Trabajos de mierda: Sobre la flexibilización laboral y el tiempo robado

Trabajos de mierda: Sobre la flexibilización laboral y el tiempo robado

Para la autora de esta columna, el donde el robo "se ve completo es en las mujeres, y por eso no es casual que la flexibilidad se la ofrezcan justo a ellas. Flexibilidad para que la madre cuide. Contrato por horas para que pueda conciliar. Lo venden como un favor que viene a resolverle la vida. Pero el tiempo de una mujer ya venía partido en horas sueltas mucho antes de que existiera ningún contrato".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

David Graeber escribió un libro con ese nombre y casi todos creyeron que hablaba de la pega aburrida. No era eso. Graeber separaba los empleos inútiles que igual pagan bien, los gerentes de la nada que mueven papeles que a nadie le importan, de los que sostienen que el mundo siga de pie: la que limpia una casa ajena, el que deja la comida en la puerta cuando llueve. Esos eran los imprescindibles, y tenían el peor sueldo y la mano más fácil de soltar. Mientras más falta le haces al mundo, peor te trata. Esa era la regla, y en Chile la acaban de mandar al Senado convertida en proyecto de ley.

El gobierno de Kast patrocinó el contrato por hora. Hasta ciento veinte horas al mes, repartidas como al empleador le convenga. Lo acompaña una indemnización a todo evento que el propio trabajador se va pagando de su bolsillo, en una cuenta individual, para que echarte a la calle le salga barato y sin pleito a quien te echa.

Y en la misma semana el gobierno retiró del Congreso la negociación por rama, la única figura que le dejaba a un sector entero pelear junto sus condiciones. Te individualizan el riesgo y te desarman lo colectivo de un viaje. El ministro Rau lo explica con cara de sensatez: hay rubros donde la pega va y viene, la gastronomía, el turismo, mejor ponerle marco a lo que hoy anda informal. Lo envuelven en palabras tibias. Modalidad moderna. Adaptabilidad. Pensado, dicen, para las madres que necesitan conciliar y para los viejos que quieren un extra. Todo encima de un nueve por ciento de desempleo, el más alto desde la pandemia, que es la pistola en la sien de cualquiera que se atreva a dudar.

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Un diputado comunista dijo que el próximo proyecto sería pago con fichas, y el biministro de Economía le contestó ofendido que las fichas quitaban libertad y el trabajo por horas la amplía. La palabra tiene una historia larga acá. Gabriel Salazar contó en Labradores, peones y proletarios cómo el peón del diecinueve, el roto sin tierra, era libre en el peor sentido que existe: libre de propiedad y de cualquier red que lo sostuviera, ofreciéndose en el camino a ver si alguien lo necesitaba medio día. Esa libertad era la de no tener dónde caerse muerto. Costó un siglo de huelgas y de muertos en el salitre arrancarle al trabajo un piso mínimo, y el contrato por hora lo devuelve al camino, ahora con una app en la mano.

El sueldo malo de todo esto ya está contado, y hay que seguir contándolo, porque un contrato por hora es un sueldo recortado, sin piso, sin saber cuánto entra a fin de mes. Eso pesa y va a seguir pesando. Pero hoy quiero correr la cámara hacia lo otro, lo que casi nadie nombra porque no cabe en ninguna planilla. Cuando te pagan por pieza y no por tiempo, nadie necesita vigilarte. Te vigilas tú, te aprietas y te ofreces solo, demostrando cada vez que vales la próxima llamada.

Y lo que terminas entregando, sin que nadie te lo arranque, es el tiempo, y con el tiempo la posibilidad de tener una vida que no esté entera puesta en venta. Descansar no se paga, así que no descansas bien nunca, con un ojo siempre en el teléfono por si entra el turno. Es la notificación que miras en la mitad del almuerzo. El cálculo callado de si te conviene decir que sí esta noche también. Apuntarte a un curso de meses o prometerle a alguien que en marzo vas a estar ahí supone un tiempo tuyo que ya no tienes, porque tu semana se arma o se cae según una llamada que llega o no llega. El peón miraba la curva del camino y el repartidor mira la pantalla, y los dos montan la misma guardia de baja intensidad que no para nunca, que se mete en el sueño y en la sobremesa, y que te va dejando incapaz de estar entera en tu propia vida.

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Donde ese robo se ve completo es en las mujeres, y por eso no es casual que la flexibilidad se la ofrezcan justo a ellas. Flexibilidad para que la madre cuide. Contrato por horas para que pueda conciliar. Lo venden como un favor que viene a resolverle la vida. Pero el tiempo de una mujer ya venía partido en horas sueltas mucho antes de que existiera ningún contrato, porque nunca fue del todo suyo: estaba debido al cuidado de otros desde antes de que firmara nada.

Llega del turno pagado a empezar el turno que no paga nadie, y de ese segundo turno se sostiene en silencio toda la economía que después la trata como mano de obra barata. El contrato por hora no inventa esa condición. La encuentra hecha, le pone un precio miserable y la legaliza, y de paso la encierra en una media jornada que no alcanza para vivir sola. La que cosía por pieza en su casa, con la guagua al lado, cobrando centavos por prenda para no descuidar lo otro que igual tenía que hacer y que nadie le pagaba, ya vivía en este régimen hace un siglo. No le faltaba una app. La app solo vino a cobrarle la última hora libre que le quedaba, y a llamarle progreso al cobro.

Estos trabajos no tienen una gota de inútiles. El mundo se cae sin ellos, y se nota cada vez que no llega la que limpia o falta la que cuida al viejo. La mierda nunca estuvo en el trabajo. Está en que el más necesario sea siempre el más barato y el primero al que le sueltan la mano, y en que ahora, encima, te lo cobren con las horas de tu propia vida. El peón miraba la curva esperando que apareciera alguien que lo cargara por el día. Cien años después la espera cabe entera en una pantalla, y ya no termina nunca.

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