
El sacerdote y sociólogo colombiano Camilo Torres, transformado posteriormente en comandante guerrillero, acuñó una frase que bien vale hoy tanto para Colombia como para Perú: «quien cuenta los votos gana las elecciones». En recientes procesos electorales en ambos países, los candidatos del imperio son identificados como ganadores por los órganos electorales por un mínimo margen y ante una serie de denuncias de fraude.
Por Joaquín Pérez
La dictadura fujimorista, a pesar de que todos sus crímenes quedaron al descubierto —con «vladivideos» incluidos como hechos probatorios—, jamás fue desmantelada en Perú. La misma Keiko, a pesar de todos los juicios en su contra, hoy es proclamada como presidenta electa. El denominado fujimorismo y sus redes de corrupción siguieron controlando las diversas instituciones de poder en el Perú: la Fiscalía y los tribunales, el órgano electoral (ONPE), las policías y fuerzas armadas, los medios de comunicación y el Congreso, desde el cual montaron el golpe contra el presidente Pedro Castillo, quien continúa encarcelado.
A pesar de haber perdido todas las últimas elecciones, Keiko Fujimori y sus secuaces vienen gobernando el Perú desde hace años. Hoy, gracias al fraude electoral, han logrado conquistar la última pieza que les faltaba por controlar: el sillón presidencial del Palacio de Pizarro en Lima.
Ya no son necesarios los presidentes títeres como Dina Boluarte, José Jerí y José Balcázar, todos ellos tránsfugas mercenarios de la clase política peruana. En los próximos días, asumirá la presidencia del Perú la propia Keiko. En el contexto de impunidad que hoy vive no solo Perú, sino toda Latinoamérica, ya no es necesario ocultar nada ni usar intermediarios; los delincuentes más descarados pueden ser presidentes, como Noboa en Ecuador, De la Espriella en Colombia o la propia Keiko en Perú.
Pero, a pesar de lograr ocupar el sillón de Pizarro mediante el fraude electoral, las elecciones demostraron que los seguidores del presidente encarcelado Pedro Castillo, a través de su candidato Roberto Sánchez, lograron vencer en las elecciones en territorio peruano (Keiko venció gracias al fraude en las mesas del exterior, principalmente en Estados Unidos y Argentina). Asimismo, demostraron que el antifujimorismo arrasó en la gran mayoría de las regiones del Perú, especialmente en la Sierra, el Sur y el Altiplano. En Puno, el 82.21 % votó por Roberto Sánchez; Apurímac, 78.92 %; Huancavelica, 78.87 %; Ayacucho, 78.06 %; Cusco, 77.27 %; Cajamarca, 73.41 %; Tacna, 69.48 %; Amazonas, 68.96 %; Huánuco, 61.61 %; Moquegua, 61.42 %; Arequipa, 59.81 %; Madre de Dios, 58.70 %; Áncash, 56.22 %; San Martín, 52.33 %, y Junín con 52.16 %.
El fujimorismo solo logró imponerse en provincias de la costa del centro y el norte del país: Tumbes, 64.37 %; La Libertad, 62.27 %; Lima, 62.19 %; El Callao, 61.80 %; Loreto, 59.60 %; Piura, 55.56 %; Lambayeque, 55.46 %; Ica, 54.56 %, y Ucayali con 53.21 %.
elecciones Perú
Dieciséis de las veinticinco regiones del Perú dieron una amplia victoria al candidato Roberto Sánchez, en una situación que ya se viene repitiendo desde hace décadas: el fujimorismo y los candidatos de la oligarquía solo vencen en las ciudades costeras (Lima, Callao, Trujillo y Piura), mientras que todo el interior del país, salvo zonas selváticas poco pobladas y las ciudades del sur, incluidas las costeras, se inclinan por la candidatura que confronta a la oligarquía. Este reparto electoral es la manifestación de un cisma mucho mayor que se está incubando en la sociedad peruana y que puede llevar, incluso, a la división del actual Estado peruano en el futuro. La oligarquía limeña, la mafia de cuello y corbata, en su afán de atrincherarse en el poder amañando incluso las elecciones, está construyendo las bases para una implosión del Perú.