivo sobre Rusia, con centenares de ojivas nucleares de entre 150 y 350 kilotones, podría hacerlos olvidar que Rusia tiene la respuesta preparada, y que anular la capacidad de réplica con las armas nucleares rusas, no es más que un sueño.

De hecho la prestigiosa y rusofóbica publicación estadounidense Business Times, esta semana publicó un extenso artículo señalando que los escudos antimisiles desarrollados por Estados Unidos y la OTAN sólo podrán interceptar un número bajísimo de los misiles rusos o chinos.

Las pruebas hasta el momento muestran que no más del 25% de los misiles podrían ser interceptados. Es decir, que más de 3 mil ojivas nucleares, cada una con más de cuatro bombas de potencia entre 150 y 500 kilotones, impactarían en Estados Unidos, Europa, Rusia y China.

Y ello sin contar con el nuevo misil ruso Satán 2, que puede tener una carga de 50 megatones, a una velocidad de 7 kilómetros por segundo y con plena capacidad de maniobra.

Ese sólo misil podría aniquilar a Gran Bretaña entera. O al inmenso estado de Texas, o al conjunto de Nueva York y Nueva Jersey con sus alrededores. Y por supuesto, también Rusia, la China, la India, Persia, Japón, Australia y toda Europa, tendrían que comenzar de nuevo, a partir de la Edad de Piedra.

¿Y nosotros, acá lejos, tan al sur?… No. No hay que hacerse ninguna ilusión. Desde el primer momento de una guerra nuclear mundial, prácticamente la totalidad de los aparatos eléctricos quedarán inutilizados por los pulsos electromagnéticos. No habrá agua potable ni refrigeradores, ni teléfonos, ni computadoras. En Santiago, 6 millones de personas no podrán tirar la cadena en el escusado, cada día. El dinero carecerá de valor, sólo podrá haber algún trueque, si tenemos suerte. Y la humareda atómica, los hongos de hollín radiactivo, se extenderá cubriendo los cielos, impulsados por el viento estratosférico, bloqueando el paso de la luz solar y provocando el llamado “invierno nuclear”.

Sin luz, las plantas no podrán hacer fotosíntesis y morirán mientras un sudario de hielo irá cubriendo miles y miles de hectáreas. En fin, es posible que algunos especímenes animales y vegetales podrán sobrevivir de cualquier modo. Incluso podría ser que algunos seres humanos sobrevivan.

Y, como dice Jorge Manrique, para ellos cualquier tiempo pasado habrá sido mejor.

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario, mientras todavía se puede.

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