
Para la autora "cuando alguien dice "la música ya no tiene alma" está formulando, sin saberlo, una de las críticas anticapitalistas más exactas que se pueden hacer hoy. Está diciendo que un sistema económico se metió en su cuerpo, en su oído, en lo único que existía para conmoverlo, y lo convirtió en ruido de fondo calibrado para que no cierre una aplicación".
Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
Es probable que lo hayas escuchado, o que lo hayas dicho tú mismo en alguna conversación que se alargó más de la cuenta: la música ya no es lo que era. Lo dicen personas de cincuenta años, pero también jóvenes que sienten nostalgia de 2016 sin poder explicar exactamente por qué. La tentación es despacharlo como nostalgia de siempre. Quizás no debería serlo.
Las quejas se repiten. "No tiene alma." "Todo suena igual." "No descubro nada nuevo." Se expresan como juicios estéticos, como si el problema fuera que los artistas de hoy tienen menos talento, o que el autotune arruinó todo. Pero ¿y si no fuera un problema estético? ¿Y si lo que mucha gente describe fuera, sin saberlo, un problema político?
Mark Fisher escribió en Realismo capitalista que el capitalismo tardío no necesita prohibir las alternativas: le basta con hacer que sean inimaginables. Lo aplicaba a la política, al cine, pero sobre todo a la música, porque entendía que ahí es donde una sociedad ensaya sus futuros posibles. Tenía un test demoledor: si le pusieras música de 2010 a alguien de 1995, ¿le sonaría radicalmente nueva? Probablemente no. Pero si le hubieras puesto música de 1995 a alguien de 1978 —el post-punk, el hip hop, la electrónica— se habría caído de la silla. Algo se rompió en algún punto. La pregunta es qué.
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La queja más visceral es que la música actual no tiene alma. Vacía, procesada, plástica. Alguien lo podría resumir así: ni emoción ni impulso, solo un ruido que genera malestar. Otro dice que la producción moderna le provoca fatiga física, como si todo estuviera comprimido al mismo volumen sin dejar espacio para respirar.
La reacción fácil es descartarlo como sentimentalismo de viejos. Pero la gente no se equivoca cuando siente. A veces, se equivoca cuando explica lo que siente. Lo que falta no es talento. Hay músicos extraordinarios por todas partes, más que nunca, ahogándose. Lo que falta son condiciones. Una canción no te atraviesa sola. Necesita que estés ahí, prestando atención, expuesto a que algo te descoloque, en un momento que pese. Necesita exactamente lo que el streaming fue diseñado para eliminar.
Spotify no quiere conmoverte. Conmoverte es un riesgo de negocio. Una canción que te detiene es una canción que interrumpe la sesión, y la sesión es el producto. Lo que Spotify necesita es que la música sea tolerable: que no te moleste tanto como para hacer skip, ni te importe tanto como para soltar lo que estés haciendo. La playlist perfecta es la que no notas. Música que pasa como el aire acondicionado, que cumple una función térmica y se evapora. Eso es lo que la gente llama "sin alma" sin saber que le está poniendo nombre a un modelo de negocio. No mataron la buena música. Mataron las condiciones para que te importe.
Ahora lo del sonido idéntico, que es donde el asunto se pone feo.
La composición contemporánea se diseña con datos. Tempos, tonalidades, duraciones, estructuras: todo calibrado para rendir en streaming. Las canciones que funcionan generan un molde, y salirse del molde es suicidio comercial, porque significa caer fuera del radar del algoritmo. El circuito se cierra solo. El algoritmo aprende qué te gusta y te da más de lo mismo. Los artistas miran qué premia el algoritmo y fabrican algo que encaje. El algoritmo reconoce el patrón y lo empuja. Tú lo recibes y crees que es tu gusto. Vuelta tras vuelta, el cuarto se hace más chico. Nadie prohibió la innovación. Simplemente dejó de pagar. Y no hace falta censurar lo distinto cuando puedes asegurarte de que no llegue a oídos de nadie.
La "personalización" es una palabra amable para algo que no lo es. Te construyen una celda con tus propias preferencias y la celda es tan cómoda que la confundes con libertad. Entre 2024 y 2025 el algoritmo de Spotify se volvió todavía más conservador: la familiaridad por encima del descubrimiento, el guardado y la repetición pesando tres veces más que cualquier reproducción nueva. No quieren que explores. Quieren que te quedes. Una plataforma con toda la música jamás grabada terminó produciendo al oyente más provinciano de la historia. Tienes el mundo entero a un clic y el clic siempre te devuelve al mismo lugar.
Estas tres quejas se viven como problemas distintos y son el mismo. La música vacía es el síntoma emocional: algo que debería tocarte no te toca. La homogeneidad es el síntoma estético: el campo de lo posible encogido hasta la uniformidad. La trampa algorítmica es el síntoma estructural: una infraestructura hecha para retenerte, no para hacerte sentir. Tres caras de un sistema que logró que ni siquiera puedas imaginar que la música funcione de otra manera.
Por eso la nostalgia. En 2026 hay gente de veintipocos que mira 2016 con una añoranza que no le corresponde a los discos de ese año. No extrañan un álbum. Extrañan una manera de estar con la música: cuando una canción se compartía, cuando un disco era un acontecimiento que le pasaba a mucha gente a la vez, cuando existía la canción del verano y la conocías aunque la odiaras. Los persigue un futuro que la música prometía y que nunca llegó.
Fisher, que pensó todo esto mejor que nadie, tenía un punto ciego. Escribía desde Inglaterra, desde el post-punk, desde la nostalgia por futuros que al menos se habían prometido. La pregunta que no se hizo es más cruel: ¿y los futuros que nunca llegaron a prometerse? El algoritmo no solo recicla el pasado del pop anglosajón. Borra todo lo que no entra en sus categorías. Lo que se hace en los márgenes de Santiago, lo que muta en las periferias del continente, lo que crece fuera de los circuitos de optimización. Para buena parte del planeta, el algoritmo ni siquiera admite que hubo un pasado musical que cancelar.
Y sin embargo la música que suena a futuro existe. No desapareció: la echaron del mapa. Vive donde el algoritmo no llega, en circuitos que no necesitan tu tasa de retención para justificar su existencia. Se distribuye peor, no aparece en ningún Discover Weekly. Esa precariedad no es su debilidad. Es la condición de su libertad: nadie optimiza lo que nadie controla. El futuro de la música está ahí. Spotify simplemente decidió que no existe.
Cuando alguien dice "la música ya no tiene alma" está formulando, sin saberlo, una de las críticas anticapitalistas más exactas que se pueden hacer hoy. Está diciendo que un sistema económico se metió en su cuerpo, en su oído, en lo único que existía para conmoverlo, y lo convirtió en ruido de fondo calibrado para que no cierre una aplicación.
Pero la frase se queda corta siempre. Llega hasta "ya no tiene alma" y se detiene ahí, en la melancolía, sin cruzar nunca hacia la pregunta de quién decidió que fuera así y por qué podría ser distinto. Mientras tanto, en alguna ciudad que Spotify no sabe poner en el mapa, alguien está tocando algo que no se parece a nada que hayas escuchado. No va a llegarte solo. Vas a tener que ir a buscarlo.