Body positive hasta que llegó el Ozempic

Body positive hasta que llegó el Ozempic

Para la autora, "la promesa era expresarte, ser tú misma, y el saldo es una fila de mujeres idénticas. Cobran la diferencia y devuelven el único rostro que rinde en cámara, hacia el que empujan por igual el filtro y la jeringa. La homogeneización es la forma que tiene el sistema de producir en serie".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

Las caras empezaron a parecerse entre ellas alrededor de 2023. La misma mandíbula tallada, los pómulos altos vaciados por dentro, la piel sin poro, el pelo con la misma caída de secador caro. Se scrollea y aparece una sola mujer replicada con variaciones menores de pigmento. Ahora hay que sumarle el cuerpo: la delgadez volvió al hueso, la clavícula como joya. Al hundimiento que deja la droga en las mejillas se le puso nombre, Ozempic face, y ya es un problema de mercado, porque hay clínicas vendiendo relleno para reparar lo que otra inyección provocó.

Casi todo el mundo cuenta esto como un retroceso. Estábamos en la época linda de la aceptación y volvimos al terror de la talla 34. La época linda duró lo que tardó el mercado en olerla. El movimiento nació con una misión política y con el feminismo empujándolo. La liberación gorda de los años setenta peleaba contra los médicos que negaban tratamiento por el peso y contra un mundo hecho para un solo tamaño de cuerpo. Era una causa justa y ganó terreno, hasta que la industria le sacó la bandera de las manos. Dove, las campañas, el feed, tradujeron aquella pelea por derechos a un asunto de autoestima privada, quererse, comprar la crema que te lo recuerde. Cuando el body positive se hizo popular ya venía sin dientes, con la parte que incomodaba amputada.

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La delgadez nunca se fue mientras tanto. Convivió con las dos modelos talla grande de la campaña y con el what I eat in a day, con el slim thick que pedía cintura y caderas imposibles a la vez. El thinspo cambió de ropa y se puso a hablar de wellness y de clean girl. Meter cuerpos gordos en una vitrina amplió el catálogo sin tocar la jerarquía de qué cuerpo se desea.

La delgadez fue siempre una marca de clase, aunque el signo cambió de lado. Durante siglos la gordura fue el cuerpo del que tenía comida, la prueba visible de que sobraba. La comida barata dio vuelta la ecuación. Cuando el azúcar y las harinas se abarataron y llenaron los barrios pobres, engordar pasó a ser cosa de pobres. Adelgazar empezó a pedir lo que la pobreza no tiene, tiempo, plata, energía sobrante después del turno. La flaca era la que podía pagar su delgadez. El Ozempic vuelve a trazar esa raya con más nitidez que nunca. Mil dólares al mes de inyección separan a quien se compra el cuerpo aprobado de quien se queda con el suyo. 

Todo esto se dice en el idioma de la salud, que es la coartada perfecta. El cuerpo flaco se presenta como el cuerpo sano y el gordo como el descuido hecho carne. Adelgazar deja de ser un mandato estético y se vuelve virtud, algo que le debes a tu familia y a tu seguro. Bajo ese envoltorio la presión deja de parecer presión. Nadie te obliga, te cuidas.

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Nada de esto es culpa de las mujeres que se inyectan o se cuidan la piel. Cada una juega lo mejor que puede una partida repartida con trampa, donde el cuerpo equivocado se paga en el trabajo y en la cama. Cuidarte la piel puede ser un placer. Bajar de peso o quedarte igual, una decisión tuya que no le debe cuentas a nadie. La presión aparece un escalón más arriba, cuando se permite un solo cuerpo y el resto queda fuera de concurso. Ese canon único es una máquina, y la máquina gana con la distancia entre tu cuerpo y el cuerpo de la foto. Cuanto más lejos estás, más tienes que comprar para acercarte.

Mientras la delgadez no se podía envasar, convenía vender aceptación. La talla grande abre mercado. El quiérete mueve cremas y ropa deportiva, y la mujer que se acepta igual sigue gastando. El cálculo cambió cuando la delgadez se volvió un resultado que se compra en la farmacia todos los meses. Ya no hacía falta vender consuelo. Se podía vender la transformación misma, cobrada en cuotas, para siempre.

El Ozempic arrienda el cuerpo. El peso baja mientras dura la inyección y regresa cuando se corta el suministro, así que el contrato no se termina nunca. El skin care corre con la misma lógica de mensualidad, la rutina de doce pasos que no llega a ningún lado por diseño. El mercado de estas drogas ronda los ochenta mil millones de dólares y va camino a doblarse antes de que acabe la década. Alrededor de la jeringa creció un anillo entero de negocios, la telemedicina que la despacha por app, Weight Watchers que dejó de vender dietas para recetar la inyección. Novo Nordisk llegó a valer más que toda la economía de Dinamarca. La industria de la comida calcula los miles de millones que va a perder porque la gente medicada come menos, y Nestlé ya abrió una línea de productos para acompañar el tratamiento. El capital se muda adentro del cambio de cuerpo y cobra arriendo.

Silvia Federici lo vio en el origen. El cuerpo de las mujeres fue el primer territorio que el capitalismo cercó para producir, la máquina de trabajo que había que domesticar antes que ninguna fábrica, disciplinada a golpe de caza de brujas y de manual médico. Sacarle rendimiento y vigilarlo fueron desde entonces la misma tarea. El canon de belleza es el cercado de hoy, mantiene el cuerpo en obra permanente y cobra por cada etapa.

El cercado nunca fue solo de mujeres, aunque empezó ahí y ahí pesa más. Lo prueba que la máquina acaba de abrir sucursal para hombres. Looksmaxxing, la mandíbula medida con una app. La manosfera vende resentimiento y, en la misma caja, suplementos y rutinas. Si el asunto fuera solo controlar a las mujeres, no habría razón para sumar al cliente masculino. Se lo suma porque faltaba facturarle, aunque la factura más alta la sigue pagando el cuerpo de mujer, que además de comprar el ideal tiene que disculparse por no alcanzarlo.

Por eso terminan todas con la misma cara. La promesa era expresarte, ser tú misma, y el saldo es una fila de mujeres idénticas. Cobran la diferencia y devuelven el único rostro que rinde en cámara, hacia el que empujan por igual el filtro y la jeringa. La homogeneización es la forma que tiene el sistema de producir en serie.

Mark Fisher le puso nombre a lo que vino después. El realismo capitalista se traga hasta la crítica que se le hace y la devuelve convertida en nicho. El body positive fue exactamente eso, una crítica al canon absorbida y revendida como categoría de producto que se sostuvo mientras rindió. Le retiraron la palabra el día que apareció algo más rentable que la aceptación.

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