
La guerra cultural ha sido declarada. Bajo la batuta de Marco Rubio y el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller, fueron convocados en Washington países aliados y dependientes para dar a conocer las estrategias del gobierno de Trump en su batalla contra lo que se ha llamado ideología antifa. Mientras se disputaba el Mundial de Futbol, según fuentes, acudieron 60 representantes de gobiernos de Asia, Europa y América Latina. Entre los invitados destacaron Israel, Argentina, Italia, Alemania o Chile. Entre los ausentes, México y China. No acudieron por decisión propia.
Por Marcos Roitman Rosenmann
De esta guisa Estados Unidos redefine el terrorismo internacional. Categoría gelatinosa que incorpora el crimen organizado, el narcotráfico, la migración y los indocumentados, hasta movimientos políticos y sociales de izquierda, progresistas, anarquistas o socialdemócratas. En esta guerra, está dispuesto a financiar con un límite de 3 millones de dólares a organizaciones que apoyen sus planteamientos. Ese era, entre otros, el objetivo de la reunión. Dar a conocer la existencia de fondos gubernamentales en la promoción de la pedagogía del odio. De eso se trataba. Visualizar, y emprender su cruzada particular contra aquellos que representan un peligro para la razón cultural de Occidente, sus valores y modo de vida.
En una sociedad individualista, el discurso del odio se entronca con la emergencia de individuos que han roto amarras con la realidad social. Sólo pueden fantasear como lo hace el hipocondriaco con un cuerpo carcomido por la enfermedad. Su mundo es una construcción delirante. Baste transcribir las palabras de Marco Rubio, cuando se refiere a los nuevos terroristas: “viajan por el mundo para participar en ataques conjuntos, canalizar propaganda y material de captación, e intercambiar información sobre objetivos por medio de canales encriptados compartidos. Se desplazan mediante redes clandestinas de pisos francos, pagan sus operaciones con fondos trasnacionales y colaboran con estados extranjeros hostiles”. No menos delirantes son los informes que señalan a Cuba como promotora de la subversión en Estados Unidos, acusándola de “reclutar y cultivar activistas de izquierda, y de apoyar el terrorismo izquierdista en territorio estadunidense” (La Jornada, 21/7/26)
Producir rechazo al diferente es la finalidad de la sicopatología delirante del movimiento MAGA. En esta guerra cultural son llamados a participar partidos políticos, medios de comunicación y redes sociales. La cumbre Antifa, así fue definida, abrió la puerta a la producción global de odio social. ¿Cómo? A decir del siquiatra Carlos Castilla del Pino en su obra Teoría de los sentimientos, dando rienda suelta a la difamación, la calumnia, la crítica malévola, sobre las cuales se asienta el deseo de destrucción, de ser odiado. Y puede ser una clase social, un grupo étnico, migrantes o ideologías adjetivadas como “disolventes”. Se odia para destruir el objeto odiado.
El trabajo de odiar conlleva una pedagogía. No se nace odiando, dirá Freud en su obra Los instintos y sus destinos. Para odiar es necesario definir aquello que se odia. Descargar la violencia sobre un objetivo concreto. Hablamos de un sentimiento dirigido, cocinado a fuego lento. De ahí que el odio sea una conducta social. Se enseña, a la par que se aprende a odiar.
Se deshumaniza aquello que debe ser odiado. La historia da pautas. Tomemos la masacre en Ruanda. Entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994, la población tutsi fue atacada en sus casas, lugares de trabajo, centros educativos o religiosos. Sus agresores eran vecinos, amigos, compañeros de trabajo o familias políticas pertenecientes a la etnia de los hutus. Apoyados por sus milicias y fuerzas gubernamentales, actuaron sin límites. Fueron asesinados un millón de sus miembros, equivalente a 70 por ciento de la población tutsi. Según los datos, entre 250 mil y 500 mil mujeres fueron agredidas o violadas sexualmente. Boubacar Boris Diop, escritor senegalés, plasmó el odio de los hutus en su novela El osario. Asimismo, en 1995, miles de bosnios musulmanes serían asesinados en la masacre de Srebrenica por las fuerzas serbio-bosnias del ejército de la República Srpska, liderados por Radovan Karadzic.
En ambos casos, el odio asienta la limpieza étnica. En el reciente inaugurado siglo XXI, el genocidio del Estado de Israel contra el pueblo palestino en Gaza y Cisjordania forma parte de educar a un país y su población en el odio. Son guerras civilizatorias encuadradas en el concepto de superioridad étnico-racial. En todos los casos, se odia a los pueblos originarios, al diferente, al otro, al pobre. Desdibujados, se presentan como el enemigo civilizatorio al cual exterminar.
La pedagogía del odio tiene docentes y divulgadores. Ideólogos formados en el rechazo a la democracia, la justicia social, los derechos humanos. Dirigentes políticos defensores de la explotación, la meritocracia y el patriarcado. Dominan los espacios públicos donde predomina la cultura de la cancelación. Soldados que adquieren el nombre de influencers y cumplen con su función. Muchos recurren al acoso cibernético y al bulo, y llaman a la violencia. Hoy, la guerra cultural posee un manual de instrucciones cuya fuente de legitimación se asienta en la pedagogía del odio.
Fuente: La Jornada