
Primero se deja de dormir. O se duerme demasiado, catorce horas seguidas con las cortinas cerradas, que es otra forma del mismo repliegue. Después se deja de contestar. El teléfono suena y la persona lo mira como si fuera un objeto de otro planeta. Come poco o come demasiado, da igual. Sale a trabajar porque todavía queda esa inercia, la del cuerpo que repite una ruta aunque ya no sepa para qué. Pero adentro no queda nadie. La persona sigue respirando, sigue técnicamente viva, y ya se fue.
Por: Verónica Aravena Vega*
David Le Breton le puso un nombre a eso: blancura. No la depresión como aparece en los manuales. Algo más parecido a una dimisión. El individuo suelta las amarras de su propia identidad porque sostenerla se volvió un trabajo para el que no le alcanza. Ser alguien cuesta demasiado y no ser nadie se convierte en el único alivio disponible. Muchos de los jóvenes que intentan matarse no buscan la muerte. Buscan desaparecer. Soltar el peso, dormir sin despertar, que pare todo.
En 2024 se suicidaron 1.984 personas en Chile. Hubo 1.207 homicidios. Desde 2018, la primera causa de muerte violenta del país es la que cada uno se inflige a sí mismo. Se dice poco. Se dice poco porque la muerte que sirve al relato de la seguridad es la otra, la del tipo que te asalta, la del narco. Esas muertes justifican estados de excepción, blindaje policial, presupuesto. Las 1.984 personas que se mataron solas en departamentos chicos, en casas de regiones del sur donde el centro de salud mental queda a horas, esas no justifican nada. No rinden electoralmente.
Pero además se dice poco porque el suicidio es vergüenza. Fracaso privado. La familia dice que fue un accidente, los vecinos bajan la voz, el diario no publica la causa de muerte. Hay una conspiración cultural del silencio que produce una segunda desaparición: la persona se borra cuando se mata y se vuelve a borrar cuando se le oculta el motivo. Un país que lleva años debatiendo sobre seguridad no sabe cuántos de sus muertos eligieron morir. No quiere saberlo.
En abril de 2026, Hacienda recomendó descontinuar el Programa Nacional de Prevención del Suicidio. Eliminarlo del presupuesto junto con la atención a migrantes y la salud de personas trans. El recorte al Ministerio de Salud superó los 413 mil millones. El ministro Quiroz dijo que a veces con menos recursos se hace más. Es una frase de gerente de retail, no de autoridad política, pero a estas alturas ya no tiene sentido distinguir.
Chile destina el 2% del presupuesto de salud a salud mental. La OMS recomienda el 6%. Esa distancia se mide en meses de espera para una hora de psiquiatra, en sertralina recetada por teléfono, en guías de autocuidado que mandan por mail desde el consultorio. La respuesta institucional al suicidio opera como si el problema fuera un cerebro que funciona mal, un desequilibrio químico que se corrige con fármacos. Mientras tanto la persona vive con un arriendo que le come la mitad del sueldo, trabaja diez horas, debe cuatro millones del CAE y no tiene una sola tarde libre a la semana para no hacer absolutamente nada. La sertralina no arregla eso. La sertralina pone una gasa sobre una herida que sigue abierta.
Los hombres se suicidan cinco veces más que las mujeres. En los años veinte la proporción era de 2,5 a 1. En un siglo la brecha se duplicó. Las mujeres intentan más, los hombres mueren más. Ellos aprendieron a sufrir de maneras que matan rápido y en silencio. La masculinidad funciona como un silenciador. Y la estructura sanitaria no sabe leer lo que no se dice.
Un 19% de los chilenos se siente aislado o excluido socialmente. Tres puntos más que el año anterior. En Aysén, Los Lagos, Los Ríos, las tasas de suicidio superan sostenidamente el promedio nacional.
Los hombres mayores de 80 años se matan a una tasa de 31 por cada cien mil. Las mujeres de la misma edad, 1,4. El jubilado solo en una casa de pueblo del sur, sin plata, sin visitas, con el consultorio a dos horas en micro, es otra cara de la blancura. Distinta al estudiante endeudado de Santiago pero producida por la misma lógica: una vida que ya no tiene dónde apoyarse.
Yo pienso en todo esto y pienso en la palabra rendimiento. Rendimiento escolar, laboral, físico, sexual. Todo lo que se le exige a un cuerpo joven en Chile pasa por rendir. Rendir es producir, pero también es gastarse: el material rinde hasta que no da más. Decimos que alguien rindió como si fuera un elogio y no la descripción de un recurso que se consumió hasta el fondo. Eso estamos viendo. Gente que se gastó. El ritmo al que se le exigió funcionar no era compatible con estar vivo. Y cuando el material no rinde más, el mercado laboral lo descarta y el sistema de salud le ofrece una pastilla o nada.
Un estudiante de medicina de 27 años se mató en Valparaíso. Su familia dijo que fue el estrés del internado. Las condiciones en que se entrena a alguien para salvar vidas fueron las que lo mataron. Cuando eso pasa el problema no es individual. Las instituciones que deberían cuidar están diseñadas para extraer la mayor cantidad de trabajo posible al menor costo, y después hay una línea telefónica de prevención para los que no aguantan. Cuando esa línea se financia. Cuando no se elimina del presupuesto para ahorrar.
Desaparecer de sí, escribió Le Breton, es la tentación contemporánea. El deseo de borrarse, de soltar la identidad, de dejar de performar un yo solvente y disponible las veinticuatro horas. Ese deseo es la respuesta de un organismo vivo a condiciones que no lo dejan vivir.
En Chile la gente se mata más de lo que la matan. Y el gobierno prefiere no saber.
* Verónica Aravena Vega es Doctora en Estudios de Género y Política.