De los objetivos, de la capacidad y las causas de la Guerra en Ucrania

Como reza un lugar común en los discursos historiográficos: "los rusos pueden perdonarle todo a sus gobernantes, excepto una derrota militar".

Por Antonio Airapétov

Desde el comienzo de la invasión rusa estamos sumidos en un debate que con frecuencia confunde los objetivos declarados de los contendientes, su capacidad militar – como si poder y hacer algo fueran lo mismo- y las causas profundas del conflicto armado. Aquí intentaremos separar estas dimensiones.

 

De los objetivos

Desde el comienzo de la invasión rusa de 2022 hubo una diferencia importante entre Moscú y Kiev. Una de las fortalezas de Kiev, la cual le permitió detener al agresor, fue precisamente la claridad de principios y objetivos. Frente al errático rumbo de los líderes moscovitas, Zelénsky proclamó la resistencia "hasta restaurar las fronteras de 1991". Lo que implicaba la recuperación de Crimea, objetivo desde el principio muy poco realista, teniendo en cuenta tanto su condición geográfica de península como la mayoritaria voluntad de su población por permanecer vinculada a la Federación Rusa.

La firmeza de Zelénsky le permitió formar una base social leal y le granjearon un aura de honradez y heroicidad, especialmente por el contraste con el inquilino del Kremlin que daba la impresión de no entender ni él mismo en qué se había metido. Las sucesivas justificaciones improvisadas para la guerra parecían cada cual menos creíbles. Al día de hoy, no ha logrado ninguno de sus objetivos: ni un cambio de régimen en Kíev, ni la "desmilitarización", ni la "desnazificación" de Ucrania están sobre la mesa. Se ha aliviado la presión militar ucraniana sobre las capitales del Donbás (independientes "de facto" de Ucrania desde 2014), pero no se ha logrado conquistar una sola capital regional. Tres años de una guerra de posiciones, al estilo de la I Guerra Mundial, sólo han dado al Kremlin un resultado tangible: el corredor de Crimea.

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Pero precisamente la que fue la fortaleza de Zelénsky en 2022 se convirtió con el tiempo en su debilidad. Cualquier concesión habría supuesto una fisura en la imagen que se había creado y habría corroído su base social, lo que ha limitado durante mucho tiempo su margen en las negociaciones. Viceversa, la ambigüedad del Kremlin le ha permitido ir construyendo sobre la marcha un relato que le presenta como vencedor pese a la práctica ausencia de logros y el elevado costo de la guerra. Ahora el debate sobre los objetivos se limita al reconocimiento de las conquistas territoriales consumadas y la membresía de Ucrania en la OTAN. Poco importa que formen parte de la OTAN estados que Moscú presenta como aliados (Turquía o Hungría) o que existan otros que, sin ser de la OTAN, constituyen un peligro mayúsculo para sus vecinos (Israel). De hecho, uno de los peores escenarios imaginables es el de una Ucrania acorralada y rechazada por la OTAN que toma la vía israelí y se convierte en un estado fuertemente militarizado, en permanente conflicto, y eventualmente en proceso de desarrollar un arsenal nuclear propio.

 

De la capacidad

"Rusia tiene un ejército importante. Obviamente, un grupo de rebeldes no podrá competir con el armamento del segundo ejército más poderoso del mundo."

Barack Obama pronunciaba esta frase en 2016 en referencia a los rebeldes sirios. Eran otros tiempos: el ejército ruso había regresado con éxito a la escena internacional en Osetia del Sur en 2008 y estaba reafirmándose en Siria. El "segundo ejército del mundo" se convirtió en un cliché repetido hasta la saciedad por la propaganda rusa, pero, a partir de la invasión de Ucrania, se quedó en un meme. Hoy, la mayoría de los análisis, más allá de las histerias militaristas, coinciden en que, a corto plazo, Rusia no tiene ninguna posibilidad frente a los ejércitos europeos.

Tras medio millón de bajas y una economía recalentada, el Kremlin está deseando finalizar la guerra, pero sólo puede terminarla en unos términos que pueda vender como una victoria a sus súbditos. La propia supervivencia del régimen le va en ello. Como reza un lugar común en los discursos historiográficos: "los rusos pueden perdonarle todo a sus gobernantes, excepto una derrota militar".

La llegada de Trump confiere a Moscú una oportunidad para lograr ese necesario respiro. De producirse finalmente, la tregua traerá nuevas contradicciones a Rusia, cuya economía ha estado funcionando durante estos últimos tres años en régimen de lo que se ha dado en llamar "keynesianismo militar": gasto público orientado a la guerra y a la industria militar. Como señala desde la cárcel el sociólogo Borís Kagarlítsky, hoy encarcelado por el régimen, "la transición a una economía de paz requerirá una redistribución de recursos a gran escala, así como un cambio en las prioridades y los enfoques, lo que a su vez será imposible sin un cambio radical en los procesos de toma de decisiones. Es decir, sin cambios políticos."

Es una gran incógnita si el régimen será capaz de gestionar con éxito esos cambios políticos a los que hace referencia Kagarlítsky. Sin embargo, también contará con algunos factores a su favor. El debilitamiento de las represalias impuestas por Occidente será un balón de oxígeno para la economía rusa. Al mismo tiempo, la permanencia de un conflicto latente con Ucrania y el ya anunciado rearme europeo le permitirá mantener la retórica de "fortaleza asediada". Lo que a su vez justificará la continuidad del gasto militar en niveles muy elevados y el mantenimiento de políticas represivas en pos de mantener bajo control la situación social interna.

 

De las causas

Estamos, por tanto, en un contexto que nos aboca a una carrera armamentística en el continente europeo ¿Puede esa carrera desembocar en un conflicto entre Rusia y Occidente?

No es impensable que a medio plazo las fuerzas armadas rusas acumulen capacidad suficiente para enfrentarse en una guerra convencional con países europeos -no entraremos en el tema de una conflagración nuclear que nos sitúa en un escenario completamente distinto. Pero el hecho de tener la capacidad no causa por sí mismo una guerra. Para saber si se puede repetir un ataque como el sufrido por Ucrania es necesario entender bien las causas (no los objetivos declarados) que nos han conducido a la invasión. De poco sirve a estos efectos los análisis psicologistas: las ansias irracionales o el desequilibrio mental que la propaganda occidental atribuye al presidente ruso. Hay, por el contrario, un camino previo que no se puede ignorar.

Por un lado, como ya comentamos en anteriores ocasiones las cosas podían haber sido muy distintas de haber existido un marco común funcional para la resolución de los conflictos en Europa. En 2014, con el cambio de régimen en Kiev, la incorporación de Crimea a la Federación Rusa y la insurrección del Donbás, se terminó de romper el precario equilibrio que Ucrania venía manteniendo entre Rusia y Occidente. A partir de ahí la lógica del enfrentamiento prevaleció una y otra vez sobre la lógica del acuerdo.

Por otro lado, tenemos la sostenida deriva autoritaria del régimen ruso como respuesta a su crisis sociopolítica interna. Detengámonos un momento en este punto, que suele recibir poca atención. Los efectos de la crisis económica global de 2008 llegaron a Rusia con algo de retraso, pero desde comienzos de la década de 2010 da comienzo un largo estancamiento socioeconómico sin indicios de recuperación que, incluso, es agravado por la pandemia del Covid en 2020. Como atestiguan los datos oficiales rusos, en 2021 el salario medio seguía por debajo del nivel de 2013 y el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza, por encima del nivel de 2012. Entre 2017 y 2019 un ciclo de movilizaciones recorría el país, catalizado especialmente por la reforma del sistema de pensiones. A su paso dejó una gran afluencia de jóvenes a los movimientos sociales y una efervescente actividad en la oposición de izquierdas. Al mismo tiempo, el movimiento navalnista también se buscaba tímidamente congraciarse con la izquierda y lograba salir de su tradicional gueto moscovita, extendiéndose por las regiones. En 2021 las protestas por la detención de Aleksey Naválny reunieron a cientos de miles de personas en las calles (algo inédito desde 2011) y toda una cohorte de jóvenes activistas de izquierdas concurrían a las elecciones en las listas del Partido Comunista (PCFR). Las protestas acabaron disueltas a palos y los comicios descaradamente manipulados mediante el recién estrenado sistema de voto electrónico (con el silencio cómplice de la cúpula del PCFR).

Tan sólo unos meses más tarde los tanques del Kremlin cruzaban la frontera ucraniana y un tsunami represivo arrasaba el país cortando en adelante de raíz cualquier conato de protesta de cualquier tipo. Al mismo tiempo, el "keynesianismo militar" servía de revulsivo económico y contrapeso para las sanciones occidentales. Resulta llamativo que el beneficio político, social y económico que la guerra ha aportado al régimen de Moscú sea sistemáticamente ignorado en los análisis sobre las causas de la invasión de Ucrania.

La cuestión de si podría Moscú en un futuro emprender una nueva aventura bélica requiere prestar atención a estos dos contextos: externo e interno. Por lo que se refiere al externo, es poco probable que los menguados intereses rusos en los países bálticos o Polonia puedan servir de un estímulo para una invasión, más aún teniendo en cuenta el paraguas militar de la OTAN. Pero los vaivenes de la política moldava o georgiana o un nuevo giro en las relaciones con Ucrania sí tienen ese potencial. Por otro lado, nada impide que el régimen ruso, con o sin Putin, vuelva a buscar en una escalada exterior la solución a sus problemas internos, una vez se haya recuperado del desgaste de la campaña ucraniana (como han hecho tantos otros gobiernos, incluidos los occidentales).

La conclusión es la de siempre: a la larga, sólo un orden internacional inclusivo y un orden económico justo podrán garantizar nuestro sagrado derecho a vivir en paz.

 

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