
La autora de esta columna es certera señalando que "desconfío cuando me ofrecen la calma como si fuera salud. Estar tranquila, en esta época, sería el síntoma más raro de todos, la prueba de que dejé de mirar. Y lo que cambia algo empieza fuera del consultorio".
Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
Empieza en el cuerpo, y lo aprendí en el mío: la mandíbula trabada a las tres de la mañana, el pecho en guardia sin razón aparente, el pulgar bajando el teléfono en busca de la próxima mala noticia, un cansancio que ninguna noche de sueño alcanza a borrar. El futuro dejó de ser un lugar al que se camina y se volvió algo que se viene encima. Un médico escribiría ansiedad generalizada, capaz que un cuadro depresivo, y te mandaría a respirar hondo y a dormir mejor, como si eso dependiera de una. Lo que asusta es cuánta gente amanece igual, a la misma hora, con los mismos síntomas.
La Tesorería arrancó este año a cobrarle el CAE a más de quinientas mil personas, con una morosidad del 67,9% que el gobierno traduce como flojera moral, gente que no quiso pagar. El mismo Estado que se puso de aval ante los bancos hoy te persigue por haber querido estudiar. Y de ahí en adelante todo es del mismo material: armar registros de vándalos para dejar sin pensión a quien moleste, recortar la salud pública mientras un ministro explica que con menos plata a veces se hace más. Kast gobierna con la mano en el cuello de la gente, y cada anuncio aprieta un poco más.
Cuando el malestar se vuelve así de masivo y parejo, deja de ser cosa de cada cabeza. Mark Fisher le puso nombre al truco con que el capitalismo lo disfraza: la privatización del estrés. Agarran un dolor fabricado afuera, con autor y con fecha, y te lo devuelven envuelto como defecto tuyo, un desajuste de tu química que se arregla con una pastilla y unas sesiones que no te alcanza el sueldo para pagar. Terminas enferma en privado de algo que te hicieron en grupo, cargando además con la vergüenza de no poder sola. El negocio es redondo: el mismo sistema que produce el malestar te vende después el remedio.
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Spinoza tenía una palabra para las emociones que nos empequeñecen: pasiones tristes. El miedo, la culpa, la sospecha, la vergüenza, todo lo que baja la potencia de actuar y deja el cuerpo quieto. Una persona asustada no arma nada con nadie, apenas llega viva al viernes. A cualquier poder eso le sirve, y a la ultraderecha que lo gestiona le sirve el doble. El libreto, además, es importado. La motosierra de Milei y las deportaciones de Trump riegan el mismo cultivo que aquí cuida Kast: gente endeudada y agotada, convencida de que el enemigo es el vecino. Cambia el acento y cambia el enemigo de turno; la receta afectiva es la misma, porque buscan lo mismo, que estemos demasiado ocupados sobreviviendo como para levantar la vista.
Los números chilenos lo confirman, aunque los publiquen como si fueran el pronóstico del tiempo. La ansiedad llegó este año al 25,8% de la población y al 35,5% entre las mujeres. Uno de cada cinco adultos se siente solo, y los más castigados andan entre los treinta y los cuarenta, la edad en que se juntan la deuda del CAE y un arriendo que se traga el sueldo. La cifra aparece sin responsables, una humedad de angustia caída del cielo. Cayó de un escritorio, y no es difícil saber de cuál.
El golpe, encima, cae torcido. Lo que el hospital deja de hacer no se evapora: cuando devuelven a la abuela enferma a la casa, alguien la cuida sin sueldo, casi siempre una mujer, encima de su propio trabajo. La pega que el Estado suelta cae gratis sobre las que ya estaban más cansadas, y la factura llega en insomnio. Por eso ella aparece en la estadística con el doble de ansiedad. Silvia Federici lleva medio siglo nombrando ese descuento que jamás entra en una planilla y que el sistema da por hecho, como si las mujeres fueran un recurso renovable.
Lo peor pasa en lo colectivo. Una población en alerta permanente desconfía de todo y se encierra, empieza a mirar con sospecha a quien tiene al lado. El tejido que permitía juntarse y prestarse plata se va soltando hilo por hilo, y en ese hueco crece la salida más barata de la ultraderecha: el odio hacia abajo. El pobre dibujado como abusador, el recién llegado culpado de lo que falta. Una se descubre calculando quién recibió el bono que a una le negaron, sospechando de la vecina que parece tenerla más fácil. Odiar al de más abajo calma un rato y, de paso, disciplina, porque quien vigila al vecino nunca levanta la cabeza hacia el que le bajó el sueldo.
Por eso desconfío cuando me ofrecen la calma como si fuera salud. Estar tranquila, en esta época, sería el síntoma más raro de todos, la prueba de que dejé de mirar. Y lo que cambia algo empieza fuera del consultorio. Le ponemos nombre a esto en voz alta y deja de parecer culpa privada. El grupo de WhatsApp donde nos quejamos puede volverse otra cosa. Un lugar donde una presta plata y otra acompaña al consultorio. Dejar de tragárnoslo a solas y empezar a pelearlo de a muchas ya es, en sí mismo, un tratamiento. Hay formas de vivir mejores que esta, y no van a bajar regaladas desde arriba; toca construirlas a mano y a codazos.
A este sistema la tristeza le rinde. Lo que de verdad le quita el sueño es la alegría de la gente que se reúne y pierde el miedo, la que vuelve a sentir que puede algo junto a otras. Mi angustia, por ahora, está bien informada. La enferma es la época, y una época se puede pelear.