[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Aún tenemos ganas, ciudadanos
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[AUDIO] Crónica de Ruperto Concha: Aún tenemos ganas, ciudadanos

20 noviembre 2016

Por Ruperto Concha

¿Se acuerda Ud. del 2008, cuando don Barack Obama ganó las elecciones en Estados Unidos?… En todo el mundo surgieron vaticinios, adivinaciones y profecías que prometían un gobierno maravilloso, de reconciliación mundial y búsqueda de la paz.

Tenía que ser así, jamás podría ser de otra manera. El primer presidente negro de Estados Unidos tenía necesariamente que ser el líder de un renacimiento democrático sobre el desastroso gobierno de George Bush, con sus guerras inútiles, basadas en mentiras y el brutal corolario de la gran crisis económica mundial.

Tanto era el entusiasmo y las profecías luminosas, que, antes de que tuviera tiempo de concretar cualquiera de sus promesas, ya le habían conferido el Premio Nobel de la Paz. No por lo que hubiera hecho, sino por lo que sin duda iba a hacer lueguito, lueguito.

Ya sabemos lo que finalmente sucedió. Seis años después del entusiasmo y la esperanza, en 2014, una encuesta de la Universidad de Quinnipiac mostraba que una abrumadora mayoría de los estadounidenses consideraba que Barack Obama era el peor presidente de los últimos 70 años en los EEUU. Incluso lo consideraban peor que el propio George Bush.

Bueno, ahora ocurre exactamente lo contrario. Hay un huracán de anuncios terroríficos sobre lo que el presidente electo Donald Trump va a hacer en el futuro. Y, con insidioso apoyo del propio Barack Obama, pasan días y días de violentas protestas e injurias contra el presidente.

Así como a Obama le dieron el Nobel no por lo que hubiese hecho sino por lo que iba a hacer, a Trump lo están condenando no por lo que haya hecho sino por lo que los derrotados dicen que va a hacer. La verdad es que hasta ahora nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que va a hacer el nuevo presidente. Ya muchos analistas estadounidenses se inclinan a creer que el violento repudio inicial finalmente se va a desinflar, va a disminuir la rabia y el miedo, y va volver a la gente a su indiferencia tradicional.

Pero, mientras tanto, en Lima, Perú, desde ayer se está realizando la Cumbre de la APEC, la gran Asociación de Libre Comercio de Asia – Pacífico, que reúne a 21 países que tienen costa en nuestro Océano. Y con mucha claridad, se está perfilando hoy que esta asociación de libre comercio, liderada por China y en la que participa Estados Unidos, va a ser la gran opción tras el naufragio del TPP que intentaba imponer Barack Obama y que Donald Trump anunció que lo va a descartar.

La propuesta de la APEC le abre una muy buena perspectiva de ganancia a Estados Unidos. Se estima que al entrar en funcionamiento esta Asociación de Libre Comercio, para Estados Unidos se generarán alrededor de 700 mil millones de dólares de aumento en su comercio regional. Claro que para la China, la ganancia será muchísimo mayor. Será que será el doble. Alrededor de un billón y 400 mil millones de dólares.

Las ventajas y la transparencia del gran acuerdo de libre comercio del Pacífico, tanto para las grandes potencias como para las economías pequeñitas como la nuestra, contrastan en estos momentos con el penoso estancamiento económico de Europa, el fracaso de la cumbre de Doha para reducir la producción de petróleo, y la ola de anuncios de las grandes empresas industriales sobre despido masivo de miles y miles de trabajadores en todo el mundo.

Siguiendo las noticias políticas del Medio Oriente, el Sudeste Asiático, África y Europa, en estos momentos se está perfilando que la supremacía mundial de Estados Unidos ya entró a un crepúsculo difícil. Y la tarea dramática del presidente Donald Trump al parecer consistirá fundamentalmente en manejar lo que aún le queda de poder a su país, para construir una red de asociación amistosa, confiable y pragmática con los líderes Xi Linping, de China, y Wladimir Putin, de Rusia.

Ni Rusia ni China tienen algún interés en que colapse la economía de Estados Unidos y que su política interna se vuelva caótica y pueda desintegrarse. No. De hecho, ni China ni Rusia tienen nada que ganar con reemplazar a Estados Unidos en un rol imperialista global.

De hecho, cuando faltaba aún un mes para las elecciones de Estados Unidos, en Moscú el presidente Putin declaró, con toda sencillez, que Rusia no es una súper potencia. Y que la única súper potencia actual es Estados Unidos.

Bueno, ahora, después de las elecciones, el presidente Barack Obama, por el contrario, acaba de definir a Rusia como una Súper Potencia. ¿Qué significa esa contradicción?

En realidad, la afirmación de Putin significaba algo muy concreto: Que ni Rusia ni la China son súper potencias capaces de imponer su predominio en forma global. Y que únicamente Estados Unidos acumuló e invirtió sus recursos y su poderío en la aventura de controlar al planeta para imponerle un Nuevo Orden Mundial y la Era o el Siglo de Estados Unidos.

La afirmación del presidente ruso implicaba que, tras desvanecerse el poderío militar y financiero de Estados Unidos, el Nuevo Orden Mundial necesariamente tendrá que surgir del entendimiento entre las naciones, pues ninguna nación por sí misma podría pretender imponerse al poderío conjunto de las demás naciones.

Bueno, claramente ante eso, a Barack Obama no le quedó más remedio que tratar de reavivar el miedo al supuesto imperialismo ruso. En 2012, Obama había afirmado con arrogancia que Rusia no es más que una pequeña potencia regional. ¿Quiere decir Barack Obama, entonces, que Rusia, a pesar de las sanciones en su contra y del derrumbe del precio del petróleo, en sólo 4 años creció hasta convertirse en súper-potencia?

La diferencia más grande entre el gran Acuerdo de Libre Comercio de la APEC y el proyecto del TPP de Obama, está en la transparencia. El TPP fue elaborado sigilosamente, en riguroso secreto, a escondidas, apuntado a imponer obligaciones jurídicas a las naciones participantes, otorgando a los inversionistas internacionales un estatus incluso superior al de los gobiernos. En cambio, el Acuerdo de la APEC se está discutiendo abiertamente. Su alcance es netamente comercial y respeta las particularidades políticas y legales de cada uno de los países miembros.

De ahí que, como señalé en mi crónica del domingo pasado, el propio candidato progresista de Estados Unidos, Bernie Sanders, coincidió con Donald Trump en el compromiso de impedir la aprobación del TPP. Ahora, hace tres días, en medio de la violenta agitación contra Trump, el propio Bernie Sanders impactó a la izquierda declarando que apoyará a Donald Trump y será su aliado, si este de veras se enfrenta al poderío perverso de las grandes corporaciones.

Con ello, Bernie Sanders orienta el sentido de una lucha política sana a su juicio, como un rescate de una democracia que fue vendida, adulterada y corrompida, mediante enormes inyecciones de dinero por parte de las corporaciones para financiar las campañas electorales y transformar a los líderes políticos en servidores a sueldo de las grandes sociedades anónimas. Trump y Sanders aparecen coincidiendo en que los Estados Unidos han sido víctimas de un proceso sistemático de corrupción que está demoliendo la inteligencia moral, los referentes éticos de la honradez, el trabajo y la sana ambición.

El triunfo político de Donald Trump ha resultado fascinante para los periodistas y los politólogos. Muchos, incluso aquí en Chile, han creído que el triunfo le fue dado por la masa de trabajadores blancos, de baja cultura y principalmente de las áreas rurales, que se han visto empobrecidos por las políticas de Barack Obama frente a la gran crisis de 2008.

En realidad esa afirmación es errónea. Por cierto, la mayoría de esa gente votó por Trump, pero su número jamás habría sido suficiente para darle la victoria. Fue un importante sector de la clase media culta, incluyendo a gran número de votantes latinos, asiáticos y negros, el factor que decidió la derrota de Hillary Clinton.

Y en esos grupos, culturalmente superiores, lo que caló más hondo fue la insinceridad de la candidata demócrata, su empeño por ocultar sus fallas ante la opinión pública, y el brutal flujo de dinero aportado por las grandes corporaciones, tanto para la campaña como para la fundación Clinton, que recibió incluso aportes millonarios de bancos que estaban a punto de ser enjuiciados por Estados Unidos por ocultar evasiones de impuestos.

Una de esas “donaciones”, por más de un millón de dólares, la hizo un banco suizo mientras Hillary Clinton era Secretaria de Estado y logró que la acción judicial se detuviera. ¿Se fija Ud.?… a Trump se le rechazaba por sus defectos personales, por ser racista, por haberse mostrado homofóbico, machista y, según se dice, por haberle dado unos agarrones a una periodista. Todo eso, además de tener una terrible facha de ridículo fascista autoritario. Pero a Hillary Clinton se la acusaba de mentir, de ocultar y de ser un instrumento a sueldo de los intereses de Wall Street y las grandes corporaciones. Eso fue lo decisivo en el momento de votar.

El miércoles pasado, uno de los más importantes medios alternativos de la izquierda estadounidense, el sitio llamado “Daily Beast” –la Bestia Diaria– punto com, lanzó una convocatoria para organizar desde ya la lucha política que enfrente al gobierno de Donald Trump en las elecciones de 2018, donde se jugará el control del parlamento.

Para ello, según la Daily Beast, es necesario enfrentar con igual denuedo a los candidatos republicanos y a los demócratas. Según la convocatoria, el Partido Demócrata ha sido hipócrita y lo demostró durante las primarias, en que la prensa y la TV controlada por los demócratas atacó a Bernie Sanders incluso más venenosamente que a Donald Trump.

Esa postura está siendo compartida también en las definiciones políticas de Latinoamérica y Europa. Se considera que la bronca de la gente por los excesos de una oligarquía financiera con sus servidores políticos, no sólo ha despertado violencia de corte fascista en la izquierda sino también en la derecha. Es lo que han llamado la “radicalización del populismo”.

En Brasil, el profesor Joao Feres, de la Universidad Estatal de Río de Janeiro, dice que la desigualdad y la concentración del poder y la riqueza en una oligarquía, está polarizando a una izquierda herida por la destitución del gobierno de Dilma Rousseff, y, por otro lado, a una derecha exacerbada, que lidera el ex militar golpista y actual diputado, Jair Bolsonaro, que ya anunció que en 2018 la política brasilera dará un vuelco al puro estilo de Donald Trump.

Pero, con el debido respeto, esas observaciones no van más allá de ser conclusiones obvias que pasan por alto demasiados elementos. También se está hablando mucho del “Estado Profundo”, de conspiraciones, sociedades secretas, del Club Bilderberg, de la Comisión Trilateral, de los masones, los “Illuminati” y de los judíos, que estarían dirigiendo en forma oculta los acontecimientos que transforman la historia de nuestros días.

Es cierto que hacia donde se mire, uno encuentra un panorama de corrupción, de venalidad, de derrumbe no sólo de las instituciones democráticas sino, mucho más, de la relación entre los seres humanos incluso dentro de la misma familia. Y no solamente en las naciones sumidas en el liberalismo que ya el propio Milton Friedman, que era su principal teórico, denunció como una falsificación.

Fue en 2010, durante el gobierno de Barack Obama, que la Corte Suprema de Estados Unidos, por sólo un voto, falló autorizando que las grandes empresas puedan entregar sin restricción alguna, aportes financieros, en cualquier volumen, para campañas políticas. Con ello, y con la legalización del lobby, se produjo el hecho concreto de que las campañas electorales para diputados y senadores comenzaran a exigir inversiones de dinero cada vez más grandes para competir por los votos. De hecho, para ganar una elección de diputado se llegó a necesitar inversiones en propaganda por más de un millón de dólares.

Por supuesto eso determinó que los candidatos financiados por Wall Street y las grandes empresas fueran los únicos que se podían asegurar la elección. Pero además de eso, el sistema político mismo había comenzado a generar las condiciones para la corrupción y la creación de grupos de poder fáctico que, además de manejar el dinero, manejan también el flujo de información privilegiada y la toma de decisiones administrativas por parte de funcionarios de gobierno.

La corrupción vertiginosa de los oligarcas de Ucrania, también se refleja en la corrupción por los sobornos de la Apple en Irlanda, y las maniobras político judiciales de los líderes de la Unión Europea, que permitieron a ciertas empresas evadir miles de millones de dólares en impuestos. También en China y en Rusia, los gobiernos han tenido que aplicar con verdadera ferocidad medidas contra la corrupción. En China, una docena de oligarcas, varios de ellos prominentes miembros del Partido Comunista, fueron condenados a muerte y ejecutados por recibir sobornos o malversar fondos.

En Rusia, dos amigos personales del presidente Vladimir Putin fueron humillantemente detenidos por delitos similares, y la semana pasada nada menos que el ministro de desarrollo económico de la Federación Rusa, fue detenido, está preso y está siendo investigado por presuntos sobornos. O sea, si la corrupción no se elimina ni siquiera por la mano implacable de un gobierno, eso quiere decir que la motivación es más fuerte que el miedo. De hecho, el derrumbe de la Unión Soviética, en 1990, no se debió más que a la horrorosa corrupción de la élite del partido comunista, la llamada Nomenklatura, que había llegado a apropiarse de prácticamente la totalidad del poder y de los capitales soviéticos.

A juicio de muchos analistas políticos e historiadores, es la estructura misma del poder y la administración de la riqueza, la que establece límites de tolerancia a la concentración de poder y riqueza en pocas manos, o sea, a la creación de oligarquías.

Es clásica la comparación entre el crecimiento normal de los seres vivos, con el crecimiento anormal de la economía que predican los neoliberales. Un bebé recién nacido tiene un crecimiento enorme que llega al 300% en un año. Si ese bebé siguiera creciendo a ese ritmo, ya en su segundo año sería un monstruo obeso, y en 3 años sería absolutamente incapaz de sobrevivir a su propia enormidad.

Siguiendo esa comparación, los economistas de mediados del siglo pasado, en América Latina, procuraron controlar el desarrollo económico buscando fórmulas para establecer límites sanos del crecimiento. Pero eso fue barrido por la borrachera monetarista neoliberal, que eliminó el control político de la economía, cambiándolo por el control económico de la política.

El genial analista y escritor Alvin Toffler, en 1979 publicó su libro “La Tercera Ola”, en que demuestra cómo ciertas coyunturas concretas en las sociedades humanas provocan transformaciones inmensas, como oleadas que se proyectan sobre siglos y milenios. De partida, Toffler menciona lo que llamó la Primera Ola, que fue el descubrimiento de la agricultura, y que hizo posible el nacimiento de la civilización humana y su desarrollo hasta el siglo 19, cuando irrumpió la Segunda Ola, que fue la civilización industrial, basada en la aplicación enormes volúmenes de energía a partir de los combustibles fósiles.

Y ahora, según Toffler, debiera llegar la Tercera Ola, una ola de inteligencia amplificada, de tecnología cibernética, en que la generación de riqueza deja de depender del trabajo humano. La gran tarea, entonces, es básicamente de sobrevivir a una civilización en la que los bienes son producidos a bajísimo costo por máquinas autónomas.

Y un par de noticias más, para comenzar a entender lo que está sucediendo. Esta semana, la gigante automotriz alemana Volkswagen comenzó a despedir a 7 mil de sus trabajadores en las plantas industriales de América Latina, concretamente Brasil y Argentina. Se propone eliminar alrededor de 30 mil puestos de trabajo en los próximos meses.

Y, en Canadá, se aprobó una ley para distribuir directamente a las personas que están cesantes, una suma de mil 200 dólares canadienses mensuales por cada miembro de la familia, a fin de que puedan financiar sus necesidades básicas de consumo. El proyecto se iniciará en el estado de Ontario. Es decir, el Canadá resolvió entrar ahora a un futuro en que el trabajo cobra un sentido netamente humano, más allá de la simple economía.

Debe ser realmente difícil contagiar de corrupción a una sociedad donde ya no hay miseria. Donde la sociedad le paga a uno para premiarlo por ser un ser humano.

¡Hasta la próxima, amigos! Cuídense, es necesario. Hay peligro… Pero aún nos quedan ganas de explorar hacia el futuro.

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