La miniserie británica Adolescencia, recientemente estrenada en Netflix, ha sacudido a la audiencia con su retrato descarnado de la juventud contemporánea. Más allá de su innovador uso del plano secuencia y su impecable dirección, la serie impacta por su exploración de un fenómeno preocupante: la influencia de la cultura incel en adolescentes vulnerables.
La historia sigue a Jamie Miller, un chico de 13 años acusado de asesinar a una compañera de clase. A medida que avanza la trama, se hace evidente que Jamie no es solo un joven con problemas de integración social, sino que ha sido absorbido por comunidades en línea donde proliferan discursos de odio y misoginia. Es en estos espacios donde encuentra una identidad que, lejos de ayudarle, lo empuja hacia una espiral de resentimiento y violencia.
El término incel, acrónimo de involuntary celibate (célibe involuntario), se refiere a comunidades de hombres--en su mayoría jóvenes--que culpan a las mujeres de su falta de éxito amoroso y sexual. Lo que en un principio fue un foro de apoyo mutuo ha evolucionado en ciertos sectores hacia un movimiento cargado de odio, donde se glorifican la violencia y el victimismo.
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En Adolescencia, Jamie encarna el perfil de un adolescente que, sintiéndose excluido y sin referentes positivos, busca consuelo en estos espacios digitales. La serie no solo muestra cómo es seducido por estos discursos, sino también cómo su entorno --familia, profesores y amigos-- fracasa en detectar las señales de advertencia. Esta representación es crucial porque ilustra cómo estos grupos se alimentan de la inseguridad y el aislamiento de los jóvenes, ofreciendo una comunidad que, aunque tóxica, les da un sentido de pertenencia.
La influencia de la cultura incel no es un fenómeno aislado ni meramente ficticio. En los últimos años, hemos visto casos reales en los que jóvenes radicalizados a través de estos foros han cometido actos de violencia extrema. Figuras como Elliot Rodger, responsable de un tiroteo en 2014 en California, o Alek Minassian, quien llevó a cabo un atropello masivo en Toronto en 2018, han sido celebradas como «héroes» dentro de estos círculos.
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La serie plantea preguntas urgentes: ¿cómo prevenimos que adolescentes como Jamie caigan en estas redes? ¿Estamos educando a los jóvenes en una masculinidad sana, libre de resentimientos y odio? ¿O estamos dejando que internet sea el único espacio donde busquen respuestas a sus frustraciones?
Adolescencia no se queda en la superficie de la violencia juvenil; nos obliga a mirar de frente un problema que muchos prefieren ignorar. La serie es incómoda porque nos enfrenta a la realidad de que, en la era digital, el extremismo no solo se encuentra en las noticias, sino en las pantallas de nuestros propios hijos, hermanos o estudiantes.
Más que una simple miniserie, Adolescencia es una advertencia. Nos muestra lo que sucede cuando el abandono emocional y la falta de educación afectiva se combinan con la toxicidad de ciertos rincones de internet. Y nos recuerda que, si no tomamos acción, el próximo Jamie podría estar más cerca de lo que imaginamos.