[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"post:es-mentira-eso-del-amor-al-arte-hablemos-de-artistas-no-de-los-millonarios":3,"ProgressiveImage_vHv9yL49a3BLFxI0ZRPYWNaw5rCZoi9pLdUDwrJztec":39,"ProgressiveImage_hCZVKI7EXe6GgdV5dTFPQW7fUIbXhBsaW1Kw5iVg":49,"ProgressiveImage_cBdLz27shXyMueOC0ZMO4x6g1yrKRw6udkpoSJ0psQ":58,"ProgressiveImage_L0DdPQf30S0tpEQ5VJjEuZACxPBhr7qFwdRzapDkKZo":67,"ProgressiveImage_Dea2END9IvQ4R8CJXsTky0u9ocX3OE4X5whDUz8g":76,"ProgressiveImage_nDcSFfV9Nw898l9of3tDXG66kQmAFiHW271njwde3yY":85,"ProgressiveImage_iii4mWhdAl6Ef41SuO9xdg7bhvfu2KENJxAfvAvhE":94,"ProgressiveImage_09qxYU1kU618BJ6uu0yD3FINpjWIrwmbEKJcmgHdRA":103,"ProgressiveImage_jtTw7Ge2XnZ8j8ZgP4wJJ2ZoCyZMe9QehPJbfchv1sM":112,"ProgressiveImage_Sl8cfSflJyPEHCthHhsNQUU35UrEMZZP6BwlGbwFt8":121,"ProgressiveImage_coDnHDwFzIhMbfv8xUpxB2xbDMZjsSVJcFuZ8amxfQ":130,"ProgressiveImage_rldGgJrhRQ8LAUislG5GoUePlMnjTfZkdERuO0FA":139,"ProgressiveImage_JgauBajUoxhOA27IIMeQ2F5IsIPniYNBsSWEix3Myso":148},{"ID":4,"the_title":5,"the_time":6,"the_time_m":7,"the_slug":8,"thumbnail":9,"the_tags":10,"the_category":27,"the_permalink":8,"the_content":32,"prev_post":33,"next_post":36},171184,"Es mentira eso del amor al arte: hablemos de artistas, no de los millonarios…","2026-02-21T04:00:01.000Z","2026-02-21T02:06:07.000Z","es-mentira-eso-del-amor-al-arte-hablemos-de-artistas-no-de-los-millonarios","\u002Fwp-content\u002Fuploads\u002F2021\u002F04\u002Fvindicacon-de-la-primavera.jpg",[11,15,19,23],{"term_id":12,"name":13,"slug":14},9353,"Artes","artes",{"term_id":16,"name":17,"slug":18},10375,"política cultural","politica-cultural",{"term_id":20,"name":21,"slug":22},8871,"trabajo artístico","trabajo-artistico",{"term_id":24,"name":25,"slug":26},21266,"Verónica Aravena Vega","veronica-aravena-vega",[28],{"term_id":29,"name":30,"slug":31},19,"Opinión","opinion","\u003Cp>Hoy leí que Irlanda ha puesto en marcha un programa piloto para pagar 325 euros semanales a 2.000 artistas durante tres años, y que el plan busca institucionalizar ese ingreso mediante ley permanente. Al parecer, las evaluaciones iniciales —esas que no solemos ver en nuestros diarios— muestran algo que debería remover cualquier conciencia cultural: la renta básica redujo la privación material de las personas que la recibieron; aumentó las horas que dedicaron a su obra; mejoró su bienestar mental. En un país donde se midió, cuantificó y se decidió legislar para sostener la creación, no como gesto caritativo, sino como política pública.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cstrong>Por Verónica Aravena Vega*\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Pero incluso allí surgen críticas: algunos argumentan que el pago es insuficiente, que no resuelve la desigualdad estructural del circuito artístico, que no garantiza que todos los artistas puedan dedicarse a su trabajo sin seguir dependiendo de sus redes o de subsidios extra. La renta básica es un primer paso, un gesto, pero evidentemente no es la revolución. Y entonces me pregunto: ¿por qué aquí seguimos celebrando el hambre y la precariedad como si fueran virtudes? ¿Por qué aplaudimos el sacrificio creativo cuando la mayoría de quienes producen cultura no pueden pagar las cuentas?\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>No son preguntas retóricas de café. Son preguntas que deberían doler en la espalda de cualquiera que se asume progresista, amante de la cultura o —simplemente— humano.\u003Cbr \u002F>\nPorque mientras en Irlanda se atreven a decir que crear merece ser pagado, aquí seguimos reproduciendo la idea pérfida de que el arte florece con hambre. Que la precariedad es parte intrínseca del proceso creativo. Que si no has padecido, sufrido y sobrevivido a la miseria, no eres verdaderamente artista. Esa idea no solo es cruel: es de clase.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>En Chile, la situación es una fotografía brutal de desigualdad: el 68% de las personas que se dedican a expresiones culturales no logra cubrir sus necesidades básicas con sus ingresos artísticos. La mitad gana menos de 400.000 pesos al mes (más cerca de la pobreza que de la estabilidad), apenas un 4% cuenta con contrato indefinido, y más de la mitad debe sumar ingresos extra para poder comer y pagar arriendo. Esa no es bohemia, es malnutrición social disfrazada de musa.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>En España, la lógica es parecida: muchos artistas dependen de familiares con recursos o están atrapados en trabajos temporales mal pagados que no les dejan tiempo ni energía para crear. Según la Fundación AISGE, más del 70 % de los artistas ingresan menos de 12.000 € al año, y solo un 7% supera los 30.000 €, lo que deja a la mayoría por debajo de la línea de pobreza. La mitad gana menos de 3.000 € al año. Los músicos enfrentan cifras similares: tres de cada cuatro ganan menos de 30.000 € anuales y muchos ni siquiera alcanzan el salario mínimo, trabajando a golpe de contrato eventual o actuación ocasional. En Cataluña, un 40% de quienes trabajan en cultura debe combinar varios empleos solo para llegar a fin de mes. En buena parte de América Latina, la ausencia de redes de seguridad social, mercados culturales pequeños y economías inestables condena a la mayoría a una doble vida: sobrevivir trabajando fuera del arte y “crear” en los pocos minutos libres que quedan. En todos lados, el patrón es el mismo: mientras algunos pocos logran espacios visibles y mejores condiciones, la mayoría produce en la sombra, sin respaldo, sin reconocimiento, sin dignidad económica.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>El arte, en teoría, debería ser el campo donde se cuestionan las normas, donde se problematiza lo establecido, donde se amplían voces diversas. En la práctica, sin embargo, el circuito cultural reproduce las mismas jerarquías de clase que el resto del orden social. ¿Cómo no va a reproducirlas cuando los mecanismos de acceso —fondos concursables, residencias, becas, festivales— funcionan como filtros diseñados por quienes ya tienen capital social y económico? Si no puedes sostenerte, si no tienes un colchón para aguantar periodos sin ingreso, quedas fuera. Punto. Y así, inevitablemente, el arte deja de ser un espacio de disidencia para convertirse en un club exclusivo disfrazado de bohemia.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Quienes llegan a la primera línea del arte profesional lo hacen porque tienen respaldo, redes, recursos que les permiten sostener una carrera larga y exclusiva, mientras el resto lucha por mantenerse a flote. Por cierto, no todos tienen la misma trayectoria vital, claro, pero la regla se repite: si no tienes capital que te respalde, desapareces del circuito visible. Es una cuestión de clase, no de talento puro.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>En paralelo, la lógica del mercado cultural obliga a quienes no cuentan con esos recursos a exponerse constantemente, muchas veces en condiciones indignas: tocar gratis en bares, discotecas o festivales con la esperanza de que alguien los “descubra”, recibir pagos ridículos, o, en algunos casos, solo visibilidad, likes, seguidores en Instagram y unas copas al final de la noche. Esa “profesionalización” trucha convierte el arte en un ejercicio de sobrevivencia y espectáculo, donde el talento se ve limitado por la capacidad económica. La fantasía del éxito viral tipo YouTube —ese caso único que todos citan— es solo eso: una excepción que no puede generalizarse. Para que cualquiera pueda dedicarse de verdad a crear, deben existir condiciones estructurales que sostengan a los artistas, y no todos nacen con las mismas oportunidades.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Y claro, parece que esos filtros nunca funcionan solos. A menudo, son los propios artistas consolidados los que terminan precarizando a otros, ofreciendo exposición a cambio de pagos indignos, naturalizando la precariedad como parte del oficio y reproduciendo la lógica que los excluyó cuando estaban en la periferia del circuito. Es una paradoja trágica: quienes consiguieron estabilidad dentro del sistema terminan sosteniendo —y legitimando— la precariedad como norma. Se convierten en engranajes de una máquina que chupa la energía de quienes tienen menos recursos para mantener a flote a los privilegiados.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Pero esto no es accidente ni casualidad. Es la expresión de un problema estructural: el arte no existe en un vacío económico. No se sostiene por amor al arte. Se sostiene por dinero. Y cuando no hay dinero, lo que se desarrolla es un ecosistema voraz donde la supervivencia personal se antepone al desarrollo colectivo de la cultura. Es una tragedia disimulada con poesía barata y narrativa heroica sobre el sacrificio.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>La pregunta que debería doler es esta: ¿por qué en Chile, España o Latinoamérica no tenemos una política cultural que entienda la creación como una actividad económica digna? ¿Por qué no medimos la creatividad como se mide la producción científica o la producción de tecnología, con datos, evaluaciones y políticas públicas que garanticen condiciones mínimas de vida para quienes crean? Irlanda lo hizo. No de manera perfecta, claro, pero lo hizo. Legisló para respaldar un ingreso mínimo para artistas y lo evaluó con rigor. Vio resultados positivos: disminución de presión económica, aumento de horas de trabajo creativo, mejores condiciones de salud mental. Y aun así, incluso allí, surgen críticas: el pago es insuficiente para garantizar un cambio estructural, no asegura que los más vulnerables accedan al circuito, y no reemplaza la necesidad de redes, capital y oportunidades de carrera. La renta básica sola no transforma la jerarquía ni el acceso a la cultura.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>¿Por qué? Porque aquí seguimos pensando que el mercado resolverá todo. Que si eres bueno, alguien te “descubrirá”. Que el talento florecerá por sí mismo. Que la precariedad es una especie de filtro natural que “purifica” el arte. Esa es la narrativa que tranquiliza a quienes no tienen que preocuparse por pagar arriendo. Esa es la lógica que convierte al arte en una mercancía elitista, accesible solo para quienes pueden permitírselo.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Mirar a Irlanda y pensar “qué bien por ellos, pero aquí no funciona” es solamente una forma sofisticada de eludir el problema. Es sostener un sistema que sigue reproduciendo desigualdades de clase. Porque la verdad es que el acceso a la cultura depende de la posición social. No se trata de si eres talentoso o no; se trata de si tienes capital —económico, social, familiar— que te permita sostenerte mientras creas. Si no lo tienes, desapareces.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Y lo que es peor: la precariedad no solo afecta a quienes la sufren individualmente —la destruye— sino que condiciona la propia producción cultural. Cuando quienes crean no tienen tiempo, energía ni estabilidad para arriesgar, experimentar o equivocarse, lo que termina produciéndose es arte que se conforma con lo seguro, lo avalado, lo que ya existe. El miedo a morir de hambre reconfigura la creación: la hace conservadora, calculada y dependiente de los circuitos de legitimación existentes. Eso no es revolución cultural, es domesticación.\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>La cultura, entonces, se transforma en un espejo distorsionado de la sociedad: reproduce sus desigualdades, sus jerarquías, sus privilegios. ¿Queremos realmente un ecosistema así? ¿Queremos que la cultura sea esa sección bonita en un catálogo turístico, un branding estatal o un instrumento de marketing urbano? ¿O queremos una cultura viva, conflictiva, diversa y de verdad accesible?\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Hasta que no cambiemos el sistema, seguiremos con este viejo ciclo cruel: quienes no pueden sostenerse económicamente desaparecen; quienes logran sobrevivir lo hacen porque ya tienen privilegios; y la cultura visible se vuelve homogénea, repetitiva, controlada por pocos\u003Ca href=\"https:\u002F\u002Fresumen.cl\u002F\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">.\u003C\u002Fa>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Por eso, por amor al arte y a quienes lo hacen posible, tal vez deberíamos dejar de romantizar la pobreza y empezar a hablar de dignidad. Tal vez deberíamos medir la creatividad como se mide cualquier otra forma de producción. Tal vez deberíamos entender que sin condiciones materiales dignas, no hay revolución cultural posible. Tal vez deberíamos preguntarnos: ¿por qué en Irlanda se puede legislar para sostener la creación y aquí no?\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>Y si todavía alguien piensa que eso es imposible, entonces hagamos la pregunta más sencilla de todas: ¿qué estamos esperando?\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cstrong>*Doctora en Estudios de Género y Política\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cstrong>Fotografía: Vindicación de la Primavera, de Patricio Bunster. \u003Ca href=\"https:\u002F\u002Fwww.instagram.com\u002Fciadanzaespiral\u002F?hl=es\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">Compañía de Danza Espiral\u003C\u002Fa>. \u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fp>\n",{"post_name":34,"post_title":35},"corte-suprema-confirma-condena-de-ex-oficial-de-ejercito-por-crimen-de-ciudadana-uruguaya-en-arica-en-1973","Corte Suprema confirma condena de ex oficial de Ejército por crimen de ciudadana uruguaya en Arica en 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