[AUDIO] Crónica Ruperto Concha: ¿Qué estamos mereciendo?

[AUDIO] Crónica Ruperto Concha: ¿Qué estamos mereciendo?

Por Ruperto Concha

Hasta ayer, había aún 72 incendios forestales activos en el centro-sur de Chile. Ya se han quemado casi quinientas mil hectáreas. Y, curiosamente, la ola de incendios avanza en dirección al sur, o sea, contraria a los vientos dominantes que soplan de sur a norte. Eso se debe, en parte, a que, desde la Octava Región al sur, existen millones de hectáreas de bosques. O sea, millones de hectáreas combustibles.

Y también se debe, por otra parte, a que no es el viento el que está sumando y sumando incendios forestales. En varios casos, existen fuertes indicios, y también algunas evidencias, de que los incendios fueron provocados intencionalmente.

El jueves pasado, el periodista Carlos Salazar, del diario digital La Nación, publicó una excelente comparación entre esta trágica oleada de incendios en Chile, y la aún más trágica oleada de incendios que en 2009 afectó el sur de Australia, destruyendo más de un millón de hectáreas y dejando un saldo de 172 muertos y 500 heridos graves.

En Australia, la nación entera se movilizó para conjurar futuros incendios trágicos. El gobierno proporcionó fondos para que las universidades y las organizaciones ciudadanas desarrollaran programas de prevención y combate contra el fuego, complementando la acción de bomberos, la defensa civil y los brigadistas, y, sobre todo, estableció normas rigurosas de prevención y de castigo no sólo a los posibles incendiarios, sino también a las empresas que por descuido crearan situaciones de riesgo.

Eso lo conoció muy bien el gobierno de Chile. Y, sin embargo, llegado el momento trágico, nuestro país estaba todavía en situación de indigencia para enfrentarlo. Y no sabemos si nuestros políticos y gobernantes entenderán ahora que es preciso sacudir las telarañas del cerebro y concebir al fin una auténtica política de protección del medio ambiente de nuestro país.

Y en ello se implica también el conocimiento de que, en todos los peores incendios forestales de todo el mundo, ha habido seres humanos detonando las causas, y en escasísimas ocasiones los investigadores han logrado reunir pruebas suficientes para capturar y condenar a los sospechosos detenidos.

En Indonesia, por ejemplo, los enormes incendios de las selvas de Borneo destruyeron casi 3 millones de hectáreas de selva natural, aniquilando una multitud incalculable de seres vivos silvestres. Y, según estudios de las universidades de Harvard y Columbia, esos incendios provocaron, directa e indirectamente, alrededor de cien mil muertes de seres humanos.

El origen de esos incendios fue indiscutiblemente intencional y apuntaba a despejar terrenos para plantar allí palmas aceiteras de uso comercial.

Por supuesto jamás fue posible identificar a los incendiarios y someterlos a juicio.

 

En casi todo el mundo están dadas las condiciones para el estallido de incendios crueles y desastrosos. En Chile, este verano expresó las previsiones de los hombres de ciencia sobre el cambio climático. Un aumento de dos o más grados sobre la temperatura considerada normal, lo suficiente para resecar rápidamente los pastizales y arbustos del sotobosque, haciéndolo inflamable como yesca.

Pero lo decisivo, lo que de hecho provocó el fuego, fue la intervención humana directa. Desde compañías eléctricas que no cumplieron las normas de seguridad y mantención, y al parecer provocaron chisporroteos incendiarios, hasta personajes anónimos, cuyos rostros hemos visto en algunos casos.

Rostros que no dicen nada. En Tennessee, Estados Unidos, atraparon a dos adolescentes, de menos de 15 años, que confesaron haber provocado un incendio forestal que cobró 16 vidas humanas y destruyó valiosas propiedades. En California, un mocosito de 11 años confesó haber causado el gran incendio de California de 2007, que causó la muerte de 14 personas

Y acá, según testimonios presenciales, varias personas, a menudo jóvenes movilizados en motocicletas, fueron descubiertos cuando intentaban iniciar fuegos y lograron huir sin ser identificados.

 

En realidad, el caso de los incendiarios malintencionados aparece como uno entre muchos síntomas de que existe un número ya muy grande de personas que, sin saber por qué claramente, sienten la tentación, el impulso de realizar acciones destructivas en contra del medio ambiente en que viven. Tanto el medio ambiente natural, como el social.

El número de esa gente con compulsiones destructivas parece estar aumentando en forma más o menos coincidente con otras expresiones de repulsa contra las normas y las prácticas que están prevaleciendo en la sociedad actual, en todo el ámbito geográfico que habitamos.

Podríamos decir que día a día aumenta el número de personas enojadas. Cargadas de violencia latente y deseos destructivos. Y eso no tiene nada que ver con ideologías o con clases sociales. En las redes sociales encontramos gente de derecha lanzando furibundos ataques, en lenguaje extremadamente grosero, a menudo rayanos en la psicosis, contra lo que ellos llaman los “comunistas”. Y, a la vez, otros, caracterizados como de izquierda, se exhiben en términos similares en contra de los que llaman “fascistas”.

Resulta patéticamente claro que un sector gigantesco de la gente está tan desinformada, tan manipulada por la carga publicitaria que desfigura las noticias, que ya parecen renunciar a entender los procesos mundiales que están provocando el derrumbe del medio ambiente natural, y el de la estructura valórica, política y cultural, en que vivimos. Es una situación similar a la del perro apaleado que por último muerde el palo que lo golpea… ¡y no la mano que maneja el palo!

 

Como hemos analizado anteriormente, está surgiendo de la bruma noticiosa el perfil duro de un cambio revolucionario que implica necesariamente el colapso de la mayor parte de los modelos y referentes que hoy nos parecen inherentes, connaturales con la tan civilizada y próspera realidad de nuestros días.

Mire Ud. los hechos netos de esta semana. El miércoles, en California, se recolectaron ya los miles firmas básicas para solicitar la realización de un plebiscito proponiendo que el estado de California se retire de la Unión. Se secesione de los Estados Unidos, convirtiéndose en un país independiente.

Está claro que esa iniciativa no pasará de ser otra alharaca de las que se están realizando en contra del presidente Donald Trump, pero en todo caso marca el tono de odio y el deseo de destruir.

Simultáneamente, en Londres, el miembro del parlamento Daniel Kawczynski, del partido Conservador, de gobierno, declaró que ya la Unión Europea es un proyecto fracasado cuya desintegración se producirá a muy corto plazo.

Y también en Londres, el Ministro de Relaciones Exteriores, Boris Johnson, declaró que Gran Bretaña considera no seguir oponiéndose a que el actual presidente sirio, Bachar al-Assad, pueda presentarse como candidato a una nueva elección presidencial.

Admitiendo que esta nueva posición implica un cambio radical de la política británica hacia Siria, cambio similar al de la nueva administración de Estados Unidos, el ministro británico de Exteriores subrayó la necesidad de abordar el tema de Siria con una visión fresca, renovada.

En Alemania, la primera ministro Angela Merkel designó a su ex titular de hacienda, Sigmar Gabriel, como nuevo ministro de Relaciones Exteriores. Y este Sigmar Gabriel es conocido como un defensor del sindicalismo y opuesto a las presiones de Washington en contra de Rusia. Es decir, su designación muestra que el gobierno alemán ya aceptó dar un fuerte viraje a la política anti rusa del régimen de Obama, aceptando el nuevo rumbo que está imponiendo el presidente Trump.

Por su parte, Turquía, enemistada amargamente con el gobierno de la Unión Europea, ahora ha aparecido en excelentes términos con Gran Bretaña y, todavía informalmente, expresa intenciones de restaurar sus buenas relaciones con Estados Unidos, al que Turquía acusa de haber fraguado, durante el gobierno de Barack Obama, el intento de golpe de estado de 2016.

Y ayer sábado, para sorpresa de la prensa occidental, se estableció, fíjese Ud., el primer diálogo personal entre Donald Trump y el presidente de Rusia Vladimir Putin. Durante una hora ambos mandatarios estuvieron conversando por teléfono, en tono cordial, estableciendo las bases para dar comienzo a una gradual normalización de las relaciones entre ambas potencias. Por cierto, el contenido de esa conversación por ahora se mantiene en secreto, pero se dio a conocer que ambos jefes de estado acordaron establecer un contacto permanente de conversación y de consultas mutuas.

 

Así, pues, parecen estar cumpliéndose las estimaciones sobre una nueva política internacional en que, bajo la conducción de Donald Trump, Estados Unidos estaría abandonando su antigua estrategia de dominio imperial.

Sin embargo, los objetivos comprometidos por Trump, aunque fuesen completamente sinceros, difícilmente podrán ser alcanzados a través del actual sistema político y económico imperante. Ni siquiera el haber obtenido los republicanos mayoría en ambas cámaras del congreso asegura que Trump reciba el apoyo de su propio partido en muchos de los proyectos de gobierno que él ya formuló.

Ayer, la prestigiosa publicación Zero Hedge, de Estados Unidos, especializada en estrategia, publicó un impactante análisis sobre el enfrentamiento entre la nueva política de Donald Trump y la existente y férrea estructura oligárquica de la élite de los privilegiados que controlan la política, la prensa, la banca, las grandes sociedades anónimas y todo el aparato administrativo del gobierno.

Confirmando mi análisis del domingo pasado, la publicación de Zero Hedge reitera que la vida del presidente está realmente en peligro, y que su programa de reformas sólo podrá realizarse en la medida en que el propio pueblo de los Estados Unidos se movilice en forma disciplinada y lúcida, para recuperar el poder que le ha sido usurpado.

Según ese análisis, la oligarquía internacional intenta consolidar bajo su control la hegemonía de Estados Unidos sobre la globalización planetaria. Y para ello está aplicando ya, desde hace varias décadas, la teoría estratégica del célebre teórico militar chino Sun Tzu, en su libro El Arte de la Guerra, bajo el concepto de la llamada “Estrategia de la Cuarta Generación”.

Y, oiga, en esencia, esa Estrategia consiste en dominar militarmente a los adversarios sin combatir contra ellos, sino induciéndolos a que se declaren la guerra unos a otros, hacer que se impregnen de desconfianzas recíprocas, que se sientan amenazados por el terror, y sus líderes se sientan impelidos de buscar el apoyo precisamente de la gran potencia que está aplicando la Estrategia de la Cuarta Generación.

 

En la perspectiva de ese análisis de Zero Hedge, toda la política exterior de Estados Unidos, desde el gobierno de Ronald Reagan, iniciado en 1981, hasta el gobierno de Barack Obama, concluido el 20 de enero de 2017, ha sido planificada por decisivos cónclaves de cerebros, cónclaves secretos, pero que se dejan entrever a través de organizaciones como la RAND, de análisis de asuntos militares.

Efectivamente, los hechos que han jalonado la política mundial en los últimos 35 años, uno tras otro, revelan que Estados Unidos ha planificado y aplicado la estrategia de la Cuarta Generación sobre toda la extensión del planeta.

Ante esa formidable concentración de la mayor parte de todas las riquezas del mundo, de los ejecutivos y directivos de las grandes transnacionales, incluyendo ahora las transnacionales de fuerzas armadas privatizadas, y de servicios de espionaje y control policial también privatizados… Ante todo eso, cualquier presidente quedará finalmente neutralizado, impotente… a excepción…

A excepción de que detrás de ese presidente se levante una poderosa mayoría nacional en términos de pueblo movilizado. Exactamente como ocurrió en Rusia, tras el derrumbe de la Unión Soviética, la rapiña y el desmembramiento de las riquezas de Rusia, y la agresión implacable de los fundamentalistas islámicos wahabitas, en una campaña sin comparación de terrorismo y entre los cuales se contaba el propio Osama Bin Laden.

Ya en 1999, Rusia parecía aniquilada. Los wahabitas se habían apoderado de Chechenia, y se estaban extendiendo hacia Ingusetia, desconociendo los plebiscitos por los cuales los habitantes, la ciudadanía de esas regiones, habían aprobado su integración a Rusia. Y el Estado ruso, por su parte, no tenía ni siquiera dinero para pagar a sus empleados.

Pero fue entonces que el débil, el vencido presidente Boris Yeltzin, llamó al joven abogado Vladimir Putin a integrarse en el gobierno. Putin logró movilizar a su pueblo. Logró el apoyo del 82% de la ciudadanía, incluso en los peores momentos en que Barack Obama intentaba aislar y arruinar económicamente a Rusia.

Y fue así que la nación rusa, movilizada en apoyo a su líder, no sólo resistió las agresiones, sino que resurgió recuperando por completo su categoría de gran potencia mundial.

El pueblo ruso pudo hacerlo. ¿Podrá hacerlo el pueblo de los Estados Unidos?

 

El análisis de la publicación Zero Hedge concluye apuntando hacia los pasos básicos que debiera dar un pueblo para lograr movilizarse sobreponiéndose a las oligarquías y el aparato de control.

Por cierto, aquellos pasos que propone son un primer acercamiento básico, una pre-estrategia de movilización nacional popular. Pero realmente se trata de un punteo brillantemente racional y creativo.

En estos momentos estoy comenzando a traducir ese documento, pues deseo hacerlo llegar cuanto antes a nuestros amigos auditores que lo desean. Sobre todo, es interesante e inteligente su acercamiento al tema del flujo de información, el flujo noticioso confiable, sano y veraz, capaz de contrapesar la acción de la gran prensa mercenaria.

Está claro que comenzó el desenlace de una dolorosa intriga. Los tiempos que vienen serán difíciles. Y ciertamente nuestros anhelos están en juego y podemos ser derrotados.

Pero no seamos como el perro apaleado que muerde el palo y no la mano que lo apalea.

Hasta la próxima, amigos. Cuídense. Es necesario. ¡Hay peligro!

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