
El pasado 3 de julio se conmemoró el Día Mundial de las Aves Marinas. La fecha busca llamar la atención sobre especies amenazadas por la contaminación, la sobrepesca y el cambio climático. Pero también invita a recordar un episodio poco conocido de la historia: cuando en Perú millones de aves marinas impulsaron la modernización agricultura mundial, enriquecieron a un país entero y dieron origen a una industria marcada por la explotación laboral por uno de recursos naturales más valiosos del siglo XIX: el guano.
Por Mathias Morales Pérez | Profesor de Historia y Geografía y Pajarero | Reredeaves
Durante buena parte del siglo XIX, ese excremento fue uno de los recursos más valiosos del planeta. El guano de aves marinas sostuvo la expansión de la agricultura industrial antes de los fertilizantes sintéticos y convirtió al Perú en una potencia exportadora.
Pero esa prosperidad tuvo un costo: la extracción del llamado “oro blanco” exigió trabajo casi sobrehumano en islotes inhóspitos, sobreexplotó a miles de trabajadores chinos y propulsó concentración de la riqueza, intereses extranjeros y una creciente presión sobre uno de los ecosistemas más extraordinarios del mundo.
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El origen de esta riqueza se explica por la corriente de Humboldt, que lleva aguas frías y ricas en nutrientes a la superficie del Pacífico. Esto favorece enormes poblaciones de anchovetas, alimento de las tres principales especies guaneras del Perú: el Guanay (Leucocarbo bougainvilliorum), responsable de la mayor parte del guano acumulado históricamente; el Piquero peruano (Sula variegata); y el Pelícano de Humboldt (Pelecanus thagus).
La extrema aridez de la costa hizo el resto: al no existir lluvias que degradaran los excrementos, el guano se acumuló durante miles de años hasta formar depósitos de varios metros de espesor.
Mucho antes de que Europa descubriera su valor comercial, las sociedades andinas ya utilizaban este fertilizante. En una investigación sobre la importancia de las aves guaneras para el Imperio Inca, Pedro Rodríguez y Joana Micael mencionan que antiguas civilizaciones andinas como la Paracas, Moche, Wari, Tiwanaku, Chincha e Inca utilizaron Huanu (termino original en Quechua), lo que ayuda a explicar cómo las culturas prehispánicas lograron sostener una agricultura productiva en el desierto costero peruano, una de las regiones más áridas del planeta.
El interés internacional comenzó en 1802, cuando Alexander von Humboldt visitó la costa peruana y envió muestras de guano a Europa. Los análisis confirmaron una concentración excepcional de nitrógeno, fósforo y potasio.
Como explica Encyclopaedia Britannica, el descubrimiento coincidió con una agricultura europea cada vez más exigida por la Revolución Industrial. Frente a fertilizantes tradicionales como el estiércol de vaca, el guano contenía cantidades muy superiores de nitrógeno y fósforo, lo que permitía recuperar rápidamente la fertilidad de los suelos y aumentar la productividad de los cultivos.
El epicentro de esta riqueza fueron las islas Chincha, donde se encontraban algunos de los mayores depósitos conocidos. Durante cerca de treinta años, el Perú reinó prácticamente en solitario en el mercado mundial de fertilizantes naturales. El historiador económico Shane Hunt sostiene que pocas veces un recurso natural otorgó a un país una posición tan dominante en el comercio internacional. Hacia mediados del siglo XIX, el guano representaba cerca del 80 % de los ingresos fiscales del Estado peruano, donde gran parte de los ingresos terminó financiando la deuda externa y concentrándose en una reducida élite política y comercial, mientras casas mercantiles británicas obtenían enormes beneficios administrando las exportaciones.
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La extracción del guano era una de las labores más duras de la época. Los trabajadores rompían depósitos endurecidos durante siglos, cargaban sacos por acantilados y respiraban constantemente polvo cargado de amoníaco. Ante la falta de mano de obra, el Estado peruano impulsó la llegada de trabajadores chinos bajo el sistema conocido como coolie labor.
El historiador Eric R. Wolf, en Europa y la gente sin historia, calcula que entre 1849 y 1874 llegaron cerca de 90.000 culíes. Aunque formalmente eran trabajadores contratados, el sistema funcionó como una forma de servidumbre por deudas. Jornadas extenuantes, castigos físicos y enfermedades respiratorias marcaron la vida de miles de ellos, mientras algunas investigaciones estiman que la mortalidad anual en determinadas faenas alcanzó entre un 35 y un 40 %.
Pero el mismo monopolio que convirtió al guano en una fortuna aceleró su declive. La extracción aumentó sin dar tiempo a la naturaleza para reponer depósitos que habían tardado milenios en formarse. La historia parece confirmar una vieja paradoja económica: mientras más abusa un monopolista de su monopolio, más cerca está su final. A fines del siglo XIX los depósitos comenzaron a agotarse y, pocas décadas después, los fertilizantes sintéticos desplazaron al guano como principal fuente de nutrientes para la agricultura.
La explotación intensiva también dejó una huella ecológica. Hoy la extracción de guano es gestionada y extraído de forma sostenible y exclusiva por el Estado peruano a través del Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego, y solo se autoriza bajo estrictos programas de monitoreo que buscan proteger las colonias de aves y garantizar la continuidad del recurso.
Dos siglos después, las islas guaneras siguen recordando que uno de los recursos más valiosos de la historia no nació de una mina ni de un yacimiento petrolero, sino del delicado equilibrio entre el océano, el clima y millones de aves marinas. El guano hizo posible la agricultura de las civilizaciones prehispánicas, impulsó la revolución agrícola europea y transformó la economía del Perú.
Pero también dejó una lección vigente: la explotación intensiva de una riqueza natural puede generar enormes fortunas, aunque sus beneficios rara vez se distribuyen de manera equitativa y sus costos suelen recaer sobre quienes trabajan el recurso y sobre los ecosistemas que lo hicieron posible.