Menos clonazepam, más bienestar social: Sobre por qué Chile se medica cada vez más

Menos clonazepam, más bienestar social: Sobre por qué Chile se medica cada vez más

La autora de esta columna señala que "la ilegalidad, acá, es apenas el atajo de quien encontró cerrada la puerta legal: sin hora en el consultorio y sin plata para el psiquiatra particular, la única salud mental al alcance es la que se consigue por fuera del papel".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

El consumo de psicofármacos se duplicó en siete años. La única cura que el sistema ofrece para un malestar colectivo se toma de a una persona, con un vaso de agua.

En el consultorio de una comuna donde la mitad de la gente vive en el tramo más bajo de la ficha, la consulta de salud mental dura lo que tarda el médico en escribir la receta. Clonazepam para dormir, sertralina para levantarse. Receta retenida y control en un mes; después, la fila de la farmacia. La hora con psicólogo existe en el papel del programa y en ningún calendario real.

Chile más que duplicó su consumo de antidepresivos en siete años, de 46,5 a 94,3 dosis diarias por cada mil personas entre 2015 y 2022. A dos décadas la curva es peor: de trece dosis a más de noventa. Los remedios para la cabeza ya son los segundos más consumidos del país, después de los del corazón. Un dato pegado al otro: los dos órganos que más medicamos son el que bombea y el que piensa.

Nada de esto es del todo nuevo. Chile lleva décadas durmiendo con pastillas, y la dependencia a las benzodiacepinas figura como problema de salud pública desde hace décadas, en un país que tenía motivos de sobra para el insomnio. Lo que cambió fue la velocidad con que la receta se volvió la respuesta por defecto para cualquier cosa que duela por dentro.

Esa velocidad tiene fecha. Entre 2019 y 2021 el consumo de estos fármacos saltó de 147 a más de 220 dosis diarias por cada mil habitantes, más de la mitad en apenas dos años. Fueron dos golpes seguidos, una revuelta y un encierro, dos experiencias que vivimos todos juntos en la misma calle y el mismo noticiario. La suma de esos dos hechos colectivos terminó archivada como millones de recetas individuales, una por cabeza, cada una con el nombre de un paciente distinto.

Sobre esa curva conviven dos lecturas y las dos tranquilizan. La primera es amable: la gente por fin consulta y se atreve a nombrar lo que le pasa. La segunda viene con bata y con rabia: nos sobre diagnosticamos, la generación de cristal medica su falta de aguante. Una celebra la cifra y la otra la reta. Ninguna se pregunta qué fabrica el malestar que la pastilla viene a callar.

Mark Fisher lo escribió antes de que su propia depresión lo matara: el capitalismo tardío agarró una condición política y la devolvió convertida en falla química privada. La pena dejó de ser algo que el mundo te hace y pasó a ser algo que le pasa a tu serotonina. El truco es limpio. Si el problema está adentro de tu cabeza, el tratamiento cabe en tu velador, y el arriendo impagable y el jefe que escribe a las once de la noche siguen justo donde estaban.

En el sistema público ese truco es toda la oferta. La terapia cuesta plata y tiempo que en Fonasa nadie tiene, así que la salud mental de los pobres cabe en un blíster. La lista de espera para atención especializada se cuenta en meses, a veces en más de un año, y una angustia no aguanta esa fila. En comunas como Recoleta, donde más de la mitad de la población está en el tramo de menores ingresos, la prescripción de psicofármacos crece pegada a lo que los estudios llaman, con pudor, determinantes sociales: la cesantía, la deuda que no baja. La receta deja esas cosas donde están y apenas las vuelve dormibles.

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El diagnóstico, mientras tanto, se volvió elástico. Un duelo que no cede a los tres meses, el insomnio de quien saca cuentas a las cuatro de la mañana: hoy los dos caben en una categoría tratable y salen del box con su papel. Lo que antes era una temporada mala de la vida, algo que se pasaba acompañado o no se pasaba nunca, ahora tiene código y dosis. La tristeza normal frente a una vida difícil quedó reclasificada como un episodio, y todo episodio pide su fármaco.

Hay una consumidora tipo, y no es casualidad. Una de cada cuatro mujeres entre 45 y 64 años toma tranquilizantes. Los tranquilizantes son de los pocos fármacos que las mujeres consumen más que los hombres, y ese consumo sube con la edad, llega temprano y se queda. Es el químico exacto para una biografía hecha de cuidar a otros sin sueldo y no quejarse. Silvia Federici le puso nombre a ese trabajo que no figura en ninguna planilla; el clonazepam es lo que se receta cuando ese trabajo, por fin, revienta.

El reverso de esa estadística también habla. Los hombres consumen muchos menos tranquilizantes y se suicidan cuatro o cinco veces más que las mujeres. A las mujeres la receta las mantiene en pie para seguir cuidando. A los hombres el sistema no les receta casi nada, y muchos terminan en la otra cifra, la que ya no vuelve al mostrador.

La pastilla también es un negocio, y en Chile ese negocio tiene prontuario. Tres cadenas concentran casi todo el mercado y fueron condenadas por coludirse para subir el precio de decenas de remedios. Cuando Recoleta abrió en 2015 su farmacia popular para comprar directo a los laboratorios y saltarse ese sobreprecio, quedó a la vista de qué hablábamos: el Ipran, un antidepresivo, costaba cerca de cuarenta mil pesos en las cadenas y poco más de dos mil en la farmacia municipal. El mismo antidepresivo a una fracción del precio, y del otro lado del mostrador la angustia de un país que consume más cada año, uno de los pocos mercados que crece parejo porque el cliente vuelve cada treinta días y no se cambia de marca.

Con lo que se gasta en sedar el cansancio de un país entero se pagarían las horas de conversación que ese mismo país no ofrece. Hay una ley de salud mental desde 2021, pero al rubro le toca menos del dos por ciento del presupuesto de salud, y esa fracción, en lugar de subir con las recetas, bajó. La conversación, eso sí, no deja margen; la caja sí.

Cuando la hora no llega o la receta se acaba, el remedio se compra igual. Quien lo busca quiere tratarse; lo que no tiene es por dónde. Durante la pandemia el consumo sin receta creció con fuerza. El clonazepam se vende en la feria, entre las medias y las pilas, y en grupos de mensajería donde alguien revende la caja que le sobró del mes. Hay farmacias que despachan el retenido sin pedir el papel, porque el mostrador entendió antes que el sistema que a esa persona la lista de espera la va a dejar peor. La ilegalidad, acá, es apenas el atajo de quien encontró cerrada la puerta legal: sin hora en el consultorio y sin plata para el psiquiatra particular, la única salud mental al alcance es la que se consigue por fuera del papel.

La pastilla hace con el malestar lo mismo que hace en la lengua: lo disuelve de a uno. Cada quien queda a solas con su química y su culpa, y el mundo que lo mandó a la farmacia queda intacto, esperándolo mañana. A fin de mes la fila del consultorio se llena de nuevo con la misma gente de siempre, que sale con su caja y su próximo control anotado para dentro de treinta días.

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