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A 70 años de “Piel negra, máscaras blancas” de Frantz Fanon: la cosificación genitalizada de afrodescendientes y un alegato contra “la paja” intelectualizada

La cosificación genitalizada de la población afrodescendiente, la influencia de los conceptos metafóricos que asocian el mal o la suciedad al negro y también el planteamiento político de Frantz Fanon y sus discusiones con sus contemporáneos, lo abordaremos en esta segunda y última entrega del trabajo dedicado al libro Piel negra, máscaras blancas, cuando se cumplen setenta años de su publicación.

Aniceto Hevia

Al final del libro, el autor insiste en que "la objetividad científica le estaba vedada" para describir las repercusiones del menoscabo propio de la racialización establecida por los agentes de la colonización europea. El alienado, el neurótico podía ser "mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana", quienes sufrirían negándose a sí, intentando blanquearse, buscando alcanzar los cánones impuestos en la cultura colonial. Como lo señalamos en la primera entrega, Fanon describe manifestaciones de este menoscabo relacionadas con la imposición idiomática, la estigmatización a través de la atribución y negación de cualidades, además de algunos mecanismos de defensa construidos en este contexto.

Cosificación genitalizada y "embadurnarse de negro"

Ahora bien, como adelantamos, el psiquiatra abre el debate respecto a otra fuente de degradación de la población afrodescendiente marcada por su cosificación genitalizada. En el momento en que redacta el texto --principios de la década de 1950-- están frescos los efectos del antisemitismo y, en este escenario, problematiza que «cuando se trata del judío el problema está claro: hay desconfianza porque quiere poseer las riquezas o instalarse en puestos de dominio y mando. Por su parte, el negro está fijado en lo genital. Dos ámbitos: el intelectual y el sexual». Y, luego consulta, ¿porqué a ningún antisemita se le ocurrió castrar judíos? A ellos se les mata o esteriliza, en cambio «al negro se le castra. El pene, símbolo de virilidad es aniquilado». Sobre ello, Fanon recuerda que muchos hombres afrodescendientes sufrieron este castigo luego de ser acusados de tener relaciones sexuales con mujeres europeas y sigue interrogando respecto del origen de esta relación que, desde su perspectiva, evoca un miedo. Desde su ejercicio psiquiátrico recoge situaciones recurrentes en la vida social martiniquesa, como el rechazo de cualquier hombre europeo a tener como yerno a un afrodescendiente, ante lo cual señala tentativamente: «Toda adquisición intelectual reclama una pérdida del potencial sexual. El blanco civilizado conserva la nostalgia irracional de épocas extraordinarias de licencia sexual, de escenas orgiásticas, de violaciones no castigadas, de incestos no reprimidos. Esos fantasmas, en un sentido, responden al instinto de vida de Freud. Proyectando esas intenciones en el negro, el blanco se comporta «como si» el negro los tuviera realmente».

Por otra parte, quien también fuera exsoldado de las Fuerzas de Liberación para combatir contra el ejército nazi, distingue una ocasional identificación de la población blanca con la comunidad afrodescendiente. Este fenómeno, preliminarmente, lo explica por un posible complejo culposo, ocasionado en la sistemática agresión sufrida por esta última, sancionada precisamente por la cultura democrática liberal. Un comportamiento masoquista, posiblemente mediado también por el miedo a reconocer que de estar "en el lugar del negro", no tendría ninguna piedad con quienes le agreden. Estas tendencias son las que, en su época, se expresan en «orquestas hot de blancos, cantantes de blues [blancos], espirituales escritores blancos produciendo novelas en las que el héroe negro formula sus dolencias, blancos embadurnándose de negro», dirá con ironía.

Conceptos metafóricos y mentiras instituidas

Frantz Fanon también releva lo determinante de las metáforas conceptuales a través de las cuales se adjetiva e interpreta a la población afrodescendiente, en coherencia con el legado cristiano y eurocéntrico. «La justicia blanca, la verdad blanca, la virgen blanca», en tanto se representa al mal, la suciedad o lo indeseable como lo negro. «El inconsciente colectivo no es, sin embargo, una herencia cerebral: es la consecuencia de lo que llamaré la imposición cultural [...] Es que el antillano tiene el mismo inconsciente colectivo que el europeo». Y, en este contexto, resulta esperable que la población antillana sea también «negrófoba», según explica, pues «hace suyos todos los arquetipos del europeo. El ánima del negro antillano es casi siempre una blanca».

«Soy un negro pero, naturalmente, no lo sé, puesto que lo soy. En casa mi madre me canta, en francés, romanzas francesas que nunca tratan de negros. Cuando desobedezco, cuando hago demasiado ruido, me dicen que "no haga el negro"», relata el autor para plasmar cómo se expresa esta contradicción en la población afrodescendiente de Martinica, que como ha dicho, también es representativa de lo ocurrido en el resto de las Antillas.

Junto a ello, el posicionamiento de mentiras en los relatos populares también constituye una fuente apreciaciones que la propia población afrodescendiente tiene de sí misma. «Hace poco leía en un periódico para niños esta frase, que ilustraba una imagen en la que un joven scout negro presentaba una aldea negra a tres o cuatro scouts blancos: "Y esta es la caldera en la que mis ancestros cocían a los vuestros"», recuerda Fanon para plasmar cómo una de estas ha permeado en el sentido común, agregando con sarcasmo, «con todo rigor, por otra parte, creo que el autor, sin saberlo, ha prestado un servicio a los negros. Porque el joven blanco que lo lea no se imaginará al negro comiéndose al blanco, sino habiéndoselo comido. Incontestablemente, hay un progreso».

Presente y política

Al final de Piel negra, máscaras blancas, Frantz Fanon sigue polemizando con autores de su época, intentando poner por delante los problemas de su presente, de manera de superar la tendencia de buscar en la historia las supuestas pruebas para una validación de la población afrodescendiente y su reclamo por derechos.

«Estamos convencidos de que sería de gran interés entrar en contacto con una literatura o una arquitectura negras del siglo III antes de Jesucristo. Estaríamos muy contentos de saber que existe una correspondencia entre tal filósofo negro y Platón. Pero no vemos en absoluto en qué podría cambiar ese hecho la situación de los niños de ocho años que trabajan en las plantaciones de caña de Martinica o Guadalupe.

No hay que intentar fijar al hombre, pues su destino es estar suelto.

La densidad de la Historia no determina ninguno de mis actos.

Soy mi propio fundamento.

Al superar los datos históricos, instrumentales, introduzco el ciclo de mi libertad.

La desgracia del hombre de color es el haber sido esclavizado».

La conclusión de este texto se puede leer como un alegato contra la paja intelectualizada de su época, es decir, la tendencia a buscar referencias y razones secundarias y accesorias que justifiquen una política de liberación, desatendiendo las condiciones que en el presente se imponen ante los pueblos.

«No llevemos la ingenuidad hasta el extremo de creer que los llamamientos a la razón o al respeto del hombre puedan cambiar la realidad. Para el negro que trabaja en las plantaciones de caña de Robert [localidad de Martinica] no hay sino una solución: la lucha. Y emprenderá y continuará esta lucha, no tras un análisis marxista o idealista, sino porque, sencillamente, no podrá concebir su existencia si no es bajo la forma de un combate contra la explotación, la pobreza y el hambre».

Junto a estas definiciones, explicita los marcos de su ética que vuelven a lo delineado en el inicio del libro, insistiendo en la ausencia de determinantes sin contrapeso, replanteando un optimismo sensato que bien vale relevar a décadas de ser plasmado.

«Me descubro un día en el mundo y me reconozco un único derecho: el de exigir al otro un comportamiento humano. Un solo deber: el de no renegar de mi libertad a través de mis elecciones.

No quiero ser la víctima de la astucia de un mundo negro.

Mi vida no debe consagrarse a hacer el balance de los valores negros.

No hay mundo blanco, no hay ética blanca, ni tampoco inteligencia blanca.

Hay en una y otra parte del mundo hombres que buscan.

No soy prisionero de la Historia. No debo buscar allí el sentido de mi destino. Debo recordar en todo momento que el verdadero salto consiste en introducir la invención en la existencia. En el mundo al que me encamino, me creo interminablemente. Soy solidario del Ser en la medida en que lo supero.»

Imagen extraída de plutobooks.com

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A 70 años de “Piel negra, máscaras blancas” de Frantz Fanon: la cosificación genitalizada de afrodescendientes y un alegato contra “la paja” intelectualizada