"Tuvimos que traspasar el alza de las bencinas a los ciudadanos": Kast ríe mientras el pueblo paga

"Tuvimos que traspasar el alza de las bencinas a los ciudadanos": Kast ríe mientras el pueblo paga

Para el autor de esta columna, "Kast vende un despojo estructural como vanguardia económica. Las naciones civilizadas protegen a su población de un shock energético de esta magnitud".

Por Jean Flores Quintana | Politólogo

La escena contiene la radiografía exacta del desprecio de clase: mientras el termómetro marca temperaturas bajo cero en este duro invierno austral, con un millón de chilenos buscando empleo sin éxito y cientos de miles de familias refugiadas bajo los nailons y latas de los campamentos, el Presidente de la República se sube a una testera a celebrar su propia indolencia.

Este sábado 11 de julio, ante un Consejo General Republicano desconectado de la realidad, José Antonio Kast confesó el despojo: "Tuvimos que traspasar el alza de las bencinas a los ciudadanos. Yo tomé la decisión". Lo siniestro del momento fue su sonrisa psicopática que revela el placer ideológico de ver al inquilino apretarse el cinturón para salvar la hacienda.

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El bencinazo de marzo de 2026 constituyó una política deliberada. Destruir el MEPCO y disparar el precio de las gasolinas en $370 y el diésel en $580 encarna lo que Kast denomina “responsabilidad política". Esta es la coartada de la clase patronal para disfrazar su crueldad: sacrificar a los hogares vulnerables para garantizar las utilidades obscenas de los grandes conglomerados energéticos.

Kast aplicó la motosierra sobre el presupuesto de la clase trabajadora, desatando una inflación que encareció directamente la mesa del pueblo. Hoy, el impacto del combustible se paga en el almacén de barrio: el precio del pan, las papas y el aceite se disparó por el costo de los fletes. Esto profundiza la crisis alimentaria del país, empujando a miles de familias al "té pelao con pan" o a sostenerse mediante ollas comunes, erigidas nuevamente como trincheras de resistencia territorial para asegurar una ración caliente al día.

El dogma económico golpea con igual violencia a los sectores productivos medios y azota con ensañamiento a las regiones. El encarecimiento de las bencinas asfixió a miles de pymes. El fletero, el pequeño distribuidor, el feriante y el transportista escolar —desprovistos de la espalda financiera de los grandes holdings— ven cómo el surtidor devora sus ganancias y los empuja a la quiebra. En el sur de Chile y zonas extremas, esta crisis convierte el traslado de bienes esenciales y leña en una odisea impagable.

Pero donde la risa presidencial se vuelve una cachetada criminal es en la intimidad de los hogares congelados. En las poblaciones y campos, la medida de Kast significa la tragedia diaria de no poder comprar un litro de parafina para capear el frío que cala los huesos. Con el kerosene convertido en artículo de lujo para un jubilado o una madre cesante, las familias deben elegir entre comprar un kilo de pan o encender la estufa unos minutos, condenando a niños y ancianos a sobrevivir bajo frazadas húmedas, a merced de la neumonía.

Mientras tanto, el poder activa su blindaje mediático. Los diarios de Sanhattan imponen un mutismo cómplice frente al dolor ciudadano y dedican portadas a las migajas del ministro Jorge Quiroz. Presentan la reciente rebaja de cien pesos en el combustible como un alivio monumental. Es un insulto a la inteligencia: te arrebatan seiscientos pesos de un manotazo y meses después exigen agradecimientos de rodillas por devolverte cien. Es la lógica del lanza, institucionalizada bajo un Estado policial que protege el botín y criminaliza la miseria.

Al afirmar con arrogancia que "en todos los países miran lo que hicimos", Kast vende un despojo estructural como vanguardia económica. Las naciones civilizadas protegen a su población de un shock energético de esta magnitud.

La supuesta dicotomía entre "popularidad y responsabilidad" opera como la trinchera ideológica de la oligarquía. Asumir un mandato real obliga a desertar de la comodidad térmica del Ministerio de Hacienda, hundir los pies en el barro y apagar el hambre de un millón de cesantes. El valor del diésel marca, hoy por hoy, la frontera exacta entre la supervivencia y la miseria. Con su confesión patronal, Kast aniquiló cualquier vestigio de protección estatal. Su supuesta hazaña económica está construida, letra por letra, sobre el sacrificio del pueblo.

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