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El Negro Montoya: Naturista y Anarcosindicalista de la provincia de Arauco

08 Marzo 2017

Mingako Pajarrako / Revista MIngako

Hace un tiempo me pillé con una grata sorpresa. Encontré una pequeña biografía de un sujeto muy particular. El titulo era muy sugerente y llamativo para este momento de mi vida en donde intento integrar las ideas antiautoritarias con las relacionadas con la defensa de la tierra. Se llamaba “Juan Segundo Montoya. La consecuencia de un anarcosindicalista y naturista libertario en Chile” de la Editorial USACH. Lo leí con mucho gusto durante el verano, en mis ratos libres en que visitaba un bosque cercano a mi hogar. Conocer aquel personaje me hizo feliz. Cuando terminé el libro me pareció urgente ayudar a difundir sus ideas y su vida, un legado invaluable de un compañero que se mantuvo consecuente y en la lucha hasta su muerte a los 89 años.

Sus primeros días en la Provincia de Arauco

Nació en 1899 en el poblado minero de Plegarias, en las cercanías de Curanilahue, zona caracterizada por la producción minera. Su padre trabajaba en una mina como “Mayordomo”, lo cual le daba un estatus un poco superior que el resto del proletariado minero. Estos privilegios le permitieron al negrito ir 5 años a la escuela, en donde aprendió a leer y escribir, sin embargo tuvo que dejarla, seguramente por motivos económicos. Montoya recordaría más tarde que era de los pocos niños de su población que tenía zapatos. Pese a sus pequeños privilegios, Montoya era el hijo de un explotado más en la mina de los Cousiño, acaudalada familia burguesa de Lota. Junto con sus 11 hermanos le tocó vivir en carne propia la explotación y la sociedad altamente dividida en clases sociales que se observa en los poblados mineros. Sin embargo, el trabajo en las minas no era para él, y prontamente emigró.

Su llegada a la gran ciudad

Aproximadamente a los 20 años llegó a la gran ciudad más cercana a su pequeño poblado minero: Concepción. Aquí realizó el servicio militar obligatorio. Luego de esta terrible experiencia, cuando ya tenía 24 años, se encontraba militando en la IWW, la central anarcosindicalista más grande de la época. En 1926 participaría en las protestas por la liberación de los anarquistas Sacco y Vanzetti. En estos mismos años conoció las ideas naturistas y las difundió por el movimiento obrero profesando una “revolución integral”. En 1928 fue cofundador de la Sociedad Naturista de Concepción. En aquella década, época dorada del anarquismo criollo, participó activamente del movimiento obrero. Por esta razón, para la llegada de la dictadura de Ibáñez, sería deportado a la “Isla de más Afuera” en el archipiélago de Juan Fernández, en donde conocería a otros prisioneros políticos de tendencia anarquista, socialista y comunista. Después de ser liberado emigró al sur, escapando de la represión y la prisión política.

Sus años en el Sur

La década del 30 la vivió en Osorno, en donde siguió con sus labores sindicales y de propaganda. Fundó la sección local de la CGT, que en esa época había desplazado a la IWW como la principal organización anarcosindicalista del país. También fundó la publicación “Vida Nueva”, en donde propagaría sus ideas y prácticas ligadas a la acción directa, las ideas antiautoritarias y el naturismo. Por aquellos años, y tras estallar la revolución española, el negro Montoya organizó actividades en apoyo y de difusión, posteriormente trabaría amistad con exiliados anarquistas provenientes de la península ibérica. En una masiva marcha del movimiento sindical en Osorno, fallecería su compañero Osvaldo Solís Soto, en manos de la policía. En aquella época Montoya viviría en carne propia los abusos de los latifundistas y colonos europeos que en el sur de Chile hacían de las suyas. El movimiento nazi lo hostigó, no sin llevarse algunas tundas, como en 1935, cuando 40 nazis irrumpieron en una asamblea de la CGT, sin embargo terminaron en el hospital por la paliza que le propinaron los anarquistas. A pesar de esto, las amenazas y el hostigamiento de los nazis se mantuvo, lo cual provocó que nuevamente el Negro Montoya tuviera que emigrar, esta vez a la 7ma región.

Sus últimos años en el Maule

Llegó a vivir a Talca, capital de la 7ma región, en 1942. Se quedó aquí hasta su muerte en 1989. En esta ciudad prosiguió sus labores sindicales y propagandistas. También le tocó vivir su segunda dictadura. Llegada la dictadura de Pinochet, el negro ya tenía 74 años. En aquellos oscuros años el viejo se dedicó a difundir el naturismo a través de un boletín llamado “la voz del Naturismo” y diferentes conferencias y libros. Signo de su buena salud a los 85 años publicó el libro titulado “Alimentación Naturista Racional y Compatible”. A sus 86 años se vio complicado durante 3 meses por una picadura de araña, sin embargo se negó a visitar el hospital de Talca, “la cárcel de los enfermos” como le gustaba llamarla. ¡Sin duda un viejo consecuente! Como si no estuviera preparado para los mediocres tiempos que se avecinaban, perdió la vida en 1988, ad portas de la restitución de la tan manoseada Democracia.

El negro Montoya: consecuencia y perseverancia

Saber de la existencia de personajes como Juan Segundo Montoya nos sirve para inspirarnos y seguir adelante. Ya sea como zapatero, periodista autodidacta, imprentero, iriólogo o agricultor, siempre vivió con la necesidad de difundir las ideas y prácticas naturistas y anarquistas. Sin querer idealizarlo, lo recordamos con cariño, como un compañero más, uno que sin duda nos dejó varias enseñanzas para discutir, reflexionar y por sobre todo ACTUAR!

Bibliografía:

Eduardo Godoy Sepúlveda, Juan Segundo Montoya. La consecuencia de un anarcosindicalista y naturista libertario en Chile, Santiago, Editorial USACH, 2014.

Bibliografía Complementaria:

Eduardo Godoy Sepúlveda, “La Vida por la Libertad. El asesinato de Osvaldo Solís Soto y el auge del anarcosindicalismo en Osorno (1929-1932)”, en Espacio Regional, Vol. 2, n°9, Universidad de Los Lagos-PEDCH, Osorno, julio-diciembre 2012, Pp. 49-71.

Víctor Muñoz Cortés, El anarquismo y los orígenes del movimiento sindical campesino en Osorno (1930-1940), en Fronteras, Vol. I, N°2, Diciembre 2014, Pp. 111-143.

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