
En el contexto del mes del libro, la historia de la poeta Amanda Varín y su trayectoria, recuerdan que leer no es un gesto pasivo, sino una práctica que afina la mirada crítica, permite disputar los sentidos de la realidad y abrir alternativas para vivir en un país que aún enfrenta el desafío de distinguir lo verdadero de lo falso.
Por Alejandra Villarroel Sánchez
La escritura, a veces, no empieza como vocación sino como necesidad, como quien abre la ventana desde una pieza sin aire. En la vida de Amanda Varín llegó antes de que se pensara a sí misma como poeta, fue refugio en los diarios que escribió de niña, como una tecnología íntima para procesar la experiencia en la infancia, organizar afectos y sentidos que no encuentran lugar en lo social. Posteriormente, la decisión de tomar esos registros y quemarlos, no constituyó la negación de lo vivido, sino más bien una operación simbólica para su propia reconfiguración identitaria, una forma de interrumpir una narrativa para habilitar otra, desde otra voz.
El nombre Amanda Varín nació al azar en redes sociales y terminó por volverse una segunda piel desde donde escribe, dibuja y piensa. En su formación resuenan influencias como Stella Díaz Varín, Damsi Figueroa y Camila Varas Brash, luego, la poesía política de Rosy Sáez y el pensamiento feminista de Lilian Inostroza ampliaron su mirada sobre cuerpo y poder.
Amanda Varín | Fotografía de Paula Leonor
En su obra, lo íntimo nunca está a salvo de lo político, y viceversa. La infancia marcada por el desarraigo hizo del cuerpo su territorio más estable, asumirse lesbiana y mestiza volvió esa experiencia inevitablemente política. “Escribo con todo el cuerpo”, dice, y en esa frase hay una ética y una intemperie.
Desde 2016 desarrolla Cuenta Versos, donde la poesía se cruza con lo colectivo, economías feministas, apoyos políticos, encuentros entre mujeres. Su escritura también aborda la violencia sexual vivida en la infancia, enfrentar al agresor y escribir fueron formas de recuperar su historia y convertir el silencio en palabra compartida. La publicación de Crisálidas abrió su intimidad hacia otros, en tanto en el poemario Ruleta China –publicado próximamente por La Bravía Editorial– la denuncia convive con la invitación a que la lectora juegue: responda preguntas, elija alternativas, recorra el texto.
Su vida afectiva ha explorado distintas formas vinculares hasta nombrar la anarquía relacional, asumiendo sus costos. Y sin embargo, o precisamente por eso, su escritura sigue orbitando una misma pregunta, sobre cómo sostener la lucidez y la dignidad en un país que empuja en sentido contrario. En ese borde, incómodo y fértil, Amanda Varín sigue escribiendo.
Origen poético. ¿Cuál es el primer recuerdo en el que sentiste que no ibas a poder ser quien eras? ¿Cómo surge la poeta Amanda Varín, cuáles son sus referencias iniciales y actuales?
Mi autodescubrimiento como poeta comenzó en la infancia escribiendo diarios. Con los años se volvieron más densos y, al releerlos, me sentí atrapada en ese pasado, por eso decidí quemarlos. El pseudónimo apareció como un juego en redes y terminó siendo mi identidad. Cuando decidí publicar, ese nombre ya era parte de mi vida. No fue estrategia, fue necesidad. Sentí que había otra voz en mí, un canal que se abrió. Me costaba reconocerme, pero seguí escribiendo, dibujando, cantando. Hasta hoy sueño poemas. La escritura fue una forma de habitar mi mundo interno. Mis primeras referencias fueron Stella Díaz Varín y Damsi Figueroa, por su profundidad en el lenguaje. También fue clave Camila Varas Brash, porque pude ver de cerca su proceso creativo. Más adelante apareció una escritura más directa y política, como la de Rosy Sáez, que me marcó por su coherencia. Entendí que escribir es ir al fondo de una misma y también del contexto social. El encuentro con Lilian Inostroza fue fundamental: me ayudó a comprender las relaciones entre mujeres y el patriarcado. Su influencia atravesó mi escritura, mi forma de amar y mi manera de estar en el mundo.
Cuerpo e identidad. Pensando en el momento en el que hiciste de la escritura un oficio lenguaje propio ¿Cuándo entendiste que tu cuerpo también era un territorio político? ¿Te sientes al debe con deuda con la performance en tu vida?
Crecí cambiando de casa y de ciudad; el primer desarraigo fue salir de Temuco y llegar a Santiago. Todo afuera cambiaba, así que mi mente y mi cuerpo se volvieron mi territorio más estable. Habité la soledad entre libros, diarios, música y dibujos. Ese soliloquio hoy está en mis libros. Con el tiempo entendí mi cuerpo como un territorio político: ser lesbiana y mestiza en una sociedad que castiga lo no hegemónico. Crear es un acto de rebeldía. Escribirle a otra mujer es político, existir como lesbiana también. Por eso digo que escribo con todo el cuerpo. La performance apareció con Cuenta Versos, mezclando música, canto y palabra. Luego, junto a Lorena Muñoz Bahamondes, profundicé en intervenciones sobre cuerpos oprimidos. Llevo mi poesía a espacios de colaboración entre mujeres y economías feministas. Ahí la poesía tiene sentido: no solo sanar, también sostener, denunciar y acompañar.
¿Distinguiste a tu cazador, quién es? ¿Cuáles son las estrategias de sobrevivencia qué invitaste o luego inventaste para sobrevivir al cazador?
En mi niñez estuve al cuidado de una vecina y ahí conocí al “cazador”. Viví años escapando, con el cuerpo en alerta. No pude evitar el abuso, pero sí sobrevivir. Ese miedo quedó en mí mucho tiempo. De adulta lo enfrenté y recuperar el poder sobre mi cuerpo fue necesario. Quise resignificar el erotismo, no dejar que esa experiencia me definiera. Mis estrategias fueron intuitivas al inicio: estar atenta, regularme, sostenerme. Después vinieron otras: la escritura y el encuentro con mujeres. Hablar, compartir, poner en palabras lo vivido. Entendí que lo que pasó no es solo individual, también es político. En mis poemas aparece esa pregunta: quién fue víctima, quién agresora. Porque también hemos sido eso, atravesadas por un sistema que nos marca. Escribir fue una forma de procesar, de no quedarme en el miedo, de seguir habitando mi cuerpo.
Tengo la sensación de que escribir fue el lugar donde te encontraste a ti misma, desde un tono muy severo y al mismo tiempo amable ¿Qué parte de tu vida empezó a existir después de que pudiste escribirla/compartirte al mundo en tus libros publicados?
Cuando publiqué Crisálidas sentí que salía de un encierro largo. Fue un proceso de gestación y apertura: mi intimidad empezó a existir hacia afuera. Antes me daba vergüenza mostrar lo que pensaba, cantar, dibujar. Con la escritura apareció también mi espiritualidad, una parte que había estado contenida. En esa vulnerabilidad encontré una forma de conectar con otras personas, desde lo más íntimo. Para mí es clave ese movimiento entre crítica y compasión, poder mirar lo propio sin dureza pero sin evadirlo. Escribir también ha sido aprender a integrar lo oscuro, a aceptar la imperfección. Ahí aparece algo más completo, una forma de crecer sin negarse. Ese tono severo y sororo que mencionas para mí es fundamental como un ir y venir de la crítica-autocrítica a la compasión con los procesos que estamos viviendo. La posibilidad de amar la imperfección, lo oscuro en nosotras mismas y en otras, es la integración de la sombra. Es finalmente la posibilidad de evolucionar en un sentido integral.
¿Qué es lo que buscas en tus escrituras recientes, seguirás abordando tan directamente temáticas políticas? Porque solo el título Ruleta China ya indica que estás en el lugar del juego
Busco abrir las formas sin dejar de mirar lo que duele. Las temáticas pueden ser serias, pero la escritura también puede ser juego: una forma de soltar el control y entender que estamos aprendiendo a vivir. No quiero que la contingencia limite lo que escribo ni sentir que debo pedir permiso. A veces me enredo en lo personal, en bucles que vuelven una y otra vez, y escribir aparece como una manera de procesar eso. En mis textos conviven la denuncia, lo político y también lo lúdico, lo espiritual, lo íntimo. Escribo para entender, para mover algo, para no quedarme fija. Ya todo está dicho, pero todavía podemos jugar con las formas.
¿Porqué el poliamor en tu vida abiertamente y al mismo tiempo tú tan bajo perfil? y ¿Qué es lo más valioso que perdiste por no traicionarte en tu convicción de las relaciones abiertas?
Mi bajo perfil tiene que ver con mi poca tolerancia a los códigos de grupo: no sé hacer lobby ni hacer vista gorda. En lo afectivo, en cambio, me he vinculado de forma abierta, libre y sincera, y eso me expuso más que escribir o ser lesbiana. Nunca partí desde una teoría: viví relaciones abiertas sin nombrarlas, después entendí lo que otros llamaban poliamor y más tarde me acerqué a la anarquía relacional. Pasé por distintas formas porque para mí los vínculos son acuerdos que pueden cambiar. El costo fue alto: exclusión, rumores, castigo social incluso en espacios feministas. Con el tiempo entendí que mi práctica también era política. Dejé de centrarme en lo sexual y empecé a pensar en redes afectivas, en la honestidad como una forma de desobedecer la hipocresía de la monogamia. Decir las cosas, no mentir, incomoda. Vivir relaciones libres entre mujeres fue una forma de explorar el deseo y también de sostener mi libertad. Perdí espacios, vínculos, pertenencia. Pero nunca estuve dispuesta a perder eso otro: la posibilidad de vivir sin traicionarme.
Y dentro de tus convicciones en el mundo externo de la vida el que tienes con esa política que tal vez ya está presente de otra manera en tu obra ¿Cuál es tu toma de posición política hoy respecto a la ciudad específicamente y sus fenómenos relacionales actuales?
Mi posición política nace del feminismo de clase y atraviesa todo lo que soy: mujer, lesbiana, obrera y mestiza. Mi militancia es crear. Me siento más cómoda en espacios lesbofeministas, donde hay consciencia y trabajo entre mujeres. No creo que los grandes cambios vengan pronto: el capitalismo también vive dentro de nosotras y exige un trabajo interno constante. Veo resistencias pequeñas, en cómo nos organizamos, en la economía feminista, en la autocrítica. Mi vida es austera y más bien solitaria, por decisión. La lucidez la encuentro ahí, en lo simple, en no someterme del todo a la lógica de producir y consumir sin descanso. Para mí, eso también es rebeldía: elegir cómo vivir, con quién estar, cuánto trabajar. A veces necesito tomar distancia, desapegarme un poco para poder seguir. Es una forma de cuidar la mente y sostenerme en medio de una realidad que muchas veces es demasiado.
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Fotografía principal original: Paula Leonor