Ennio Morricone: Cine, música, política y su relación con Chile

Por A.Baeza

Si bien la palabra «genialidad» se suele sobreutilizar, particularmente luego de una muerte, cuesta encontrar otro adjetivo para referirse a Ennio Morricone. Todos los artículos y columnas escritas desde que se comunicó su fallecimiento a los 91 años las primeras horas de hoy lunes probablemente queden cortos para agradecer el inmenso legado que nos deja al arte y la cultura popular, cada elogio escrito en cualquier idioma no es suficiente. Sin embargo, poco abordado ha sido por la mayoría de los medios su militancia comunista así como su relación con nuestro país.

Morricone, es junto a John Williams, Hans Zimmer y Philip Glass, uno de los compositores de bandas sonoras de películas más trascendentales de la historia, responsable de generar ambientaciones emblemáticas y melodías que acompañan escenas marcadas a fuego en el imaginario colectivo de toda una generación, desde la tensión en las miradas de tres vaqueros en un cementerio en medio del desierto a punto de dispararse por una bolsa de oro, hasta la emotividad un hombre en una butaca de una sala de cine vacía.

Su carrera comenzó como compositor fantasma en la edad dorada del cine hollywoodense de los 50, sin embargo, a mediados de los 60, sus trabajos para la llamada «Trilogía del dólar» para su compatriota, el director y guionista italiano Sergio Leone (que si bien no es propiamente una trilogía, tener a Leone, Eastwood y Morricone basta para calificarla como tal), lo elevaron desde ahí en adelante en la primera plana del cine.

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La música de Morricone es tan increíblemente icónica, que no es exagerado afirmar que prácticamente hizo la mitad de las películas en que participó. Y pese a que su trabajo marcó buena parte del sonido del cine en la segunda mitad del Siglo XX, a cargo de los inolvidables soundtracks de, por ejemplo, «Los Despiadados» (1967), «Érase una vez la Revolución» (1971), «Las mil y una noches» (1974), «Saló o los 120 días en Sodoma» (1975), no recibió una nominación a los Premios Oscar (¡ni quiera por «El bueno, el malo y el feo» de 1966!), sino recién hasta 1978 por «Días de gloria». Sin embargo, recién lo obtendría el año 2016 en aquella ceremonia en que las redes sociales felicitaban y hacían bromas con Di Caprio y los años que tuvo que esperar por su premio, sin saber quizás, la importancia del reconocimiento a Morricone por el que injustamente tuvo que esperar toda su vida (sin contar el jubilatorio «premio a la trayectoria» de 2006).

«Los ocho más odiados» (2015), cinta que finalmente le dio el Oscar, muy probablemente quede en un segundo plano tanto para la carrera de Quentin Tarantino como para el legado de Ennio Morricone, a quien le negaron tantas veces la estatuilla debido a su afiliación al Partido Comunista Italiano, un pecado mortal para la industria cultural norteamericana de la Guerra Fría. Fue por este motivo también, que no obtuvo el galardón por joyas musicales como «La misión» (1986), «Los intocables» (1987), «Bugsy» (1991) y «Malèna» (2000), en las que estuvo nominado.

Su postura política le hizo estar siempre interesado por la situación de los Derechos Humanos y las dictaduras militares por las que pasaba el continente latinoamericano en los años 70 y 80.

Si bien los grandes medios recuerdan su relación con Chile desde sus visitas a actuar a nuestro país desde 2008, lo cierto es que ésta comenzó mucho antes. En una acto político-cultural en solidaridad con Chile por las violaciones a los Derechos Humanos de la criminal dictadura realizado en Inglaterra y que fuera organizado por Joan Jara -viuda de Víctor Jara-, el músico de Shwager exiliado en el Reino Unido desde 1977, Mauricio Venegas Astorga, interpretaba instrumentos andinos. Cuenta Venegas que Morricone, presente en el público, demostró gran interés por los sonidos de la quena y el charango, por lo que se contactó con él y lo invitó a tocar tiempo más tarde para la banda sonora de «La Misión», la que le abriría las puertas y sería la primera de muchas incursiones del coronelino en la música incidental del cine y televisión.

Por su parte, mientras Inti Illimani desarrollaba su prolífica carrera artística en su exilio en Italia, donde llegó a ser una de las bandas más importantes de ese país, fue Morricone quien facilitó sus estudios para que grabaran gran parte de los álbumes de este período, uno de los más destacados, «Fragmentos de un sueño» (1987) que cuenta con la colaboración del guitarrista español Paco Peña y del guitarrista clásico australiano y también militante de izquierda, John Williams (no confundir con el compositor), con quién actuaron en un prácticamente en ruinas Teatro de Lota en la década del 90.

La visión ideológica de Morricone también se refleja en alguna de las películas en que participó, con un alto contenido político, tales como «La Batalla de Argel» (1966) película que aborda la independencia de la colonización francesa, «Tepepa… Viva la revolución» (1969) ambientada en la revolución mexicana, «Sacco y Vanzetti» (1971) sobre dos obreros anarquistas condenados a muerte, «La clase obrera va al paraíso» (1971), «La gran burguesía» (1974), «Mussolini: último acto» (1975), entre otras.

Como suele ocurrir con los grandes personajes, intentar encasillarlo en una determinada área resulta infructuoso, pues su genio desborda cualquier intento de apropiación. Y si bien no tuvo el reconocimiento merecido de parte del establishment de la gran industrial del cine, sí lo recibió de la gente común que siempre llenó cada uno de los recintos en que se presentó en vivo junto a su orquesta, y su música será parte del patrimonio del cine y de la cultura popular, incluso para personas que reconozcan su trabajo y no al autor, como suele suceder con las obras inmortales.

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